IMPRESIONES DE UN VIAJE
ÚLTIMA OJEADA SOBRE EXTREMADURA—DESPEDIDA Á LA PATRIA
Por fin, debía dejar la España, pero bien como el que se separa de una querida á quien ha debido por mucho tiempo su felicidad, no podía menos de volver frecuentemente la cabeza para dar una última ojeada á esta patria donde había empezado á vivir, porque en ella había empezado á sentir.
Uno de los puntos que antes de mi partida se ofrecieron á mi vista fué Alange, pueblecillo situado á la falda de una colina, y en una posición sumamente pintoresca: esta villa, que dista pocas leguas de Mérida, posee una antigüedad sumamente curiosa: un baño romano de forma circular y enteramente subterráneo, cuya agua nace allí mismo, y se mantiene en el propio estado en que debía de estar en tiempo de los procónsules; recibe su luz de arriba, y los habitantes, no menos instruidos en arqueología que los Meridenses, le llaman también el baño de los Moros. (Véase nuestro artículo sobre antigüedades de Mérida.)
La colocación de este baño hace presumir que los Romanos debieron de conocer las virtudes de las aguas termales de Alange. En el día son todavía muy recomendadas, y hace pocos años se ha construido en el centro de un vergel espesísimo de naranjos á la entrada de la población una casa de baños, donde los enfermos, ó las personas que se bañan por gusto, pueden permanecer alojados y asistidos decentemente durante la temporada. El agua sale caliente, pero no se nota en su sabor, ni en su olor, ninguna diferencia esencial del agua común. Los naturales me refirieron una de sus primeras virtudes populares. Los arroyos y pequeñas charcas que se forman en el país de las aguas llovedizas, crían infinitas sanguijuelas, las cuales se introducen muchas veces en la boca de las caballerías y las desangran: en tales casos parece que con sólo llevar el animal, acometido mal su grado del régimen brusista, al manantial termal y hacerle beber del agua, los bichos sanguinarios sueltan la presa y dejan libre al paciente. En una nación donde hay tanta sanguijuela, que como la de Horacio no se separa de su empleo, nisi plena cruoris, no parece inútil la publicación de este sencillo modo de hacerles soltar la presa. Sólo es de temer que no haya en todo Alange agua bastante para empezar.
Este pueblo, de fundación árabe, posee además en lo alto de un cerro eminente los restos de un castillo moro, y á sus pies corre el Matuchel, riachuelo ó torrente notable por la abundancia de adelfas que coronan sus márgenes.
Considerada la Extremadura históricamente ofrece al viajero multitud de recuerdos importantes y patrióticos, y hace un papel muy principal en nuestras conquistas del nuevo mundo; de ella salieron la mayor parte de nuestros héroes conquistadores. Hernán Cortés reconoce por patria á Medellín y Pizarro á Trujillo. Este último pueblo conserva un carácter severo de antigüedad que llama la atención del viajero; los restos de sus murallas, y multitud de edificios particulares repartidos por toda la población, tienen un sello venerable de vejez para el artista que sabe leer la historia de los pueblos y descifrar en sus monumentos el carácter de cada época.
Pero considerada la Extremadura como país moderno en sus adelantos y en sus costumbres, es acaso la provincia más atrasada de España, y de las que más interés ofrecen al pasajero.
Si se exceptúa la Vera de Plasencia y algún otro punto, como Villafranca, en que se cultiva bastante la viña y el olivo, la agricultura es casi nula en Extremadura. La riqueza agrícola de la provincia consiste en sus inmensos yermos, en sus praderas y encinares, destinados á pastos de toda clase de ganados. Antes de la guerra de la independencia y del decaimiento de la cabaña española, las dehesas eran un manantial de riqueza para el país, y sobre esa base se han acumulado fortunas colosales. Aún en el día, produciendo más la tierra de las dehesas que la puesta á labor, fácilmente se concibe que la provincia debe de ser sumamente despoblada; y reasumida la poca riqueza en unos cuantos señores ó capitalistas, resulta una desigualdad inmensa en la división de la propiedad. El sistema de las dehesas es sumamente favorable además á la caza, de suerte que el pobre no halla más recurso que ser guarda de una posesión, cuando tiene favor para ello, ó darse á aquel ejercicio. Así es que hay pueblos enteros que se mantienen como las sociedades primitivas, y que están á dos dedos del estado de la naturaleza: ejercen su profesión así en los terrenos de los propios como en los de pertenencia particular: en ninguna provincia puede estar más desconocido el derecho de propiedad.
El hombre del pueblo de Extremadura es indolente, perezoso, hijo de su clima, y en extremo sobrio. Pero franco y veraz, á la par que obsequioso y desinteresado. Se ocupa poco de intereses políticos, y encerrado en su vida oscura, no se presta á las turbulencias. Animada en el día la provincia del mejor espíritu por la buena causa, si no hará gran peso en la balanza liberal, tampoco ofrecerá un foco ni un asilo á los traidores.
