EMPEÑOS Y DESEMPEÑOS
Pierde, pordiosea
El noble, empeña, malbarata,
Quiebra y perece, y el logrero goza
Los pingües patrimonios.
Jovellanos
En prensa tenía yo mi imaginación, no ha muchas mañanas[3], buscando en un tema nuevo sobre que dejar correr libremente mi atrevida sin hueso, que ya pedía conversación, y acaso nunca la hubiera encontrado á no ser por la casualidad que contaré; y digo que no la hubiera encontrado, porque entre tantas apuntaciones y notas como en mi pupitre tengo hacinadas, acaso dos solas contendrán cosas que se puedan decir, ó que no deban por ahora dejarse de decir.
Tengo un sobrino, y vamos adelante, que esto nada tiene de particular. Este tal sobrino es un mancebo que ha recibido una educación de las más escogidas que en este nuestro siglo se suelen dar; es decir esto, que sabe leer, aunque no en todos los libros, y escribir, si bien no cosas dignas de ser leídas; contar no es cosa mayor, porque descuida el cuento de sus cuentas en sus acreedores, que mejor que él se las saben llevar; baila como discípulo de Veluci; canta lo que basta para hacerse rogar y no estar nunca en voz; monta á caballo como un centauro, y da gozo ver con qué soltura y desembarazo atropella por esas calles de Madrid á sus amigos y conocidos; de ciencias y artes ignora lo suficiente para poder hablar de todo con maestría. En materia de bella literatura y de teatro no se hable, porque está abonado, y si no entiende la comedia, para eso la paga, y aun la suele silbar; de este modo da á entender que ha visto cosas mejores en otros países porque ha viajado por el extranjero á fuer de bien criado. Habla un poco de francés y de italiano siempre que había de hablar español, y español no lo habla, sino lo maltrata; á eso dice que la lengua española es la suya, y que puede hacer con ella lo que más le viniere en voluntad. Por supuesto que no cree en Dios, porque quiere pasar por hombre de luces; pero en cambio cree en chalanes y en mozas, en amigos y en rufianes. Se me olvidaba. No hablemos de su pundonor, porque éste es tal que por la menor bagatela, sobre si lo miraron, sobre si no lo miraron, pone una estocada en el corazón de su mejor amigo con la más singular gracia y desenvoltura que en esgrimidor alguno se ha conocido.
Con esta exquisita crianza, pues, y vestirse de vez en cuando de majo, traje que lleva consigo el ¿qué se me da á mí? y el ¡aquí estoy yo! ya se deja conocer que es uno de los gerifaltes que más lugar ocupan en la corte, y que constituye uno de los adornos de la sociedad de buen tono de esta capital de qué sé yo cuántos mundos.
Éste es mi pariente, y bien sé yo que si su padre le viera había de estar tan embobado con su hijo como lo estoy yo con mi sobrino, por tanta buena cualidad como en él se ha llegado á reunir. Conoce mi Joaquín esta fragilidad y aun suele prevalerse de ella.
Las ocho serían y vestíame yo, cuando entra mi criado y me anuncia mi sobrino. «¿Mi sobrino? pues debe de ser la una.—No, señor, son las ocho no más». Abro los ojos asombrado y me encuentro á mi elegante de pie, vestido y en mi casa á las ocho de la mañana. «Joaquín, ¿tú á estas horas?—¡Querido tío, buenos días!—¿Vas de viaje?—No, señor.—¿Qué madrugón es éste?—¿Yo madrugar, tío? todavía no me he acostado.—¡Ah, ya decía yo!—Vengo de casa de la marquesita del Peñol: hasta ahora ha durado el baile, Francisco se ha ido á casa con los seis dominós que he llevado esta noche para mudarme.—¿Seis, no más?—No más.—No se me hacen muchos.—Tenía que engañar á seis personas.—¿Engañar? Mal hecho.—Querido tío, usted es muy antiguo.—Gracias, sobrino, adelante.—Tío mío, tengo que pedirle á usted un gran favor.—¿Seré yo la sétima persona?—Querido tío, ya me he quitado la máscara.—Di el favor, y eché mano de la llave de mi gaveta.—En el día no hay rentas que basten para nada; tanto baile, tanto... en una palabra, tengo un compromiso. ¿Se acuerda usted de la repetición de Breguet que me vió usted días pasados?—Sí, que te había costado cinco mil reales.—No era mía.—¡Ah!—El marqués de *** acababa de llegar de París, quería mandarla limpiar y no conociendo á ningún relojero en Madrid le prometí enviársela al mío.—Sigue.—Pero mi suerte lo dispuso de otra manera; tenía yo aquel día un compromiso de honor; la baronesita y yo habíamos quedado en ir juntos á Chamartín á pasar un día; era imposible ir en su coche, es demasiado conocido...—Adelante.—Era indispensable tomar yo un coche, disponer una casa y una comida de campo... á la sazón me hallaba sin un cuarto; mi honor era lo primero, además, que andan las ocasiones por las nubes...—Sigue.—Empeñé la repetición de mi amigo.—¡Por tu honor!—Cierto.—¡Bien entendido! ¿y ahora?—Hoy como con el marqués, le he dicho que la tengo en casa compuesta y...—Ya entiendo.—Ya ve usted, tío... esto pudiera producir un lance muy desagradable.—¿Cuánto es?—Cien duros.—¿Nada más? no se me hace mucho».
