MARTÍN GARCÍA MÉROU

La gran República del Norte ha encontrado en este escritor un intérprete a todas luces digno de su renombre.

Después de sus poesías, de sus libros de viajes, de sus ensayos sobre Echeverría y Alberdi, de sus páginas de historia, el señor García Mérou debía darnos una obra de observación personal, de sólida información, de crítica penetrante y provechosa lectura. Felizmente ha realizado dicha obra en el pleno desarrollo de su inteligencia, en el completo dominio de sus facultades, de su madurez de criterio.

El autor de Echeverría y poeta de los Cuadros Epicos pertenece a una generación de hombres de talento. El, con Benigno Lugones, Joaquín Castellanos, Leopoldo Díaz y quizás algún otro, se iniciaron bajo la buena influencia romántica. Los poetas del año 30 han sido en esto afortunados. Los poetas argentinos de aquella época, y también los de las otras repúblicas de Sud América, tenían por aquellos hombres, Hugo, Lamartine, Byron, Alfredo de Musset, y Vigny, un culto imponderado. Era, sin duda alguna, una pléyade entusiasta, amante como ninguna otra de la belleza del arte.

Pero de lo que carecía era de voluntad, salvo, necesariamente, sus excepciones. Ella no aceptó o no pudo aceptar las severas responsabilidades del ideal. Se hubiese dicho que por sus venas corría la floja sangre de Rolla, hacia el cual tendían instintivamente o al que disculpaban por lo menos. El ideal era demasiado vasto, demasiado difícil, y como se pedía todo a las fuerzas naturales, mucho al corazón y nada absolutamente al cerebro, las energías faltaron. De esa generación, inteligente y poética, poco o nada fundamental ha quedado.

Con excepción de dos o tres cantos de un sentimentalismo soñador, impregnados de escepticismo amable, de melancólicos ayes, de postrimeros adioses, la literatura pocas piezas nuevas pudo agregar a su repertorio selecto. La forma escasas transformaciones obtuvo; la imagen, el ritmo, la música, lo que constituye, en una palabra, el verso, permaneció estacionario. Era el mismo metro usado por los poetas españoles, la misma tendencia que con diferentes matices se reproducía en los países de América.

La imitación era casi incondicional, sin limitaciones visibles. Siempre que se imitara a Lamartine o a Hugo, estaba bien. Los recursos era lo de menos. Y conste que yo soy partidario de la influencia en literatura; pero, naturalmente, siempre que el influenciado proceda con la prudencia y la cautela necesarias. Estoy con los que piensan que un gran autor puede encaminar a un cerebro por un camino maravilloso. Pero es indispensable también que la lectura de ese autor, que su influencia pujante se vea discutida por otras influencias; de modo que alguien pueda emitir al respecto una opinión personal y que lo que resulte sea de su propia cosecha.

Martín García Mérou, que pertenece a aquella generación, fué tal vez el único que se sintió capaz de realizar una obra buena, de trascendencia y valor.

Durante su juventud escribió y dió a luz muchos versos, que más tarde, allá por el año de 1885, se publicaron en libro. En esas poesías hay algo más que el simple sentimiento traducido en una forma más o menos feliz.

Pero es porque ya en aquella época García Mérou poseía un espíritu cultivado por excelentes lecturas. Vese en ellas, al poeta que, atraído por la grandeza y majestad de los modelos, hace lo posible por sacudir su yugo, sirviéndose para ello de su inspiración propia y del conocimiento que él mismo ha conseguido retener de las cosas que lo rodean y de los fenómenos de su reino interior.

El poeta lucha también por que su idioma, plegándose a sus caprichos, le dé el estilo con que sueña para encerrar bellas ideas, y por que a más de la hermosura de la forma, la originalidad venga asimismo en su ayuda; y si bien es cierto que no logra siempre su objeto, es preciso reconocer que en muchas ocasiones el triunfo ha estado de su parte.

A sus Poesías siguen sus estudios literarios, interesantes historias acerca de nuestra vida intelectual, revelaciones curiosas de un ambiente sahumado con los más puros óleos románticos, interpretaciones amables de obras y caracteres estudiados con la mejor voluntad y la mayor simpatía.

Hace varios años que leí Recuerdos literarios y Confidencias literarias; sin embargo, aun conservo la grata sensación que entonces me produjeron. Naturalmente que para estudiar esas obras es necesario ajustarse a los pocos años del autor y a las influencias que pudieron pesar sobre él, solicitado como estaría, sin duda, por elementos poderosos, cuales son el amor hacia aquellas personas que sienten como nosotros y comparten las inquietudes que provienen de la aspiración a un ideal común. Empero, García Mérou revela en esos libros buenas cualidades de narrador fácil y ameno. Pocos son los que pueden jactarse de una habilidad semejante. Ciertamente, el señor García Mérou profesa el irrefutable principio de que para ser leído es indispensable hacerse leer. Sus estudios, sea de la índole que fuesen, resultan de una lectura en extremo agradable.

El espíritu del lector no se fatiga con descripciones sutiles, ni en complicados meandros, ni en prodigiosas arquitecturas verbales, sino que, por el contrario, entra de lleno en la amable glorieta, construída con la más fina elegancia. Su estilo, fácil y pletórico, se adapta, sin esfuerzo aparente, a las veleidades de su imaginación y sigue sin tropiezos el rumbo que el pensamiento quiere imprimirle, revistiéndolo, al pasar, con las formas que la fantasía, contenida a menudo, dejó escapar como a su pesar. La frase es ancha, abundante en palabras sonoras, acertada en la elección de los vocablos, poco trabajada, declamatoria a veces y a veces también de una contextura de hierro.

En muchas ocasiones créese estar ante un enorme periodista, imbuído en toda clase de asuntos. Su sorprendente facilidad para pasar de un punto a otro totalmente diverso y tratar en un espacio reducido las materias más opuestas, la copiosidad de datos con que ilustra sus estudios, hacen efectivamente de este autor el más grande y completo de los periodistas argentinos.

Pero García Mérou posee también en alto grado apreciables dotes de escritor y de artista. Su obra, múltiple y conceptuosa, da a conocer diferentes fases de su talento.

En los Estudios Americanos el pensamiento se robustece; la observación, el análisis de costumbres y tipos, la vida, en fin, de esa gran nación que es Estados Unidos, tiene en el señor García Mérou un crítico admirable.

Divulgador entusiasta de todo lo que constituye el progreso y la gloria de aquel país, describe con precisión y verdad absolutamente sinceras la complicada máquina del organismo gigantesco de ese pueblo joven que posee una grande alma viril, espoleada por los más irresistibles empujes de perfeccionamiento y torturada por las más desesperadas bravuras de la energía, que es allí un síntoma de su fuerza y de su voluntad, que se diría fabulosa si no supiéramos que es humana.

García Mérou no podía permanecer indiferente en medio de aquellas poblaciones. Su espíritu culto y expansivo, tenía necesariamente que sentir la palpitación del coloso. Observándolo, estudiándolo de cerca, sin precipitación, es como ha obtenido los resultados que nos es dado palpar. No se ha llevado de opiniones ajenas, ni ha escuchado tampoco la voz de algunos escritores europeos reacios a la maravillosa enseñanza que encarna una nación que en pocos años de vida propia y de independencia política ha obtenido los beneficios que todo el mundo puede admirar, sino que ha tomado el camino que le ha trazado su criterio individual, el conocimiento de las instituciones y de los hombres, la experiencia y el estudio adquiridos diariamente, en el contacto con aquella sociedad, a quien conferencistas amables y almibarados psicólogos hicieron vanamente, por cierto, blanco de sus embestidas inútiles y de sus ironías inofensivas.

El autor de este libro, empero, no lleva su admiración hasta creer que todo lo que se produce en el seno de aquel país es de una bondad prodigiosa.

Su juicio es, antes que todo, sincero. Cuando halla algo impropio, o de dudoso buen gusto, o de calculado propósito o de bajo interés o sencillamente rastrero, lo dice claramente, de modo que todos puedan oirlo; así como cuando se encuentra en presencia de un fenómeno que suscita su entusiasmo, lo que no es difícil que suceda a menudo tratándose de los Estados Unidos, su admiración es espontánea y sin restricciones su elogio. Y no se piense que el lector permanece ajeno a esas efusiones de su temperamento. Sea cuando alaba como cuando critica, García Mérou se cuida de hacer resaltar con precisión el objeto ensalzado o vituperado. Posee la excelente cualidad de presentar tan claramente las cosas que lo preocupan, que uno no puede menos de sentirse arrastrado y compartir con él la admiración y la censura. Ahí es donde se reconoce su criterio imparcial y su juicio exento de prejuicios anteriores a su propia observación.

En muchas ocasiones, ya se trate de instituciones, ya de hombres, procura que el lector se ilustre con opiniones extrañas a las suyas. Dicho método produce, naturalmente, una impresión favorable para quien no está muy al corriente de lo que pasa en aquellos lugares, al mismo tiempo que corrobora con nuevas ideas las que el lector pudo formarse acerca de las materias que desenvuelve en su peroración elocuente y fundada. El método informativo y ameno de su exposición hace que los Estudios Americanos se lean con facilidad y con interés ascendente. Muchos y muy distintos son los asuntos que García Mérou trata de interpretar en su obra. Sin temor a equivocarse, puede decirse que quinientas páginas nutridas, abonan, si no completamente, por lo menos en su mayor parte, la vida, las manifestaciones comerciales e intelectuales de ese pueblo, el movimiento, en fin, de sus industrias, la descripción de sus principales ciudades, el estudio de sus severas instituciones educacionales, de sus más grandes progresos, de sus más célebres acontecimientos políticos.

Todo está estudiado, todo está visto con amor, que yo diría americano, pues está probado que los europeos no miran sino con cierto recelo el desarrollo de los Estados Unidos que, joven aun y con los atropellos inherentes a su corta vida política, se ha colocado a la vanguardia de las naciones del mundo. Y es necesario consultar este libro para ver cómo ha ido evolucionando hasta adquirir la forma que hoy ha adquirido y para que su informe grandeza aparezca en su magnitud verdadera.

Injustamente se ha reprochado a los Estados Unidos el desdén con que ha mirado siempre las manifestaciones superiores de la inteligencia. Para refutar una inculpación semejante y destruirla totalmente, no habría más que apoyarse en la urgencia en que todos los pueblos de formación embrionaria atienden a su existencia económica.

Pero es que los Estados Unidos han dado pruebas de una intelectualidad gigantesca en una cantidad de obras que, por desgracia, no han alcanzado la popularidad que debían.

Con haber engendrado a Edgardo Poe habría hecho bastante. ¿Quién niega que Poe fué uno de los más grandes hombres del siglo? Pero es que no es sólo Poe, sino que son Emerson y Longfellow, Hanthurne y Lowell, Walt Whitman y Wisthler, Sullivan, Holmes y Whittier, impuestos hoy a la admiración universal.

¿Cómo se explica entonces el rencor europeo por todo lo que es «americano», como si esta palabra «americano» envolviera todo un pasado de obscurantismo y derrota? ¿Será necesario buscar en el progreso excesivo, en la rara energía, en la grandeza acumuladora y enorme, en el dominio exclusivo y desmesurado de la raza, la antipatía de la vieja Europa por ese inmenso pueblo ciclópeo? ¿O es que la altivez del pueblo yankee lo irrita? ¿O es que Europa ve en los Estados Unidos su sepulcro futuro?...

El señor García Mérou roza estas cuestiones en algunos capítulos.

Una de las cosas que me han llamado más la atención es la independencia de su juicio al penetrar en asuntos tan complicados y resbaladizos. En esto se diría que procede como los noveladores realistas, es decir, sin traducir sus emociones ni sus ideas ante el objeto observado, como un simple espectador que ve y analiza, reservándose su opinión o escondiendo su sentimiento. Así es como el escritor puede apreciar mejor los fenómenos sociales y los hechos que caen bajo el dominio de sus facultades.

Estados Unidos ofrecía un hermoso escenario al autor de las Confidencias literarias y un vasto campo de acción a sus notorias cualidades de escritor y de hombre estudioso. Ignoro el tiempo que ha empleado en terminar una obra de tan vastas proyecciones como la que ha publicado, pero imagínome que no ha sido breve.

A García Mérou no lo intimidaba el trabajo: se formó trabajando y concluyó como había comenzado, es decir, con la pluma en la mano.

De entre la mediocre cáfila de hombres sin pensamiento ni acción, este espíritu noble y de esfuerzo surge como un rayo de sol de entre una nube sombría. Esta gente que no leerá su libro, pero que irá a mentirle elogios, podría inspirarse en su ejemplo. Si así sucede, se convencerá que no es con falsas posturas, ni con adulaciones, ni con genuflexiones adorables, que se conquistan distinciones y honores. García Mérou, por ejemplo, se los ha conquistado a fuerza de puños, de una labor ruda y continua, de un trabajo sano y persistente, de una honrada existencia.

Iba a penetrar en la estructura de su libro, pero noto que el espacio me falta. Por otra parte, paréceme que no es de absoluta necesidad entrar en la descripción de los distintos capítulos de que se compone. Baste saber que los Estados Unidos, en lo que tienen de más grande, han hallado en Martín García Mérou un propagador admirable y que los Estudios Americanos compendian y dan una idea exacta de su movimiento económico y social, de sus instituciones e industrias, de muchas de sus costumbres y de un crecido número de sus hombres ilustres.

Los que se interesan por esta nación deben apresurarse a leer el libro que el señor García Mérou ha tenido a bien legarnos, que los instruirá deleitándolos, como dicen los aficionados a la retórica.

Por mi parte, vuelvo a leer los capítulos sobre «John Hay» y ese triste y doloroso que se llama «Un christmas sombrío» y los consagrados a Henry Cabot Lodge, uno de los más interesantes, a «David James Wells», al «Génesis del imperialismo»; y al doblar la última hoja, recuerdo que son pocos, muy pocos, los libros que como Estudios Americanos se han escrito sobre la gran República del Norte, a quien un poeta amigo mío llamó el Calibán de América, en un día de locura.

Eugenio Díaz Romero

Estudios Americanos


I
IMPRESIONES DE BOSTON

De todas las ciudades americanas, tal vez la más interesante y original, la menos nivelada y amoldada por el progreso vertiginoso que ha uniformado la fisonomía de las capitales de este país, es Boston, centro de cultura académica y de refinamiento intelectual, en que viven tradiciones literarias y en que se conserva el culto celoso del genio americano. Mientras el tren rápido me conducía desde Nueva York hasta el corazón de la metrópoli de Massachussetts, después de haber entrado íntegro en un colosal ferry-boat, recorriendo una gran parte de la bahía de la gran capital y pasando bajo la red gigantesca del puente de Brooklin, para entrar en Harlem River y volver a tomar de nuevo las vías en que ahora volamos arrastrados por una de esas gigantes locomotoras de carrera (racers) que devoran las distancias, iba confirmando en silencio la exactitud de las observaciones de un viajero humorístico respecto a la reputación de que goza Boston en el resto de la Unión. Como a él, se me había dicho en tono de broma que «tan pronto como el tren entrara en la Nueva Inglaterra, oiría muy poco inglés, porque casi todo el mundo hablaba latín o griego; que los teatros representaban sólo tragedias de Esquilo o Sófocles, y de cuando en cuando una pieza de Ibsen; que no se permitía ni fumar ni jurar en las calles; que las señoras llevaban velos azules y lentes; que los hombres hablaban el inglés más británico posible, y en vez de pecheras de camisa llevaban sus diplomas de pergamino de Harvard College; que los niños iban en procesión por las calles a pedir al gobernador que se aumentaran las horas de clase; que en los principales clubs tres veces por semana se debatían cuestiones metafísicas; que en las tertulias, después de la discusión de algún tema propuesto por un profesor de Harvard, se servía Apollinaris y crema helada, mientras en las casas muy chic (very swell), se convidaba a los invitados con «Club soda».

Sin tomar muy al pie de la letra estas bromas con que los habitantes de Nueva York acostumbran satirizar a los «bostonianos», es lo cierto que en la vieja capital se respira una atmósfera diferente que en el resto de este inmenso país, y que el amor a la ciencia se ostenta en ella en las formas más inesperadas. Así, al entrar en el magnífico Hotel Touraine, recientemente edificado y servido a la francesa, con todos los refinamientos de un lujo exquisito, lo primero que me llama la atención es una soberbia biblioteca de autores escogidos y el aire de recogimiento con que, en sus cómodos sillones y alrededor de sus mesas, se entregan a la lectura una veintena de mujeres que, para decir la verdad, no usan lentes ni velos azules. Esa biblioteca, realmente admirable, es el orgullo del hotel y su rasgo característico. No pude menos de expresar a una distinguida señora americana con quien la recorríamos mi agradable sorpresa al encontrar ese centro de estudio en medio de un establecimiento de carácter tan forzosamente prosaico, y ella me respondió sonriendo, con una frase en que devolvió la pelota a los neoyorquinos que me habían caricaturado a Boston: «You know, en Nueva York la mejor pieza de los hoteles es el bar; entre nosotros la biblioteca.»

