DOS PALABRAS
No tratamos de redactar un periódico: 1.º porque no nos creemos ni con facultad ni con ciencia para tan vasta empresa; 2.º porque no gustamos de adoptar sujeciones, y mucho menos de imponérnoslas nosotros mismos. Emitir nuestras ideas tales cuales se nos ocurran, ó las de otro tales cuales las encontremos para divertir al público, en folletos sueltos de poco volumen y de menos precio, este es nuestro objeto; porque en cuanto á aquello de instruirle, como suelen decir arrogantemente los que escriben de profesión ó por casualidad para el público, ni tenemos la presunción de creer saber más que él, ni estamos muy seguros de que él lea con ese objeto cuando lee. No siendo nuestra intención sino divertirle, no seremos escrupulosos en la elección de los medios, siempre que estos no puedan acarrear perjuicio nuestro, ni de tercero, siempre que sean lícitos, honrados y decorosos.
Á nadie se ofenderá, á lo menos á sabiendas; de nadie bosquejaremos retratos; si algunas caricaturas por casualidad se pareciesen á alguien, en lugar de corregir nosotros el retrato, aconsejamos al original que se corrija; en su mano estará, pues, que deje de parecérsele. Adoptamos por consiguiente con gusto toda la responsabilidad que conocemos del epíteto satírico que nos hemos echado encima; solo protestamos que nuestra sátira no será nunca personal, al paso que consideramos la sátira de los vicios, de las ridiculeces y de las cosas, útil, necesaria, y sobre todo muy divertida.
Siendo nuestro objeto divertir por cualquier medio, cuando no se le ocurra á nuestra pobre imaginación nada que nos parezca suficiente ó satisfactorio, declaramos francamente que robaremos donde podamos nuestros materiales, publicándolos íntegros ó mutilados, traducidos, arreglados ó refundidos, citando la fuente, ó apropiándonoslos descaradamente, porque como pobres habladores hablamos lo nuestro y lo ajeno, seguros de que al público lo que le importa en lo que se le da impreso no es el nombre del escritor, sino la calidad del escrito, y de que vale más divertir con cosas ajenas que fastidiar con las propias. Concurriremos á las obras de otros como los faltos de ropa á los bailes del carnaval pasado; llevaremos nuestro miserable ingenio, le cambiaremos por el bueno de los demás, y con ribetes distintos lo prohijaremos, como lo hacen muchos sin decirlo; de modo que habrá artículos que sean una capa ajena con embozos nuevos. El de hoy será de esta laya. Además ¿quién nos podrá negar que semejantes artículos nos pertenezcan después de que los hayamos robado? Nuestros serán indudablemente por derecho de conquista. Habrálos también sin embargo enteramente nuestros.
Siguiendo este sistema no podemos fijar las materias de que hablaremos; sabemos poco, y aún sabemos menos lo que se nos podrá ocurrir, ó lo que podremos encontrar. Reirnos de las ridiculeces; esta es nuestra divisa: ser leídos; este es nuestro objeto: decir la verdad; este nuestro medio.
Aunque nos damos tratamiento de nos, bueno es advertir que no somos más que uno, es decir, que no somos lo que parecemos; pero no presumimos tampoco ser más ni menos que nuestros coescritores de la época.
EL POBRECITO HABLADOR
REVISTA SATÍRICA DE COSTUMBRES, ETC., ETC.
POR EL BACHILLER
DON JUAN PÉREZ DE MUNGUÍA
¿QUIÉN ES EL PÚBLICO
Y DÓNDE SE LE ENCUENTRA?
(Artículo robado)
El doctor tú te le pones,
El Montalván no le tienes,
Con que quitándote el don
Vienes á quedar Juan Pérez.