Era claro que la vida de mi sobrino y su honor se hallaban en inminente riesgo. ¿Qué podía hacer un tío tan cariñoso, tan amante de su sobrino, tan rico y sin hijos? Conté, pues, sus cien duros, es decir, los míos. «Sobrino, vamos á la casa donde está empeñada la repetición.—Quand il vous plaira, querido tío».
Llegamos al café, una de las lonjas de empeño digámoslo así, y comencé á sospechar desde luego que esta aventura había de producirme un artículo de costumbres. «Tío, aquí será preciso esperar.—¿Á quién?—Al hombre que sabe la casa.—¿No la sabes tú?—No, señor; estos hombres no quieren nunca que se vaya con ellos.—¿Y se les confían repeticiones de cinco mil reales?—Es un honrado corredor que vive de este tráfico. Aquí está.—Éste es el honrado corredor,» y entró un hombre como de unos cuarenta años, si es que se podía seguir la huella del tiempo en una cara como la debe tener el judío errante, si vive todavía desde el tiempo de Jesucristo. Rostro acuchillado con varios chirlos y jirones tan bien avenidos y colocados de trecho en trecho, que más parecían nacidos en aquella cara, que efectos de encuentros desgraciados; mirar vizco, como de quien mira y no mira; barbas independientes, crecidas y que daban claros indicios de no tener con las navajas todo aquel trato y familiaridad que exige el aseo; ruin sombrero con oficios de quitaguas; capa de éstas que no tapan lo que llevan debajo, con muchas cenefas de barro de Madrid; botas ó zapatos, que esto no se conocía, con más lodo que cordobán; uñas de escribano, y una pierna de dos que tenía, en vez de sustentar la carga del cuerpo, le servía á este de carga, y era de él sustentada, por donde del tal corredor se podía decir exactamente aquello de que Tripas llevan pies; metal de voz además que á todos los ruidos desapacibles se asemejaba, y aire, en fin, misterioso y escudriñador. «¿Está eso, señorito?—Está; tío, déselo usted.—Es inútil, yo no entrego mi dinero de esta suerte.—Caballero, no hay cuidado.—No lo habrá ciertamente, porque no lo daré». Aquí empezó una de votos y juramentos del honrado corredor, de quien tan injustamente se desconfiaba, y de lamentaciones deprecatorias de mi sobrino, que veía escapársele de las manos su repetición por una etiqueta de esta especie; pero me mantuve firme, y le fué preciso ceder al hebreo mediante una honesta gratificación que con sus votos canjeamos.
En el camino nuestro cicerone, más aplacado, sacó de la faltriquera un paquetillo, y mostrándomelo secretamente: «Caballero, me dijo al oído, cigarros habanos, cajetillas, cédulas de... y otras frioleras por si usted gusta.—Gracias, honrado corredor».—Llegamos por fin, á fuerza de apisonar con los pies calles y encrucijadas, á una casa y á un cuarto cuarto, que alguno hubiera llamado guardilla á haber vivido en él un poeta.
No podré explicar cuán mal se avenían á estar juntas unas con otras, y en aquel tan incongruente desván, las diversas prendas que de tan varias partes allí se habían venido á reunir. ¡Oh, si hablaran todos aquellos cautivos! El deslumbrante vestido de la belleza, ¿qué de cosas diría dentro de sus límites ocurridas? ¿qué el collar, muchas veces importuno, con prisa desatado y arrojado con despecho? ¿qué sería escuchar aquella sortija de diamantes, inseparable compañera de los hermosos dedos de marfil de su hermoso dueño? ¡qué diálogo pudiera trabar aquella rica capa de chinchilla con aquel chal de cachemira! Desvié mi pensamiento de estas locuras, y parecióme bien que no hablasen. Admiréme sobremanera al reconocer en los dos prestamistas que dirigían toda aquella máquina á dos personas que mucho de las sociedades conocía, y de quien nunca hubiera presumido que pelecharan con aquel comercio; avergonzáronse ellos algún tanto de hallarse sorprendidos en tal ocupación, y fulminaron una mirada de estas que llevan en sí una larga reconvención sobre el israelita que de aquella manera había comprometido su buen nombre introduciendo profanos, no iniciados, en el santuario de sus misterios.