Desde la llegada a la estación de Park Square, por otra parte, nos asaltan recuerdos y reminiscencias literarias. Para dirigirme bien y no perder tiempo en divagaciones y preguntas, en vez de una guía banal como las de Appleton o Baedeker, llevaba en mi bolsillo el curioso librito de Wolfe, Tabernáculos Literarios (Literary shrines) e iba haciendo mi peregrinación intelectual dirigido por ese silencioso «cicerone» que desde que puse el pie en Park Street, me señaló la amplia casa de George Ticknor, que durante muchos años fué uno de los centros de cultura de Boston. Sucesivamente fuí recorriendo y visitando la vetusta Old South Church, en cuyo campanario estaba el estudio del historiador doctor Belknap; King’s Chapel, en que ofició durante muchos años uno de los espíritus más finos y elevados de la generación intelectual que hizo la gloria de New England, el doctor Holmes; State-House en que Hawthorne ha puesto el pillory de Hester Prynne, uno de los héroes de La letra escarlata; Tremont House, en que se reunía el «Club de los Jacobinos» con Ripley, Channing Parker y otros reformadores radicales; mientras al recorrer las calles menos bulliciosas, al separarme voluntariamente de las grandes arterias comerciales donde se aglomera la multitud y los carros eléctricos se suceden en fila interminable, con ruido ensordecedor y movimiento que marea, repetía mentalmente la larga lista de nombres gloriosos que forman el blasón de la ciudad universitaria y que constituyen la más brillante constelación de talentos de la gran república. «Aquí Mathew escribió su Magnalia, Paine moduló sus cantos, Allston compuso sus cuentos, Buckminster escribió sus homilias, Bowditch tradujo la Mecánica celeste de Laplace. Aquí Emerson, Motley, Parkman y Pol nacieron; aquí vivió Bancroft, escribió Combe, murió Spurzheim. Aquí predicaron Maffit, Channing y Pierpont; dieron conferencias Agassiz, Phillips y Lyell; Alcott, Elizabeth Peabody y Fuller enseñaron. Aquí Sargent escribió Dealings with the dead, Sprague su Curiosity, Prescott su Fernando e Isabel; aquí tuvo Isabel Fuller sus «Conversaciones» que atrajeron y encantaron a los más brillantes espíritus de su tiempo; aquí vivió Melville, pintado por Holmes en La última hoja; aquí Emerson predicó el Unitarismo y aquí comenzó su carrera como conferenciante y filósofo. Aquí, además de los ya mencionados, Dwight, Brisbane, Quincy, Ripley, Graham, Thompson, Hovey, Loring, Miller, Mrs. Folsom y otros de igual celo y habilidad hablaron y escribieron abogando en pro de varias reformas e «ismos» que estuvieron en boga hace más de medio siglo.

Toda la literatura de este país, o, por mejor decir, la crema de su literatura, ha dejado aquí huellas indelebles, y es necesario confesar que, a pesar del aparente desdén con que muchos se refieren al «espíritu americano», al «arte americano», como si se tratara de una mistificación o de una fantasía, los nombres de Holmes, de Lowell, de Longfellow, de Whittier, de Hawthorne, de Poe, de Emerson, bastarían para ilustrar la historia intelectual de cualquier nación menos joven que los Estados Unidos. Las más puras cualidades brillan en las obras de estos autores. La distinción de su talento les ha conquistado una fama universal, y si bien no tienen por el momento reemplazantes que los igualen, esa pléyade luminosa no será fácilmente olvidada, y ella merece que se le consagre un homenaje reverente. En la esquina de Washington Street y de School Street, en el antiguo Corner Book-Store, o «librería de la Esquina», los miembros más prominentes de aquel cenáculo se reunían habitualmente, siguiendo una tradición uniforme en los hombres de letras de todos los países, y así como en París, en la trastienda de la librería de Lemerre, conocí a Barbey d’Aurevilly, a Sully-Prudhomme y a François Coppée; en el Corner Book-Store pude cambiar algunas palabras con varios jóvenes herederos del grupo glorioso a que antes me he referido, mientras regateaba interesantes especímenes de las primeras ediciones de sus obras más afamadas.

Por lo demás, penetrando en el tohu-bohu de Washington Street y en el centro comercial de State Street, donde se aglomeran los Bancos, las Bolsas, los altos edificios que, como el Ames Building, pueden competir ventajosamente con cualquiera de las enormes estructuras de Nueva York o de Chicago, el perfume de la intelectualidad se evapora y caemos en la fiebre de los negocios, en el estruendo abrumador de la colmena humana alborotada, en la actividad enfermiza de una labor de todos los minutos, en la lucha terrible por la fortuna con todos los desbordes y peculiaridades excesivas de la tierra del omnipotente Dollar. Y esta parte de la ciudad, ya modernizada, se parece a todos los barrios análogos de Filadelfia, de Baltimore, de Chicago, de San Luis, tiene las mismas casas, los mismos letreros, los mismos tranvías, la misma platitud monótona y grandiosa.

En compensación, ninguna ciudad americana posee un sistema de parques más completo y extenso, ni suburbios más pintorescos y poblados. El Common, con sus juegos de base-ball, hockey, foot-ball, etc., es una delicia de sombra y de frescura, de céspedes de un verde tan claro y puro que recuerda el de las residencias señoriales de la campiña inglesa. Los jardines públicos, que forman como una prolongación del primero, están graciosamente dibujados y abundan en plantas de una maravillosa frondosidad y de un cultivo irreprochable. Franklin Park, finalmente, ofrece un campo casi ilimitado a los placeres de la bicicleta, a los paseantes a caballo y a pie, y constituye uno de los más hermosos adornos de que podría enorgullecerse una ciudad de varios millones de habitantes, tan grande es su extensión y tan perfectos sus detalles. Esta red de boscajes y de prados de yerba fina y menuda está ligada entre sí por avenidas igualmente arboladas, y entre ellas merece visitarse detenidamente la de la República (Commonwealth Avenue) con su doble hilera de alamedas y sus palacios grandiosos a la derecha y a la izquierda, una calle ideal, silenciosa y tranquila, en que han levantado sus lares los favorecidos de la fortuna y que goza la reputación merecida de ser la más hermosa tal vez que existe en los Estados Unidos.

En las viejas calles de Cambridge se respira una atmósfera igualmente tranquila, pero saturada de intelectualidad. Sin poseer la vetustez ni el escenario incomparable de Oxford, la situación de Harvard College es sencillamente admirable, y todo en los jardines de la universidad y en sus alrededores invita al estudio, al trabajo sereno, a la contemplación y la investigación de las verdades eternas. ¡Ah! si fuera posible desandar el camino recorrido y volver a los días de la adolescencia lejana—me decía a mí mismo—¡con qué placer enterraría algunos años de mi vida en este rincón apacible y hermoso, tan alejado del tumulto humano que bulle en el hirviente crisol de la vasta democracia americana! Esos árboles centenarios que sombrean calles solitarias con cottages de madera a través de cuyas ventanas se ven perfiles femeninos inclinados sobre el libro abierto o sobre el bordado; la majestad severa de los edificios de la universidad, los pasos juveniles de los estudiantes que cruzan las avenidas o se extienden sobre el césped con su autor favorito en la mano, la tradición de respeto moral y de pureza cristiana de la vieja academia, las modestas viviendas de los profesores que consagran todas sus horas al cultivo de la ciencia, de las letras o de las artes,—todo inspira en Cambridge pensamientos elevados, todo parece desprendernos de las preocupaciones de la vida diaria para hacernos meditar en más grandes y puros ideales. «Con la calma favorable al estudio se tiene allí—ha dicho un viajero distinguido—reunidos en un espació reducido todos los elementos de trabajo, los más abundantes recursos intelectuales; cerca está la ciudad con sus museos, sus galerías de arte, su Ateneo, sus clubs literarios y científicos; en la universidad misma se encuentran cursos de toda especie, profesores de hebreo, de sánscrito, de filología romana, de arqueología, de etnología, de historia política; museos de biología, de paleontología, de botánica, colecciones de cristales y de piedras preciosas, de medallas, de bajorrelieves y de estatuas antiguas, bibliotecas, salas de lectura, laboratorios, todos inmensos y soberbiamente provistos; el Boylston Hall tiene 250 mesas para las manipulaciones; el laboratorio de física, de 250 pies de largo, tiene una mesa construída sin hierro para los experimentos magnéticos, mesas de piedra y una torre con cimientos especiales para los trabajos que exigen el empleo de instrumentos de precisión; la biblioteca, científicamente clasificada, de manera de simplificar las investigaciones, contiene 300 mil folletos y 400.000 volúmenes».

Después de recorrer la universidad, no puede dejarse Cambridge sin visitar la histórica casa de Longfellow, conservada como el tiempo en que la habitó el poeta, y ennoblecida también por haber residido en ella Washington. «La pintoresca mansión—dice Wolfe en una página que prefiero reproducir por sus detalles minuciosos—tiene el aspecto de una antigua conocida, y el interior con sus proporcionados cuartos principescos, espaciosas chimeneas, amplios halls, y curiosos tallados, tiene muchas cosas que Longfellow ha compartido con sus lectores. En la puerta de entrada está el poderoso llamador; un descanso de la escalera mantiene «el viejo reloj de la escalera»; a la derecha del hall está el estudio, con sus recuerdos sin precio del tierno y simpático bardo que pasó aquí lo mejor de su vida de trabajo, desde la temprana virilidad hasta el suave crepúsculo de la edad dulce y benigna. Aquí está su silla, desocupada por él sólo unos pocos días antes de su muerte; su escritorio, su tintero, que antes fué de Coleridge; su pluma con «un eslabón de la cadena de Bonnivard», la antigua jarra de su «Canto a la bebida», la chimenea de «El viento en la chimenea», el sillón tallado en la madera del «dilatado castaño» del herrero, que le fué ofrecido por los niños de la aldea y celebrado en su poema «Desde mi sillón». Alrededor nuestro, están sus libros preferidos, sus cuadros, sus manuscritos, todas preciosas reliquias, y desde sus ventanas vemos, a través del Parque Conmemorativo de Longfellow, el río cantado tan a menudo en sus versos «resbalando como el curso de la vida». En ese cuarto, Washington celebró sus consejos de guerra. De las muchas sesiones intelectuales que sus muros han presenciado, contemplamos con el mayor placer las reuniones de los miércoles por la tarde del Club del Dante, en que Lowell, Howells, Fields, Norton, Greene y otros amigos y discípulos se sentaron con Longfellow para revisar la nueva traducción del Dante. El cuarto tapizado de libras que está sobre el estudio—en un tiempo dormitorio de Washington y más tarde de Talleyrand—fué ocupado por Longfellow cuando vivió, primero como un huésped en la vieja casa. Fué allí que oyó las «Pisadas de los Angeles» y las «Voces de la Noche»; aquí escribió «Hyperion» y los tempranos poemas que le hicieron conocer y amar en todos los climas.»

Otro tributo indispensable al talento es la visita de Elmwood, el hogar de Lowell, la tranquila residencia colonial de uno de los espíritus más nítidos y brillantes de la intelectualidad americana, encerrada en un cerco de árboles seculares como en un muro impenetrable. Finalmente, antes de abandonar la pintoresca ciudad, contemplemos un instante los restos del histórico olmo, a cuyo pie Washington asumió el mando del ejército patriota. Así, a cada momento, en una evocación constante, el pasado surge a nuestra vista, mezclando la gloria de las armas con el brillo de las letras, y mientras nos alejamos de Brabble Street, en dirección a la metrópoli, vamos repitiendo los versos que el poeta dedicó al árbol histórico y que pueden aplicarse igualmente a los demás momentos de la vieja Cambridge: «De nuestro rápido pasaje a través de este escenario de vida y muerte, más duradero que nosotros, ¿qué mejor piedra miliaria que un árbol que repite su verde leyenda cada primavera y con un círculo anual mantiene el recuerdo de las hermosas estaciones fugitivas, tipo de nuestra breve, pero siempre renovada mortalidad?... Los monumentos humanos envejecidos olvidan los nombres que debieron eternizar, pero los lugares en que almas luminosas han pasado se embeben de una gracia más que terrestre; la dulzura de su fama deja en el suelo una huella inextinguible, mordiente, patética, sombreada por la tristeza de los más nobles fines, que penetra nuestras vidas y las eleva o las avergüenza.»

Of our swift passage through this scenery
Of life and death, more durable than we,
What landmark so congenial as a tree
Repeating its green legend every spring,
And, with a yearly ring,
Recording the fair seasons as they flee,
Type of our brief but still renewed mortality.


Men’s monuments, grown old, forget their names
They should eternize, but the place
Where shining souls have passed imbibes a grace
Beyond mere earth; some sweetness of their fames
Leaves in the soil its unextinguished trace
Pungent, pathetic, sad with nobler aims,
That penetrates our lives and heightens them or shames.

Los recuerdos históricos y la belleza natural del paisaje hacen también sumamente interesante una excursión a la llamada north shore, la ribera norte de Boston, que abarca muchas millas de extensión y en la cual se agrupan numerosos pueblos de verano. El tren que recorre esos diferentes resorts pasa primero por Lynn, el centro de la manufactura de zapatos de Nueva Inglaterra, una ciudad bulliciosa con alrededores encantadores, situada a la orilla del mar y donde los comerciantes pudientes de State Street han edificado preciosas villas de recreo. Uno de sus ramales nos conduce a Marblehead, uno de los más viejos pueblos de Massachusetts y de todo el país, con casas de madera que remontan a 1646, con calles tortuosas, irregulares, que cortan la roca viva, donde los edificios curiosos de la población se escalonan como cabras silvestres. El otro conduce a Salem, famoso por el auto de fe de unas brujas que tuvo lugar hace tres siglos, así como por haber vivido en ella Hawthorne y escrito allí algunas de sus obras. Luego, sucesivamente, se pasa por Beverly, Manchester, hasta llegar a Rockport, después de haber recorrido las sinuosidades de una costa imponente cuyas altas murallas graníticas están interrumpidas de trecho en trecho por playas suaves y apacibles, como la de Clifton y Bay Ridge, donde en los días caniculares pululan los bañistas y abundan las enormes estructuras de madera de los hoteles veraniegos.

Por todas partes, la tierra fatigada rinde su tributo anual, merced al trabajo del hombre y al aprovechamiento científico del abono. Las aldeas de casitas de madera, limpias y alegres, se suceden a las aldeas y hacen de la vía del tren una especie de calle interminable. El césped brilla con una frescura de color desconocida en el sur. Los bosques que corta la línea férrea empiezan a cubrirse de esas tintas amarillentas y rojizas que hacen tan hermoso el paisaje otoñal en estas regiones. La actividad y la inteligencia de un pueblo culto y moral se adivina en todos los detalles de la campiña. Todos los hogares respiran el bienestar y la alegría satisfecha del que ve su trabajo recompensado. Y cuando se piensa en todo lo que aquí se ha hecho en el espacio de la vida normal de un hombre, no puede menos de sentirse admiración y cariño por esta nueva prueba de la energía y la voluntad americanas.

II
DE PASO POR CHICAGO

La vida americana está hecha de contrastes. En las mismas grandes ciudades de este país, al lado de los edificios majestuosos de veinte pisos de altura, hay barrios enteros de casas de madera, con aceras del mismo material, en que habitan millares de seres humanos en un hacinamiento y promiscuidad que nada tiene que envidiar al de las viejas capitales del antiguo continente. Hace quince días me encontraba en Boston y ayer dejé a Chicago, sorprendido una vez más de la variedad de aspectos y de fenómenos que presenta esta nación maravillosa. En el espacio de cuarenta horas acababa de tocar los dos polos de este mundo inmenso y cosmopolita. Después de haber transitado paso a paso, en medio del silencio y el recogimiento del estudio, por las calles frondosas del viejo Cambridge, la entrada en la tumultuosa «reina de las praderas» me produjo un choque difícil de olvidar. Un día gris, nublado, empapado en vapores gelatinosos en que el polvo del carbón y el humo de las altas chimeneas trazaba pinceladas negruzcas, disponía el espíritu a la impresión avasalladora de la metrópoli colosal. Desde las ventanas del Auditorium, el lago encrespado se esfumaba y desvanecía en una perspectiva crepuscular. Abajo, un desfile incesante de coches que resbalaban con un redoble continuo sobre el piso macadamizado de la Avenida de Michigan. A los lados, las alas de la calle magnífica con sus soberbios edificios que parecen construidos para ser habitados por una raza de cíclopes y en que el humo y el clima han puesto una cáscara de moho, envejeciendo prematuramente el granito y los mármoles de sus pórticos babilónicos. Más lejos, la sucesión interminable de los trenes elevados que se precipitan los unos tras de los otros, empeñados en una carrera fantástica, como ansiosos de alcanzarse y de unir los trozos dispersos de su cuerpo fragmentado. En las calles desigualmente pavimentadas, muchedumbres enteras sucediéndose sin interrupción, en medio de un tumulto ensordecedor, millares de vehículos cruzándose en todas direcciones y evitando a cada instante de una manera milagrosa el golpe de ariete de los carros eléctricos que en convoy de tres o cuatro se precipitan en medio de sus filas con la ceguera de la fiera que ve delante de sus ojos el rojo trapo del capeador.

Arrastrado por las olas de la multitud, llevado por la corriente de aquel Niágara humano, me parecía encontrarme en el corazón de Londres, pero un Londres magnificado y mirado a través de un vidrio de aumento, en que las calles se hubieran ensanchado, en que los edificios se hubieran subido sobre zancos, en que la uniformidad de los hansom-cabs y de los omnibus hubiera sido substituida por una feria rodante de toda clase de especímenes de los medios de locomoción inventados por el hombre, en que el metropolitano, como un monstruo de las edades prehistóricas, hubiera desarrollado sus anillos férreos saliendo de su vivienda subterránea para lanzarse desbocado sobre una red de acero a la altura de las casas, como una visión de ensueño, en medio de la bruma espesa, pegajosa, desgarrada a cada instante por el relámpago rojizo de sus ojos encendidos.

He visitado muchas veces a Chicago, y cada vez me he sentido más impresionado por la grandeza y la vitalidad de aquella ciudad. Pero nunca como ayer ha llegado esa impresión a lo más profundo de mi ser, haciéndome entonar un himno sin palabras a la potencia de la raza capaz de formar un centro de esa magnificencia. La extensión de Nueva York está interrumpida y cortada por los brazos fluviales que rodean la vieja isla de Manhattan. Sin duda, el espectáculo de Broadway en un día de trabajo exalta la mente e impone su grandeza al más frívolo espectador. Para tener una idea de la vida de la gran metrópoli comercial conviene seguir la corriente interminable que a todas horas se dirige al City Hall cruzando el puente de Brooklin. Jamás he hecho esa excursión sin que mi corazón apresurara sus latidos: tan grandioso es el cuadro que se desarrolla desde aquella estupenda filigrana de acero, ante la cual las más grandes obras mecánicas del mundo parecen tentativas de pigmeos. A pesar de todo, para tener una idea de la magnitud de la ciudad, es necesario hacer un esfuerzo mental y pensar en que ella absorbe en su seno la población de tres grandes capitales unidas y separadas por los brazos del río.

