EL MINISTERIAL
¿Qué me importa á mí que Locke exprima su exquisito ingenio para defender que no hay ideas innatas, ni que sea la divisa de su escuela: Nihil est intellectu quod prius non fuerit in sensu? Nada. Locke pudiera muy bien ser un visionario, y en ese caso ni sería el primero ni el último. En efecto, no debía de andar Locke muy derecho: ¡figúrese el lector que siempre ha sido autor prohibido en nuestra patria!... Y no se me diga que ha sido mal mirado, como cosa revolucionaria, porque, sea dicho entre nosotros, ni fué nunca Locke emigrado, ni tuvo parte en la constitución del año 12, ni empleo el año 20, ni fué nunca periodista, ni tampoco urbano. Ni menos fué perseguido por liberal; porque en sus tiempos no se sabía lo que era haber en España ministros liberales. Sin embargo, por más que él no escribiese de ideas para España, en lo cual anduvo acertado, y por más que se le hubiese dado un bledo de que todos los padres censores de la Merced y de la Vitoria condenasen al fuego sus peregrinos silogismos, bien empleado le estuvo. Yo quisiera ver al señor Locke en Madrid en el día, y entonces veríamos si seguiría sosteniendo que porque un hombre sea ciego y sordo desde que nació, no ha de tener por eso ideas de cosa alguna que á esos sentidos ataña y pertenezca. Es cosa probada que el que no ve ni oye claro á cierta edad, ni ha visto nunca ni verá. Pues bien, hombres conozco yo en Madrid de cierta edad, y no uno ni dos, sino lo menos cinco, que así ven y oyen claro como yo vuelo. Hábleles usted, sin embargo, de ideas; no sólo las tienen, sino que ¡ojalá no las tuvieran! Y de que estas ideas son innatas, así me queda la menor duda, como pienso en ser nunca ministerial; porque si no nacen precisamente con el hombre, nacen con el empleo, y sabido se está que el hombre, en tanto es hombre, en cuanto tiene empleo.
Podría haber algo de contusión en lo que llevo dicho, porque los ideólogos más famosos, los Condillac y Destutt-Tracy, hablan sólo del hombre, de ese animal privilegiado de la creación, y yo me ciño á hablar del ministerial, ese ser privilegiado de la gobernación. Saber ahora lo que va de ministerial á hombre, es cuestión para más despacio, sobre todo cuando creo ser el primer naturalista que se ocupa de este ente, en ninguna zoología clasificado. Los antiguos por supuesto no le conocieron; así es que ninguno de sus autores le mienta para nada entre las curiosidades del mundo antiguo, ni se ha descubierto ninguno en las excavaciones de Herculano, ni Colón encontró uno solo entre todos los Indios que descubrió; y entre los modernos, ni Buffon le echó de ver entre los racionales, ni Valmont de Bomare le reconoce; ni entre las plantas le coloca Jussieu, Tournefort, ni de Candolle, ni entre los fósiles le clasifica Cuvier; ni el barón de Humboldt, en sus largos viajes, hace la cita más pequeña que pueda á su existencia referirse. Pues decir que no existe, sin embargo, sería negar la fe, y vive Dios que mejor quiero pasar que la fe y el ministerialismo sean cosas para renegadas que para negadas, por más que pueda haber en el mundo más de un ministerial completamente negado.
El ministerial podrá no ser hombre; pero se le parece mucho, por defuera sobre todo: la misma fachada, el exterior mismo. Por supuesto, no es planta, porque no se cría ni se coge; más bien pertenecería al reino mineral, lo uno porque el ministerialismo tiene algo de mina, y lo otro porque se forma y crece por superposición de capas: lo que son las diversas capas superpuestas en el reino mineral, son los empleos aglomerados en él: á fuerza de capas medra un mineral; á fuerza de empleos crece un ministerial, pero en rigor tampoco pertenece á este reino. Con respecto al reino animal, somos harto urbanos, sea dicho con terror suyo, para colocar al ministerial en él. En realidad, el ministerial más tiene de artefacto que de otra cosa. No se cría, sino que se hace, se confecciona. La primera materia, la masa, es un hombre. Coja usted un hombre (si es usted ministro, se entiende, porque si no, no sale nada): sonríasele usted un rato, y le verá usted ir tomando forma, como el pintor ve salir del lienzo la figura con una sola pincelada. Déle usted un toque de esperanza, derecho al corazón, un ligero barniz de nombramiento, y un color pronunciado de empleo, y le ve usted irse doblando en la mano como una hoja sensitiva, encorvar la espalda, hacer atrás un pie, inclinar la frente, reir á todo lo que diga: y ya tiene usted hecho un ministerial. Por aquí se ve que la confección del ministerial tiene mucho de sublime, como lo entiende Longino. Dios dijo: Fiat lux, et lux facta fuit. Se sonrió un ministro, y quedó hecho un ministerial. Dios hizo al hombre á su semejanza, por más que diga Voltaire que fué al revés: así también un ministro hace un ministerial á imitación suya. Una vez hecho, le sucede lo que al famoso escultor griego que se enamoró de su hechura, ó lo que al Supremo Hacedor, de quien dice la Biblia á cada creación concluida: Et vidit Deus quod erat bonum. Hizo el ministro su ministerial, y vió lo que era bueno.