Hubo de entrar mi sobrino á la pieza inmediata, donde se debía buscar la repetición y contar el dinero: yo imaginé que aquel debía de ser lugar más á propósito todavía para aventuras que el mismo puerto Lápice: calé el sombrero hasta las cejas, levanté el embozo hasta los ojos, púseme á lo oscuro, donde podía escuchar sin ser notado, y di á mi observación libre rienda que caminase por do más le pluguiese. Poco tiempo habría pasado en aquel recogimiento, cuando se abre la puerta y un joven vestido modestamente pregunta por el corredor.
«Pepe, te he esperado inútilmente; te he visto pasar, y he seguido tus huellas. Ya estoy aquí y sin un cuarto; no tengo recurso.—Ya le he dicho á usted que por ropas es imposible.—¡Un frac nuevo! ¡una levita poco usada! ¿No ha de valer esto más de diez y seis duros que necesito?—Mire usted, aquellos cofres, aquellos armarios están llenos de ropas de otros como usted; nadie parece á sacarlas, y nadie da por ellas el valor que se prestó.—Mi ropa vale más de cincuenta duros: te juro que antes de ocho días vuelvo por ella.—Eso mismo decía el dueño de aquel sortú que ha pasado en aquella percha dos inviernos; y la que trajo aquel chal, que lleva aquí dos carnavales; y la... —¡Pepe, te daré lo que quieras, mira; estoy comprometido; no me queda más recurso que tirarme un tiro!». Al llegar aquí el diálogo, eché mano de mi bolsillo, diciendo para mí: No se tirará un tiro por diez y seis duros un joven de tan buen aspecto. ¡Quién sabe si no habrá comido hoy su familia; si alguna desgracia... Iba á llamarle, pero me previno Pepe diciendo: «¡Mal hecho!—Tengo que ir esta noche sin falta á casa de la señora de W***, y estoy sin traje: he dado palabra de no faltar á una persona respetable. Tengo que buscar además un dominó para una prima mía, á quien he prometido acompañar...». Al oir esto solté insensiblemente mi bolsa en mi faltriquera, menos poseído ya de mi ardiente caridad. «¡Es posible! Traiga usted una alhaja.—Ni una me queda; tú lo sabes: tienes mi reloj, mis botones, mi cadena...—¡Diez y seis duros!—Mira, con ocho me contento.—Yo no puedo hacer nada en eso; es mucho.—Con cinco me contento, y firmaré los diez y seis, y te daré ahora mismo uno de gratificación... —Ya sabe usted que yo deseo servirle, pero como no soy el dueño... ¿Á ver el frac?». Respiró el joven, sonrióse el corredor; tomó el atribulado cinco duros, dió de ellos uno, y firmó diez y seis, contento con el buen negocio que había hecho. «Dentro de tres días vuelvo por ello. Á Dios. Hasta pasado mañana.—Hasta el año que viene». Y fuése cantando el especulador.
Retumbaban todavía en mis oídos las pisadas y le fioriture del atolondrado, cuando se abre violentamente la puerta, y la señora de H... y en persona, con los ojos encendidos y toda fuera de sí, se precipita en la habitación. «¡Don Fernando!». Á su voz salió uno de los prestamistas, caballero de no mala figura y de muy galantes modales, —¡Señora!—¿Me ha enviado usted esta esquela?—Estoy sin un maravedí; mi amigo no la conoce á usted... es un hombre ordinario... y como hemos dado ya más de lo que valen los adornos que tiene usted ahí...—¿Pero no sabe usted que tengo repartidos los billetes para el baile de esta noche? Es preciso darle, ó me muero del sofoco...—Yo, señora... —Necesito indispensablemente mil reales, y retirar, siquiera hasta mañana, mi diadema de perlas y mis brazaletes para esta noche: en cambio vendrá una vajilla de plata y cuanto tengo en casa. Debo á los músicos tres noches de función; esta mañana me han dicho decididamente que no tocarán si no los pago. El catalán me ha enviado la cuenta de las velas, y que no enviará más mientras no le satisfaga.—Si yo fuera solo...—¿Reñiremos? ¿No sabe usted que esta noche el juego solo puede producir?... ¡Nos fué tan mal la otra noche! ¿Quiere usted más billetes? no me han dejado más que seis. Envíe usted á casa por los efectos que he dicho.—Yo conozco... por mí... pero aquí pueden oirnos; entre usted en ese gabinete». Entráronse, y se cerró la puerta tras ellos.