En Chicago no se necesita este esfuerzo. El damero inmenso se extiende a vuestra vista sin solución de continuidad, porque no puede llamarse así el río que atraviesa una de sus secciones. Si entráis en un elevado, recorreréis millas y millas de calles igualmente espléndidas, igualmente bulliciosas, y después de mucho tiempo os encontraréis todavía muy lejos de haber llegado cerca de sus límites. Para la indispensable visita de todos los turistas a los corrales y al establecimiento de Armour, es necesario hacer un verdadero viaje. Y por más que el establecimiento en sí mismo os produzca una ligera decepción por no encontrarlo ni tan limpio ni tan espléndido como lo habías imaginado, el movimiento de trenes que convergen a él y a sus congéneres, el área que ocupan los corrales, los miles de reses que se aglomeran en ellos, el mecanismo admirable de la distribución de la carne a todas las secciones de este inmenso país, todo ello es todavía digno de Chicago, todo ello manifiesta la fuerza, la actividad, el trabajo, la gloria, la opulencia de la Babilonia comercial americana.

Recorriendo los bulevares y los parques, resalta bajo un nuevo aspecto esa impresión de grandeza, inherente a todas las manifestaciones de la vida americana.

¿Cómo han podido llegar estos rudos «pioneers» que hace cincuenta años encontraban aquí un erial despoblado, a los refinamientos de lujo, de amor al arte y a la belleza de que son revelación las viviendas que se suceden a lo largo de las magníficas avenidas o reflejan sus torreones señoriales en las aguas del mar dulce que baña el Lake Shore Drive? ¿Cómo han tenido tiempo estos infatigables trabajadores para cultivar su gusto y hacer de su ciudad natal, tan joven todavía, una de las más hermosas de la tierra? ¡Qué perspectivas deliciosas las de las calles de los parques de Lincoln, de Washington, de Humboldt, de Douglas, de Garfield, para no citar sino los lugares prominentes de recreo de la población! ¡Qué elevación de sentimientos y qué amplitud de ideas revela el cuidado minucioso de esos jardines deliciosos, el orden y la limpieza del pueblo que llena sus boscajes y sus prados en los días de fiesta!

¿Qué talismán secreto posee la vida de esta democracia que así transforma y funde en su crisol los más variados caracteres de la raza humana y los eleva a la dignidad de ciudadanos, conscientes de su valer y respetuosos del deber y del derecho? Por todas partes se ve el espectáculo de la vida amplia, generosa y abierta del pueblo americano. En los teatros rebosa una multitud tranquila y disciplinada. Los hoteles majestuosos albergan diariamente a 80.000 viajeros que entran y salen o se esparcen en sus vestíbulos de ónix y de pórfiro con un diario en la mano. Las bibliotecas, los museos, las academias de arte, las universidades, todas las instituciones benéficas de la capital, se deben a la munificencia de sus hijos. Y cuando se piensa en la generosidad de estos hombres que algunas veces han empezado la vida desde los más bajos escalones de la escala social y han comido en su niñez el pan negro de la pobreza; cuando se piensa en su valor y su energía viril, en su adaptación fácil a condiciones tan diferentes, en su orgullo patriótico y en su anhelo de facilitar para otros los pasos que para ellos fueron tan árduos poniendo al alcance de sus conciudadanos los elementos de la educación y los medios de elevarse en la vida, uno no puede menos de sentirse atraído por las condiciones de este pueblo y comprender cuan justo es en el fondo su rápido engrandecimiento.

Nada más asombroso que las cifras reveladoras de este progreso extraordinario. Ellas nos demuestran que Chicago, que se organizaba en 1837 como ciudad con una población de 4.170 habitantes, es hoy la sexta ciudad del mundo y tiene cerca de dos millones de almas. En 1833, el Congreso votó 25.000 pesos para establecer un puerto en el lago Michigan, en el punto en que hoy se extiende la ciudad. Hoy este puerto tiene siete millas de muelles y está iluminado por siete faros mantenidos por el gobierno. En 1850 el comercio de la ciudad era de unos veinte millones de dólares. El censo de 1890 eleva esa cantidad a pesos 1.459 millones. En el mismo año el total de los salarios pagados a los obreros en las fábricas de Chicago llegó a 104 millones, mientras el capital empleado en las fábricas era de 210 millones. El desarrollo de la educación ha seguido una marcha paralela y en 1894 se gastaba en mantener las escuelas públicas de la ciudad seis millones de dólares, mientras el valor de la propiedad de las mismas llegaba a 18 millones. Más singulares aun son las cifras que se refieren al movimiento marítimo de Chicago, situada al borde de un lago, en el corazón de este vasto continente. En 1894 el número de navíos que entraron y salieron del puerto de Nueva York fué de 14.121; mientras en el mismo año entraron y salieron del puerto de Chicago 16.768 navíos. Del movimiento de tráfico terrestre puede formarse una idea aproximada teniendo en cuenta que Chicago es el centro de una red de caminos de hierro de 90.000 millas de extensión.

Al tomar el tren para Omaha la espléndida ciudad desarrolla una vez más a nuestros ojos la inmensidad de sus proporciones. Las calles suceden a las calles, la poderosa locomotora vuela sobre las cintas de acero, y cuando creemos que por fin vamos a salir a campo abierto, nos encontramos de nuevo en medio del dédalo gigantesco, en el vaivén de la población interminable. En la rapidez de la marcha, todo el panorama de su vida febriciente desarrolla sus cuadros pintorescos y animados. Los obreros marchan a sus labores, con paso diligente y con esa mirada franca y leal, característica del trabajador americano. Los trenes elevados cruzan como una exhalación a derecha e izquierda, mientras los carros eléctricos pasan con el chirrido peculiar de los trolleys o el rumor sordo del cable subterráneo. Las altas chimeneas de los establecimientos industriales lanzan al espacio bocanadas de humo espeso y perezoso, que se extiende como un inmenso velo sobre los edificios y se mezcla lentamente con la bruma impalpable de la mañana nebulosa. Poco a poco el movimiento va decreciendo, la atmósfera empieza a recuperar su diáfana transparencia y los primeros soplos de la brisa campestre apaciguan los nervios irritados por la tensión continua de aquel tumulto atronador. Al fin, la visión del Chicago atormentado y dantesco acaba de desvanecerse como una pesadilla, mientras el tren cruza la región de las llanuras del oeste, desiertas hace medio siglo, o cruzadas tan sólo por el indio, y que hoy están habitadas por una población próspera e industriosa.

La pradera americana, cantada por Bryan en un poema inolvidable, recuerda las llanuras argentinas, aunque en general es más accidentada que nuestra Pampa y más cultivada que ella. Después de pasar por Fulton, última estación del estado de Illinois, el tren cruza el río Mississippi sobre un puente soberbio de 1.500 metros de extensión que nos introduce en Iowa. Más tarde se desciende el valle del río de Des Moines, en medio de un escenario imponente. A la montaña sucede nuevamente la pradera hermosa y cultivada sembrada de aldeas que respiran prosperidad. Al fin empieza el descenso del valle del Missouri, que nos conduce a Council Bluffs, ligada por dos puentes de acero de cerca de un kilómetro de largo a la ciudad de Omaha, fundada en una hermosa altiplanicie limitada por ásperas barrancas.

Ha llegado el presidente McKinley, acompañado de periodistas y diplomáticos, el pueblo se aglomera en torno de ellos, aclamando al presidente, al general Schafter, el héroe de Santiago, al general Miles, el héroe de Puerto Rico, al viejo general Joe Wheeler, a los ministros de China y de Corea, el primero de los cuales, graduado de Oxford, pronuncia speeches en correcto inglés y a Gonzalo de Quesada, el representante da la junta cubana en Washington, que toma una parte activa en los torneos oratorios indispensables en las festividades patrióticas americanas. Se trata de la celebración del jubileo de la paz, y la ocasión da motivo al señor McKinley para pronunciar una de sus arengas más elocuentes y felices.

La exposición en sí misma no ofrece un interés extraordinario. La sobriedad y belleza de los edificios impone agradablemente; pero fuera de la exhibición agrícola, que es realmente notable, las demás secciones no tienen el desarrollo que sería de desear. Por la noche, es de una belleza indescriptible, el espectáculo de la iluminación eléctrica de los palacios, cuyas diez mil lámparas incandescentes se reflejan en la laguna central, donde resbalan góndolas venecianas. La exposición se encuentra situada a dos millas de la ciudad y posee todo el atrezzo común a los espectáculos de su especie. Hay allí la montaña rusa y el toboggan reglamentario, la calle de las Naciones con chinos verdaderos, levantinos escamados y muestras más o menos legítimas de las razas del Extremo Oriente. Los descendientes de las tribus que en 1854 cedieron a los Estados Unidos el territorio en que hoy se eleva la ciudad, hacen un simulacro de batalla india lleno de interés y de gran actualidad, pues precisamente en estos momentos fuerzas americanas se baten pour de bon con los salvajes en el estado de Minnesotta. Los teatros y los panoramas; los cafés moriscos y la posada bohemia; el túnel de una mina de oro californiana; la danza subterránea de los demonios en la sección llamada The Big Rock; la reproducción del peñasco de Plymouth, en que desembarcaron en 1621 los puritanos; la cámara obscura con sus cuadros cambiantes y sus linternas mágicas, la enana de Cuba llamada Chiquita, de veinte años de edad y veintiséis pulgadas de alto; el ciclorama en que se presenta el combate naval entre el Merrimac y el Monitor en 1862; los perros y los monos sabios; la aldea alemana; la menagerie con sus 500 especies de animales; el laberinto; la reproducción de una plantación antigua, y, finalmente, el ferrocarril en miniatura,—son las novedades que amenizan la feria y que recuerdan una de las páginas más coloridas de Dickens, la pintura de los viajeros que con rumbo a las carreras se reunen en la taberna de Jolly Sandboys.

Omaha es el centro geográfico de los Estados Unidos y su rápido progreso representa de una manera digna, el crecimiento de la región transmississippi, cuya población alcanza hoy a más de 20 millones de habitantes establecidos en 2 millones y medio de millas cuadradas. La designación de aquel punto ha sido feliz y aunque los miembros del sindicato que proyectaron esta empresa no pudieron prever la guerra con España, que absorbió por tanto tiempo la atención pública, más de dos millones de visitantes han asegurado el éxito financiero de la exposición, dejando ya una ganancia líquida de 150.000 dollars para los promotores de la idea. Los recursos inagotables de este país son la mejor garantía de tentativas de esta especie. Los Estados Unidos constituyen un mundo aparte, y bastándose a sí solos, gozan de una verdadera independencia política e industrial. Pero sin duda el fenómeno más asombroso del desenvolvimiento de la joven democracia es la conquista del Oeste, la invasión pacífica y civilizadora de la región transmississippi.

El honorable J. W. Baldwin de Council Bluffs, en su oración inaugural recordaba que en 1858 la North American Review declaraba lo siguiente: «El pueblo de los Estados Unidos ha alcanzado a su frontera terrestre occidental, y los bancos del Missouri son las orillas en que termina un vasto desierto de mil millas de ancho, que se propone atravesar, si ello es posible, con caravanas de camellos y que interpone una barrera final al establecimiento de grandes comunidades agrícolas, comerciales o aun pastoriles.»

¿Dónde está hoy ese desierto?, se pregunta con orgullo Mr. Baldwin, al hacer el balance de las conquistas realizadas por sus compatriotas. «En lugar de él podemos mostrar una inmensa chacra de 67 millones de acres bajo cultivo y cuyos productos alcanzan anualmente a un valor de mil millones de dólares. Las praderas que fueron consideradas «impropias para el cultivo» producen anualmente 1.200 millones de bushels de maíz, 350 millones de bushels de trigo, 30 millones de toneladas de heno, cuyo valor total llega a 600 millones de dólares, sin contar el valor de los otros cereales, frutas y legumbres. En vez del «oso caparazonado y del búfalo», 9 millones de caballos y mulas trabajan en los valles; 32 millones de animales pastan en las colinas; 51 millones de ovejas y de cerdos producen sus vellones y engordan, y el valor de este ganado llega a 1.200 millones de dólares. Se pensó en un tiempo que 15 millones de dólares, era un precio excesivo para esta «región salvaje». Hoy su producción anual de oro y de plata es de 100 millones de dólares, de cobre y otros minerales de otros 100 millones y de carbón 30 millones. Con el solo precio de los metales preciosos, podríamos pagar el precio de compra en setenta días. La «barrera para el establecimiento de empresas comerciales», ha caído derribada por el hombre de la frontera y más allá de ella, giran las ruedas de las fábricas produciendo anualmente un valor de 1.400 millones en artículos de la mejor y más barata manufactura del mundo. Como las «caravanas de camellos» no venían del Egipto, el pueblo de esta región, construyó 80.000 millas de caminos de hierro, como medio de viaje y de transporte. En la tierra en que solamente hace cincuenta años vagaban salvajes aborígenes y se abrigaban en wigwams y tiendas de hojas de palma, ahora viven 22 millones de ciudadanos inteligentes, con 121 universidades y colegios; 62.000 escuelas, 5.700.000 niños, 6.000 periódicos y 45.000 organizaciones religiosas cuyos miembros alcanzan a 3.500.000 y que reverencian a su Dios en 44.000 iglesias destinadas al culto. Finalmente, la riqueza agregada de esta región del país llega a 22 mil millones de dólares, o sea, más de la mitad del capital íntegro de la Gran Bretaña.»

Próximamente, tendrá lugar aquí la exposición ganadera, y aunque ella se abrirá sólo dentro de dos semanas, casi todos los estados de la Unión están ya representados, mientras en las calles de la ciudad, se cruzan los principales criadores de los Estados Unidos. La exposición ganadera no se limitará a la región del oeste, habiendo llegado ya animales finos de Illinois, Indiana y hasta de los estados de la Nueva Inglaterra. Cincuenta mil dólares al contado, serán distribuidos, junto con una cantidad mayor en medallas, certificados, y otros premios. Refiriéndose a esta exposición, leo hoy en el carro eléctrico que me conduce a la feria, un artículo de The Country Gentleman, muy interesante: «La industria ganadera del oeste,—dice,—está en una condición floreciente. Nebraska, es un ejemplo elocuente de lo que pasa en los estados adyacentes, a este respecto. Los vacunos y otros animales han alcanzado un precio muy elevado. Un detalle curioso de la presente situación es el hecho de que el caballo, como artículo de comercio, parece estar atrayendo mucha más atención ahora en los estados occidentales que de diez años a esta parte. Este año un buen caballo de campo vale de 40 a 50 pesos, mientras hace algunos meses el mismo caballo no alcanzaba la mitad de ese precio. Muchos de estos animales vienen de las chacras de Illinois, Michigan, Indiana, Ohío e Iowa. Otro detalle interesante de la exhibición ganadera serán las lecciones prácticas de lo que se conoce por campaña educadora del «cerdo magro», que harán los empacadores del oeste. Esas lecciones tienden a demostrar a los productores que es preferible producir un animal que pese 200 libras, en vez de un animal más pesado. La demostración se hará en forma de corrales de varios tamaños, con cerdos de un peso de 195 a 300 libras. Habrá estadísticas preparadas mostrando lo que cuesta producir el cerdo liviano, el precio que obtiene el animal en la cotización del mercado diario y cuáles son las probabilidades de pérdida, comparado con el cerdo más pesado. Después, las mismas estadísticas serán aplicadas al cerdo de 300 libras. El deseo de los empacadores en general, es fomentar la producción del cerdo magro más pequeño, del cual se obtiene la más fina calidad de tocino inglés de desayuno (English breakfast bacon). Esta clase de cerdo, se cotiza siempre de uno a dos centavos más por libra, en Chicago, Kansas City, Omaha, que el cerdo de 300 y 350 libras.»

Los resultados de la exhibición ganadera serán, indudablemente, muy interesantes. Omaha, lo he dicho ya, es el tercer mercado de carnes en América, y en ninguna parte mejor que aquí puede estudiarse los adelantos de la ganadería de este país, así como admirarse la pujanza de la raza que ha edificado esta hermosa ciudad, y que hoy se regocija de su obra, recorriendo complacida y orgullosa los palacios monumentales de la exposición y aclamando con entusiasmo a los héroes de la guerra con España.

III
EN SAINT-LOUIS

No he querido abandonar el oeste, sin arrojar una ojeada a esta extraordinaria ciudad de Saint-Louis, que es, no solamente la metrópoli del valle del Mississippi, sino como ha sido dicho con exactitud, el corazón comercial de la inmensa región comprada a Francia en 1804. De aquí nace su abolengo de ciudad antigua. Después de Nueva Orleans, Saint-Louis, era el centro más importante de aquella soberbia adquisición territorial. Fundada nueve años antes que Filadelfia, doce años antes de la declaración de la independencia, a fines del siglo pasado, los franceses la habían convertido en una provechosa y próspera factoría, donde se realizaba en grande escala el comercio de las pieles con los indios, únicos habitantes de aquellas inmensas soledades inexploradas.

Saint-Louis, está situada en la banda occidental del Mississippi, y es la llave geográfica de esa magnífica cuenca que comprende un área territorial mayor que las de Alemania, Francia, Austria-Hungría, Italia y Turquía reunidas. Una avenida de 124 pies de ancho la divide de norte a sur. Su situación, excepcionalmente favorable, como punto a que convergen todas las grandes líneas férreas que cruzan el territorio de los Estados Unidos, y las que se dirigen a México, le da aún las ventajas de ser un puerto fluvial de enorme importancia, a donde se detienen los vapores que navegan el Mississippi y el Missouri. Así, su crecimiento ha sido tan estupendo como el de las más favorecidas metrópolis modernas, y el último censo le da una población de 611.268 habitantes.

Por lo demás, la fisonomía general de la ciudad, tiene los mismos caracteres que las de todas las capitales americanas, cortadas por el mismo patrón, con su Broadway tumultuoso, copiado del de Nueva York, su Washington Avenue, semejante a la de Boston, su Chestnut Street, igual a la de Filadelfia, su espléndido sistema de parques, análogos a los de todas las anteriores, sus cortes de justicia, monumentales, su City Hall coronado de pináculos y torrecillas y su Union Station colosal, con una superficie techada de cuatro millones de pies cuadrados. Esa uniformidad de aspecto, de arquitectura, de «high buildings», en que sobresalen siempre un templo masónico y una «Equitativa», se extiende en América, hasta a los nombres de los parques, las calles, las avenidas y las estaciones Los carros eléctricos, igualmente administrados y construídos, aumentan esa impresión de monotonía.