Aquí entra el confesar que soy un si es no es materialista, si no tanto que no pueda pasar entre las gentes del día lo bastante para haber muerto emparedado en la difunta que murió de hecho á catorce años, y que mató no ha mucho de derecho el ministerio de gracia y justicia, que fué matarla muerta. Dígolo, porque soy de los que opinan en los ratos que estoy de opinar algo sobre algo, con muchos fisiólogos y con Gall, sobre todo, que el alma se adapta á la forma del cuerpo, y que la materia en forma de hombre da ideas y pasiones, así como da naranjas en forma de naranjo.—La materia, que en forma sólo de procurador producía un discurso racional, unas ideas intérpretes de su provincia, se seca, se adultera en forma ministerial: y aquí entran las ideas innatas, esto es, las que nacen con el empleo, que son las que yo sostengo, mal que les pese á los ideólogos. Aquí es donde empieza el ministerial á participar de todos los reinos de la naturaleza. Es mona por una parte de suyo imitadora; vive de remedo. Mira al amo de hito en hito: ¿hace éste un gesto?, miradle reproducido como en un espejo en la fisonomía del ministerial. ¿Se levanta el amo? La mona al punto monta á caballo. ¿Se sienta el amo? Abajo la mona.—Es papagayo por otra parte; palabra soltada por el que le enseña, palabra repetida. Sucédele así lo que á aquel loro, de quien cuenta Jouy que habiendo escapado con vida de una batalla naval, á que se halló casualmente, quedó para toda su vida repitiendo, lleno de terror, el cañoneo que había oído: ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, sin nunca salir de esto. El ministerial no sabe más que este cañoneo. «La España no está madura.—No es oportuno.—Pido la palabra en contra.—No se crea que al tomar la palabra lo hago para impugnar la petición, sino sólo sí para hacer algunas observaciones», etc., etc. Y todo ¿por qué?, porque le suena siempre en los oídos el cañoneo del año 23. No ve más que el Zurriago, no oye más que á Angulema.
El cangrejo porque se vuelve atrás de sus mismas opiniones francamente: abeja en el chupar: reptil en el serpentear: mimbre en lo flexible: aire en el colarse: agua en seguir la corriente: espino en agarrarse á todo: aguja imantada en girar siempre hacia su norte: girasol en mirar al que alumbra: muy buen cristiano en no votar: y seméjase, en fin, por lo mismo al camello en poder pasar largos días de abstinencia; así es que en la votación mal decidida álzase el ministerial y exclama: «Me abstengo:» pero, como aquel animal, sin perjuicio de desquitarse de la larga abstinencia á la primera ocasión.
El ministerial anda á paso de reforma; es decir, que más parece que se columpia, sin moverse de un sitio, que no que anda.
Es por último el ministerial de suyo tímido y miedoso. Su coco es el urbano: no se sabe por qué le ha tomado miedo; pero que se le tiene es evidente: semejante á aquel loco célebre que veía siempre la mosca en sus narices, tiene de continuo entre ceja y ceja la anarquía: y así la anda buscando por todas partes, como busca Guzmán en la Pata de cabra las fantasmas por entre las rendijas de las sillas.—El ministerial, para concluir, es ser que dará chasco á cualquiera, ni más ni menos que su amo. Todas las esperanzas anteriores, sus antecedentes todos se estrellan al llegar al sillón; á cuyo propósito quiero contar un cuento á mis lectores.