Epigrama antiguo contra el doctor
don Juan Pérez de Montalván
Yo vengo á ser lo que se llama en el mundo un buen hombre, un infeliz, un pobrecillo, como ya se echará de ver en mis escritos; no tengo más defecto, ó llámese sobra si se quiere, que hablar mucho, las más veces sin que nadie me pregunte mi opinión; váyase porque otros tienen el no hablar nada, aunque se les pregunte la suya. Entremétome en todas partes como un pobrecito, y formo mi opinión y la digo, venga ó no al caso, como un pobrecito. Dada esta primera idea de mi carácter pueril é inocentón, nadie extrañará que me halle hoy en mi bufete con gana de hablar, y sin saber qué decir; empeñado en escribir para el público, y sin saber quién es el público. Esta idea, pues, que me ocurre al sentir tal comezón de escribir será el objeto de mi primer artículo. Efectivamente antes de dedicarle nuestras vigilias y tareas quisiéramos saber con quién nos las habemos.
Esa voz público que todos traen en boca, siempre en apoyo de sus opiniones, ese comodín de todos los partidos, de todos los pareceres, ¿es una palabra vacía de sentido, ó es un ente real y efectivo? Según lo mucho que se habla de él, según el papelón que hace en el mundo, según los epítetos que se le prodigan y las consideraciones que se le guardan, parece que debe de ser alguien. El público es ilustrado, el público es indulgente, el público es imparcial, el público es respetable: no hay duda, pues, en que existe el público. En este supuesto, ¿quién es el público y dónde se le encuentra?
Sálgome de casa con mi cara infantil y bobalicona á buscar al público por esas calles, á observarle, y á tomar apuntaciones en mi registro acerca del carácter, por mejor decir, de los caracteres distintivos de ese respetable señor. Paréceme á primera vista, según el sentido en que se usa generalmente esta palabra, que tengo de encontrarle en los días y parajes en que suele reunirse más gente. Elijo un domingo, y donde quiera que veo un número grande de personas llámolo público á imitación de los demás. Este día un sinnúmero de oficinistas y de gentes ocupadas ó no ocupadas el resto de la semana, se afeita, se muda, se viste y se perfila, veo que á primera hora llena las iglesias, la mayor parte por ver y ser visto; observa á la salida las caras interesantes, los talles esbeltos, los pies delicados de las bellezas devotas, las hace señas, las sigue, y reparo que á segunda hora va de casa en casa haciendo una infinidad de visitas; aquí deja un cartoncito con su nombre cuando los visitados no están ó no quieren estar en casa; allí entra, habla del tiempo que no interesa, de la ópera que no entiende, etc. Y escribo en mi libro: «El público oye misa, el público coquetea (permítase la expresión mientras no tengamos otra mejor), el público hace visitas, la mayor parte inútiles, recorriendo casas, adonde va sin objeto, de donde sale sin motivo, donde por lo regular ni es esperado antes de ir, ni es echado de menos después de salir; y el público en consecuencia (sea dicho con perdón suyo) pierde el tiempo, y se ocupa en futesas:» idea que confirmo al pasar por la Puerta del Sol.
Éntrome á comer en una fonda, y no sé por qué me encuentro llenas las mesas de un concurso que, juzgando por las facultades que parece tener para comer de fonda, tendrá probablemente en su casa una comida sabrosa, limpia, bien servida, etc., y me lo hallo comiendo voluntariamente, y con el mayor placer, apiñado en un local incómodo (hablo de cualquier fonda de Madrid), obstruido, mal decorado, en mesas estrechas, sobre manteles comunes á todos, limpiándose las babas con las del que comió media hora antes en servilletas sucias sobre toscas, servidas diez, doce, veinte mesas, en cada una de las cuales comen cuatro, seis, ocho personas, por uno ó solos dos mozos mugrientos, mal encarados y con el menor agrado posible: repitiendo este día los mismos platos, los mismos guisos del pasado, del anterior y de toda la vida; siempre puercos, siempre mal aderezados; sin poder hablar libremente por respetos al vecino; bebiendo vino, ó por mejor decir agua teñida ó cocimiento de campeche abominable. Digo para mi capote: «¿Qué alicientes traen al público á comer en las fondas de Madrid?». Y me contesto: «El público gusta de comer mal, de beber peor, y aborrece el agrado, el aseo y la hermosura del local».