La industria no existe más adelantada que la agricultura: alguna fábrica de cordelería, de cinta, de paño burdo, de bayeta, de sombreros y de curtidos (sobre todo en Zafra) para el consumo del país, son las únicas excepciones á la regla general: por lo demás tampoco sus habitantes echan mucho de menos sus productos; las casas, míseramente alhajadas, no admiten superfluidad ninguna: si se exceptúan las pocas habitaciones de algunas personas de dinero y gusto, que en los pueblos principales hacen venir de fuera á gran costa cuanto necesitan, se puede asegurar que la vivienda de un extremeño es una verdadera posada, donde el cristiano no puede menos de tener presente que hace en esta vida una simple peregrinación, y no una estancia.
Una vez conocido el estado de la agricultura y de la industria, fácil es deducir de cuán poca importancia será el comercio. Encerrada entre Castilla la Nueva, Portugal y Andalucía, sin ríos navegables, sin canales, sin más caminos que los indispensables para no ser una isla en medio de España, sin carruajes, ni medios de conducción, ¿quién podría traer á una provincia despoblada, y acostumbrada á carecer de todo, sus productos, en cambio de los cuales sólo puede ofrecer á la exportación alguna lana (porque es sabido que los más de los ganados que gozan sus pastos no son extremeños), algún aceite que envía al Alentejo, algún cáñamo, miel, cera, piaras de cerdos y embuchados hechos de este precioso animal? El comercio de importación es casi nulo; y la exportación se podría reducir á la que se hace de ganados en la feria famosa de Trujillo, y á la que practican sus célebres choriceros en los mercados de Madrid. En el mismo Badajoz está muy expuesto el viajero á no encontrar nada de lo que necesite; si desgraciadamente no lleva consigo cuanto puede hacerle falta, ni encontrará un sombrero de buena calidad, ni calzado bien hecho, ni un sastre regular, ni unos guantes, en fin, cosidos en la capital. Algunas producciones excelentes de su suelo, como son las frutas, entre las cuales se distinguen las naranjas, el melón y la sandía, sólo pueden servir al consumo del país.
La carrera de Madrid á Badajoz, principal camino de Extremadura, es una de las más descuidadas é inseguras de España. En primer lugar no hay carruajes; una endeble empresa sostiene la comunicación por medio de galeras mensajerías aceleradas, que andan sesenta leguas en cinco días; es decir, que para llegar más pronto el mejor medio es apearse. Por otra parte son tales, que galeras por galeras, se les pudieran preferir las de los forzados; sólo de quince en quince días sale una especie de coche-góndola con honores de diligencia. Servida además esta empresa por criados medianamente selváticos é insolentes, no ofrece al pasajero los mayores atractivos; añádase á esto que por economía, ó por otras causas difíciles de penetrar, durante todo el viaje paran sus carruajes en la posada peor de todo pueblo donde hay más de una.
En segundo lugar esas posadas, fieles á nuestras antiguas tradiciones, son por el estilo de la que nos pinta Moratín en una de sus comedias; todas las de la carrera rivalizan en miseria y desagrado, excepto la de Navalcarnero, que es peor y campea sola sin émulos ni rivales por su rara originalidad y su desmantelamiento; entiéndase que hablo sólo de la que pertenece á la empresa de las mensajerías; habrá otras mejores tal vez; no es difícil.
En tercer lugar suele haber ladrones, y entre otras curiosidades que se van viendo por el camino (como por ejemplo el árbol en que fué ahorcado por su misma tropa el general San Juan en una época de exaltación), mal pudiera olvidar los dos amenos sitios que se descubren antes de llegar á Mérida, comúnmente llamados los confesonarios; el grande y el chico; nombre verdaderamente original; él solo es la mejor pincelada con que el escritor de costumbres puede pintar á un pueblo; nombre lleno de poesía y de misterio: nombre que vale él solo más que una novela; nombre impregnado de un orientalismo singular, y á la vez terrible, sublime é irónico, dado por un pueblo religioso á un asilo de bandidos. Los confesonarios son dos hondonadas inmediatas, dos pequeños valles dominados por todas partes y protegidos de la espesura, donde los frígidos confiesan á los pasajeros, donde los pecados son el dinero y la vida, y donde un puñal hace á la vez de absolución y de penitencia. Niéguese á nuestro pueblo la imaginación. Otros países producen poetas. En España el pueblo es poeta.
Sobre la orilla izquierda del Guadiana, al oeste y á una legua de la frontera de Portugal, se encuentra á Badajoz, antigua capital de la Extremadura, y residencia de sus reyezuelos moros. Esta plaza fuerte, cuyas fortificaciones ofrecen una rara mezcla de diversos sistemas de fortificación, ofrece al forastero en su mayor eminencia restos venerables de sus dominadores árabes: murallas, calles, casas, y hasta torres enteras, revelan otros tiempos y otras costumbres al viajero. Á la parte del río se ve el palacio llamado de Godoy.
