PRÓLOGO

DE LA EDICIÓN MADRILEÑA DE 1843

De todos los ingenios cuyas obras forman el repertorio de la literatura española contemporánea, ninguno hay más popular ni más universalmente apreciado que don Mariano José de Larra. El nombre de Fígaro está rodeado de una auréola de gloria á que no es fácil que llegue otro cualquiera escritor de nuestros tiempos. No dejan de existir por esto literatos de un mérito incontestablemente superior; pero la especialidad de talento del ilustre autor que acabamos de citar le señala un lugar aparte en las letras, y que en vano le disputará nadie.

Una revolución política, fecunda, como todas las revoluciones, en disturbios y trastornos que han alterado esencialmente nuestras costumbres y nuestros hábitos; una revolución literaria correspondiente á la primera, que ha producido consecuencias análogas en la esfera del arte, daban ancho campo á la crítica para que, en nombre de lo santo y de lo bello, que con tanta frecuencia suelen ser hollados en las conmociones sociales, hiciese una guerra legítima é incansable á los excesos de todo linaje, á los desbordes de toda especie, á las exageraciones de cualquier género. Dos caminos tenía abiertos para desempeñar su obra, ambos en íntima relación con los dos principios que se disputan eternamente la naturaleza humana: el de la desvergüenza, el del ultraje, el de la pasión ciega y atropellada, ó el de la censura fuerte, pero templada; el del ataque vigoroso, pero circunspecto; el de la reflexión detenida y profunda. La diatriba y la sátira eran los dos crisoles literarios por donde había de pasar el nuevo orden de cosas que pugna por instalarse en nuestra sociedad, y los que habían de ensayar los hombres según sus respectivas cualidades, al pintar sus ilusiones desvanecidas, sus esperanzas defraudadas y sus desengaños realizados.

Fígaro se decidió por el buen camino. Su genio era demasiado grande para que hiciese la crítica de la sociedad que tenía delante de los ojos de otra manera que como la han hecho los hombres más privilegiados, como la hizo Aristófanes, como la hizo Persio, como la hizo Cervantes. Reunía todas las cualidades á propósito para ello: talento profundo, experiencia grandísima, y, sobre todo, vigor y originalidad de estilo. Así es que nadie le ha igualado en la sátira, si es que merecen el nombre de escritores satíricos aquéllos cuyo mérito está sólo en zaherir las reputaciones adquiridas y hacer mofa de las cosas más sagradas. La verdad es que el lugar que Larra dejó vacante con su prematura y desastrosa muerte no ha sido vuelto á ocupar todavía.

Era verdaderamente un defecto que, á pesar de la celebridad y del mérito no desmentidos por nadie del ingenioso Fígaro, no existiese una colección completa y seguida de sus obras. Todas ellas habían sido á la verdad impresas en diversas épocas; todas habían tenido ediciones más ó menos numerosas; pero jamás habían sido dadas á luz en un solo cuerpo y formando una edición única. Esta falta, originada por las azarosas circunstancias en que se ha encontrado la España, es la que el editor propietario de todos los escritos del inmortal crítico ha querido remediar con aquella que tiene ahora el honor de ofrecer al público, y en que concurren cuantas condiciones se podían apetecer.