Salgo á paseo y ya en materia de paseos me parece difícil decidir acerca del gusto del público, porque si bien un concurso numeroso, lleno de pretensiones, obstruye las calles y el salón del Prado, ó pasea á lo largo del Retiro, otro más llano visita la casa de las fieras, se dirige hacia el río, ó da la vuelta á la población por las rondas. No sé cuál es el mejor, pero sí escribo: «Un público sale por la tarde á ver y ser visto; á seguir sus intrigas amorosas ya empezadas, ó enredar otras nuevas; á hacer el importante junto á los coches; á darse pisotones, y á ahogarse en polvo; otro público sale á distraerse, otro á pasearse, sin contar con otro no menos interesante que asiste á las novenas y cuarenta horas, y con otro no menos ilustrado atendidos los carteles, que concurre al teatro, á los novillos, al fantasmagórico Mantillo y al Circo olímpico».
Pero ya bajan las sombras de los altos montes, y precipitándose sobre estos paseos heterogéneos arrojan de ellos á la gente; yo me retiro el primero, huyendo del público que va en coche ó á caballo, que es el más peligroso de todos los públicos; y como mi observación hace falta en otra parte, me apresuro á examinar el gusto del público en materia de cafés. Reparo con singular extrañeza que el público tiene gustos infundados; le veo llenar los más feos, los más oscuros y estrechos, los peores, y reconozco á mi público de las fondas. ¿Por qué se apiña en el reducido, puerco y opaco café del Príncipe, y el mal servido de Venecia, y ha dejado arruinarse el espacioso y magnífico de Santa Catalina, y anteriormente el lindo del Tívoli, acaso mejor situados? De aquí infiero que el público es caprichoso.
Empero aquí un momento de observación. En esta mesa cuatro militares disputan, como si pelearan, acerca del mérito de Montes y de León, del volapié y del pasatoro; ninguno sabe de tauromaquia; sin embargo se van á matar, se desafían, se matan en efecto por defender su opinión, que en rigor no lo es.
En otra cuatro leguleyos que no entienden de poesía se arrojan á la cara en forma de alegatos y pedimentos mil dicterios disputando acerca del género clásico y del romántico, del verso antiguo y de la prosa moderna.
Aquí cuatro poetas que no han saludado el diapasón se disparan mil epigramas envenenados, ilustrando el punto poco tratado de la diferencia de la Tossi y de la Lalande, y no se tiran las sillas por respeto al sagrado del café.
Allí cuatro viejos en quienes se ha agotado la fuente del sentimiento, avaros, digámoslo así, de su época, convienen en que los jóvenes del día están perdidos, opinan que no saben sentir como se sentía en su tiempo, y echan abajo sus ensayos, sin haberlos querido leer siquiera.
Acullá un periodista sin período, y otro periodista con períodos interminables, que no aciertan á escribir artículos que se vendan, convienen en la manera indisputable de redactar un papel que llene con su fama sus gavetas y en la importancia de los resultados que tal ó cual artículo, tal ó cual vindicación debe tener en el mundo que no los lee.
Y en todas partes muchos majaderos, que no entienden de nada, disputan de todo.
Todo lo veo, todo lo escucho, y apunto con mi sonrisa, propia de un pobre hombre, y con perdón de mi examinando: «El ilustrado público gusta de hablar de lo que no entiende».
Salgo del café, recorro las calles, y no puedo menos de entrar en las hosterías y otras casas públicas; un concurso crecido de parroquianos de domingo las alborota merendando ó bebiendo, y las conmueve con su bulliciosa algazara; todas están llenas: en todas el Yepes y el Valdepeñas mueven las lenguas de la concurrencia, como el aire la veleta, y como el agua la piedra del molino; ya los densos vapores de Baco comienzan á subirse á la cabeza del público, que no se entiende á sí mismo. Casi voy á escribir en mi libro de memorias: «El respetable público se emborracha;» pero felizmente rómpese la punta de mi lápiz en tan mala coyuntura, y no siendo aquel lugar propio para afilarlo, quédase in pectore mi observación y mi habladuría.