Era año de calamidad para un pueblo de Castilla, cuyo nombre callaré; reunióse el ayuntamiento, y decidió recurrir á otro pueblo inmediato, en el cual se veneraba el cuerpo de un santo muy milagroso, según las más acordes tradiciones, en petición de la sagrada reliquia y de algunas semillas de granos para la nueva cosecha. Hízose el pedido, que fué al punto mismo otorgado. Al año siguiente pasaba el alcalde del pueblo sano por el afligido: es de advertir que contra todas las esperanzas, si bien la cosecha era abundante, el cielo, que oculta siempre al hombre débil sus altos fines, no había querido terminar la plaga, sin duda porque al pueblo no le debía de convenir.—¿Cómo ha ido por ésta?, le preguntaba el uno al otro alcalde.—Amigo, le respondió el preguntado, con expresión doliente y afligido, la semilla asombrosa... pero... no quisiera decírselo á usted.—¡Hombre!, ¿qué?—Nada: la semilla, como digo, asombrosa, pero el santo salió flojillo.
Los ministeriales efectivamente, amigo lector, no quisiera decirlo, pero salieron también flojillos.
SEGUNDA CARTA
DE UN LIBERAL DE ACÁ
Á UN LIBERAL DE ALLÁ
Sin duda será cosa que te asombre, querido Silva Carballo d'Alburquerque, recibir mi segunda carta antes que la primera. Ya se ve, acostumbrados ahí en Portugal á proceder lógicamente y empezar siempre por el principio, me tratarás de loco, si es que no me tratas de ministerial. Pero te has de hacer varios cargos. En primer lugar, no en todas partes hay las mismas costumbres. En España solemos empezar por lo último, dejándonos lo principal en el tintero, y pensar que yo solo me he de salir del camino trillado es pedir peras al olmo, ó, lo que es lo mismo, libertad á un ministerio; es buscar cotufas en el golfo; más claro, por si no entiendes este refrán, es buscar una sentencia de muerte en causa carlista.
Ni yo veo la necesidad de empezar siempre por el principio, sobre ser esto cosa que á cualquiera le ocurriría, y aquí no somos cualquiera: el empezar por lo último tiene la singular ventaja, que á ti no te habrá ocurrido, de aparecer las cosas acabadas desde luego. Las naciones se manejan como los sonetos; los cuales si han de ser buenos, no hay poeta mediano que no los empiece por el último verso. Agrega á esto que de hacer las cosas mal, resulta otro beneficio, cual es el de poderlas enmendar, y así lo que no va en el libro va en la fe de erratas. Á cuyo propósito viene de perilla el recordarte el cuento de nuestro don Bartolomé, acerca del mal pintor que quería blanquear, y luego pintar su casa, y á quien un inteligente aconsejaba que mejor le estaría para su gloria pintarla primero y después blanquearla.—En segundo lugar has de saber que mi primera carta fué malamente interceptada: y no es decir que te la enviase yo por Vizcaya, lo cual hubiera sido grave error geográfico, sino por el conducto de este malhadado periódico, que perdone la censura. Pero es de advertir, amigo, que un periódico es en el día en punto á interceptaciones una verdadera Vizcaya. Es más fácil casi llevar un pliego al general en jefe, aunque no se sepa dónde para, que hacer llegar al público un mal artículo. Verdad es que, si hemos de hablar claro, es más fácil saber dónde está el público que dónde está Rodil: ya ves que no te lo pondero poco. Cada periódico dice que lo tiene en su casa; pero en realidad el público es como la libertad, que todos dan en decir que la tenemos, y ninguno la ve.
Interceptada, pues, mi primera carta, ¿qué otro recurso me queda que escribirte la segunda? Si yo no fuera tan escrupuloso, bien pudiera llamar segunda á la primera; pero yo, amigo, como Boileau, j'appelle un chat un chat et Rolet un fripon.
Y así me dejaran, como llamaría otras muchas cosas por su nombre: que á creerme autorizado como el ministerio de lo interior á mudar los nombres á las cosas, ya puedes imaginarte que no sería por mis cartas por donde empezaría.
Vamos á otra cosa; ¿no hay facciosos en Portugal, querido Silva? ¿Hay país más raro? ¿Cómo podéis vivir sin facciosos? ¿De qué habláis pues? ¿á quién perseguís? ¿de qué llenáis vuestra gaceta? ¿Vivís sin partes oficiales, sin sorpresas? Raro me habían dicho que era Portugal, pero no tanto.
Dolorosa me ha sido la muerte de vuestro don Pedro, muy dolorosa, más por afición que le tenía, que por creer que os fuese necesario. Sin ir más lejos, aquí no hemos tenido don Pedro, y nos hemos pasado sin él: verdad es que también nos pasamos sin otras cosas. ¿Es posible que en Portugal nadie tiene miedo á los liberales? ¡Lo que va de un clima á otro! Lo mismo sucede con esto que con las tarántulas, que en tierra de Tarento son ponzoñosas, y en países más fríos no; por acá los liberales son tremendos; así es que les tenemos, no diré un miedo cerval, pero sí un miedo ministerial. Si el liberal, sobre todo, ha emigrado, y si necesita empleo para vivir, es cosa muy perjudicial: los liberales buenos son los que no han emigrado, ni se han estado aquí, y los que no necesitan comer para vivir. Los demás llevan siempre la anarquía en el bolsillo. En Portugal, por el contrario, los temibles eran los miguelistas; aquí no: aquí los carlistas son como si dijéramos de casa... pero baste en este punto.