Para distinguir, pues, a Chicago de Saint-Louis, a Saint-Paul de Cincinatti, a Pittsburgh de Providence, es necesario hacer desfilar las cifras estadísticas, que muestran la importancia relativa y los rasgos característicos, comerciales o industriales de cada agrupación. Naturalmente, en este terreno, Chicago aplasta a todas, a pesar de su juventud; pero Saint-Louis puede exhibir un record, que es por sí mismo suficientemente recomendable. Por de pronto, Saint-Louis es, por su rango, la quinta ciudad de la Unión. Sus calles ocupan una superficie de 818 millas, pavimentadas con macadán y piedra, con excepción de 53 millas en que se han empleado otros materiales. El sistema de sus aguas corrientes, costó 13 millones de dólares, y ellas tienen una capacidad de 132 millones de galones diarios.

La longitud total de sus caños de desagüe en 1890, era de 328 millas, y el costo total de su construcción de 7.206.780 pesos. Como centro manufacturero, Saint-Louis, figura dignamente, con sus 6.148 establecimientos industriales, con un capital de 141.872.386 pesos. Ellos emplean un término medio de 94.951 obreros, cuyos salarios suben a 53.294.630 pesos.

Las materias primas empleadas en dichos establecimientos cuestan 122.216.570 pesos, y el valor de sus productos llega a 229.157.343 pesos. ¿Para qué seguir? Con lo dicho basta para comprender que Saint-Louis no tiene motivos por qué humillarse, ni aún al lado de ese fenómeno de crecimiento y riqueza que se llama Chicago.

Ciudad comercial por excelencia, como Cincinatti, como Chicago, como Omaha, las glorias de Saint Louis consisten en amontonar muchos dólares y en edificar muchas casas de grande altura, colmenas de actividad industriosa. No aspira a los triunfos académicos ni a los lauros universitarios. Lo que desea y lo que consigue, es que a sus elevadores afluya mucho trigo, que su puerto sea visitado por muchos navíos, que sus estaciones rebosen de productos de la agricultura, de la ganadería y de la minería; y en su calidad de pueblo práctico, de pueblo trabajador, curado de quimeras, como todo el joven oeste, Saint-Louis es expansionista y conquistador, Saint-Louis quiere que «donde la bandera americana ha flameado, ella permanezca por siempre»; y se deleita de antemano pensando en la cantidad de máquinas y de géneros de toda especie, que le comprarán los portorriqueños, los cubanos y los filipinos.

He aquí la cuestión que por ahora absorbe a la inmensa región a que está vinculada esta magnífica capital, cuestión puesta sobre el tapete por el viaje presidencial a Omaha y a Chicago, con su acompañamiento de héroes como Shafter, Wheeler, Greely y Miles. La visión de tanta gloria encarnada ha trastornado la cabeza de los habitantes del oeste y ha refluído de una manera inesperada sobre el espíritu del presidente McKinley. El corresponsal del Chicago Record, que acompañaba la gira presidencial, William E. Curtis, explica de una manera clara el efecto de esta recíproca sugestión. Refiriéndose a la resolución tomada por el presidente, de pedir a España el grupo entero de las Filipinas, dice el distinguido publicista: «No creo que el presidente iría tan lejos en el asunto de las Filipinas, si no hubiera realizado su gira reciente por el oeste. Los iniciadores del jubileo de la paz de Chicago y de la exposición de Omaha, tienen en consecuencia no poca responsabilidad en la dirección de la política exterior del gobierno. El presidente se impresionó tanto con el sentimiento público, manifestado por todas partes en el oeste, que desde entonces no persistió más en sus inclinaciones de evitar la responsabilidad que la adición de tanto territorio le impondría. Los miembros del gabinete se han divertido bastante con el desarrollo de esta cuestión. Mientras más se internaba el presidente en el oeste más expansionista se mostraba, y uno de sus consejeros declaró que si hubiera llegado hasta Denver también hubiera pedido las islas Canarias.»

Ha existido en la Unión, hasta hace poco—y malos profetas dicen que existe todavía—un oeste platista en oposición a un este rebosante de gold-bugs; y si la expresión de este nuevo sentimiento continúa, tendremos ahora un oeste imperialista en contraposición a un este enemigo de la expansión territorial. Mientras las muchedumbres de Omaha aclamaban a los héroes de la campaña, y pedían nuevas posesiones, panes et circensis, el senador Hoar, uno de los espíritus más cultos y distinguidos de esta nación, y una de las lumbreras del Massachussetts, universitario y apegado a la tradición de los padres, señalaba a sus oyentes los peligros y los errores de la expansión, en palabras tan sobrias como elocuentes.

«Este año—exclama—ha rebosado de historia y ha rebosado de gloria. Pero, a mi juicio, también él ha estado lleno de peligros. La bandera de España, en otro tiempo, y desde los días del imperio romano, el más orgulloso de los poderes de la tierra, ha caído en la obscuridad y en la sangre, ante la escuadra y el ejército victoriosos de los Estados Unidos.

«El pendón americano se ha alzado en el firmamento oriental, como una nueva constelación. Pero no aceptemos los deberes y responsabilidades de esta victoria, con ningún sentimiento de vanagloria, y todavía menos con ambición vulgar de poder o de ganancia. Los Estados Unidos han ido a esos pueblos del este y del oeste, como un gran libertador. Aprovechar esta ocasión para hablar de estaciones carboneras y de ventajas comerciales, los degrada y empequeñece.

«No hemos derribado a España, no hemos puesto en peligro las vidas preciosas de nuestros hijos para poder aumentar nuestras posesiones, o para poder obtener ganancias de nuestras nuevas relaciones.

«El primer deber del pueblo americano es preocuparse de sí mismo, y cuando digo esto no lo hago en un espíritu de egoísmo o de indiferencia por el bienestar del género humano. Por el contrario, creo que el más alto servicio que el pueblo americano puede prestar a la humanidad y a la libertad, es reservar sin mancha y sin cambios, la república tal como nos vino de nuestros padres. Es por medio del ejemplo y no por medio de cañones o bayonetas que la gran obra de América, en beneficio de la humanidad, deberá realizarse.

«Y en mi opinión, estamos hoy en frente de un gran peligro, un peligro más grande que los que hemos encontrado, desde que los peregrinos desembarcaron en Plymouth. El peligro es que vamos a transformarnos de una república fundada sobre la declaración de la independencia, guiada por los consejos de Washington, en un vulgar y ordinario imperio, fundado sobre la fuerza material.

«Por mi parte, no estoy deslumbrado por el ejemplo de Inglaterra. Las instituciones de Inglaterra, que le han permitido gobernar con éxito colonias distantes y estados vasallos, están fundadas, como Mr. Gladstone señaló, en la doctrina de la desigualdad. Si estamos destinados a sobrepasar a Inglaterra en poder nacional, será siguiendo nuestro propio camino y no sus huellas.

«Se ha dicho que Puerto Rico ya es nuestro. Puede ser que Puerto Rico llegue a ser nuestro. Pero no existe autorización bajo la constitución de los Estados Unidos para adquirir ningún territorio extranjero, excepto por un tratado, aprobado por el senado, por dos tercios de votos o por un acto legislativo, en el cual, el presidente, la cámara de representantes y el senado estén unidos. Se dice que las islas Filipinas son ya nuestras por derecho de conquista. Los seres humanos—hombres, mujeres, niños, pueblos—no pueden ganarse como despojos de la guerra o presas del combate. Puede ser que tal doctrina encuentre un sitio en las antiguas y bárbaras leyes de la guerra. Pero ella no es admisible bajo la constitución americana.

«Ella no cabe, tampoco, en el código moral del pueblo de los Estados Unidos. He explicado, en otra parte, las consideraciones que a mi juicio garantizaban la adquisición del Hauaii. Hauaii vino a nosotros con el consentimiento de su propio gobierno, el único gobierno capaz de mantenerse allí por un considerable espacio de tiempo. En el caso de las Filipinas, se nos pide que avasallemos a una nación y que la mantengamos en vasallaje. Las tomamos por conquista y las conservaremos por la fuerza. En el caso de las islas Sandwich, las tomamos por acuerdo celebrado con su gobierno legal.

«Algunos de nuestros buenos amigos han dicho, en su celo irreflexivo, que donde va la bandera americana allí debe permanecer. Pero, seguramente, ellos no pueden desear que el país se ligue a esta doctrina. Plantamos nuestra bandera en la ciudad de México. Pero nadie pidió que permaneciera allí. Si la guerra continúa, podremos plantarla en la costa de España, aunque no deseamos mantener un dominio permanente sobre ella.

«Si las islas Filipinas llegan a ser nuestras, según la última decisión de la suprema corte, cada niño que en adelante nazca allí, llegará a ser un ciudadano americano, libre de entrar, libre de salir. ¿Pensáis conservarlos como vasallos? ¿Pensáis fundar una clase educada y gobernante? ¿Váis a tener al colector de contribuciones como el más frecuente y conocido visitante de toda casa americana? ¿Váis a aumentar varias veces vuestra deuda nacional? Todas estas cosas están envueltas en ese salvaje y apasionado grito a favor del imperio. Por mi parte, rechazo y detesto la idea que el pueblo americano se decida a someterse a semejante transformación.»

Entre las aclamaciones populares que piden la extensión del imperium y la palabra sobria de los estadistas que se sublevan contra él, el presidente parece dispuesto a seguir las indicaciones de las primeras y ha impartido sus instrucciones en ese sentido, a los comisionados que en París ejecutan sus mandatos. España tratará de alegar que en el protocolo de suspensión de las hostilidades no se hablaba de la cesión de las Filipinas, y que la entrega de Puerto Rico ha sido en calidad de idemnización por los gastos de la guerra. Es demasiado tarde para ella y al fin tendrá que aceptar las condiciones impuestas por el vencedor.

IV
UNA VISITA A AMHERST

El colegio de Amherst, es una de las más interesantes y típicas instituciones de enseñanza que existen en este país. Sin tener el abolengo ilustre ni la antigüedad de Harvard o de Yale, su situación especial le da un carácter peculiar que han ido perdiendo poco a poco los anteriormente mencionados. Uno de sus encantos principales es el escenario en que se encuentra situado. Amherst, es la ciudad estudiantil por excelencia, un centro en que todo invita al trabajo intelectual y al cultivo del espíritu. He pasado algunos días viviendo la vida de la academia, y creo interesante registrar algunos datos relacionados con aquella tebaida científica.

La existencia de Amherst data de 1821. El actual instituto sucedió en aquella fecha a la academia de Amherst, fundada en 1814, época en que los residentes de Hampshire suscribieron la cantidad necesaria para su sostén. En los ejercicios inaugurales, la tradición recuerda que tomó la palabra el famoso Noah Webster, como presidente del consejo directivo. El colegio abrió sus puertas con tres profesores y 49 estudiantes. El manejo del colegio corresponde al referido consejo directivo, cuyo número de miembros no puede exceder de 17, de los cuales siete deben ser clérigos y el resto laicos. Sin embargo, el colegio no es sectario y no existen restricciones congregacionalistas en él. El control interno de aquel plantel está en manos de la facultad, compuesta de un funcionario ejecutivo, que es el presidente del colegio, y unos 30 profesores y conferenciantes. En 1882 la facultad asoció a la dirección del instituto un cuerpo de 10 estudiantes, bajo el nombre de Senado colegial. Los miembros de esta pequeña asamblea, son elegidos por sus respectivas clases, de acuerdo con los reglamentos establecidos y en la siguiente proporción: cuantro seniors, tres juniors, dos sophomores y un freshman. El presidente del colegio dirige las reuniones del senado y puede vetar cualquiera de sus resoluciones. Los departamentos de instrucción se dividen en filosofía, historia y arte, lengua y literatura, y ciencia. El estudiante puede elegir entre un curso clásico o un curso científico, lo que lo autoriza para recibir en el primer caso el diploma de Bachiller en artes, y, en el segundo el de Bachiller en ciencias. Todos los estudiantes están obligados a seguir las clases del primer año. Después de él existe gran libertad de elección de materias cursadas. Los estudios electivos consisten en griego, latín, francés, alemán, italiano y sánscrito; cursos completos de retórica y oratoria, lógica, literatura inglesa, biología, criptogámica y fenográmica; zoología, fisiología y biología general, etc. Los estudios de geología y mineralogía del colegio de Amherst, gozan de una gran reputación en este país. Un amplio gabinete de física facilita el cultivo de esta materia y tiene elementos especiales para instruir a los alumnos en la parte relativa a la electricidad. También existen cursos de astronomía, para los cuales el colegio cuenta con instructores distinguidos, y como en todos los institutos análogos de los Estados Unidos, en Amherst, se presta una atención preferente a la cultura física de los alumnos.

El número actual de estudiantes de Amherst es de unos cuatrocientos cincuenta. Muchos de ellos carecen de medios amplios, pero la ciudad, a pesar de sus proporciones reducidas, les facilita ocasiones de ganarse la vida y poder continuar sus estudios. El costo de la educación en Amherst, es a menudo un motivo de seria preocupación para una familia. Según una publicación reciente, fundada en investigaciones realizadas entre los alumnos, el menor gasto anual de un joven estudiante alcanza a 308 dólares, sin contar sus desembolsos durante el tiempo de vacaciones. Un gran número de estudiantes gasta menos de 400 dólares por año, pero la mayoría necesita de 475 a 675 dólares anuales. Se han publicado cuadros en que los gastos están calculados en cuatro escalas diferentes. He aquí los resultados obtenidos, que me parece vale la pena de reproducirse:

Costo de vida y educación en Amherst

BarataEconóm.LiberalCostosa
Enseñanza 110 » 110 » 110 » 110 »
Libros 8 » 15 » 20 » 35 »
Alojamiento 12 » 30 » 75 » 200 »
Combustible y alumbrado 11 » 15 » 25 » 40 »
Pensión 111 » 129 50 148 » 222 »
Mueblaje (promed. anual) 10 » 15 » 30 » 40 »
Ropa 50 » 70 » 150 » 200 »
Lavado 10 » 15 » 25 » 40 »
Cuotas de sociedad 20 » 20 » 20 »
Utiles de escritorio 5 » 10 » 15 » 20 »
Subscripciones 5 » 20 » 40 »
Varios 30 » 35 » 50 » 60 »
357 » 469 50688 »1027 »

El departamento de educación física y de higiene de Amherst merece una mención especial. Los estudiantes están obligados a hacer cierta cantidad de ejercicios físicos diarios bajo la vigilancia y dirección de un médico. Con ese objeto se fundó un gimnasio en que la condición física personal de cada estudiante es examinada antes de prescribírsele el ejercicio que la experiencia demuestra como más benéfico para su salud. Anexo al gimnasio existe un departamento antropométrico, donde los alumnos son examinados, medidos y sometidos a prueba en cada una de las funciones esenciales de su cuerpo, tres veces durante el curso. El estudiante a quien se encuentra defectuoso o mal desarrollado es sometido a un régimen especial en beneficio de su salud y de su desarrollo futuro.

Existen en Amherst numerosas sociedades fraternales de estudiantes, designadas por letras griegas y entre las cuales merecen una mención especial la Alpha, Delta, Phi, la Psi, Upsilon, etc. La formación de aquellos clubs o centros estudiantiles ha sido muy discutida en los Estados Unidos, especialmente por su carácter secreto. Sin embargo, las autoridades del colegio los consideran benéficos y refiriéndose a ellos el ex presidente de Amherst Mr. Julius H. Seelye, escribe lo siguiente:

«Otros podrán dar una opinión más exacta que yo, a propósito de las fraternidades colegiales en otras partes; pero en cuanto concierne a Amherst, sólo puede haber un juicio favorable respecto a ellas. Sin lugar a duda, ofrecen aquí una benéfica energía, tanto sobre el colegio como sus miembros individuales. La combinación es fuerza sea entre jóvenes o viejos; y cuando los hombres se reúnen persiguiendo buenos fines pueden esperarse mejores resultados que si aquellos fines fueran perseguidos por individuos aislados. El propósito de aquellas sociedades es ciertamente bueno. Ellas no están simplemente constituidas para la diversión, aunque son una de las más fructíferas fuentes de placer en la vida de colegio de un estudiante. Su principal objeto es el mejoramiento de sus miembros, mejoramiento en cultura literaria y en carácter varonil. Todas ellas son sociedades literarias. No hace mucho, se trató de introducir entre nosotros una nueva sociedad con fines prominentemente sociales más bien que literarios; pero la tentativa no sólo dejó de recibir el asentimiento necesario del presidente del colegio sino también encontró una gran oposición de parte de la mayoría de los estudiantes. Uno de los más felices caracteres de la vida social de Amherst está relacionado con las casas de las sociedades. No existen mejores residencias en la aldea, ni mejor mantenidas que ellas. No son lujosas sino limpias y de buen gusto. Están rodeadas de jardines; el precio de sus habitaciones no es mayor que el promedio del de las otras casas, y no solamente proporcionan a los estudiantes que las ocupan un lugar agradable sino que el cuidado de la casa y sus alrededores es por sí mismo una cultura. No es necesario objetar a esas sociedades por ser secretas. Secretas son principalmente en el nombre; en realidad su carácter secreto no es más que esa reserva propia al más familiar contacto entre familias y amigos. Tratadas como las sociedades lo son entre nosotros y ocupando el lugar que ocupan su carácter secreto no produce mal alguno. En vez de promover camarillas y cábalas en realidad, éstas han disminuído en el colegio después de la organización de las fraternidades. La rivalidad que existe entre ellas es sana, y conducida abiertamente y de una manera viril. Las sociedades deben devolver al colegio el tono que han recibido primero en él. Estoy convencido que en cualquier colegio en que prevalezca una vida elevada y pura, las sociedades alimentadas por su fuente producirán corrientes brillantes y vivificadoras. Ciertamente ellas alegran y refrescan toda nuestra vida de colegio en Amherst.»