Otra clase de gente entre tanto mete ruido en los billares, y pasa las noches empujando las bolas, de lo cual no hablaré, porque este es de todos los públicos el que me parece más tonto.
Ábrese el teatro, y á esta hora creo que voy á salir para siempre de dudas, y conocer de una vez al público por su indulgencia ponderada, su gusto ilustrado, sus fallos respetables. Ésta parece ser su casa, el templo donde emite sus oráculos sin apelación. Represéntase una comedia nueva; una parte del público la aplaude con furor: es sublime, divina; nada se ha hecho mejor de Moratín acá: otra la silba despiadadamente; es una porquería, es un sainete, nada se ha hecho peor desde Comella hasta nuestro tiempo. Uno dice: «Está en prosa, y me gusta solo por eso; las comedias son la imitación de la vida; deben escribirse en prosa». Otro: «Está en prosa y la comedia debe escribirse en verso, porque no es más que una ficción para agradar á los sentidos; las comedias en prosa son cuentecitos caseros, y si muchos las escriben así, es porque no saben versificarlas». Éste grita: «¿Dónde está el verso, la imaginación, la chispa de nuestros antiguos dramáticos? Todo eso es frío, moral insípida, lenguaje helado; el clasicismo es la muerte del genio». Aquel clama: «¡Gracias á Dios que vemos comedias arregladas y morales! La imaginación de nuestros antiguos era desarreglada: ¿qué tenían? Escondidos, tapadas, enredos interminables y monótonos, cuchilladas, graciosos pesados, confusión de clases, de géneros; el romanticismo es la perdición del teatro: sólo puede ser hijo de una imaginación enferma y delirante». Oído esto, vista esta discordancia de pareceres, ¿á qué me canso en nuevas indagaciones? Recuerdo que Latorre tiene un partido considerable, y que Luna sin embargo es también aplaudido sobre esas mismas tablas donde busco un gusto fijo; que en aquella misma escena los detractores de la Lalande arrojaron coronas á la Tossi, y que los apasionados de la Tossi despreciaron, destrozaron á la Lalande, y entonces ya renuncio á mis esperanzas. ¡Dios mío! ¿dónde está ese público tan indulgente, tan ilustrado, tan imparcial, tan justo, tan respetable, eterno dispensador de la fama, de que tanto me han hablado; cuyo fallo es irrecusable, constante, dirigido por un buen gusto invariable, que no conoce más norma ni más leyes que las del sentido común, que tan pocos tienen? Sin duda el público no ha venido al teatro esta noche: acaso no concurre á los espectáculos.
Reúno mis notas, y más confuso que antes acerca del objeto de mis pesquisas, llego á informarme de personas más ilustradas que yo. Un autor silbado me dice cuando le pregunto: ¿quién es el público? «Preguntadme más bien cuántos necios se necesitan para componer un público». Un autor aplaudido me responde: «Es la reunión de personas ilustradas, que deciden en el teatro del mérito de las producciones literarias».
Un escritor cuando le silban dice que el público no le silbó, sino que fué una intriga de sus enemigos, sus envidiosos, y este ciertamente no es el público, pero si le critican los defectos de su comedia aplaudida llama al público en su defensa; el público la ha aplaudido; el público no puede ser injusto; luego es buena su comedia.
Un periodista presume que el público está reducido á sus suscritores, y en este caso no es grande el público de los periodistas españoles. Un abogado cree que el público se compone de sus clientes. Á un médico se le figura que no hay más público que sus enfermos, y gracias á su ciencia este público se disminuye todos los días; y así de los demás: de modo que concluyo la noche sin que nadie me dé una razón exacta de lo que busco.
¿Será el público el que compra la Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas, y las poesías de Salas, ó el que deja en la librería las Vidas de los Españoles célebres y la traducción de la Ilíada? ¿El que se da de cachetes por coger billetes para oir á una cantatriz pinturera, ó el que los revende? ¿El que en las épocas tumultuosas quema, asesina y arrastra, ó el que en tiempos pacíficos sufre y adula?