Siguióse á esta escena la de un jugador perdidoso que había perdido el último maravedí, y necesitaba armarse para volver á jugar; dejó un reloj, tomó diez, firmó quince, y se despidió diciendo: «Tengo corazonada; voy á sacar veinte onzas en media hora, y vuelvo por mi reloj». Otro jugador ganancioso vino á sacar unas sortijas del tiempo de su prosperidad: algún empleado vino á tomar su mesada adelantada sobre su sueldo, pero descabalada de los crecidos intereses: algún necesitado verdadero se remedió, si es remedio comprar un duro con dos; y sólo mentaré en particular al criado de un personaje que vino por fin á rescatar ciertas alhajas que había más de tres años que cautivas en aquel Argel estaban. Habíanse vendido las alhajas, desconfiados ya los prestamistas de que nunca las pagaran, y porque los intereses estaban á punto de traspasar su valor. No quiero pintar la grita y la zalagarda que en aquella bendita casa se armó. Después de dos años de reclamaciones inútiles, hoy venían por las alhajas; ayer se habían vendido. Juró y blasfemó el criado y fuese, prometiendo poner el remedio de aquel atrevimiento en manos de quien más conviniese.
¿Es posible que se viva de esta manera? Pero ¿qué mucho, si el artesano ha de parecer artista, el artista empleado, el empleado título, el título grande, y el grande príncipe? ¿Cómo se puede vivir haciendo menos papel que el vecino? ¡Bien haya el lujo! ¡bien haya la vanidad!
En esto salía ya del gabinete la bella convidadora; habíase secado el manantial de sus lágrimas.
«Á Dios, y no falte usted á la noche», dijo misteriosamente una voz penetrante y agitada. «Descuide usted; dentro de media hora enviaré á Pepe», respondió una voz ronca y mal segura. Bajó los ojos la belleza, compuso sus blondos cabellos, arregló su mantilla, y salió precipitadamente.
Á poco salió mi sobrino, que después de darme las gracias, se empeñó tercamente en hacerme admitir un billete para el baile de la señora H... y. Sonreime, nada dije á mi sobrino, ya que nada había oído, y asistí al baile. Los músicos tocaron, las luces ardieron. ¡Oh utilidad de los usureros!
No quisiera acabar mi artículo sin advertir que reconocí en el baile al famoso prestamista, y en los hombros de su mujer el chal magnífico que llevaba tres carnavales en el cautiverio; y dejó de asombrarme desde entonces el lujo que en ella tantas veces no había comprendido.
Retiréme temprano, que no le sientan bien á mis canas ver entrar á Febo en los bailes; acompañóme mi sobrino, que iba á otra concurrencia. Bajé del coche, y nos despedimos. Parecióme no encontrar en su voz aquel mismo calor afectuoso, aquel interés con que por la mañana me dirigía la palabra. Un á Dios bastante indiferente me recordó que aquel día había hecho un favor, y que el tal favor ya había pasado. Acaso había sido yo tan necio como loco mi sobrino. No era mucho, decía yo, que un joven los pidiera; ¡pero que los diera un viejo!
Para distraer estas melancólicas imaginaciones, que tan triste idea dan de la humanidad, abrí un libro de poesía, y acertó á ser en aquel punto en que dice Bartolomé de Argensola:
De estos niños Madrid vive logrado,
Y de viejos tan frágiles como ellos,
Porque en la misma escuela se han criado.
NOTAS:
[3] Carnaval del año 1832.
SÁTIRA
CONTRA LOS MALOS VERSOS DE CIRCUNSTANCIAS
...El corazón entero y generoso
Al caso adverso inclinará la frente
Antes que la rodilla al poderoso.
Rioja
No hay cosa, Andrés, como nacer poeta.
No hay plaga que al alumno de las nueve,
No hay mal que al infeliz no le acometa.
¿Creerás que huyendo de la turba aleve
De los necios, sin fin, siempre he buscado
Un rincón en el mundo oscuro y breve,
Donde esconderme de ellos resguardado?
¿Y presumes que en balde lo pretendo
Desde que la razón su luz me ha dado?
Donde quiera que voy, vanme siguiendo;
Agárranse de mí, como la yedra
Del árbol que la vive sosteniendo.
Entre los pies me nacen, como medra
Entre cepas la grama; que parece
Que aquí produce un necio cada piedra.
Ni me sirve correr, que también crece
Su paso con el mío, ni el embozo
En los ojos llevar aunque tropiece.
Me ven, y danme gritos sin rebozo.
¿No es el fatuo don Blas aquel que alarga
El paso allá detrás con tanto gozo?
¡Ay del que sufra su infernal descarga!
¿Es él, mi Andrés? Pues en mi busca viene,
Que tengo de eso mi experiencia larga.
No hay escapar, que hablarme se previene.
Ayúdame á salir de tanto aprieto,
Y dejémosle aquí si nos conviene.