El viaje a Amherst se efectúa por la línea del ferrocarril central de Massachussetts. La pequeña aldea en que está situado el colegio se encuentra a 90 millas de Boston y se llega a ella después de cuatro horas de viaje. La ola de la inmigración inglesa que desembarcó en las rocas de Plymouth y se estableció en las riberas de la bahía de Massachussetts, tardó cien años en llegar hasta Amherst, lo que prueba la lentitud del desenvolvimiento primitivo de la población en estos parajes. En el trayecto se goza de los encantos de un paisaje siempre variado y especialmente interesante en esta época del año, en que los árboles empiezan a perder sus hojas y otros se revisten de colores rojizos, bronceados y amarillos, que resaltan aún más sobre el fondo verde obscuro de los pinos inalterables. La línea férrea cruza por Waltham, el centro más importante de la manufactura de relojes. Poco después se llega a Weston, dotado de todos los atractivos de la vida rústica y de todas las bellezas de un paisaje accidentado en que se alternan los campos esmeradamente cultivados con arroyos que susurran sobre un lecho de pedregullo y pequeñas lagunas en cuyos bordes se levantan árboles centenarios. Sucesivamente el tren atraviesa por el municipio de Berlín situado sobre el río Assebet y rodeado de bosques de robles, castaños, arces, pinos y nogales. Más tarde aparece Clinton, ciudad manufacturera de reputación universal; Ware, situada junto a las cascadas del río del mismo nombre, y finalmente, Amherst deja ver las puntas de sus altos edificios góticos, entre el follaje de sus árboles frondosos.

Al norte de la aldea se encuentra el colegio de Agricultura, objeto principal de mi visita, y que es una de las primeras instituciones de esta clase fundadas en los Estados Unidos. El Congreso americano, en 1862, concedió a cada Estado cierta porción de las tierras públicas federales, el importe de cuya venta debería servir para la instalación y manutención de un colegio en que, sin excluir otros estudios científicos y comprendiendo la táctica militar, debían enseñarse todas aquellas ramas de la ciencia relacionadas con la agricultura y las artes mecánicas, a fin de promover la educación práctica y liberal de las clases industriales de la República. La porción concedida a Massachussetts, fué de 360.000 acres de tierra, que produjeron 219 mil pesos. La locación del Colegio fué objeto de grandes discusiones, hasta que al fin el municipio de Amherst ofreció 50.000 pesos y la suficiente cantidad de terreno a un precio moderado, con tal de atraerlo a su seno. La propiedad del Colegio de Agricultura abarca hoy unos 383 acres, o sea, aproximadamente, unas 150 hectáreas. El 2 de octubre de 1867 se abrieron los cursos con 33 discípulos y cuatro profesores. La facultad comprende doce miembros y dirige al Colegio en todo lo relativo a la enseñanza y la disciplina. Los estudios regulares duran cuatro años, después de cuyo lapso de tiempo los graduados reciben el diploma de bachiller en ciencias, firmado por el Gobernador de Massachussetts. Por un arreglo especial el Colegio constituye el Departamento Agrícola de la Universidad de Boston, lo que permite a los alumnos del primero matricularse en la segunda, y al recibir su grado poseer también un diploma de la Universidad.

Un oficial del ejército americano proporciona la instrucción militar y está autorizado para otorgar diplomas militares a los estudiantes que se distinguen en aquel ramo. Esto los recomienda para ocupar puestos en la milicia del Estado o llegar a ser oficiales del ejército federal. Durante la última guerra los colegios agrícolas de los Estados Unidos proporcionaron un numeroso contingente de oficiales a las tropas voluntarias de este país; y en la capilla del establecimiento acaba de ser colocada una placa de bronce conmemorativa, en que se halla inscripto el nombre de uno de los graduados de la institución, muerto en los alrededores de Santiago.

El curso de estudios del Colegio de Agricultura obedece a un programa regular y es de carácter esencialmente científico. Los estudiantes que desean educarse sin sacrificio pecuniario de su parte, o que no pueden afrontar ese sacrificio, encuentran una protección generosa de parte del Estado. El colegio consagra 5.000 pesos anuales como sueldo de estudiantes pobres que ejecutan algún trabajo en su seno. Fuera de eso, anualmente se reparten algunas sumas en premios. Las becas son: 80 becas del Estado, establecidas por la Legislatura, 10 mil pesos; 14 becas congresionales, establecidas por los directores, 1.120 pesos; legados de particulares, que suben a 150 pesos, interés de 3.000 pesos. Las becas del Estado se solicitan del senador del distrito en que reside el discípulo, y las becas congresionales del diputado al Congreso por el mismo distrito.

Los estudiantes están obligados a vivir en los edificios dormitorios pertenecientes a la institución, lo que disminuye el costo de manutención. Como en el caso de la Universidad de Amherst, se han hecho cálculos minuciosos respecto al presupuesto de gastos de un estudiante del Colegio de Agricultura y los resultados obtenidos son los siguientes, que pueden, tal vez, inducir a alguno de nuestros conciudadanos a enviar sus hijos a este instituto:

Presupuesto para el Colegio de Agricultura

BaratoModeradoAmplio
Enseñanza 80 » 80 » 80 »
Libros y útiles de escritorio 8 » 12 » 20 »
Alojamiento 24 » 36 » 48 »
Mueblaje (promedio anual) 8 » 15 » 25 »
Pensión 90 » 108 » 126 »
Combustible y alumbrado 11 » 15 » 25 »
Lavado 10 » 15 » 25 »
Ropa 30 » 60 » 100 »
Traje militar (15 75) (15 75) (15 74)
Matrículas y cuotas 3 » 8 » 15 »
Subscripciones 5 » 10 »
Varios 15 » 25 » 40 »
Curso de estudies en la Universidad de Boston 10 » 10 »
Derechos de Laboratorio (30 ») (30 ») (30 »)
279 » 389 » 524 »

Los gastos puestos entre paréntesis no ocurren sino una vez durante todo el curso de los cuatro años y no están incluidos en el total.

En conexión con el colegio, se encuentran la estación de Experimentos Agrícolas del Estado de Massachussetts y la Estación de Experimentos Hatch. La primera fué establecida en 1882, por acto de la legislatura, y comprende 48 acres del terreno perteneciente a aquél. Para el equipo de dicha Estación se votó primero la suma de 3.000 pesos y en lo sucesivo se le ha dado anualmente 5.000 pesos para proseguir sus trabajos. En los últimos años esta cantidad pareció demasiado pequeña y anualmente la Estación Experimental goza de una subvención de 10.000 pesos. Los trabajos e investigaciones que realiza aquella institución están comprendidos en las líneas generales siguientes: causas, medios preventivos y remedios de las enfermedades de los animales domésticos, plantas y árboles. Historia y hábitos de los insectos dañinos y medios de destruirlos. Manufactura y composición de los abonos y fertilizantes extranjeros y domésticos, su valor respectivo y su adaptabilidad a diferentes cosechas y terrenos. Valor alimenticio bajo todas condiciones y para todos los animales de chacra de los varios forrajes, granos y raíces. Importancia comparativa del forraje verde y seco, y costo de producirlo y conservarlo en la mejor condición posible. Adulteración de artículos alimenticios destinados a los hombres o los animales, etc., etc.

Los edificios de la Estación Experimental están valuados en la siguiente suma: Laboratorio químico con instrumentos, 15.000 pesos; Laboratorio agrícola y físico, 12.000 pesos; casa de chacra, 2.000 pesos; establo y graneros, 6.000 pesos. Recientemente la Estación de Experimentos Hatch, también ha entrado a formar parte del colegio de Agricultura, anexándose a él con todos sus edificios tasados en la siguiente forma: granero, 4.000 pesos; invernáculos, 2.800 pesos; departamento entomológico, 2.000 pesos; departamento meteorológico, 1.800 pesos: Nada más pintoresco que los terrenos de la localidad en que se encuentran los edificios del Colegio de Agricultura, graciosamente reclinados en las laderas occidentales de Mount Pleasant y dominando desde la altura el verde valle de Connecticut. Los campos que se extienden en torno del Instituto son modelos de labranza y en ellos se alternan especímenes de diferentes culturas interrumpidos por huertos y jardines, limitados al norte por una cortina de bosques que contribuyen a aumentar la belleza de aquel paisaje seductor.

Uno de los edificios más antiguos, es el granero, en cuyo piso inferior se encuentran espaciosos establos perfectamente ventilados y mantenidos en un estado de absoluta limpieza. El estudiante examina allí prácticamente representantes típicos de las crías de ganado más populares. Un galpón especial está consagrado a las vacas lecheras, y en otros adyacentes se encuentran caballos y yeguas, un pequeño rebaño de ovejas y cierto número de cerdos. En otra de las divisiones del mismo local se encuentran muestras de las más usuales máquinas agrícolas, entre las cuales me fué señalada, como práctica y reciente, una para recoger la cosecha de papas. El colegio posee, además, otro granero y establo donde se llevan a cabo experimentos especiales sobre la cantidad de alimentos que requieren los animales y el valor nutritivo de los diferentes forrajes. A los establos se encuentra anexa una cremería cuya instalación me pareció muy deficiente, lo que tal vez explica por qué cerca del establecimiento existen otras de propiedad particular y dotadas de todos los elementos necesarios en que los alumnos pueden estudiar con mejor provecho los procedimientos necesarios para la fabricación de la mantequilla. Aunque el trabajo de chacra no es obligatorio la mayor parte de los estudiantes toman parte en él con mayor o menor empeño, y, en todo caso, los experimentos de las estaciones agrícolas anexas al Colegio les ofrecen amplias oportunidades de observación y de estudio. En este año, se ha añadido a las instalaciones de aquel importante plantel un departamento de veterinaria dotado de todos los elementos necesarios para la preparación de diversos serums y de un hospital para animales enfermos que permitan a los estudiantes practicar y observar las enfermedades más comunes del ganado. El departamento de veterinaria posee un Museo incipiente de anatomía, entre cuyos objetos me fué especialmente señalado el esqueleto del primer caballo de cría, Morgan, origen de esa raza tan conocida entre nosotros. Las demás preparaciones del museo carecen de importancia y se limitan a esqueletos de ovejas y de cerdos y a modelos de papier maché, de fabricación francesa, para ilustrar las diferencias que la edad produce en la dentadura de los animales. Tratándose de un país como los Estados Unidos, la pobreza relativa de aquel museo pronto será salvada por alguno de esos regalos de que los ricos americanos son tan munificentes, sobre todo cuando se trata del adelanto intelectual de las nuevas generaciones de su país.

La biblioteca del colegio de agricultura ocupa un edificio gótico y cuenta con 26.000 volúmenes. En el piso superior del edificio se encuentra la capilla que sirve al mismo tiempo de sala de conferencias y de local en que se realizan las fiestas escolares. En aquel amplio local caben con comodidad 500 personas y su interior está decorado con esa sobriedad elegante y severa común a los templos protestantes de este país.

Las principales investigaciones llevadas a cabo por la estación experimental anexa al colegio de agricultura se refieren al uso de los abonos o fertilizantes naturales y químicos. Una tablilla marca en cada sección cultivada la substancia empleada para alimento de la planta y la simple inspección de los resultados obtenidos basta para mostrar cuáles son más ventajosas y cuáles se muestran defectivas en su tarea vivificante. Pero la estación experimental no se limita a este trabajo práctico, sino que una de sus labores más serias es la de analizar todas las muestras de abonos que se ofrecen en el mercado para poder responder de su eficacia y asegurar al chacarero de la bondad del artículo que se le ofrece. Por una ley del Estado de Massachussetts en el envase de todos esos abonos comerciales debe estar indicada la fórmula de su composición, de manera de hacer posible el control del departamento de Agricultura y aplicar a las falsificaciones o adulteraciones un castigo severo. He visto no menos de 300 muestras en el laboratorio químico, prontas para ser analizadas por los encargados de aquel trabajo.

El Colegio de Agricultura de Amherst, en conjunto, es sin duda de los más completos e importantes que existen en los Estados Unidos, y la impresión que su visita me ha causado hace alto honor al distinguido presidente de aquel establecimiento, Mr. Henry Hill Goodell, y a Mr. W. P. Brooks, profesor de agricultura, que comparte sus tareas y dirige los trabajos de la estación experimental.

V
VIAJEROS EN SUD AMERICA

No conozco lectura en cierto modo más interesante que la de los libros de viajeros que en diferentes épocas han cruzado nuestro territorio. Desde el famoso Ascarate du Biscay, en cuyas páginas polvorosas se encuentra el primer esbozo de nuestra Buenos Aires primitiva, las observaciones que nuestro país ha merecido de los que lo han visitado son dignas de conocerse y meditarse, por fantásticas o injustas que nos parezcan algunas veces. Ese interés aumenta a medida que la obra se refiere a un tiempo más lejano y evoca a nuestra mirada escenas desvanecidas en las brumas del pasado, o se refiere a hechos de nuestra historia. Es el encanto que tienen para nosotros las Cartas de Robertson, reeditadas no hace mucho, el Viaje de un naturalista, de Darwin, que he releído últimamente con inmenso placer y que tan sabrosos párrafos dedica a nuestro país, los viajes de Basil Hall en Chile y el Perú, donde tuvo ocasión de ver a San Martín. Sin necesidad de referirse a obras tan conocidas como éstas, hay otras de autores menos ilustres, en cada una de las cuales se encuentran detalles que hoy tienen un sabor especial para nosotros y que arrojan una luz curiosa sobre muchas particularidades de nuestra vida doméstica.

Naturalmente, los errores, las injusticias, las falsas apreciaciones son frecuentes en obras de ese género. Es el mal común a todos los viajeros, exagerar y desfigurar los cuadros que encuentran a su paso. Muchas veces la falsedad de la pintura no obedece a malicia, sino a diferencias de comprensión o de criterio. Otras veces, son intereses materiales heridos, rozamientos de vanidad, los que originan el libelo agresivo. Por ejemplo Mr. de Beaumont, que según él conoció íntimamente a Rivadavia en Londres, se muestra irritado por el mal éxito de una empresa que en 1826 lo trajo a nuestras playas. No escasea sus críticas a nuestro gobierno, a la inseguridad de nuestra política y lentitud de nuestra justicia. Su libro no hace sino repetir muchos de los datos contenidos en las conocidas Noticias históricas, de Don Núñez, como dice Beaumont... Ello importa muy poco: la obra entera es digna de conservarse, aunque sólo sea por la descripción que contiene de una entrevista personal en Buenos Aires con el presidente Rivadavia.

«A la hora citada—dice nuestro viajero, describiendo lo que llama «audiencia con Don Rivadavia»—busqué puntualmente al presidente, a quien había tenido la desgracia de ser presentado en Londres y de conocer por sus actos en Buenos Aires. Al presentarme en la residencia de su excelencia, en el Fuerte, me recibió un edecán vestido de uniforme... El sonido de una campanilla de plata en el cuarto vecino llamó mi atención, ¡cuando zás! la puerta se abrió con solemne lentitud y descubrió al presidente de la República Argentina, avanzando gravemente y con un aire tan digno, que era casi aplastador. El estudiante de la pieza de mágica El Diablo en dos palos, no pudo sorprenderse más al romper la redoma que yo con lo que ví. Cada detalle relativo a un grande hombre en general, interesa al público; no estará de más en consecuencia, dar una corta descripción de la persona y aspecto de su excelencia. Don Bernardino Rivadavia parece de cuarenta a cincuenta años de edad, tiene cerca de cinco pies de alto y casi la misma medida de circunferencia; su apariencia es obscura, pero no desagradable, denota agudeza, y con sus facciones parece pertenecer a la antigua raza que primeramente habitó en Jerusalén; su levita es verde, abotonada a la Napoleón; sus pantalones están sujetos a la rodilla con hebillas de plata, y el corto resto de su persona ataviado con medias de seda, zapatos de etiqueta y hebillas también de plata; su aspecto general no se diferencia mucho de los retratos en caricatura de Napoleón; hasta se dice que gusta mucho de imitar a aquél en un tiempo gran personaje en las cosas que están a su alcance, tales como el color de una levita o la inflación de una frase. Su excelencia avanzó lentamente hacia mí con sus manos cruzadas en la espalda; si esto era también hecho en imitación del gran conquistador, o por ganar una especie de contrapeso por el volumen que llevaba por delante, o para guardar su mano del tacto deprimente de la familiaridad, es igualmente difícil de determinarlo; pero su excelencia avanzó lentamente, y con un aire formalmente protector me hizo conocer al instante que mister Rivadavia en Londres y Don Bernardino Rivadavia, presidente de la República Argentina no debía ser considerado una misma persona.» Descartad los rasgos grotescos de la charge, y esa corta descripción expresa mejor que nada el fondo fundamental del carácter del personaje, la solemnidad.

Más entretenidos que los viajes del caballero de Beaumont, son los Twenty four years in the Argentine Republic, un volumen publicado en Nueva York en 1846 por el Col. J. Anthony King, pero realmente escrito por su amigo Thomas R. Whitney, a quien el primero narró verbalmente los hechos de su fantástica odisea, para que éste les diera forma literaria. El degüello de nombres, localidades y sucesos históricos a que se asiste en el curso de la obra hace su lectura algo difícil para el que no conoce a fondo el país y sus hombres prominentes. Mr. Whitney probablemente no estaba en ese caso, y con una tranquilidad pasmosa traduce de oído el nombre de los personajes que desfilan en ella, sin tener en cuenta el spelling, rompecabezas de los escolares americanos. Así, nuestro general Lavalle aparece transformado en Lavalia, el gobernador Heredia, de Tucumán, es bautizarlo Aradia, y surgen sucesivamente en la escena Carrere, Bustas, Arouz, Ramerez, etc., etc. Mr. King, del mismo modo, nos informa que «durante sus campañas era una cosa común para oficiales y soldados hacer lo que llaman bottes de patre, especie de bota hecha del cuero sacado de la pata de un potrillo». A pesar de estos frecuentes lapsus, su libro se deja leer como una novela sensacional. Su autor nos informa que en 1817 huyó de su hogar paterno en Boston y se embarcó ocultamente en Norfolk, en un buque que salía con destino al Río de la Plata, aparentemente cargado de mercaderías comunes, pero en realidad provisto de elementos de guerra. Al llegar a nuestras playas, el capitán del buque lo puso en tierra sin un centavo en el bolsillo, sin conocer la lengua del país, y para mantenerse sentó plaza de soldado. Enviado como emisario a Ramerez, que estaba en la Rayada, el joven recluta cayó en el engranaje de la serie interminable de las aventuras de la guerra civil. Todos los sucesos de ese período aparecen travestis en el libro de King, y me parece excusado advertir que el que trate de estudiar en la narración de sus proezas, los accidentes de nuestra historia, sacará el mismo resultado que el que quiera aprender geografía en los viajes de Simbad el Marino.