Por lo demás Badajoz nada ofrece de curioso: ni una iglesia digna de ser vista, ni un cuadro en ellas de mediano pincel, ni una mala biblioteca, ni un colegio, ni un teatro, ni un paseo. No se puede llamar paseo á los árboles nacientes del campo de San Francisco, debidos al zelo del general Anleo, ni al campo de San Juan, pequeña plazuela en medio de la ciudad adornada de algunos árboles y bancos: ni teatro una especie de sala donde algunos aficionados, ó tal cual compañía ambulante, dan de cuando en cuando sus originales representaciones. La alameda de Palmas está abandonada por mal sana desde el cólera. El billar, el ejercicio de los urbanos en el campo de San Roque, la retreta y dos ó tres cafés, son las distracciones de la población. Hay una fonda llamada, si mal no me acuerdo, de las cuatro naciones. Menos naciones y mejor servicio, puede uno decir al salir de ella.
La amabilidad sin embargo y el trato fino de las personas y familias principales de Badajoz compensan con usura las desventajas del pueblo, y si bien carece de atractivos para detener mucho tiempo en su seno al viajero, al mismo tiempo le es difícil á éste separarse de él sin un profundo sentimiento de gratitud por poco que haya conocido personas de Badajoz, y que haya tenido ocasión de recibir sus obsequios y de ser objeto de sus atenciones.
La costumbre que en todos los pueblos se conserva de blanquear casi diariamente las fachadas de las casas, les da un aspecto de novedad y de limpieza singulares: no hay edificio que parezca viejo; en una palabra, en Extremadura la casa es ser animado que se lava la cara todos los días.
Para pasar á Portugal se sale de Badajoz por la puerta de Palmas, y se pasa el Guadiana sobre un magnífico puente. No llamándome la atención nada en Extremadura, me decidí por fin á partir.
Era el 27 de mayo: el sol empezaba á dorar la campiña y las altas fortificaciones de Badajoz: al salir saludé el pabellón español, que en celebridad del día ondeaba en la torre de Palmas. Media hora después volví la cabeza: el pabellón ondeaba todavía: el Caya, arroyo que divide la España del Portugal, corría mansamente á mis pies: tendí por la última vez la vista sobre la Extremadura española: mil recuerdos personales me asaltaron: una sonrisa de indignación y de desprecio quiso desplegar mis labios, pero sentí oprimirse mi corazón, y una lágrima se asomó á mis ojos.
Un minuto después la patria quedaba atrás, y arrebatado con la velocidad del viento, como si hubiera temido que un resto de antiguo afecto mal pagado le detuviera, ó le hiciera vacilar en su determinación, expatriado corría los campos de Portugal. Entonces el escritor de costumbres no observaba: el hombre era sólo el que sentía.
CUASI
PESADILLA POLÍTICA
Hay hombres que dan su nombre á su siglo, hombres privilegiados que, calculada la fuerza de cuanto los rodea, y la suya propia, saben hacer á la primera tributaria de la segunda; que se constituyen manivelas de la gran máquina en que los demás no saben ser más que ruedas. Dan el impulso, y su siglo obedece. Hombres fascinadores, como la serpiente, que hacen entrar cuanto miran en la periferia de su atmósfera; hombres reverberos, cuya luz se proyecta toda al exterior sobre los demás objetos y les da vida y color. Son los grandes mojones que el Criador coloca á trechos en la creación para recordarle su origen: por ellos se ha dicho sin duda que Dios ha hecho el hombre á su semejanza.
¡¡¡Sesóstris, Alejandro, Augusto, Atila, Mahoma, Tamurbec, León X, Luis XIV, Napoleón!!! ¡Dioses en la tierra! Sus épocas participaron de su energía y de su grandeza: en derredor suyo y á su ejemplo se produjeron, á modo de emanaciones de ellos, multitud de hombres notables, que recorrieron como satélites su misma carrera. Después de ellos nada. Después del coloso los enanos.
Actualmente empezamos á dejar atrás una época que tendrá nombre; el último hombre reverbero ha desaparecido. Después del hombre grande, todo hombre es chico. Uno solo falta, y se necesitan cien mil para llenar su vacío. ¡Y aún!!! Espirado el reino del hombre entran los hombres. Agotados los hechos nacen las palabras.
¡Si habrá épocas de palabras, como las hay de hombres y de hechos! ¡Si estaremos en la época de las palabras!
Acababa de hacer estas reflexiones, cuando sentí sobre mí algo, más fuerte que yo; oí sin ver, y mudé de sitio sin andar.