Y esa opinión pública tan respetable, hija suya sin duda, ¿será acaso la misma que tantas veces suele estar en contradicción hasta con las leyes y con la justicia? ¿Será la que condena á vilipendio eterno al hombre juicioso que rehusa salir al campo á verter su sangre por el capricho ó la imprudencia de otro, que acaso vale menos que él? ¿Será la que en el teatro y en la sociedad se mofa de los acreedores en obsequio de los tramposos, y marca con oprobio la existencia y el nombre del marido que tiene la desgracia de tener una loca ú otra cosa peor por mujer? ¿Será la que acata y ensalza al que roba mucho con los nombres de señor ó de héroe, y sanciona la muerte infamante del que roba poco? ¿Será la que fija el crimen en la cantidad, la que pone el honor del hombre en el temperamento de su consorte, y la razón en la punta incierta de un hierro afilado?
¿En qué consiste, pues, que para granjear la opinión de ese público se quema las cejas toda su vida sobre su bufete el estudioso é infatigable escritor, y pasa sus días manoteando y gesticulando el actor incansable? ¿En qué consiste que se expone á la muerte por merecer sus elogios el militar arrojado? ¿En qué se fundan tantos sacrificios que se hacen por la fama que de él se espera? Sólo concibo, y me explico perfectamente el trabajo, el estudio que se emplean en sacarle los cuartos.
Llega empero la hora de acostarse, y me retiro á coordinar mis notas del día: léolas de nuevo, reúno mis ideas, y de mis observaciones concluyo:
En primer lugar, que el público es el pretexto, el tapador de los fines particulares de cada uno. El escritor dice que emborrona papel, y saca el dinero al público por su bien y lleno de respeto hacia él. El médico cobra sus curas equivocadas, y el abogado sus pleitos perdidos por el bien del público. El juez sentencia equivocadamente al inocente por el bien del público. El sastre, el librero, el impresor, cortan, imprimen y roban por el mismo motivo; y en fin, hasta el... ¿Pero á qué me canso? Yo mismo habré de confesar que escribo para el público, so pena de tener que confesar que escribo para mí.
Y en segundo lugar concluyo: que no existe un público único, invariable, juez imparcial, como se pretende; que cada clase de la sociedad tiene su público particular, de cuyos rasgos y caracteres diversos y aun heterogéneos se compone la fisonomía monstruosa del que llamamos público; que este es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que le componen; que es intolerante al mismo tiempo que sufrido, y rutinero al mismo tiempo que novelero, aunque parezcan dos paradojas; que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar de impresiones pasajeras; que ama con idolatría sin porqué, y aborrece de muerte sin causa; que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana, y el objeto de su olvido ó de su desprecio el mérito modesto; que olvida con facilidad é ingratitud los servicios más importantes, y premia con usura á quien le lisonjea y le engaña; y por último, que con gran sinrazón queremos confundirle con la posteridad, que casi siempre revoca sus fallos interesados.
SÁTIRA
CONTRA LOS VICIOS DE LA CORTE
(Artículo enteramente nuestro)
«... Á nadie se ofenderá, á lo menos á
sabiendas; de nadie bosquejaremos retratos;
si algunas caricaturas por casualidad
se pareciesen á alguien, en lugar de
corregir nosotros el retrato, aconsejamos
al original que se corrija; en su mano
estará, pues, que deje de parecérsele».
Pobrecito Hablador, núm. 1.º. Dos palabras
Déjame, Andrés, que de la corte huyendo,
De tantos vicios hórridos me aleje,
Como en mi patria mísera estoy viendo;
Ni te asombre que, al tiempo que los deje,
Ya que enmendarlos mi razón no pueda,
En sátiras amargas los moteje.
Tú en hora buena contemplarlos queda,
Tú, á quien fortuna próspera ó contraria
Salir de entre ellos para siempre veda.
Viva en la corte el que sin renta diaria
Triunfa y pelecha, y sin saber por dónde
Fija la rueda de la suerte varia.
Mírale andar en coche como un conde;
La bolsa llena de oro, y por su oficio
Pregúntale por ver si te responde.