Insensiblemente, la pluma ha resbalado sobre el papel, apartándome de mi objeto que es dar una idea de las descripciones de nuestro país que se encuentran en dos libros recientes de lengua inglesa, así como tratar especialmente de las cartas sobre el Río de la Plata de Mr. Frank G. Carpenter, que vienen apareciendo simultáneamente en los siguientes diarios americanos: Boston Globe, Chicago Herald, Louisville Courier Journal, St. Louis Republic, Philadelphia Press y Washington Star.

El título Over the Andes debe tener un atractivo especial para los viajeros, porque él ha sido empleado frecuentemente y acaba de serlo de nuevo en las obras referidas, por una turista inglesa, Miss May Crommelin y por el escritor americano Mr. Hezekiah Butterworth. El libro de la primera es una narración incolora, una repetición insulsa de todas las candideces de uso frecuente en los libros consagrados a South America. La autora empieza por encontrar muy cómico que las aguas turbias de nuestro gran río hayan dado origen a los primeros exploradores para llamarlo Silver River! Sus impresiones más agradables de Buenos Aires son las de su permanencia en casa de Mr. Pakenham, el ministro inglés que la tuvo por huésped. Después insiste de una manera deplorable sobre las persianos de las casas, y otros detalles por el estilo. La parte más interesante de ese libro, generalmente mediocre, y también la más exacta, es la pintura de la travesía de los Andes. Todo el que ha tenido que pasar una noche en la inmunda pocilga de Punta de Vacas y cruzar por los barrancones de Puente del Inca, de las Cuevas y del Juncal se imaginará el horror con que una señorita inglesa debió contemplar esas posadas en su fatigosa marcha por la cordillera. La absoluta falta de confort y hasta de limpieza, de aquellas ventas desamparadas, dan una triste idea del grado de civilización de las dos grandes potencias americanas. Verdad que esa incuria es un vicio de raza; son los últimos restos del hidalguismo rancio que aún queda en nuestro continente y que hace mirar con desdén a nuestros licurgos los detalles materiales de la existencia. Miss May Crommelin y sus compatriotas no aceptan este pliegue especial del carácter sudamericano y debemos confesar que en este punto comprendemos y disculpamos su sorpresa.

El libro de Mr. Hezekiah Butterworth Over the Andes or our boys in new South America, engloba en una narración novelesca de viajes y aventuras en la nueva Sud América, como dice el autor, todos los datos que éste ha recogido respecto a nuestros países. Parece que Mr. Butterworth visitó a Buenos Aires en 1895, cruzó también la cordillera por Uspallata y recorrió las principales ciudades del Pacífico. Es un admirador entusiasta de Sarmiento, cuyas obras cita frecuentemente, y, en general, se muestra simpático a nuestro país, aunque, dado el método seguido en su obra, las nociones que respecto a éste se sacan de ella son bastante confusas, y no pocas veces extravagantes. Así, al ocuparse de nuestra literatura, después de hacer unos elogios merecidos de Guido y Spano y otros escritores argentinos, salta hasta la cubana doña Gertrudis Gómez de Avellaneda. El conocimiento que de nuestra lengua posee Mr. Butterworth, no debe ser muy extenso, a juzgar por las citas que intercala en su narración. «¡Que sont Buenos Aires esos!», según él exclamó el primer aventurero español que llegó a nuestras playas. En fin, estos son detalles y, mucho debe perdonarse a un escritor que, a pesar de las deficiencias de su trabajo, muestra su simpatía por el padre de nuestra patria, y encuentra acentos calurosos para enaltecer su gloria en la oda que dedica A la Tumba de San Martín. Llegué extranjero a esta tumba solitaria—dice,—en que el arte divino ha pagado su tributo al noble, y hecho florecer el sólido mármol para aquel que vivió para los hombres, pero que no fué de la tierra.

I came a stranger to that lonely tomb
Where art divine had paid her dues to worth,
And made for him the solid marbles bloom,
Who lived for man, but was not of the earth...

Las palabras que pone en boca de nuestro héroe en su sobriedad y sencilla grandeza, tienen el mérito de la verdad y deben ser agradecidas por todo el que siente en el fondo de su alma, las santas palpitaciones del patriotismo: «Patriotas, parto para no regresar jamás; no busco honores para la obra que he realizado; dejadme ver arder el océano en el Poniente y ascender una vez más los Andes del sol. Tres dorados imperios extienden sus manos hacia mí, con títulos, ofrendas y pompas de los viejos reyes. Si las aceptara enajenaría mi libertad. Combatí por la justicia, y no por el oro. Un soldado no debe vivir donde supo triunfar. Su fama debe ser un haz de luz viviente inmaculada y diáfana. ¡Adiós, cielo del Pacífico! ¡Adiós, Perú! Voy a través de los mares, a vivir y morir con aquellos que no me conocieron, pero con el alma libre, ahora que mi misión está cumplida».

Patriots, I go, and never to return:
I seek no honors for the work I’ve done;
Let me but see the sunset ocean burn
And climb once more the Andes of the sun.
Three golden empires lift their hands to me
With titles, gifts, and pomps of kings of old!
Did I accept them, I would not be free!
I fought for right; I did no fought for gold!
A soldier should not live where he has won;
A shaft of living light his fame should be
Unsullied and unthroned! Farewell, Pacific sky!
Farewell, Perú! I go across the sea,
With those who knew me not, to live and die,
But free in soul, now that my work is done!...

Las cartas de Carpenter tienen un carácter más serio y una información mucho más exacta que la que campea en las producciones anteriores. Su autor empezó su viaje sudamericano por el Pacífico, y, naturalmente, al encontrarse en Chile, sintió cierto menosprecio por el país cosmopolita que se le pintaba desorganizado y afeminado, del otro lado de los Andes. Con la llegada a nuestra capital, sus prevenciones empezaron a desvanecerse, y se advierte que a medida que tenía oportunidad de estudiar más a fondo nuestra vida y nuestros recursos, hasta los defectos más salientes de nuestro carácter, empieza a hallar circunstancias atenuantes ante sus ojos. «La República Argentina me asombra, dice al principio de una de sus cartas. Esperaba encontrar aquí algo análogo a los Estados Unidos, pero ello es tan distinto como los limones de las calabazas. A veces me parece que los Estados Unidos son el limón y la Argentina la calabaza; pero más a menudo me sucede lo contrario.» Desde luego, la diferencia de raza entre nuestro pueblo y el del resto de Sud América le llama la atención: «Estos argentinos no son como los sudamericanos de la costa occidental. No tienen gotas de sangre india en sus venas. Son de pura extracción europea. No son españoles, ni franceses, ni italianos, ni anglosajones. Están desenvolviendo una combinación de todas estas sangres con un elemento latino predominante. Como nosotros formamos en Norte América otra combinación en que predomina el elemento anglosajón. Creo, sin embargo, que nuestro tipo es muy superior al que se produce aquí.»

La influencia del elemento extranjero es señalada por Mr. Carpenter, así como la importación de nuevas ideas que recibimos de todas partes y que se manifiesta en adelantos materiales de diversas clases. Nuestra capital, especialmente, llama profundamente su atención. «Buenos Aires es el Londres, el Nueva York, el París de la República Argentina. Es aún más. Puede casi llamarse la Argentina misma. Controla este país como ninguna otra capital del mundo, la tierra que se supone dominar. Es un viejo aforismo que París es la Francia. No lo es hasta el grado que Buenos Aires es la Argentina. Hay en Francia una media docena de ciudades que son centros comerciales independientes. París, de ningún modo es toda Francia industrialmente. Lo es artística, social y tal vez, intelectualmente. Buenos Aires es la capital política de la Argentina, es su capital comercial, su capital industrial, su capital financiera, social e intelectual. Políticamente, la mayor parte de los congresales argentinos son ciudadanos de Buenos Aires. Muchos de ellos, que representan distritos lejanos, practican aquí la abogacía. Viven todo el año en la ciudad, aunque de cuando en cuando vayan a ver a sus electores. La república se compone de suburbios suplidos por hombres de Buenos Aires. El resultado es que cuando Buenos Aires toma rapé, estornuda la Argentina entera.»

En medio de las observaciones de Mr. Carpenter, para no faltar a la regla común de los viajeros, se deslizan monstruosidades como la siguiente: «La República Argentina, es uno de los pocos países que no tienen tratados de extradición.» Este hallazgo sorprendente de Mr. Carpenter, es traído a colación para señalar el hecho, desgraciadamente exacto, de que viven entre nosotros muchos ciudadanos de la gran república que no podrían regresar impunemente a su propio país, without fear of the sheriff, como dice nuestro autor. Otras veces, sus juicios a nuestro respecto parecen por lo menos algo exagerados, aunque tal vez esto sea un simple error de apreciación nacido de la dificultad con que uno se juzga a sí mismo. Parece, en efecto, según Mr. Carpenter, que somos los seres más fatuos y pagados de sí mismos que habitan en la redondez de la tierra: «Pensé siempre—escribe el viajero americano—que los neoyorkinos, los bostonianos y los chicagoenses estaban tan orgullosos de sus respectivas ciudades como el más pretensioso ciudadano encontrado en mis viajes; pero estos argentinos llegan al climax. Háblese con cualquier hombre en Buenos Aires, respecto a su ciudad, y su cabeza se hincha al instante y toma las proporciones de una pelota de football. Piensan que el sol y la luna se levantan y se acuestan sólo para la Argentina. No se preocupan de los extranjeros, y los únicos héroes que reverencian, son los que viven aquí. Hablaba noches pasadas con Mr. William Bullfin de la Southern Cross. Es un periodista importante de aquí. Me referí a la faz mencionada del carácter argentino. «Usted tiene razón—-me dijo—sobre la propia estimación que tienen los argentinos. No creo que exista en Europa o en América un solo hombre que pudiera interesar al común de las gentes viniendo a visitarnos. Dudo si Li Hung Chang llamaría la atención en Buenos Aires de otros que los vendedores de billetes de lotería, que como usted sabe, están a la pesca de los recién llegados. Todo lo que deseamos saber es si usted habla español y si está convencido de que Buenos Aires es la más grande ciudad del mundo.» Pienso que Mr. Bullfin ha dado en la tecla, pero, a pesar de todo, estos argentinos no son mala gente. Tienen un carácter propio, y después de andar algún tiempo con ellos uno se encuentra haciendo lo mismo que los demás. En mi hogar, yo tomaba mis alimentos a la moda americana y atendía a mis negocios con regularidad diaria. Aquí me basta el café con leche por la mañana, almuerzo a las 12, y a eso de las 5 de la tarde me sorprendo a mí mismo paseando a lo largo de la calle Florida, como todos los demás habitantes, admirando a las muchachas. He estado tentado varias veces de comprar un billete de lotería y me he detenido tres veces en la escalinata de la Bolsa inclinado a redondear algunos centavos apostando sobre el alza o la baja del oro. Pienso que si permaneciera aquí acabaría por convertirme en un boomer argentino y llegaría—¡Dios no lo permita!—a absorber algo del carácter nacional.»

Mr. Carpenter consagra una de sus cartas al cultivo del trigo en la República Argentina, mostrando con bastante exactitud las perspectivas que para la agricultura ofrece nuestro país y la capacidad productiva que él tiene y cuyo desarrollo se encuentra apenas en la infancia. Nuestra importancia como país agrícola, sin embargo, le parece trivial, comparada con nuestra potencia ganadera. Reconoce con justicia que tenemos los prados naturales más hermosos y dilatados de la tierra. El negocio de la cría de ovejas y de la exportación de carnes le ha dado tema para dos de sus cartas más interesantes. Los datos consignados por Mr. Carpenter dan una idea clara del estado de aquella industria en nuestra patria y han despertado un vivo interés en este país, donde tan poco se conoce la vida y los recursos de las demás naciones de nuestro continente. En este sentido, la publicación de las impresiones de viaje de Mr. Carpenter son ventajosas para nosotros y contribuyen a disipar muchos errores que, como artículos de fe, circulan a nuestro respecto.

El presidente de la república es descripto de la siguiente manera en las cartas de Mr. Carpenter... «Es el general Grant de la República Argentina, y ha sido comparado a aquél en carácter. Es todavía un hombre fuerte, con nervio suficiente para llevar a cabo sus planes sin mirar los obstáculos que se le pongan al frente. Es un hombre tranquilo. Posee el don dorado del silencio y cree en el viejo proverbio español que «en boca cerrada no entran moscas». La elección de Roca significa que habrá estabilidad durante los seis años próximos en la República Argentina... Fué siempre un luchador... Ha sido al mismo tiempo un diplomático, y su gabinete responde a la idea de armonizar todos los partidos. Goza de la confianza de los capitalistas extranjeros, que creen que mantendrá la paz, y la paz en la Argentina significa progreso. El presidente Roca tiene 55 años de edad. Pertenece a una familia distinguida y nació en la provincia de Tucumán, al norte de la república. Es un hombre de estatura erecta, bien constituído y de anchas espaldas, y su rostro no parecería extranjero en Washington o Londres, aunque no pasaría inadvertido en ninguna parte. Parece más un inglés o un americano que un argentino. Lo creeriais más bien descendiente de anglosajón que de latino. Su rostro es casi hermoso. Su frente es alta y amplia, sus ojos brillantes y penetrantes, su nariz pronunciada y su mandíbula fuerte. Es sencillo en su traje y maneras y camina por las calles de Buenos Aires como cualquier ciudadano. Nunca ha cultivado las artes del salón ni tiene gustos literarios pronunciados, aunque es competente en historia e ilustrado en materias políticas. Hay en él más del estadista y del soldado que del mundano, y ha sido llamado el maestro de la ciencia política en la Argentina.»

Es inútil continuar paso a paso tras las huellas de Mr. Carpenter en su excursión a nuestras playas, o reproducir todos sus juicios sobre nuestros hombres y nuestras cosas. Algunos de ellos, además, hieren la susceptibilidad del patriotismo, como los que se refieren a la administración de nuestra justicia, o evocan recuerdos dolorosos de una época funesta y vergonzosa, como los que pintan la bacanal financiera en que estuvo a punto de naufragar para siempre el honor y el crédito de la República. Es preferible detenerse aquí, aconsejando a los que tengan interés por saber cómo se nos aprecia y se nos pesa en el extranjero, que esperen la publicación en forma de libro de las cartas de Mr. Carpenter, en la seguridad de que no perderán su tiempo al recorrerlas.

VI
TEMAS DE VERANO

La guerra, que todo lo perturba, ha quitado este año algo de su animación habitual a la temporada de verano. Es uno de los privilegios de este país extraordinario en que todo es grande, en que todo parece transportado a la escala de aquellos habitantes de Saturno pintados por Voltaire en la historia de la peregrinación de Micrómegas, poseer uno de los veranos más abrasadores de la tierra. En julio y agosto las ciudades de la Unión no tienen nada que envidiar al Senegal o al Amazonas. En Chicago, situado algo al norte, en Filadelfia y en Nueva York, todos los años hay verdaderas epidemias de calor, y los diarios llenan columnas enteras con la lista de los que mueren de insolación o de asfixia. La vida comercial sufre una paralización relativa en todas partes. La vida administrativa cesa por completo. Desde el presidente de la república hasta el último portero de los ministerios, todos buscan en las riberas del mar o en las montañas un lenitivo a la terrible temperatura de las grandes capitales. La vida de verano tiene encantos especiales y rasgos característicos peculiares a esta nación. Los «summer resort», estaciones de verano, son innumerables. Los hay para los pobres y para los ricos, para los extranjeros y para los nacionales, en la montaña y en la orilla del mar, en la proximidad de los grandes centros de población y en las soledades del oeste, donde se penetra todavía en algunas regiones con ayuda del machete de desmonte. Cada una de esas innumerables agrupaciones transitorias tiene su especialidad original y su maravilla propia, «the biggest in the world» o «the most beautiful in the world». Algunas, como Saratoga Springs, gozan de una reputación universal, aunque su popularidad empieza a decaer de una manera visible. En otras, como Atlantic City, cuya población normal es de 15.000 habitantes, durante la estación acuden de 150 a 170.000 turistas, que llenan un número considerable de magníficos hoteles, palacios colosales de lujo y esplendor inusitado, montados con todos los refinamientos que exige la amplia vida americana. La burguesía dorada y repleta de dólares, se derrumba sobre este punto y su vecino Cape May, como una avalancha fastuosa y deslumbrante. A Narraganset Pier va la gente alegre, los que quieren mechar en el viejo tronco puritano un fresco retoño de vivacidad parisiense, las señoritas del demimonde, disfrazadas aquí con todas las exterioridades de la más «fashionable» hipocresía, los que no desdeñan las atracciones del tapete verde y las emociones divinas de la ruleta, los que quieren ver, en fin, los momentos de abandono de una sociedad fundada en el trabajo y en el espíritu religioso.

En New London, en Manchester, y en otros puntos frecuentados de la costa de Nueva Inglaterra, se encuentran los representantes de la verdadera aristocracia americana, los miembros de las viejas familias patriarcales, todos más o menos emparentados con Washington, por supuesto, y provenientes del sur, especialmente de Virginia, la antigua «madre de presidentes», hoy desbancada por Ohío y otros estados de origen más moderno. Aquí se entrega la gente a las delicias del golf, se disputa el «championship» del base-ball y otros juegos semejantes, y finalmente, se goza de las facilidades que presta el mar que baña esas costas para navegar a la vela en yates de todas clases y dimensiones. Al oeste van los aficionados a la vida de campo, sin afectaciones ni complacencias, los que llevan desde la tienda de campaña que les ha de servir de vivienda hasta las provisiones que sustituirán a la caza y a la pesca en bosques primitivos y en lagos donde todavía no ha resonado el silbato del vapor. Esa pasión por camping es uno de los más curiosos rasgos del espíritu americano, algo como un atavismo de raza, impulso hereditario de la sangre de los descendientes del antiguo pioneer que hace medio siglo construía su cabaña donde hoy se elevan ciudades de medio millón de habitantes. Finalmente, en Newport, el más conocido de los summer resorts americanos en el extranjero, se aglomera la nueva aristocracia del dinero, los four hundred de Nueva York, de Chicago, de Filadelfia, de Boston, los millonarios y archimillonarios cuyo nombre resuena en todas partes con mezcla de admiración y de envidia, la señora Potter-Palmer, la «reina de Chicago», los Vanderbilt, con su acompañante Chauncey M. Depew, el más popular y cosmopolita de los políticos y hombres de mundo americanos, los Ogden Goëlet, los Astor, los Bryce, los Belmont, y otros muchos cuya mención sería fatigosa.