—Ven conmigo, dame la mano. ¿Ves esa mancha enorme que se extiende sobre la tierra, y crece y se desparrama como la gota de aceite que ha caído en el papel de estraza? Es la segunda Babel. Estás sobre París. Mira los mortales de todos los países. Cada cual se apresura á traer aquí una piedra para contribuir al loco edificio. ¿No oyes ya la confusión de las lenguas? El Inglés, el Alemán, el español, el Italiano, el... ¡Babel la nueva! Empiezan á no entenderse. Ya en una ocasión se han tirado unos á otros á la cabeza los materiales de la grande obra; el suelo ha salido de madre como un río de su álveo; las casas se han desmoronado... era el amago de la confusión, de la no inteligencia. ¡Una cadena nos pesa! dijeron: y en vez de añadir: ¡Fuera cadena! clamaron: ¡Otra que no pese! Risum teneatis? El lobo los comía, y en lugar de comerse ellos al lobo, se comieron unos á otros. Raro modo de entenderse. Corrió la sangre, y hoy están como estaban.
Sube á lo más alto, y oirás el ruido inmenso, el ruido del siglo y de sus palabras, y oirás sobre todas ellas la gran palabra, la palabra del siglo.
—Lo que veo es los hombres muy pequeños; pero la distancia sin duda...
—¡Ba! de aquí no se ve más que la verdad. ¿Los ves pequeños? Ahora es únicamente cuando los ves como ellos son. De cerca la ilusión óptica (ésta es la verdadera física) te los hace parecer mayores. Pero advierte que esas figuras que semejan hombres, y que ves bullir, empujarse, oprimirse, retorcerse, cruzarse y sobreponerse, formando grupos de vida como los gusanos producidos por un queso de Roquefort, no son hombres tales, sino palabras. ¿No oyes el ruido que se exhala de ellos?
—¡Ah!
—Palabras del derecho, palabras del revés, palabras simples, palabras dobles, palabras contrahechas, palabras mudas, palabras elocuentes, palabras-monstruos. Es el mundo. Donde veas un hombre, acostúmbrate á no ver más que una palabra. No hay otra cosa. No precisamente á palabra por barba; tampoco. Despacio. Á veces en uno verás muchas palabras, tantas, que aquél solo te parecerá cien hombres; en cambio otras veces, y será lo más común, donde creas ver cien mil hombres, no habrá más que una palabra.
Mira las palabras de dos caras, palabras-bifrontes, Janos: son las palabras de honor, llamadas así por apodo; según te necesiten las verás del bueno ó del mal frente. Á su lado las palabras-promesas, palabras-manifiestos, regularmente coronadas, siempre escuchadas y creídas, pero tan ambiláteras como las otras; palabras-callos, endurecidas, incorregibles, que han de arrancarse de raíz si han de dejar de doler.
¿Ves esa multitud de figurillas que se agitan, se muerden, se baten, se matan?... Todo eso es la palabra Honor.
¿Ves ese sinnúmero, muchedumbre armada, toda erizada y hostil? Lo llamáis ejército, y no es más que ambición; palabra-monstruo, palabra-puerco-espín, llena de púas: palabra-percebe, toda patas y manos. Mira qué de furiosos; teas encendidas, sangre, saqueo, confusión: todo ese ruido son nueve letras: fanatismo, palabra-loco de atar; sin embargo, nadie la ata.
¡Ah! Aquí viene la palabra-arlequín, la palabra-camaleón. ¡Qué de faces, qué soltura! todos corren tras ella: inútilmente. Mira cómo la quiere coger la palabra-pueblo, gran palabra. La primera tiene ocho letras, libertad. Siempre que el pueblo va á cogerla, se mete entre las dos la palabra promesa, la palabra manifiesto; pero la palabra-pueblo es de las que llamé palabras-contrahechas; ciega, sordomuda, se deja guiar é interpretar, sin hacer más que dar de cuando en cuando palo de ciego; como no ve, da ciento en la herradura, y ninguna en el clavo: por lo regular se da á sí misma.
Pero todo ese vano ruido se apaga y se confunde. ¡Sitio, sitio! ¡Plaza, plaza! La gran palabra, la nuestra, la de nuestra época, que lo coge y lo atruena todo. En ella se cifra nuestro siglo de medias tintas, de medianías, de cosas á medio hacer: de todas las palabras que reinan en figura de hombres y cosas por allá bajo, ésta es en el día la que reina sobre todas, Cuasi. Ése es todo el siglo XIX. Obsérvala: á cada una de sus facciones le falta algo; no es más que un perfil: ni está de pie, ni sentada. Vestida de blanco y negro, día y noche. Más breve: palabra-cuasi, cuasi-palabra.