Pues ése es jugador; noble ejercicio;
Tiene en el candelero que sustenta,
Sino un condado real, un beneficio.
Y son las heredades con que cuenta,
Y aquí vive el amarre y el pegote,
Y su casa y su honor que pone en venta.
¿Ves aquel otro erguido de cogote,
Que también opulento y sin empleo
Sabe existir? pues ése es un pegote.
Sin ése nunca hay boda, ni bateo,
Ni hay ambigú, ni baile, ni banquete,
Ni hay partida de caza ó de recreo.
Al que encuentra en la calle le arremete,
Y le pide, y le hostiga, y á que al cabo
Le convide á comer le compromete.
Y no pienses hartarle con un pavo,
Porque es un sabañón, aunque un poema
Te recite al comer de cabo á rabo.
Que aun esa gracia tiene; pues no hay flema
Que aguante los sonetos que te encaja
Entre uno y otro canjilón de crema.
De todo habla incansable, y corta y raja,
Lanzando un epígrama á cada uno,
Pues no siendo sus versos, todo es paja.
¿Quién es aquél que ayer aun hecho un tuno,
Roto paseaba y andrajoso el Prado,
Y hoy no saluda en zancos á ninguno?
¡Pardiez que sé quién es! un hombre honrado
Que de prisa y corriendo con la moza
Se casó de un señor encopetado.
Á quien, en vez de darle una coroza,
Un destino le dieron, y se mama
Dos mil duros, y gajes, y carroza.
Y el muy desvergonzado se nos llama
Padre de un hijo que nació á seis meses
De haber casado con la honesta dama.
Llega; háblale de honor; con los Meneses
Se dice emparentado y los Quincoces,
Y segundo de casa de Marqueses.
Soy un hombre de honor, diráte á voces,
Que está de vanidad que ya revienta
El muy... mas tú ya, Andrés, bien le conoces.
¿Ves aquél otro que en el landó se ostenta,
Con lentes, cadenas, y traílla
De galgos por detrás, palco, y la renta
Gasta de un rey, causando maravilla?
Pues ése debe el frac que lleva puesto,
Y el sobre-todo, á un sastre de esta villa,
Y el caballo al chalán, la casa á Ernesto,
La comida en la fonda, y cien sorbetes
En el café, y cigarros por supuesto.
Y al paso que en la cárcel mil pobretes
Por un duro se mueren de ictericia,
Ése pasea libre de corchetes;
Porque es conde y señor, y aunque desquicia
Con su vivir el orden, insolente
De las leyes se burla y la justicia.
¿Quién es aquélla que anda entre la gente,
Abrumada de encajes y diamantes,
Que parece sultana del Oriente?
Ésa es moza de prendas relevantes;
Un intendente, aunque la ves soltera,
Sostiene á la maldita y sus amantes.
Su madre, que la adiestra, hedionda, fiera,
Vieja, pintada y con postizo, á infame
Precio vendió su doncellez primera.
¡Y es posible! ¡qué horror! ¿no hay quien la llame
Por las calles á voces... torpe y bruja,
Ni hay galera en Madrid que la reclame?
¿Y no quieres, Andrés, que brama y cruja
El látigo tendido en la cloaca
Que á Sodoma y Gomorra sobrepuja?
Pues no llueve flamígera y opaca
Rayos aquí una nube tronadora,
¿Querrás que yo no aplique mi triaca?
¿Quién es aquella cara que enamora,
Con el gesto mirlado, rubio el pelo,
Ceñido el talle y dengues de señora?
¿Es hombre ó es mujer? Pisando el suelo
Con ademán pulido, barbilucio,
Gayado de colores el pañuelo,
En afeites envuelto, ¿ese tan lucio,
Tan vestido y compuesto, es algún dije
Que del país nos vino de Confucio?
Pues aquese es un hombre; un año exige
Su tocado al espejo; á ese bonito
Le ampara protector, si es que nos rige
La voz pública, Andrés, un... pero ¡chito!
Huye conmigo, Andrés; antes nos vamos,
Que trague tanto crimen el Cocito.