«¡Don Juan!—¡Don Blas!—Os busco.—¿Sí?—Un soneto
Os tengo que pedir.—Andrés, ¿no digo?—
No os le perdono por ningún respeto:
Que sobre ser poeta sois mi amigo.—
Pues ¿qué ocurrió, don Blas? Vuestra honda saña
¿Qué vestigio mató, qué alto enemigo?
¿Otra América hallasteis para España?
¿Qué bienes á la patria le produce
Vuestro insigne valor ó vuestra hazaña?—
¿Qué patria? ¿Qué valor? ¿Á qué conduce
Todo eso que mentasteis tan prolijo?
Causa mayor mi gozo reproduce.
Un chico me nació. ¿Nadie os lo dijo?—
¡Jesús! ¡sea en hora buena! ¡Os juro, hermano,
Que es caso singular! ¿Hay tal? ¿Un hijo?
Dios os le haga, don Blas, muy buen cristiano.—
¿Os vais?—Estoy de prisa.—¡Oíd! Mohíno
Quedo, don Juan.—Don Blas, bésoos la mano.—»
¡Voto á tal, que el asunto es peregrino!
¿Lo oiste, Andrés? ¿No exige el majadero
Que las gracias le cante del mezquino?
Pues esto á cada punto más certero
Que un destino se encuentra el pobre vate,
Ó que un bolsón henchido de dinero.
Pídenos versos otro, más orate,
Porque se casa. ¡Pícara demencia!
¡Mala mujer le hostigue y le maltrate!
¿Y versos va á buscar? Busque paciencia,
Pues bien la ha menester aquel bolonio
Que se pone en tan dura penitencia.
Pues otro que andará por esos trigos
Envuelto en paño negro, solitario,
No pedirá consuelo á sus amigos;
Vendrá á pedirme un canto funerario
Porque ha enviudado de su casta esposa.
De elegías se deje el perdulario.
«¡Ay, que me fué tan buena, tan virtuosa!».
¡Embustero! Ponzoña tan nociva
Guarde encerrada la inclemente losa.
Vaya; entiérrela presto, no reviva,
Y descanse del susto el maridazo.
Mas si tanto la quiso cuando viva,
Calle y llore en silencio su porrazo;
Que más dice una lágrima abrasada,
Que no el yerto poema de un pelmazo.
¿Yo á todo he de hacer versos? ¡Qué! ¿Templada
Habrá de estar mi musa á todas horas,
Y á todo como cera preparada?
Pues deja, que ya atruenan las sonoras
Campanas y cañones. ¿Por ventura
Públicas fiestas hay? ¡Bien! Las canoras
Liras se templen, porque el tiempo apura.
Versos haya en las próximas funciones.
Versos vomite el vate con premura[4].
Ya el resplandor de innúmeros hachones,
Que confunden la noche con el día,
Nos deslumbra en ventanas y balcones.
Y no es nada la pública alegría,
Ni es la función magnífica y completa
Si el vate no aumentó la algarabía.
Fulmine la Tertulia á la Luneta
En papeles azules y encarnados
Las lisonjas del mísero poeta;
Como suelen llover santos pintados,
Concluida la cuaresma, en aleluyas,
Que arrebatan los chicos á puñados.
Ni te excuses, Andrés, ni le arguyas,
Ni al viento vuelvas para huir la proa;
No han de valerte las razones tuyas;
Que habrá quien luego la opinión te roa,
Si no haces de la noche á la mañana
Un himno por lo menos, ó una loa.
Salga el Pirene con figura humana,
Y la España, en el diálogo terciando
La coronada villa mantuana,
Y aparezca el Olimpo relumbrando,
Y hablen Mercurio, Júpiter, Minerva,
Que es cosa nunca vista; y todo el bando
De la usada alegórica caterva,
Mas que á todos nos tenga bien molidos
Esa canalla idólatra y proterva.
Mas oye, que ya zumba en mis oídos
El rumor de los versos que á millares
Por las troneras bajan impelidos.
Atruena el bronce los inmensos mares,
El vate empezará de circunstancias,
Y leventa su frente Manzanares.
Y acaso entre metáforas más rancias,
Salve ó salud, continuará diciendo,
Y una oda embutirá de extravagancias.
Á Febo en ella invocará, fingiendo
Modestia y miedo, porque su arpa de oro
Templada nunca estuvo al son tremendo.
Sin olvidar aquello de decoro,
Y de la Iberia sol, luciente estrella,
Y puebla en viento y su cantar sonoro;
Tal confusión atarugando en ella,
De contento, de gloria, de esperanza,
De aurora, de horizonte y de centella,
De dicha y de ventura y bienandanza,
Del Iris de la paz, de corazones,
De discordia apagada y de venganza;
Que no habrá quien entienda dos renglones,
Si antes, para espantar al diablo oscuro,
Diez conjuros no le echa y bendiciones.