Por las gacetas, dices, conoces que lo de Vizcaya va bien; yo lo creo: un señor procurador bien informado ha dicho no ha mucho en el Estamento que el año pasado tenía la facción unos dos mil hombres, y que en el día cuenta veinte mil; me parece, pues, que no puede ir mejor; la facción parece deuda del Estado según crece.
Preguntarásme de dineros: en eso sí que estamos bien: ya sabes por la mucha filosofía que has estudiado, que no es más rico aquél que tiene más dinero, sino aquél que tiene menos deseos. Por esta regla de eterna verdad, ¿qué nación más rica que la nuestra? Aquí nadie desea más de lo que tenemos: ¡mira tú si nos contentamos con poco! En realidad no falta casi nada, porque no falta más que dinero. Pero esto se compondrá, Dios y un empréstito mediantes.
Por las discusiones del Estamento te enterarías de como la España no está bastante civilizada; en una palabra, bastante madura para instituciones más anchas. Pero si no está madura para eso, lo está en cambio para otras cosas. Para pagar lo que se ha comido y lo que no se ha comido; para reconocer sus deudas y las ajenas está en toda su sazón. Se desgaja del árbol. En punto á deudas está al nivel de las naciones más cultas. Efectivamente, si es señal de madurez en la fruta el estar caída, convengamos en que nuestra patria está más que madura; está pasada.
Con respecto á caminos no hay otra novedad, si es que eso se puede llamar novedad, que el seguir los más de ellos interceptados, incluso el de las reformas. Á bien que siempre nos queda expedito el del cielo, que es el gran camino, y por el cual caminamos á pasos agigantados con toda la paciencia de buenos cristianos: los demás en realidad más son veredas que caminos.
Á propósito de veredas, ya sabrás que han nombrado á Mina para la guerra de Vizcaya. Mina hará una carrera rápida con este gobierno. Un año ha tardado no más en ser empleado. Otro año más, y sabe Dios adónde llegará.
El Estamento de Próceres tuvo antes de ayer una sesión: es probable que tenga otras.—Sabrás como ya se emplean por todas partes los hombres de talento. No se da un solo destino que no sea al mérito.
La milicia urbana ya se ha reunido, no sólo una vez, sino que creo que ha sido hasta dos. Se dice que si dará ó no dará un poquito de servicio las tardes de los días de fiesta en el teatro. Con esto ya verás qué paso lleva Zumalacárregui.
El cólera sigue haciendo en algunas provincias más estragos que un reglamento de censura.
Mucho me alegro de que en Portugal seáis tan libres y tan felices. Aquí es enteramente lo mismo.
Hasta otra, querido Silva.—El liberal de acá.
PRIMERA CONTESTACIÓN
DE UN LIBERAL DE ALLÁ
Á UN LIBERAL DE ACÁ
Dices, querido liberal casteçao, que me asombrará el recibir tu segunda carta antes que la primera. Te equivocaste, amigo, como es estrella vuestra en todas ocasiones: á mí en hablándoseme de ese país no me asombra nada. Hubiérame antes parecido cosa rara haber recibido tus cartas por su orden. Ya por acá sabemos que en punto á cartas no jugáis muy limpio.
Pero, en fin, he recibido la segunda, á propósito de lo cual te diré que vengan ellas, y vengan como y cuando puedan, que yo luego las ordenaré, como Dios me diere á entender, á semejanza de aquél que, no sabiendo más de ortografía que muchos gobernantes de gobierno, enviaba juntos en la posdata gran número de comas y signos de puntuación, añadiendo á su corresponsal: por lo que hace á los puntos y las comas, ahí van todos juntos para que usted se entretenga en ponerlos en su lugar, que yo ando de prisa.
Nótase en toda tu carta cierto mal sabor de ironía, capaz de dar vahídos al más duro de cabeza, si se les diese á ciertas cabezas duras algo de algo. Por el rey don Sebastián te juro que no entiendo por qué os quejáis tanto los liberales casteçaos. ¿Tenéis vosotros vencedores y vencidos? Claro está que no; porque aunque los facciosos en algunas partes hasta ahora han podido más, se les debía contar lo que de dos que habían reñido decía un chusco, al preguntarle quién de los dos había podido más. «Claro está, respondió, que el que cayó debajo, puesto que tuvo al otro encima».
