TIPOS FEMENINOS.
LA MADRE.
ARTÍCULO PRIMERO.
Si deseais hallar en la tierra algo
que dé idea de la perfeccion divina,
buscadlo en la madre.
Ferriz Villeda.
I.
Empiezo estos modestos estudios de los tipos femeninos por el que me parece el más grande, el más sublime de todos, por el que creo que es la base de la familia, así como la familia es la base de la sociedad.
La madre es á mis ojos la figura más grande, más noble y más hermosa de la creacion; ella es la que anima, la que sostiene, la que consuela, la que sobre todo ama y perdona, que es la sublime mision de la mujer.
Puede el hombre atravesar por los huracanes de la vida; puede sufrir el choque de las pasiones y ser amargado por los desengaños; puede combatir cuerpo á cuerpo con los mayores peligros; puede ser extraviado por sus malas pasiones, y pervertido con el contacto del mundo; pero jamas se borrarán de su alma las primeras ideas, cuyo gérmen ha depositado en ella la mano piadosa de su buena madre.
De los pobres seres que no la tienen han salido siempre los grandes criminales, y esos monstruos de maldad, horror de la naturaleza.
Y decimos de los hijos sin madre en absoluto, porque puede estarse sin madre así moral como materialmente, pues hay mujeres que no merecen este nombre sagrado, aunque hayan dado á luz numerosos hijos.
Pero los ejemplos de madres desnaturalizadas son raros, y en cambio la historia nos los ofrece repetidísimos de heroismo materno.
II.
La primera figura que se ofrece á nuestras miradas al empezar á distinguir los objetos es la de nuestra madre; que se apoya en nuestra cuna y espía nuestra primera sonrisa.
Crecemos, y nuestra inteligencia se va desenvolviendo, mirándola velar nuestro sueño, escuchando el dulce cantar con que le arrulla, sintiendo en nuestra frente el dulce calor de sus besos.
¡Feliz la que ha conocido jóven áun y hermosa á su madre!
¡La imágen que guarda de ella en su corazon reune la perfeccion física á la moral, y cualesquiera que sean las pruebas por que pase, halla su refugio en aquel recuerdo incomparable!
¿Pero cuándo puede una madre dejar de ser bella?
¡Jamas!
Ora la veamos con los cabellos blancos, ya estén vestidos con el matiz de oro ó de ébano de la juventud, la madre está siempre rodeada de una aureola de belleza y de poesía.
La amistad, el amor mismo nos engañan muchas veces; el amor paternal es tambien capaz de flaqueza y de olvido; sólo el amor de la madre es infinito, como la clemencia celeste.
Una madre es la figura más noble y más poética que la humanidad nos presenta.
María, Madre de Dios, es la personificacion del amor tierno y sublime, que llega hasta la heroicidad.
La Vírgen de Judá no es más que madre desde el instante en que el ángel le anuncia que ha concebido; su pensamiento, su corazon, su alma entera está unida á su adorado Hijo: en él piensa á todas horas, y desde el dia que le da á luz, se consagra única y exclusivamente al cuidado de su infancia; síguele en su vida errante y trabajosa, oye su divina palabra confundida entre las gentes del pueblo, y llora y siente, conmovida hondamente por el raudal de sabiduría que brota de los labios de aquel hombre, el más grande que ha nacido del seno de una mujer.
El suyo se enorgullece de haber abrigado á Jesus; su corazon palpita acelerado, sus mejillas se ponen encendidas, sus ojos están húmedos y brillantes; la Vírgen divina deja el lugar á la Madre, que siente con su Hijo, que se arrebata al oirle, de amor y de entusiasmo.
Síguele más tarde en todo el curso de su dolorosa pasion, y le acompaña durante su prolongado martirio. ¿Qué dolores son comparables á los que sufre aquella madre, la más amorosa y tierna de cuantas han existido? ¿Qué tormentos pueden igualarse á los suyos?
¡La muerte es mil veces más dulce que aquella agonía prolongada, amarga, lenta, fria, por decirlo así, pues no tenía ni podia hallar consuelo en lo humano!
Vedla despues, sentada al pié de la cruz, sin lágrimas, y contraidas sus facciones por aquel mortal dolor, que despedaza su corazon. ¿Cómo aquella bella y delicada naturaleza supo soportar tan acerbo martirio? Sólo porque su mismo Hijo la impuso la vida, haciéndola la Madre de todos los hombres en la persona del discípulo amado.
--¡Hé aquí á tu Madre! dijo al apóstol.
--¡Hé aquí á tu Hijo! añadió dirigiéndose á María.
De esta suerte dió á la humanidad entera el santo escudo del amor maternal.
III.
¡Cuán sublime es la mision de la madre!
Ella es la que lleva el peso de todos los cuidados de la casa; ella la que medita, la que se desvela para que cada uno de sus hijos halle el bienestar, segun su carácter y sus aspiraciones.
Aunque se halle dotada del organismo más exquisito y más poético, toma para sí las mil pequeñeces materiales que fatigan su espíritu, y que la hacen vegetar en las heladas regiones del positivismo; y como descanso de sus contínuas fatigas se refugia en la religion, para orar, ántes que por ella, por sus hijos, que son la parte más querida de sí misma.
No es al padre á quien se confian los sueños dolorosos, que á veces nos asombran, las ilusiones de un amor naciente, y las aspiraciones de gloria, que al dar los primeros pasos en la senda de la juventud, se agitan en nuestro cerebro; ¡es á la madre! porque la madre, áun más que aconsejar, adivina, consuela, comparte nuestras esperanzas y llora nuestras decepciones.
Si por acaso la inteligencia de la madre no está al nivel de la de su hijo, siempre hay en ella bastante abnegacion para comprenderlo así, y siempre halla recursos en su imaginacion para analizar y dirigir el pensamiento de su hijo.
Y si la madre posee elevado talento, ¡cuánto más grande es su sacrificio!
Á la vez que madre es mujer, es decir, un sér sujeto á sueños é ilusiones; un sér apasionado, sobre el cual ejercen una poderosa influencia los objetos exteriores, y que por lo mismo experimenta muchas veces una vaga tristeza, y cede con frecuencia á un profundo desaliento, que disimula heroicamente para animar y consolar á sus hijos.
¡Cuántas veces la madre tiene que combatir con su esposo, empeñado en contrariar la vocacion de su hijo acerca de la carrera que ha de seguir, ó la inclinacion amorosa de una hija!
¡Cómo suplica entónces!
¡Cómo emplea la doble elocuencia de su corazon y de su talento!
¡Qué inagotable es el manantial de su llanto!
¡Qué irresistibles argumentos halla!
¡Feliz aquel que ha hallado una madre inteligente y tierna apoyada en su cuna!
¡Feliz quien se apoya en este amor, el más santo, el más sublime de todos!