Empecemos por aquí. Mira al suelo perpendicularmente. Á tus pies está la Francia. Un pueblo cuasi-libre la ocupa. En otro siglo hubiera hecho una revolución entera: en éste, y en su año 30, no ha podido hacer más que una cuasi revolución; en el trono un cuasi rey, que representa una cuasi legitimidad. Una cámara cuasi nacional, que sufre en el país de nuevo una cuasi censura, cuasi abolida, por la cuasi-revolución; un rey cuasi asesinado: una gran nación cuasi descontenta, y otra conmoción política cuasi próxima.
¿Qué ves en Bélgica? Un estado cuasi naciente y cuasi dependiente de sus vecinos, mandado por otro cuasi rey.
Mira la Italia. Tantos estados cuasi, como ciudades: cuasi presa del Austria. La antigua Venecia cuasi olvidada. Un supremo pontífice, en el día cuasi pobre, y del cual cuasi nadie hace caso.
Vuélvete al norte. Pueblos cuasi bárbaros, regidos por un emperador cuasi déspota en un país cuasi despoblado y desierto. En Alemania los pueblos cuasi más civilizados con un gobierno cuasi absoluto, cuasi temperado por sus dietas, instituciones cuasi representativas. En Holanda, nación cuasi toda mercantil y navegante, un rey cuasi rabioso, y cuyo poder cuasi se desmorona.
En Constantinopla mismo, un imperio cuasi agonizante, una civilización cuasi naciente, y un sultán cuasi ilustrado, con costumbres cuasi europeas.
En Inglaterra, una industria y un comercio, monopolio cuasi del mundo; un orgullo nacional cuasi insufrible; y otro cuasi rey que no decide cuasi nada, una mayoría cuasi whig. Un gobierno cuasi oligárquico, que tiene la audacia de llamarse liberal.
En Portugal, una cuasi nación, con una lengua cuasi castellana, y recuerdos de una grandeza cuasi borrada. Un cuasi ejército, y una cuasi protección á España, de cuasi seis mil hombres, cuasi todos portugueses.
En España, primera de las dos naciones de la Península (es decir, de la cuasi-ínsula), unas cuasi instituciones reconocidas por cuasi toda la nación: una cuasi-Vendée en las provincias con un jefe cuasi imbécil: conmociones aquí y allí cuasi parciales: un odio cuasi general á unos cuasi hombres, que cuasi sólo existen ya en España. Cuasi siempre regida por un gobierno de cuasi medidas. Una esperanza cuasi segura de ser cuasi libres algún día. Por desgracia muchos hombres cuasi ineptos. Una cuasi ilustración repartida por todas partes. Una cuasi intervención, resultado de un cuasi tratado, cuasi olvidado, con naciones cuasi aliadas. El cuasi en fin en las cosas más pequeñas. Canales no acabados: teatro empezado: palacio sin concluir: museo incompleto: hospital fragmento; todo á medio hacer... hasta en los edificios el cuasi.
Por último, tiende la vista por doquiera: una lucha cuasi eterna en Europa de dos principios: reyes y pueblos, y el cuasi triunfante de ella y resolviéndola con su justo medio de tener cuasi reyes y cuasi pueblos. Época de transición, y gobiernos de transición y de transacción: representaciones cuasi nacionales, déspotas cuasi populares: por todas partes un justo medio, que no es otra cosa que un gran cuasi mal disfrazado.
—¡Oh!, dejadme respirar, por Dios; estoy cuasi mareado.
—Plutarco ha dicho que los pueblos serían felices cum reges philosopharentur, aut cum philosophi regnarent. Respetando la opinión de Plutarco, yo me atrevería á decir que los pueblos no serán nunca felices, ni más ni menos que los individuos que los componen. Pero pudieran al menos ser hombres y ser pueblos si no fueran en el día cuasi-nada. Luchando entre principios contrarios, sufren el tormento del que descuartizan cuatro caballos que corren en direcciones opuestas.
Concluido este cuasi sermón, cesé de oir: y á poco cesé de ver: dejado de la mano del ser fantástico que me sostenía sobre Babel la nueva, volví á caer en París, donde me encontré rodando entre la confusión de palabras vestidas de frac y de sombrero, que á pie y en coche corren las calles de la gran capital. Volví á ver los hombres de nuevo, grandes como no son; y abrí los ojos buscando mi cicerone.
No vi nada, sino el gran cuasi por todas partes.
FÍGARO DE VUELTA
CARTA Á UN SU AMIGO RESIDENTE EN PARÍS
Puesto que ni comisión ni objeto mercantil me llamasen á los países extranjeros, quise visitarlos sólo por gusto, ó comodidad, á expensas propias y campando por mi respeto.
Curioso parlante. Panorama matritense.
La vuelta de París.
Madrid, 3 de enero de 1836.