¿Yo he de hacer un soneto, estruendo puro?
¿Yo he de alabar en versos de hojarasca
Al soberano, Andrés? No; te lo Juro.
No haya función, si quieren, sin tarasca;
Mas sé alabar yo poco: soy sincero.
La lisonja en las fauces se me estaca.
No porque al rey ¡pardiez! no amo y venero;
Me estimo ¡vive Dios! tan buen vasallo
Como cualquier poeta chapucero.
Mas no mis fuerzas suficientes hallo,
Y para no aturdirle con sandeces,
Le amo en silencio, le respeto y callo.
Pero si alguna, en fin, de tantas veces
Le hubiere de ensalzar, echando afuera
Sesquipedales voces y vejeces,
Ya que indigna y humilde no creyera
De tan excelso honor el arpa mía,
«Buen rey, en versos claros le dijera;
Ese aplauso que escuchas y alegría,
De gratitud son muestras generosas,
Que hasta el trono, Señor, tu pueblo envía;
Tu pueblo, que con lágrimas copiosas
De antiguas glorias los recuerdos tristes
Llora, y por cuyo bien nunca reposas.
Tú á la España benéfico infundistes
Nuevo aliento, Señor; tú á glorias nuevas
Con tu noble tesón la dispusistes.
Y acaso tornarán. Ilustres pruebas
Responden de tu amor por todas partes;
Tú con las ciencias hasta el cielo elevas
El esplendor hermoso de las artes;
Dasles hogar[5], y premios y laureles
Á sus alumnos tímidos repartes.
Tú un santuario sublime á los Apeles[6],
Á los Zeuxis de España consagrando,
Y á sus Fidias también y Praxiteles[7],
Para la patria en él irás formando
Canos, Murillos, cuya falta llora,
Émulos dignos del romúleo bando;
Tú á la dulce armonía halagadora
Digna escuela ofreciste[8]. Tú levantas
Con tu pródiga mano bienhechora
Nuevo templo á las musas[9]. ¡Oh! de cuántas
Naciones envidiado, que descuella
Mayor grandeza entre grandezas tantas.
Tú al Terencio español la honra más bella,
La recompensa das más esplendente,
Que nunca pudo ambicionar su estrella[10].
Tú eternos monumentos, reverente
Y justo, á Temis erigiste[11]. El oro
Tú al seno de la patria nuevamente
Le arrancas[12]; que la América el tesoro
No rinde á la metrópoli en tributo,
Triste ocasión de nuestra afrenta y lloro.
En llanto apenas del colono enjuto,
Pueblos enteros á tu impulso nacen,
Que en gozo truecan el dolor y el luto[13].
La honra perdida y crédito renacen[14];
No hay para ti costoso sacrificio,
Que á tu voz los estorbos se deshacen.
Para siempre aniquilas el suplicio
Que holló la noble dignidad del hombre[15].
Cada aurora un reciente beneficio
Viene en los pechos á grabar tu nombre.
¿Quién los dirá?... ¡En sus páginas la historia
Quizá á tus hijos con su cuento asombre!
Esto es mejor, buen rey, que una victoria.
¡Plegue al cielo, Señor, de tu reinado
Hacer eterna la naciente gloria!».
Esto entre tanto vate adocenado
Ni uno jamás le dijo. Así le hablara,
Si mi numen á tanto fuera osado.
Que es mi alabanza, cuanto justa, clara,
Sin enturbiar las ondas del Pactolo,
Ni el curso blando de la fuente avara,
Sin llamar en mi auxilio al rubio Apolo,
Ni andarme por los cielos tras las musas,
Para decir verdades basto solo.
Que eso de echarse, Andrés, en mil confusas
Y altisonantes voces sin sentido
Á buscar por las nubes garatusas,
Y amontonar á tientas de seguido
Sin salir del eterno formulario,
Que ni es del ensalzado apetecido,
Encomio sobre encomio mercenario,
Más que incensar á un hombre generoso
Es tirarle á la cara el incensario.
Mejor como el de Aguino vigoroso,
En levantar diviértome una ampolla
Con cada verso al necio y al vicioso;
El estruendo dejando y la bambolla
Del estro metafórico afectado
Al que ha de echar sus versos en la olla.
Ni pido, ni ambiciono: bien hallado
Me estoy con esa honesta medianía,
En que es independiente el hombre honrado.
Ni he menester para atacar un día,
Como es feudo, á mi rey, que el oro suyo
Descienda á desatar la lengua mía.
Mas reniego de ti, si el numen tuyo,
Andrés, á todo viento se menea,
Y que eres torpe adulador concluyo.
¿Versos al que en la cuna bambonea?