Todo este grupo fin de siècle o up-to-date, como se dice aquí, se encuentra ahora preocupado de «entretener» al conde de Turín, y lo hace a la moda y con el padrón habitual de la hospitalidad americana, hospitalidad estruendosa, infatigable, delirio de atenciones, de mimos, de fiestas, de paseos, de comidas, de bailes, de five o’clock teas, de sailing parties, de bicycle parties, de parties a caballo, en carruaje, a vapor, en automóvil, en todos los medios de locomoción imaginados e imaginables. El héroe de estas manifestaciones sociales, naturalmente se encuentra feliz, y sería un monstruo de ingratitud si no conservara de su paso por este país un recuerdo adorable. No hace mucho tiempo, el príncipe heredero de Bélgica agotó el mismo programa de diversiones. Ahora le toca el turno al conde de Turín, en tanto no lo sustituya algún otro personaje de sangre real.

La hospitalidad americana es realmente, y sin ironía, espléndida y abrumadora. En ninguna parte del mundo el extranjero es recibido con las manos más abiertas ni se le introduce tan pronto en el seno de la sociedad más distinguida. Y esta condición es inherente al americano rico como al de mediana fortuna, al de las grandes ciudades como al de los pueblos en formación. Naturalmente, son las familias pudientes las que principalmente hacen el gasto en las recepciones de los viajeros de nota. Pero todos son iguales en este sentido y cada uno invita al extranjero en la medida de sus recursos y de su posición. La mezquindad de miras europeas es aquí desconocida. ¿Se trata solamente de gozar de la sociedad de gentes de otras tierras o existe también el orgullo ingenuo de deslumbrar al recién venido con las maravillas y grandezas de la patria, cubierta por los stars and stripes, de imponerle la admiración que no puede menos de sentir por la potencia y civilización de esta raza, si tiene dos dedos de sentido común, de forzarlo a alejarse con un sentimiento de gratitud cuando deje las playas encantadas de la Unión? ¿Es esta generosidad universal, esta amabilidad ilimitada un testimonio de nobleza de alma o un rasgo de rastacuerismo? ¿Es esta llaneza de aborde, esta facilidad de contacto, la suprema manifestación de una cultura y una civilización características o simplemente el apresuramiento del parvenu que quiere hacer gozar a los otros de las sorpresas de su lujo postizo?...

Los que penetran superficialmente en las cosas de este país, se inclinan por la segunda teoría y encuentran de muy mal tono la francachela y sencillez americana. A mi modo de ver, nada es más injusto que esta apreciación de viajeros superficiales u observadores prevenidos, si bien no dejo de reconocer que algunas veces las manifestaciones de la hospitalidad y de la obsequiosidad yankee carecen un poco de proporción y de aticismo. Tal sucede ahora con respecto al recibimiento del almirante Cervera y sus compañeros de cautiverio. Ayer no más, los marinos españoles, los soldados de aquélla nación, eran presentados por la prensa y mirados por la sociedad como seres de una raza inferior, monstruos de brutalidad y de infamia. La bizarra conducta del infortunado marino, al arrojar el guante a una escuadra más poderosa que la suya, sin otra perspectiva ni esperanza que la de la pérdida de sus buques y quizá la de su vida, merece, sin duda alguna, que se le dispensen las consideraciones personales, dignas y serias, con que se debe acoger a un enemigo desgraciado y reducido a la impotencia. Pero, ¿qué pensar del entusiasmo social que se ha despertado en favor de Cervera y de los oficiales de su estado mayor? Los pedidos de autógrafos les llueven de todas partes de la Unión; en las calles de Annapolis donde se encuentran detenidos bajo su palabra de honor, los jóvenes y las señoras se disputan el honor de tratar a los prisioneros. Si entran a una tienda, los vendedores por poco no se empeñan en hacerles aceptar gratis sus compras. Si van a la iglesia, el capellán sale a recibirles, los instala en el mejor banco, y en su sermón dirige alusiones veladas pero no menos halagadoras a su conducta. Si los desgraciados marinos y su jefe repartieran todos los botones de sus uniformes que les piden otras tantas entusiastas muchachas americanas, se verían en serios aprietos para andar decentemente vestidos. Y esta efusión inmoderada de cortesía, no se limita al público.

El superintendente de la escuela de marina, el almirante McNair, ya ha iniciado la serie de las fiestas sociales, dando un gran banquete en su casa en honor del almirante Cervera, de su hijo, del capitán Eulate del Vizcaya, todavía no del todo restablecido de su herida, y otros sobrevivientes del combate del 3 de julio, y en torno de la mesa destinada a agasajarles y adornada, como es de rigor, de rosas american-beauties y la france (a 2 dólares por flor, entre paréntesis), se sentaron numerosas señoritas y caballeros americanos. ¿No es realmente extraordinario este modo de tratar a un alto oficial de una nación con la que se está en guerra y a la que se piensa aliviar de todas sus posesiones coloniales?

Suponemos que este exceso de atención y de amabilidad será una de las peores torturas del desgraciado almirante español y que él habrá hecho esfuerzos plausibles por esquivar el agasajo. Pero no lo condenemos demasiado pronto, porque su caso es difícil, casi desesperado. ¿Cómo evitar el apretón franco y vigoroso de dos brazos americanos, cómo librarse de la efusión entusiasta de una raza que tiene, acabo de decirlo, la manía generosa de la hospitalidad, sin herir profundamente los sentimientos de personas dignas de toda simpatía y respeto, culpables, en todo caso, de una inocente falta de tino y de medida? El festivo Larra, algo olvidado ahora, trató de hacerlo en cierta ocasión, pero todos sabemos que no tuvo éxito, y que nada es más difícil que huir de las seducciones amables del «Castellano viejo», aunque este personaje, traducido al inglés, se disfrace de Uncle Sam.

Uno de los atractivos más poderosos de los «summer resorts», es la presencia en ellos de una raza especial femenina que prospera al halago de las brisas marinas o a la sombra de las altas montañas. La «summer girl», la «veraniega», como podríamos traducirlo libremente, es un tipo esencialmente americano, y, por consiguiente, completamente original. Este interesante espécimen de la raza, no pertenece al grupo tan conocido y visto en todas partes, de las niñas que parecen resucitar con los primeros rayos del sol estival y llenan los parques y los paseos de todas las grandes ciudades, con la nota alegre de sus toilettes ligeras, y bulliciosas, para desaparecer como tragadas por la tierra con las primeras ráfagas del otoño. ¿Qué se hace esa eclosión amable, dónde se oculta durante la estación fría, que no vuelve a vérsele más y se busca en vano la huella de su paso juvenil? Ese es un misterio que ningún observador ha resuelto de una numera satisfactoria. La «summer girl» tampoco tiene ningún punto de contacto con la semiaventurera alegre que llena las playas del viejo mundo y va a tejer sus intrigas cosmopolitas en el campo neutral de los casinos y los hoteles a la moda. No es una demimondaine ni una explotadora. Es simplemente el producto típico de una civilización especial, de una educación sui géneris, de la independencia femenina convertida en dogma, de la vida grandiosa, toda de placer y de movimiento, que es lote común de un número considerable de muchachas americanas.

La «summer girl» no puede existir sin la prosperidad general que reina en todas las secciones de este país. Ella pertenece generalmente a una familia que tiene amplios recursos, aunque no haya sido lanzada todavía en la fashionable set de Nueva York, ni haya asistido a las recepciones diplomáticas de la Casa Blanca, es decir, aunque no haya calzado las espuelas del caballero. Sale de todos los puntos del horizonte, con especialidad de las ciudades colosales del joven Oeste, de Cincinnati, de Saint Louis, de alguno de los centros manufactureros donde se forman las grandes fortunas industriales, Pittsburgh, Providence, etc. Tiene las espaldas cubiertas por un padre que guarda el incógnito, y sigue imperturbable en su escritorio del piso decimosexto de algún «Equitable Building» de su ciudad natal, acumulando dólares, mientras los suyos disfrutan de la vida al aire libre. Va «chaperoneada» por una madre pacífica o turbulenta, por una tía que aún conserva bríos, por un hermano que desde la madrugada hasta el anochecer pasa sucesivamente de la bicicleta al base-ball, al golf, al cricket, al polo, al yachting, y se envejece inocente, con una expresión infantil, aumentada por los largos cabellos lacios de los profesionales de esos interesantes sports, y cuya única misión en la vida parece ser la de obedecer y halagar a su hermana. Por eso mismo no es indispensable y se la ve frecuentemente viajar con una amiga o instalarse por una temporada como visita o «guest» de una familia de su círculo. Su uniforme diario, como si dijéramos su traje de trabajo, se compone de un elegante vestido de ciclista, sabiamente cortado, que permite ver el nacimiento de la pantorrilla encerrada en botas elegantes de piel de Rusia, un pequeño canotier y una blusa o camisa semimasculina con cuello rígido y deslumbrante y puños de una blancura inmaculada. Durante la noche, naturalmente, este traje útil para todos los paseos y juegos imaginables, es sustituído por las toilettes complicadas que hacen tan brillante el aspecto de la sociedad de las estaciones de verano, trajes abiertos sin mezquindad y sin falsos pudores, que muestran complacientes las redondeces de bustos generalmente poco desarrollados, alhajas en profusión, numerosos anillos de un gusto y una riqueza exquisitos, que hacen resaltar el minucioso cuidado de una mano fina y el contorno perfecto y brillante de uñas entregadas al sabio desvelo de la manicura; encajes y sedas demasiado ricos, pero no por eso menos elegantes y reveladores de un lujo nuevo y desmedido. Con estos elementos y armada de estos requisitos la «summer girl» se lanza a cuerpo perdido en el movimiento social, es un boute-en-train de todas las horas, un flirt intrépido y convencido. Su única misión en la vida, su única preocupación es el placer, el ruido, la alegría, la actividad de una coquetería infatigable. No va en busca de un marido ni de una aventura, porque su posición social es demasiado envidiable para cambiarla sin reflexión madura y porque, como la mayoría de sus compatriotas, sabe reservarse siempre, conoce demasiado la vida y sus asechanzas para ignorar dónde está el peligro y cómo evitarlo. Pero si encuentra a su paso un noble europeo, un título sonoro, un diplomático que le presente en el futuro las posibilidades de un drawing room en Buckingham Palace, con la obligada reverencia a la reina Victoria, en traje de corte y bouquet de orquídeas, su frialdad y su indiferencia real desaparecen de pronto para dar lugar a admirables maniobras de secuestro, que hacen caer infaliblemente en sus redes seductoras al objeto de sus anhelos. Cuando este hallazgo no tiene lugar la alegre mariposa vuela a otras playas después de un tiempo más o menos largo, dejando muchos corazones heridos, que tienen tiempo de cicatrizar hasta la próxima estación, para volver a ser víctimas de las torturas deliciosas de otros nuevos representantes de la misma especie femenina.

La «summer girl», en suma, es una de las infinitas variedades de este producto refinado, excepcional, interesante, anómalo, que se llama la mujer americana y que desafía impávida las teorías de los observadores y el análisis de los psicólogos. Presentar todas las facetas de este Proteo es una tarea superior a las fuerzas humanas. Muchos han querido hacerlo sin conseguir su objeto y acaban por caer en el terreno de la caricatura. Bourget, con todo su talento fino y complicado, con todas las sutilezas de su visión intelectual, lo he dicho antes, no ha tenido más éxito que el autor anónimo de America and the Americans «bajo un punto de vista francés», un librito reciente, ingenioso y entretenido pero superficial como la charla de un boulevardier. Un autor americano europeanizado, un hombre de talento penetrante y de buen gusto exquisito, un psicólogo forrado de artista, Henry James, es a mi modo de ver, el único que ha penetrado a fondo muchos de los rasgos del carácter independiente y peculiar de la americana. Los que quieran tomar la punta del hilo de Ariadna que los guiará en ese delicioso laberinto, deben leer cuidadosamente Daisy Miller, An international episode, Confidence, y, sobre todo, The Portrait of a Lady, una obra maestra de observación microscópica, y al cerrar sus páginas, tan nutridas de análisis, encontrarán en Isabel Archer la heroína de la novela, el tipo representativo de toda una clase social brotada como una flor preciosa y rara en este inmenso invérnaculo de caracteres humanos.

VII
UN POCO DE FILOSOFIA POLITICA

Refiriéndose a la celebración del aniversario de la independencia de los Estados Unidos, observa un escritor distinguido de esta nación, el hecho de que cualquiera que sea la opinión que individualmente abriguen los ciudadanos sobre la política contemporánea, es evidente que los acontecimientos que se desarrollaron el año pasado han propendido inmensamente a la formación del espíritu nacional. La conciencia de ese espíritu ha crecido en esta república en los últimos años de una manera visible. Jamás la historia de la vida política de este gran estado despertó un interés tan intenso en todas las capas sociales. Las órdenes patrióticas se han multiplicado y difundido por todos los ámbitos del territorio de la Unión. Las prevenciones que pudieron subsistir después del duelo heroico de la guerra de secesión, han acabado de desaparecer al calor del entusiasmo que produjo la campaña de Cuba. En medio de esta época de prosperidad sin tasa, en que todo sonríe al pueblo americano, la confianza en lo futuro y la seguridad de los gloriosos destinos que le reserva lo porvenir, son hoy universales, y es necesario confesar que tienen una base sólida en que fundarse. He tenido tan frecuentes ocasiones de estudiar las manifestaciones materiales de la grandeza americana, que tal vez no estará de más aprovechar esta fecha para hacer un poco de filosofía histórica y política e investigar las raíces étnicas y las causas morales de aquella grandeza. Al hacerlo me referiré a menudo a los estudios del más completo de los escritores contemporáneos de la gran república, el profesor John Fiske, y especialmente a su libro American Political Ideas, que en el espacio de menos de doscientas páginas encierra más substancia intelectual y más médula científica que muchas obras en diez volúmenes.

Se habla de los Estados Unidos, generalmente, como de un país nuevo en el sentido de la Australia o de la Nueva Zelandia; sin embargo, como lo hace notar John Fiske, la historia de Nueva Inglaterra, por lo menos, remonta hasta los tiempos de Jacobo I, y muchos de sus centros rurales mantienen todavía un aire de respetable vetustez. Es en estos centros apartados del tumulto de los negocios donde se ve patente la base o, por mejor decir, la célula orgánica del cuerpo político americano. En todos ellos la población respira el bienestar y la alegría; no se ve allí ni mendigos ni vagos; la cultura de los ciudadanos es extraordinaria; el vínculo de solidaridad y la franqueza democrática que ligan al rico y al pobre mantiene entre todos los habitantes un espíritu de cordial benevolencia. La tradición de los primeros tripulantes de la May Flower que desembarcaron en las rocas de Plymouth en busca de libertad para su credo religioso, subsiste en ellos del mismo modo que se conserva allí casi sin alteraciones la primera forma de gobierno local ideada por sus abuelos, en la institución del Town-meeting (asamblea del municipio). Los primitivos pobladores, desde el momento de pisar el suelo de América, trataron de establecer un gobierno democrático. Para precaverse de los ataques de los indios y con propósitos de educación y de culto religioso, se agruparon en pequeñas aldeas que, con el distrito rural circunvecino, constituyeron municipios. Una vez por año la población de aquellos distritos era convocada para discutir y resolver todos los problemas que interesaran a la comunidad. Más tarde, para administrar los asuntos en el intervalo de una asamblea a otra, se eligieron representantes de la voluntad popular llamados «selectmen». En esta organización peculiar a la Nueva Inglaterra y que ha sido estudiada en toda su trascendencia y su significado por John Fiske radica toda la vida política de los Estados Unidos. «Mantener la vitalidad en el centro sin sacrificarla en las partes, se ha dicho con razón; perpetuar la tranquilidad en las relaciones mutuas de cuarenta estados poderosos, teniendo al pueblo en todas partes hasta donde sea posible en contacto directo con el gobierno; tal es el problema político, para resolver el cual existe la Unión Americana; y cada ciudadano americano posee, por lo menos, una vislumbre de esta gran verdad.»

Los historiadores de la talla de Stubbs, Kemble, sir Henry Maine, etc., han estudiado los antecedentes del Town-meeting, encontrando sus raíces en la primitiva y rudimentaria constitución teutónica descripta en la Germania de Tácito. Sin entrar en ese género de disquisiciones, es curioso el hecho señalado por Fiske de la semejanza que existe entre aquella forma de organización municipal y la que se encuentra en la aldea rusa de nuestros días, cuyo gobierno es dirigido por una asamblea a la que concurre todo jefe de familia para discutir y votar en asuntos de interés común. Esta junta democrática elige al mayor de la aldea o jefe ejecutivo del municipio, al colector de impuestos, al guardián y al zagal comunal; dirige la repartición de la tierra arable y se ocupa de materias generales de legislación local. Con razón, dice el autor citado, al hacer notar esta similitud curiosa, que ella no dejará de sorprender a los que están acostumbrados a mirar a Rusia como un país despóticamente gobernado; en tanto que en el mir o comunidad de aldea, conserva aquel país un elemento de vida política sana, cuya importancia puede calcularse teniendo en cuenta que cinco sextas partes de la población de la Rusia europea está comprendida en estas comunidades.