Se vuelve á España desde París, querido amigo: es cosa probada, y, lo que es más, es cosa buena. Ni soy yo solo quien ha llevado á cabo tan ardua empresa. Loco estoy del gozo y del contento. Digan lo que quieran acerca de la superioridad de estos países, la patria es para un español más necesaria que una iglesia; ya sabes que á la vuelta de cada esquina se encuentran todavía una ó dos en nuestro país, pues se tropiezan por las calles aún más gentes que han vuelto de París. Por lo que hace á mí, no me queda la menor duda de que estoy de vuelta. Después de darme por ello el parabién, es mi primer cuidado el escribirte.
¿No lo podías creer? ¿Eh? ¿Á qué has de volver, decías? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cómo? ¿Por dónde? ¿En qué? Despacio con tantas preguntas.
¿Á qué he de volver? Á mis antiguas mañas, amigo mío. Te confieso que no lo puedo remediar. ¡Diez meses sin murmurar! ¿Fígaro diez meses sin curiosear los enredos de su barrio, sin hacer la oposición á nadie, sin criticar á cómico viviente, sin probar un buen garbanzo, sin tomar una mediana jícara de legítimo chocolate, ni ver el sol de Castilla? ¿Fígaro diez meses sin divisar una mantilla madrileña, ni una palidez valenciana, ni un solo pie andaluz? ¿Un año casi sin pararse en la Puerta del Sol, ni en otra puerta alguna, embozado en la nube[4], sin ir al café del Príncipe, sin asistir á una sesión del Estamento; diez meses en fin, sin ver una real orden, ni columbrar un prócer? Eso es morirse, amigo, la vida que ustedes hacen. ¿Qué á mí tanta ciencia y tanta industria, tanto progreso, tanto teatro, y tanto camino de hierro? Hombres hay aquí que tienen ciencia, y la mayor por cierto, la ciencia del vivir, y la de hablar después de vivir; hombres que no pudieron llegar á saber en todo un París ganar un real, y que han hallado en Madrid á un dos por tres con que pasar una real vida. Y no te figures, no sirviendo y adulando á los demás, sino mandándolos y haciéndose de ellos adular y servir. ¿Qué más ciencia, ni qué más industria? Si es por progreso, amigo, esto va que vuela. Si por teatro, ¿dónde más cosas que parezcan lo que realmente no son? ¿Dónde hay nada más parecido á un gobierno representativo que el que rige felizmente á España en nuestros días?
¿Dónde hay telón que se parezca á un árbol, ni cómico que más se asemeje á un príncipe, más que lo que se parece un estatuto á una constitución? Pues, Dios mediante, han de parecerse aún más. En punto á camino de hierro, ¿de qué otra materia parece hecho el durísimo por donde, á más no poder, venimos caminando desde que salimos ha dos años de la Granja, que todo ese tiempo hemos necesitado para volver otra vez á doña María de Alagón[5]?
¿Por qué me había de volver? Por la misma razón, amigo mío, que de aquí me fuí, y por la misma idéntica que me forzó toda mi vida á mudar de continuo casa y domicilio; por la misma que me vió pasar en otros tiempos del Hablador á la Revista, de la Revista al Observador, de los periódicos á la escena, de las comedias á las novelas; por esta venturosa organización que para variar me dió naturaleza, y que en el número 94 de la Revista me hacía escribir:
«La necesidad de viajar y de variar de objetos... logró hacer de mí el ser más veleidoso que ha nacido... Esto me hace disfrutar de inmensas ventajas, porque sólo se puede soportar á las gentes los quince primeros días que se las conoce... Si alguna cosa hay que no me canse es el vivir, y si he de decir la verdad, consiste esto en que á fuerza de meditar, he venido á conocer que sólo viviendo podré seguir variando... Nadie, pues, más feliz que yo; porque en cuanto á las habladurías y murmuraciones del mundo perecedero, así me cuido de ellas como de ir á la Meca».
¿Para qué? Para escribir, ahora que la libertad de imprenta anda ya en España en proyecto. ¡Y qué proyecto! Tal y tan bueno, que acerca de él sólo he de escribirte una gran carta, por no caber en ésta los muchos y francos encomios con que le pienso glosar y comentar. ¡Yo, que de Calomarde acá rabio por escribir con libertad, no había de haber vuelto aunque no hubiera sido sino para echar del cuerpo lo mucho que en estos años se me queda en él, sin contar con lo mucho con que se quedaron los censores, que rejalgar se les vuelva! Viniera yo cien veces, aunque no fuera sino para hablar, y volverme.