¿Y al que vive más versos y al que muere?...
¡Mal haya quien los haga y quien los lea!
Yo quiero por mi parte, si acudiere
Á importunar al Dios que nos inspira,
Para versos que un necio me pidiere,
Que airado el numen de la torpe lira
Rompa las cuerdas que mi indigna vena
Vendiere á la lisonja ó la mentira.
Y contento seré si en justa pena
De la verdad hollada que desdeño,
Á que nunca la diga me condena.
Consiento en que, mirándome con ceño
La musa airada, que mi fuego aviva,
Mis versos den, á quien los viere, sueño.
Quiero, en fin, que por pena me prescriba
Un moderno Calígula, en mi mengua,
Que aquellos versos que adulando escriba,
Borre yo mismo con mi propia lengua.
NOTAS:
[4] Nada hay más justo ni más plausible que un ayuntamiento que en nombre de la población que representa, agradecida, festeja dignamente á su monarca; nada más laudable que un poeta que pulsa dignamente la lira en honor de su soberano; pero nada más impertinente tampoco que el graznido desapacible de mil aves importunas que se atraviesan á perturbar el contento público con sus desconcertados chirridos. Á un soberano sólo se deben rendir homenajes dignos de su majestad. Así, pues, sólo son objeto de nuestra sátira los malos versos de circunstancias. Quien quiera ver en ella otra cosa, traspasará nuestra idea. Sabemos que de todo se puede hacer mal uso: el espadero hace la espada para defensa de los derechos de la sociedad, y el asesino la convierte en daño de esa misma sociedad. El mal no está en el artífice ni en la espada, sino en el asesino. Así la malicia nunca estaría en nosotros, sino en el malicioso. El que ciertas cosas quiera volver en mal capaz será de envenenar el aire que respiramos. ¡Gloria, pues, al soberano! ¡Gloria á la corporación ilustre que sabe festejarle dignamente cuando la ocasión se presenta! ¡Odio eterno á los malos versos que vienen á deslucir tan justos sentimientos!
[5] Conservatorio de Artes.
[6] Museo de Pinturas.
[7] Museo de Escultura.
[8] Conservatorio de Música.
[9] Teatro de la plaza de Oriente.
[10] La excelente edición de las obras del señor Moratín, hecha á costa de S.M.
[11] El Código de comercio ya planteado, y el criminal mandado hacer por S.M.
[12] La dirección de minas y protección á este ramo.
[13] La reedificación casi entera de varios pueblos arruinados por los terremotos, ejecutada durante el reinado de S.M.
[14] El crédito restablecido en el interior y en el extranjero.
[15] La derogación de la pena de horca. Mucho nos dejamos por decir en esta materia; pero ni este género de poesía lo consiente, ni somos historiadores. Basta esta corta muestra para que nunca se nos pueda atribuir una mala intención que no tenemos, y para que se vea hasta qué punto llevamos el rigor de la verdad.
TEATROS
¿QUIÉN ES POR ACÁ EL AUTOR DE UNA COMEDIA?
ARTÍCULO SEGUNDO
EL DERECHO DE PROPIEDAD
«Veo que ya no es tenido por sabio sino aquel que sabe arte lucrativa de pecunia... Veo los ladrones muy honrados... todo lleno de fe rompida y traiciones, todo lleno de amor de dinero».
Luis Mejía
¿Qué cosa es el derecho de propiedad? Si nosotros no lo decimos, ¿quién lo dirá? Y si ninguno lo dice, ¿quién lo sabrá? Y si ninguno lo sabe, ¿quién lo remediará?
Ya la fama esparció de provincia en provincia, de pueblo en pueblo, la gloria del nuevo alumno de las nueve, ya el importante y anhelado voto del ilustrado público coronó sus sienes con la hoja inmarcesible, resonaron los aplausos, vertió el ingenio lágrimas de alegría, y ya va á gozar del premio de sus tareas.
Piénsalo así á lo menos el desdichado; pero no sabe que ha escogido mala palestra para triunfar y que en este juego, como en el ganapierde, el que gana es el que da más á comer. Si su modestia y su mala ventura quiso que retardase acaso la publicación de su obra, levantarase una mañana y le dará en los ojos el anuncio de ella, ya impresa y puesta en venta, que andará bizmando las esquinas de la capital. Algún librero de... de dónde no es justo decir, le ha hecho el obsequio de imprimírsela en muy mal papel, con pésimo carácter de letra, estropeado el texto original y sin pedirle licencia. Así corren impresas muchas de ellas, y esto se hace pública y libremente.