¿Qué haremos por acá los que ignoramos
El fraude, y la lisonja, y la mentira,
Y los que por orgullo no adulamos?
Vibrar no sé para adular mi lira,
Ni aguantar supe nunca humillaciones;
La voz entonces de mi labio espira.
¿Qué suerte haré yo aquí con mis renglones,
Yo que el humo jamás echo á ninguno
Del incienso vertido en mis borrones?
¿Yo que no tengo el diálogo oportuno
De Inarco, ni su sal para la escena,
Ni el aura injusta y popular de alguno?
Aunque haga una comedia mala ó buena,
Si no entiendo del teatro las intrigas,
¿Cuándo á pública luz saldrá mi vena?
Si no tengo allá dentro un par de amigas,
Y no adulo el cortejo que las paga,
Serán de mis comedias enemigas.
¿He de alabar á un necio que se traga
Como agua la alabanza no adquirida,
Aunque el papel destroce ó lo deshaga?
¿Ó he de sufrir, en fin, cuando aplaudida
Mi comedia enriquezca el escenario,
Que mil reales me den? No, no por mi vida.
¿Pido limosna acaso, ó perdulario
Coplero soy de esquina por ventura?
¿Y eso ha de producirme el incensario,
Y el quemarme las cejas? ¡Qué locura!
Cómanse con el resto ese dinero,
Ó al hospital lo den para una cura.
¡No hay vates! gritarán, ¡en lastimero
Estado el teatro está!... Díme, ¿los vates
Se mantienen de versos, majadero?
¿Ó no hay más que zurcir seis disparates
Para granjear aplauso? ¿hacer escenas
Tan fácil es como decir dislates?
¿Y quién protege las comedias buenas?
¿Los señores acaso? ¿El...? ¡Vive el cielo!
¡Y las oyen tal vez á duras penas!
Mal haya para siempre el torpe suelo
Donde el pícaro sólo hace fortuna;
Donde vive el honrado en desconsuelo;
Donde es culpa el saber; donde importuna
La ciencia, y donde el genio perseguido
Ahogados mueren en su propia cuna;
Donde no es otro mérito atendido
Que el oro; donde al mísero atropella
El coche de un bribón vano y henchido;
Donde en millones nada, por su estrella,
Quien al pueblo los roba desangrado
En un destino que le dió una bella;
Donde al ciento por ciento da prestado,
Sin que nadie lo mate, un usurero,
Y vive rico, alegre y respetado;
Donde el abate, aquel farandulero,
Que mudó de opinión cual de camisa,
Lleva su moza al Prado de bracero;
Donde marcha la faz bañada en risa,
El crimen descarado; alta la frente,
Corrompiendo el terreno por do pisa...
¿Y esto es vivir, Andrés? ¿Y entre esta gente
Me invitas á quedarme? ¿Por qué indicio
Pudiste sospechar que esté demente?
Viva aquí el abogado que en su oficio
Hace blanco lo negro, y que defiende
La virtud ofendida como el vicio.
Y el médico aquí viva, que se entiende
Con algún boticario, y nos receta
Drogas que á medias con aquél nos vende.
Mas yo, que soy un mísero poeta,
Antes que por decir verdades claras
En un encierro un alguacil me meta,
Y me cuesten mis sátiras más caras,
Ó en el hospicio muera miserable,
Quiero de riesgo huir doscientas varas:
Que ni es lícito hablar, donde intratable.
Pone á la lengua mordaza el miedo,
Y ¡ay del primero que rompiéndola hable!
Á Dios te queda, Andrés, que ya no puedo
Tanta bilis sufrir, ni tanta ira,
Y ¡ay de mí, triste, si á verterla quedo!
Que si Apolo su fuego no me inspira
Para hacer buenos versos contra el vicio,
Sabrá mi indignación templar mi lira.
Y mientras que huyo el riesgo á su ejercicio
Viva en la corte el que aguantarle sabe,
Y el que de embrollos gusta y de bullicio,
Viva en la corte, y que la corte alabe.
El bachiller don Juan Pérez de Munguía