¿Cómo, me decías, por dónde, en qué? Á tales preguntas contestará sobradamente la relación de mi viaje, si estuviera más despacio. No niego que el por dónde me apuraba. El camino de Vizcaya no está para todo el mundo, sobre todo desde que anda por él un faccioso más; que aunque no es más que uno, como ha dicho muy bien alguien, debe de ser sin duda tan grande que lo ocupa todo. Bueno era no hace mucho en defecto de eso el de Cataluña; pero de poco tiempo á esta parte hay también en él algunos facciosos más y algunas diligencias menos. Bien me decían que el de Olerón era incómodo; pero ¿qué remedio? Volver por Portugal, como había ido, ni era lo más derecho, ni menos para mi carácter versátil; además de que hay países que no son para vistos dos veces; y aunque alguien me incitaba á tomar con el vapor del Mediterráneo la vía de Marsella, Argel, Cádiz y Sevilla, eso de volver á España por Argel, más lo tuve yo por pulla y atrevida, que por consejo razonable.
Víneme, pues, por Olerón, adonde no creí llegar por entre tantos gendarmes como andan por la frontera, defendiendo el paso á los carlistas para la facción. Como yo no tengo traza de príncipe, ni me parezco á don Carlos, ni á don Sebastián, como no traía conmigo ni armamento ni municiones, ni caballos, me costó mucho trabajo introducirme en España.
Los Pirineos, esos montes que no existen desde la cuádruple alianza, esas barreras que allanó para siempre entre Francia y España nuestro ministerio del justo medio, se pasan sin embargo á caballo en un mulo, ó por decir mejor, en compañía de un mulo, á lo cual llaman diligencia de Zaragoza á Olerón, sin que yo haya podido dar con la verdadera causa de esta denominación en dos largos días que con dicho mulo viví, solo con él en aquellos vericuetos, considerándole yo á él, y considerándome él á mí. Era tanto el hielo, y tan malo el paso, que no sé decirte quién llevaba á quién.
Posteriormente he oído hablar mucho en el Estamento, y aun por todo Madrid, de aduanas. Hombres eminentes hay que aseguran ser las tales un gran recurso para el Estado, y todos por aquí están creídos, hasta el gobierno, de que tenemos una en la frontera: se dice que está en Canfrang. Así debe de ser. Lo cierto es que cuando yo pasé, la tal aduana habría salido á dar una vuelta con el cura y el cirujano del pueblo, porque nunca la vi, ni ella vió jamás mis baúles. Lo que sí vi fué varios carabineros, con quienes contraje relaciones de dinero; pero de peseta en peseta me vi á lo mejor en Madrid, en donde ya no sirve para no ser registrado dar una peseta, sino que es preciso dar dos por ser la capital, y á casa luego con el contrabando. Yo no lo traía casualmente, que lo sentí; pero te juro que el ramo está perfectamente organizado para el que lo quiera traer. Esto te lo digo por si te vienes. Tráete medio París en la maleta, y no vayas á creer al pie de la letra, como yo, que todo está reformado, y que andan todos derechos, aunque lo veas impreso, porque oficio es nuestro imprimir, y no ignoras que los periodistas el día que no imprimimos no comemos. De todos modos, hagas uso ó no del aviso, bueno es que esto quede entre los dos.
Te acordarás que en principios de agosto remití á la Revista un artículo en que, presumiendo á fuer de Fígaro lo que iba á suceder, encomendaba á nuestro buen gobierno de entonces que se recogiesen con tiempo las riquezas artísticas encerradas en los conventos: imprimióse en efecto, aunque mal parado por algún benigno censor. No habrás olvidado que á pocos días, por una rara coincidencia sin duda, pareció una real orden en la Gaceta dando providencia en el particular. Parece que se nombraron efectivamente comisionados por aquí y por allí, con sus dietas correspondientes, para la colección y resguardo de aquellos objetos: la cosa se ha llevado tan á punta de lanza, y con tal zelo, que yo mismo vi y toqué no muy lejos de Madrid objetos de ésos, que paran en casa de quien los ha querido tomar. Códices viejos por ejemplo, manuscritos, ediciones raras de obras antiguas y otras bagatelas. ¿Para qué quiere el gobierno esas tonterías?, ¡librotes de frailes!, ¡chucherías de las madres!
La quinta se ha realizado con entusiasmo indecible; y pues viene á cuento, te he de contar otra cosa que debe influir mucho en el buen espíritu de los pueblos, y en especial de la tropa. En cierto pueblo, no lejos de esta corte, me hallaba yo casualmente no ha muchos días cuando acertaron á pasar los quintos que venían de Extremadura. ¡Qué bien se trata á la tropa! ¡Qué bien á esos dignos labradores que dejan su arado para defender nuestros empleos con su sangre! ¡Á no estar ya en una época en que se reconoce la dignidad del hombre! ¡Yo mismo vi también á un oficial asentar su mano fuertemente sobre la mejilla de un quinto, y yo vi á un cabo medir á otro con su vara, insignia por cierto militar! Y esto á la faz del pueblo, y en medio de la plaza pública, y en día de sol claro. Con todo, si ese hombre se insolenta irá al cepo; si deserta al palo, y si pasa á la facción le llamaremos caribe. Ya ves que se van corrigiendo los abusos.