No comprendemos en realidad por qué ha de ser un autor dueño de su comedia; verdad es que en la sociedad parece á primera vista que cada cual debe ser dueño de lo suyo; pero esto no se entiende de ninguna manera con los poetas. Éste es un animal que ha nacido como la mona para divertir gratuitamente á los demás, y sus cosas no son suyas, sino del primero que topa con ellas y se las adjudica. ¡Buena razón es que el pobre hombre haya hecho su comedia para que sea suya! ¡Lindo donaire! Dios crió al poeta para el librero, como el ratón para el gato, y caminando sobre este supuesto, que nadie nos podrá negar, es cosa clara que el impresor que tal hace cumple con su instinto, desempeña una obra meritoria, y si no gana el cielo, gana el dinero, que para ciertas conciencias todo es ganar.
Así que, asombrados estamos de la bondad y largueza de aquellos impresores honrados (que también los hay) que se dignan favorecer al autor con pedirle su permiso y su comedia, pagarle el precio convenido, y darla después lícitamente al público; estos deben entender poco ó nada de achaque de conciencias, porque, ¡cuánto más sencillo y natural es salirse á caza de comedias, como quien sale á caza de calandrias, tirar á la bandada, y caiga la que caiga... y rechine con ella la prensa y rechine el autor!
Nosotros, á fe de poetas, si es que se deja á los poetas que tengan siquiera fe, ya que tan poca esperanza tienen, les juramos no acudir á ponerles pleito, porque nunca hemos gustado de cuestiones de nombre, y tanto se nos da de que sea la divina Astrea la que saque el fruto de nuestras comedias, como de que sea el librero; con la ventaja para éste de que siquiera nos da gloria, al paso que la otra sólo nos podría dar cuidados y las conchas vacías de la ostra que se hubiese engullido. Hágales pues muy buen provecho á los señores tratantes en libros que esto hacen, nuestro ingenio, que mientras estemos nosotros aquí no les ha de faltar modo de vivir á los murcianos de nuestra literatura; y aun quizá nos demos por muy honrados y contentos.
¡Ojalá tuviesen fin aquí las lacerías del pobre autor! Pero dejando aparte el vil interés, y entrándonos por los campos de la gloria, ¿qué elocuente hablador podrá enumerar las tropelías que le quedan por sufrir al desventurado ingenio en su propia patria? Ved cómo corre su comedia de teatro en teatro; en todas partes gusta, pero acerquémonos un poco más. Aquí el corifeo de la compañía la despojó de su título, y le puso otro, hijo de su capricho, porque, ¿qué entienden los poetas de poner títulos á sus comedias? Allí otro cacique de aquellos indios de la lengua le atajó un parlamento ó le suprimió una escena, porque, ¿qué actor, por mal que represente, no ha de saber mejor que el mejor poeta dónde han de estar las escenas, y cuán largos han de ser los parlamentos y los diálogos, y todas estas frioleras del arte, particularmente si en su vida ha visto un libro, ni estudiado una palabra? Porque es de advertir que en materia de poesía, el que más lee y más estudia es el que menos entiende. Y gracias si la cuchilla de aquel bárbaro victimario no la suprimió entero el papel de un personaje, aunque fuera el del protagonista, que era el que menos falta hacía y más fuera estaba de su lugar.
¿Y aun de esta manera mutilada gustó la comedia? Pues en ese caso no habrá farsa mezquina, ni torpe drama, ni traducción mercenaria á la cual no se le ponga el nombre del autor una vez aplaudido. Tal es la despreocupación de los actores de provincia; para ellos todos los hombres y todos los autores son iguales, y desde el ápice de sus ficticios tronos ven á todos los mayores ingenios tamaños como menudas avellanas, y hacen justicia de unos y de otros, y una masa común de todas sus obras, fundados en que si tal autor no hizo tal obra, bien pudiera haberla hecho; y en el supremo tribunal de estos nuevos dispensadores de la fama lo mismo vale un Juan Pérez que un Pedro Fernández.
Concluyamos pues que el poeta es el único que no es hijo ni padre tampoco de sus obras. Dedicaos, compañeros, dedicaos á las letras aprisa; ese es el premio que os espera. Y quejaos siquiera, infelices. Luego oiréis la turba de gritadores que á la primera queja os ataja. «¡Qué insolencia! dicen: ¿pues no tiene valor de quejarse? ¿Y esto se permite? ¡Qué escándalo! ¡Un hombre que reclama lo que es suyo; un loco que no quiere guardar consideraciones con los necios; un desvergonzado que dice la verdad en el siglo de la buena educación; un insolente que se atreve á tener razón! Eso no se dice así, sino de modo que nadie lo entienda; encerrad á ese hombre que pretende que el talento sea algo entre nosotros, que no tiene respeto á la injusticia, que... encerradle, y siga todo como está, y calle el hablador».
Sí, callaremos, gritadores, que gritáis de miedo; callaremos; pero sólo callaremos espontáneamente cuando hayamos hablado.