Ellos han podido más, porque en realidad siempre os tienen encima.
Insisto por otra parte en que no hay vencedores ni vencidos, como dice vuestro ministerio; para convencerse de lo cual basta echar una ojeada á los puestos respectivos que ocupaban el año 32 Calomarde y los suyos, y á los que ocupan en el día sus sucesores: esas mudanzas no han sido haber vencedor ni vencido, sino finura de Calomarde, que ha renunciado generosamente su sillón á los que mandan en el día.
Convengamos en que es un gran consuelo para uno que lo pasa mal, decirle al oído: lo pasa usted mal, pero hágase usted cargo de que no hay vencedores ni vencidos. En no habiendo vencedores ni vencidos, que te roben al volver de una esquina, que te salga una lupia en medio de la frente, ó una joroba en medio de las espaldas, nada te debe de importar: porque sin esos vencedores y vencidos no hay felicidad posible en la tierra, como lo hallarás escrito en todos los filósofos. Ahora con vencedores y vencidos marchas por tu camino como un coche con sus ruedas. Despachaos, pues, los liberales casteçaos á vencer á alguien, y si los carlistas no se dejan vencer, venceos por el pronto á vosotros mismos, que ése será el vencimiento que esos señores querrán dar á entender como necesario para que todo entre en caja, sobre ser esa clase de victoria la más agradable á los ojos de Dios.
Y aunque no tuvierais en cada desgracia que os sucede el gran consuelo de reflexionar que no hay vencedores ni vencidos, no veo yo la causa de tanta aflicción. Que está el pretendiente en Vizcaya... y bien: ¿y qué es el pretendiente? Según una feliz expresión de un diputado francés, traducida y arreglada para vosotros por un amigo tuyo y mío, nada: un faccioso más.
Que se ha aumentado la facción; que tenía dos mil hombres el año pasado, y que éste tiene veinte mil, como me dices en tu segunda carta. Pero ¿qué es eso, amigo mío? Bien contado, nada: diez y ocho mil facciosos más.
Que os dió gran dolor lo de Carondelet: ¡oh almas apocadas! ¿Y qué es eso bien mirado? Nada: una sorpresa más.
¡Ay, amigo, las cosas son como se quieren ver! Filosofemos un momento. Quiero suponer que volviéramos al año 23, que es todo lo peor que os podría suceder. ¿Y bien?, á los ojos de la poesía, ¿qué sería esto? Nada: diez años más de despotismo; y que te ahorcasen á ti por ejemplo. ¿Y qué sería esto comparado con la inmensidad del universo? Nada: un ahorcado más en el mundo.
Que no tenéis dinero... ¿y qué es eso? Nada: una miseria más. Que no teniendo un cuarto, habéis reconocido todo lo anterior. ¿Y qué es eso? Nada: una deuda más. Que tenéis que recurrir á un empréstito. ¿Y qué es eso? ¡oh ánimas mezquinas! Nada: un empréstito más. Que hay cólera, en fin, en varias provincias... ¿Y qué es eso últimamente? Una calamidad más.
Ya ves que tomadas las cosas de esa manera, maldito si hay por qué afligirse. Á propósito de afligirse, ¿qué hay del ministerio del interior? Después de haber mudado los nombres á las cosas, supongo que habrá hecho mil otras reformas de primera importancia. Escríbeme largo en ese punto, si hay de qué.
¿Cómo va de milicia urbana? Ya inspirará confianza á todo el mundo; ya estará toda organizada y armada; doylo por supuesto.
Háceme reir por último en tu carta lo que del miedo que á los liberales se tiene por ahí, me dices. En cuanto á eso y en cuanto á los muchos que han andado de cárcel en cárcel, y de destierro en destierro por conspiradores, así como á los que andan sin colocación todavía por anarquistas, concluiré esta misiva con recordarte el lema que un escribano ladino encontró en un pesado mamotreto, revolviendo el archivo de la chancillería de Valladolid. Decía así: «Causa formada á las monjas del convento de Santa Clara de esta ciudad, por volar, y otros excesos».
Así me parece á mí que son los excesos de esos pobres liberales de Castilla como los vuelos de las madres: con lo cual quedo á tus órdenes, esperando noticias de esa nación privilegiada, la cual se me figura que andando siglos podrá llegar algún día á remontarse á la altura de Portugal.—O senhor don Sebastian Carvalhao d'Alburquerque.