Hace pocos días que se concedió el título de ilustrísimos señores á no sé qué individuos de no se qué corporación, consejo ó tribunal: esto es indiferente; lo que importa es el dictadillo. Estas distinciones hacen gran falta en España; señorías, excelencias, etc., etc.; esto siempre es bueno, porque establece diferencias entre los hombres, que es á lo que vamos. Bien se te alcanza que difícilmente puede tener mérito un hombre, mientras todo advenedizo le puede llamar de usted. Esto está en el espíritu de la regeneración que estamos llevando á cabo.
Todavía hay Estamento de próceres: y tienen sus sesiones corrientes: te lo digo porque me acuerdo de que cuando yo estaba en París había llegado á olvidarlo.
En el de procuradores ya se ha contestado al discurso de la corona; se asegura que para dentro de un par de meses ya podrán reunirse las otras Cortes, quién dice revisoras, quién constituyentes. Lo primero es lo más general, lo segundo es lo más cierto; pero si en mes y medio sólo se ha votado uno de los proyectos, ¿cuántos más se habrán votado en marzo? Es verdad que se habla mucho. Ya tiene el gobierno ganado el voto de confianza por unanimidad, como quien dice, porque sólo el señor Pardiñas votó en contra. Por fin habló el señor conde de Toreno por primera vez después de su advenimiento á la oposición: habló como si no hubiera sido ministro. El señor Martínez de la Rosa dijo mil cosas sobre la alquimia, y otras bagatelas. Éste habló como si fuera ministro todavía. Y no te digo más porque no lo son ya ni uno ni otro.
Por lo que hace al gobierno, te sabré decir que hasta ahora caminamos de milagro en milagro. En el ministerio se cuentan tres personas distintas, pero que en realidad no componen más que un solo ministro verdadero: dicen sus enemigos que no le falta más que hablar; de todas suertes, no se le puede negar á este ministerio que promete. ¡Así cumpla! Eso es lo que veremos. Tal cual ha empezado, confieso que si en mi organización cupiera ser alguna vez ministerial, se me había presentado una bonita ocasión; pero ya sabes que nunca pretendí ni obtuve nada de gobierno alguno, sistema en que pienso vivir por muchos años. Todo lo más á lo que podía extenderse mi ministerialismo siempre que por alguna casualidad diéramos con un buen ministerio, sería alabar lo bueno que hiciera con la misma independencia con que siempre gusté de criticar lo malo.
Á propósito, no quisiera que se me olvidase. ¿Querrás creer que á mi llegada á esta corte me encontré con personas que suponían que mi viaje había sido costeado por el gobierno? Todavía me estoy riendo de la idea. ¿Tú no lo sabías? Ni yo tampoco. Pero en este Madrid todo se sabe. Por otra parte, cuando uno va á París, es claro que no puede ser sino con algún empleo, ó con fondos del gobierno. ¿Qué fondos particulares bastarían para llegar á París? Ni yo tengo cara tampoco para ir á París por mi gusto. Esto es claro como la luz del día. ¡Qué penetración! ¡Dios los bendiga!
Mas ya echo de ver que esto es un tanto largo para carta, y un si es no es corto para folleto; á no contarte cosas que parecieran mejor secretas, había de hacer de ello un artículo de periódico, porque es bueno que sepas que llevado de mi comezón de escribir y de mi versatilidad, no bien hube llegado á Madrid cuando me eché á buscar un papel público en donde fabricar mi nido para lo que falta de invierno. Queríale grande empero, y donde cupiese yo todo, quo no cabía el año pasado en Madrid; largo, ancho, desahogado, como lo había imaginado mil veces para tanto como tengo aún que decir. Empezábame ya á desesperar, cuando he aquí que de pronto surge de la calle de las Rejas el español, tamaño como por el adjunto verás. Yo, que á imitación del borracho del cuento, aguardaba que pasase mi cusa para meterme en ella: «Éste es», esclamé en cuanto le vi:
«Extenderse, crecer, tocar al cielo»,
y metíme de rondón en él, donde quedo, para servirte, imaginando á toda prisa artículos de teatro, literatura y costumbres, maligno un tanto y siempre independiente; mas sin nunca entrometerme en lo de vidas privadas, censurando las cosas, no á los hombres, procurando hermanar con mi poca ó mucha hiel el respeto que en sociedad nos debemos los unos á los otros, amigo de mis amigos, y por demás agradecido al público que sufre mis habladurías. He aquí mi profesión de fe.—Tuyo siempre.—Fígaro.
P. D. Á la salida del correo queda hablando en el Estamento de señores procuradores desde ayer el señor Perpiñá; el correo siguiente te diré el fin de la sesión, si ha acabado.
NOTAS:
[4] En gitano la capa.
[5] Hoy local del Estamento de Próceres: en tiempo de la constitución de las Cortes.