Las formas representativas del gobierno autónomo de la comunidad teutónica, representadas en la institución de la asamblea del municipio (Town-meeting), son la fuente pura y cristalina de que emana todo el sistema político que ha hecho la grandeza de la Inglaterra y que se ha trasmitido a los Estados Unidos. El sistema político de la Grecia antigua estaba basado en la idea de la independencia soberana de la ciudad. La concepción romana era semejante a la griega, y ambas ignoraron el principio representativo peculiar a la mente teutónica. Se ha tratado de explicar estas diferencias en el hecho de que la civilización teutónica nunca atravesó un período en que el papel soberano estuviera representado por comunidades civiles. «Por el contrario,—dice Fiske,—la civilización teutónica pasó del estado de tribu al de organización nacional, antes de que ninguna ciudad teutónica hubiera adquirido suficiente importancia para tener derecho de reclamar su propia autonomía; y en el tiempo en que las nacionalidades teutónicas se hallaban en vías de formación, todas las ciudades de Europa habían estado tan largo tiempo acostumbradas a reconocer un amo superior a ellas en la persona del emperador romano, que hasta la misma tradición de la autonomía cívica tal como existía en la antigua Grecia, había quedado extinguida. Esta diferencia entre la base política de la civilización teutónica y la grecorromana es un hecho de una importancia difícil de exagerar, y una vez penetrado a fondo, él contribuye tal vez mejor que cualquier otro elemento a explicar los fracasos sucesivos de los sistemas políticos griego y romano y a inspirarnos confianza en la estabilidad futura del sistema político creado por el genio de la raza inglesa.»

La expansión y coalescencia de municipios populosos y de la división territorial llamada hundred, contribuyó a la formación de la ciudad teutónica. En ningún caso figura ésta como equivalente al lugar de residencia de una tribu o una comunidad de tribus. Las unidades políticas agregadas, cuya aglomeración forma la nación en el sistema teutónico, no se componían de ciudadanos, sino de shires, distritos o departamentos rurales en que entran varias comunidades de aldea. La ciudad era simplemente una porción del shire caracterizada por densidad mayor de población. El crecimiento de la sociedad política grecorromana fué muy diferente. En aquélla la agregación de aldeas en tribus y la confederación de las tribus constituyó la ciudad, grupo político y religioso, completo y soberano. «El primer magistrado de la ciudad no era el ealdorman de la historia inglesa primitiva, dice Fiske, sino el rex o básileus que combinaba las funciones de rey, general y sacerdote. Así, políticamente, en el mundo grecorromano había una separación entre la ciudad y el distrito rural, desconocida en el mundo teutónico.» La diferencia fundamental entre el sistema basado en el shire y el basado en la ciudad, por eso, entraña consecuencias que contienen la clave de toda la historia de la civilización europea considerada bajo su aspecto político.

La primera consecuencia fluye del área diferente que ocupa el shire y la ciudad. En localidades pequeñas el pueblo encuentra fácil concurrir a una asamblea comunal y tomar participación directa en los negocios locales. Con el esparcimiento de la población esta asistencia se hace difícil, y como los diferentes municipios no pueden estar representados por todos sus habitantes, eligen de su seno cierto número de delegados para que hablen en nombre de la respectiva localidad en el shire-mote o asamblea del condado. Es en esta delegación de «hombres selectos» u «hombres discretos», como se les llamaba en aquellas sociedades primitivas, donde se encuentra el germen de las instituciones democráticas y del sistema de representación, que hace posible el mantenimiento de una agregación política tan colosal como los Estados Unidos. En la Ciudad Antigua, por el contrario, debido a lo compacto de la población, todos los miembros dirigentes de la comunidad se reunían en la asamblea primaria y no representativa. Fiske señala como una excepción que confirma la regla, el consejo anfictiónico en que estaban representadas diferentes ciudades con fines religiosos relacionados con el culto del Apolo Délfico.

La segunda consecuencia se deriva de esta falta de principio representativo. La independencia y separación de los grupos que constituyen la Ciudad Antigua no disminuye la tendencia a la guerra sino que, por el contrario, hace muy frecuentes las ocasiones de los conflictos armados. Los celos y rivalidades entre comunidades políticas diversas, impulsan a éstas de una manera irresistible a la agresión, si no existe un principio de unión que facilite el arreglo de las cuestiones debatidas por medios pacíficos. En la organización política grecorromana la formación de un gran estado no podía efectuarse sino por medio de la «conquista con incorporación» o por medio de la «federación». Ninguno de esos métodos fué adoptado por la Grecia antigua. Cuando Esparta, por ejemplo, conquistaba otra ciudad griega, la esclavizaba a su autoridad, por medio de un jefe con poderes tiránicos. Atenas se inclinó más al federalismo, como se ve por la Liga Delia, en que las ciudades egeas fueron tratadas más bien como aliadas, aunque no poseían la facultad de manejar sus propias fuerzas militares. Más tarde la idea federal aparece más clara y la Liga Acaía y Etolia, según Fiske y Freeman, tienen algunos puntos de semejanza con la organización de los Estados Unidos, pues ambas se inclinaron más al gobierno federal que al de una mera confederación; es decir, en ellas «el gobierno central actuaba directamente sobre todos los ciudadanos y no solamente sobre los gobiernos locales». El método de conquista con incorporación fué ensayado con éxito por Roma, que tuvo la buena fortuna de emanciparse desde temprano de la preocupación que en otras partes impedía a la Ciudad Antigua admitir extranjeros a participar de sus franquicias. Este cambio, producido después de la guerra social, encierra todo el secreto de la carrera de Roma. La concentración del poder de la península en manos de una ciudad soberana, en la lucha con organizaciones en que la desagregación de los núcleos políticos predominaba, debía forzosamente conseguir la victoria y hacer inevitable el dominio universal de Roma. La humanidad debe a ese dominio no sólo el mantenimiento de la paz por un largo período, sino la destrucción de un inmenso número de religiones de tribu que preparó el camino para el advenimiento del Cristianismo. Sin embargo, a pesar de la franquicia concedida dentro del recinto de la ciudad imperial, el sistema de representación fué desconocido al mundo romano y sus comicios constituyeron una asamblea primaria. «El resultado fué, dice Fiske, que a medida que aumentó la burguesía la asamblea se convirtió en una muchedumbre tumultuosa, tan poco aparente para la transacción de los negocios públicos como lo sería una reunión comunal de todos los habitantes de Nueva York. Las funciones que en Atenas desempeñaba la asamblea eran ejercidas en gran parte en Roma por el senado aristocrático; y en los conflictos que surgían entre los partidos senatorial y popular era difícil encontrar ningún remedio constitucional adecuado.» Esta falta de representación, produjo la ruina de los dos sistemas fundados sobre la Ciudad Antigua.

La influencia de la centralización romana continuó haciéndose sentir después de la caída del imperio carlovingio y a pesar del aislamiento y la desagregación feudal, reviviendo en las manos poderosas del clero y en las tradiciones jurídicas legadas por la antigua señora del mundo a la sociedad medieval. Entre las grandes naciones modernas solamente Inglaterra salió del crisol de la Edad Media con sus principios teutónicos de «self government» intactos. En el continente dos pequeñas comunidades participaron de la misma fortuna. Una de ellas fué la comunidad holandesa, destinada a mantener una lucha tan heroica por la libertad, y otra fué la comunidad suiza, formada de elementos que parecen discordantes, pero que, sin embargo, se han armonizado en una unión tan estrecha como la de cualquier organismo político descentralizado.

Estaba reservado a nuestra época y a los Estados Unidos mostrar las capacidades de la forma federal de gobierno y los resultados maravillosos producidos por ella en el espacio de un siglo de existencia. El ensayo debía producirse en una vasta extensión de territorio despoblado y era indispensable para que él diera los frutos anticipados que los primitivos ocupantes de la tierra poseyeran el rico legado de educación política, sólo posible por la tradición de largos años de gobierno autónomo. «La costa atlántica de Norte América, escribe Fiske, fácilmente accesible a Europa y sin embargo, bastante remota para estar libre de las complicaciones políticas del viejo mundo, proporcionó la primera de aquellas condiciones; y la historia del pueblo inglés a través de cincuenta generaciones proporcionó la segunda». La preservación de la autonomía local hizo posible la unión federal. La durabilidad de esta unión quedó garantida por su flexibilidad. La independencia completa mantenida por cada estado, en todos aquellos asuntos que no afectan directamente al principio federal mismo, garantizó la permanencia de esta forma de gobierno, solamente posible en una raza de hombres en quienes el uso de la representación política se había convertido en una segunda naturaleza. Sin embargo, este resultado maravilloso de todo un continente desenvolviéndose en paz y en medio de la más grande prosperidad bajo un sistema político en que, como se ha dicho, la permanencia de la acción concertada se mantiene sin sacrificar la independencia de la acción, no fué alcanzado sino después de ensayos y numerosos tanteos cuya historia encierra fecundas enseñanzas para la humanidad.

Los Estados Unidos son por sí mismos un mundo y algunos de sus estados, dentro de su área territorial, pueden contener a varias naciones europeas. Entre los límites de Tejas, por ejemplo, caben holgadamente Alemania, Holanda, Dinamarca, Bélgica y Suiza. Los estados de Maine, de New Hampshire y Vermont tienen una superficie superior a la Inglaterra; Minnesota, Iowa, Missouri, Indian Territory, Oklahoma, Kansas, Nebraska, South Dakota, North Dakota, New Mexico, Colorado, Wyoming, Utah, Idaho, Nevada y California, comprenden una superficie territorial superior a la del vasto Imperio Chino. Conocida es la energía de la raza, la riqueza nacional, el desarrollo de la industria, el crecimiento de la población. En el desarrollo futuro de estas condiciones extraordinarias se basa lo que se ha llamado el «Destino Manifiesto» de la gran república y el papel histórico que le corresponde desempeñar en la evolución humana. Ese destino está íntimamente ligado con el de la raza inglesa, esparcida por todos los ámbitos del orbe, y sus posibilidades inconmensurables merecen detener profundamente la atención del pensador.

Por lo pronto, el crecimiento de la raza inglesa en América conduce a conclusiones sorprendentes. A este respecto Fiske se pregunta si los Estados Unidos podrían mantener una población tan densa como la de Bélgica, y, poniéndolo en duda y admitiendo que sólo puedan dar abrigo a un pueblo cuya densidad sea la mitad de la de aquel reino, encuentra que según la ley de aumento actual, al fin del siglo XX este país contará con 1.500.000.000 de habitantes. No puede preverse tal resultado porque existen razones económicas que disminuirán la proporción del crecimiento presente; pero en todo caso y deduciendo todas las causas accidentales humanamente discernibles que puedan entrabar la marcha de aquella progresión, resulta que los Estados Unidos tendrán en aquel tiempo 600 o 700 millones. La gran república constituirá entonces una agregación humana de poder y dimensiones inconmensurablemente superiores a las de todos los imperios que registra la historia. La carrera de la raza inglesa en otras partes del mundo hará que prácticamente el imperio universal quede en sus manos victoriosas. Dotada de un seguro instinto geográfico, ella posee ya las llaves del comercio en todas las regiones del globo. El África, en el siglo próximo, será el teatro de un desarrollo análogo al de Norte América a comienzos del presente. Australia verá prosperar los seis estados en que se divide su continente y convertirse en naciones poderosas y opulentas. Todavía quedarán para la expansión futura los fértiles territorios de la Nueva Zelandia y los archipiélagos del Pacífico, donde hoy flamea la enseña de «Greater Britania».

El destino de la raza inglesa, señalado por publicistas que han estudiado su pasado y analizan su presente, seguirá desenvolviéndose hasta que todas las tierras donde todavía no existe una antigua civilización queden sometidas a sus leyes y a sus costumbres y sean colonizadas por vástagos de su tronco poderoso. Según Fiske, ya asoma el día en que las cuatro quintas partes de la raza humana serán de descendencia inglesa, como lo son las cuatro quintas partes de la población americana actual. La soberanía del mar y la supremacía comercial, que hoy ya le pertenecen, quedarán para siempre sujetas a su dominio. Así como Holanda fué en un tiempo el rival naval y mercantil de Inglaterra, Alemania y Francia y los demás países quedarán reducidos a entidades políticas insignificantes. He aquí el cuadro gigantesco de poderío y de grandeza supremos que exalta la imaginación de este pueblo en esta hora de patrióticos regocijos. He ahí las maravillas de un sistema político que alienta la expansión aislada de cada una de las secciones de este vasto continente y concentra el haz disperso de sus fuerzas en una potencia única, agresiva y conquistadora.

VIII
GOBIERNO MUNICIPAL AMERICANO

El gobierno municipal americano, en todo el territorio de la república, obedece a un mismo plan general, sujeto, sin embargo, a muchas variaciones de detalle en las diversas secciones de este país. Consta de un departamento ejecutivo con un Mayor o Intendente a su cabeza. El intendente es elegido por los habitantes de la ciudad y ocupa el cargo por uno, dos, tres y cuatro años, según las disposiciones de la ley respectiva. Bajo su dirección existen varios jefes de departamento,—comisionados de limpieza pública, tasadores, encargados de las instituciones de beneficencia, etc.,—y éstos diversos funcionarios son unas veces elegidos por el pueblo y otras nombrados por el intendente o el concejo de la ciudad. El concejo es un cuerpo legislativo que comprende generalmente dos cámaras, la de los aldermen y el concejo común, elegido por los ciudadanos; pero en muchas ciudades pequeñas y en otras de las grandes, como Chicago y San Francisco, no hay sino una cámara. Además, existen jueces del municipio (city judges) algunas veces nombrados por el gobernador del Estado, para servir por el término de su vida o mientras dure su buena conducta, pero comúnmente elegidos por el pueblo por un corto lapso de tiempo.

Todos los gastos para objetos urbanos son votados por el concejo del municipio (city council); y en regla general dicho concejo ejerce cierto control sobre los jefes de los departamentos ejecutivos por intermedio de comités constituidos de su seno. Así, puede haber un comité de vías de comunicación, otro de edificios públicos, otro de parques o establecimientos de beneficencia, etc. El jefe del departamento depende, más o menos, del comité respectivo, lo que en la práctica en lugar de ser una ventaja, se critica severamente, pues este sistema reparte y debilita la responsabilidad. Los jefes de los departamentos son autónomos en la esfera de sus funciones. Cuando el Mayor los nombra, generalmente lo hace con la venia del concejo municipal o de una de sus ramas. El Mayor no es un miembro de dicho concejo, pero puede vetar sus resoluciones, que, sin embargo, pasan a pesar de su veto por una mayoría de dos tercios.

Los gobiernos municipales constituídos en esa forma se asemejan a gobiernos de Estado en pequeño. La relación del Mayor al concejo municipal es análoga a la del gobernador en relación a la legislatura del Estado y a la del Presidente de la República en relación con el Congreso Nacional. En teoría nada parece más republicano, aunque en la práctica el sistema deja mucho que desear. Las grandes metrópolis se quejan de contribuciones excesivas, de despilfarro de los dineros públicos, de la corrupción administrativa, del mal pavimento y de la falta de limpieza, de la policía deficiente y de otros males semejantes. «El gobierno republicano que a pesar de sus inevitables deficiencias parece funcionar admirablemente bien en los distritos rurales, en los Estados y en la Nación, ha sido mucho menos feliz en su aplicación a las ciudades, dice textualmente John Fiske, en un libro reciente. Hace cincuenta años estábamos autorizados a hablar del gobierno civil en los Estados Unidos, como si hubiera caído del cielo o hubiera surgido por algún milagro en el suelo americano y teníamos motivo para creer que en las meras formas republicanas existía una especie de virtud mística que las convertía en una panacea para todos los males políticos. Nuestra experiencia posterior con las ciudades ha sacudido duramente esta disposición del ánimo. Ha proporcionado hechos que no concuerdan con la teoría favorable hasta el punto de que nuestros escritores y nuestros oradores parecen dispuestos a derramar su spleen sobre las desgraciadas ciudades, tal vez con demasiada rudeza. Las oímos llamar «albañales de corrupción» y «llagas de nuestro cuerpo político». Sin embargo, y con toda probabilidad nuestras ciudades están destinadas a aumentar en número y a crecer día por día; así tal vez es justo considerar con calma los problemas que presentan y que no fueron previstos cuando se fraguó hace cien años nuestra teoría de gobierno, problemas que a medida que la experiencia nos haya instruído lo suficiente, podemos esperar serán resueltos con éxito; como lo han sido otras cosas. Una discusión general de este tema no cabe en los límites de un breve croquis histórico. No obstante, nuestra exposición sería incompleta si nos abstuviéramos de mencionar algunas de las tentativas que se han hecho, con el objeto de reconstruír nuestras teorías sobre el gobierno municipal y mejorar su funcionamiento. Y ante todo, señalemos algunas de las dificultades peculiares del problema para poder comprender por qué debemos esperar tener menos éxito en el manejo de nuestras ciudades que en el de nuestras comunidades rurales, en el de los Estados o en el de la Nación.»[1].

El distinguido publicista hace notar, apoyándose en cifras estadísticas sorprendentes, el crecimiento de las ciudades americanas. Ese hecho es tan conocido que considero inútil reproducir los datos aglomerados por él en su interesante trabajo. El mismo fenómeno se nota en varias ciudades argentinas, especialmente en Buenos Aires y el Rosario, lo que hace particularmente aplicables a nosotros en cierto sentido las reflexiones que le sugiere el cambio repentino de condiciones urbanas que puede decirse sorprendía desprevenidos a los primitivos legisladores de este país.

La rapidez del desarrollo de las ciudades, en efecto, y el hecho ha sido señalado por todos los escritores americanos que han estudiado este asunto, acarrea consecuencias importantes que es necesario tener en cuenta. En primer lugar, obliga a la ciudad a efectuar grandes desembolsos de dinero con el objeto de obtener resultados inmediatos. Las obras públicas deben emprenderse con intención de acabarlas pronto, antes que con el de hacerlas sólidas y completas. Los pavimentos, los caños de desagüe y los depósitos de agua potable deben ser usados al instante aun cuando se proyecten en una forma inadecuada o se construyan de una manera imperfecta; y así, antes de mucho tiempo, la obra tiene que hacerse de nuevo. Tales condiciones de apuro imperioso aumentan las tentaciones deshonestas así como las tendencias a incurrir en errores de juicio de parte de los hombres que administran los fondos públicos. Además, el crecimiento rápido de una ciudad, especialmente de una ciudad nueva, representa la construcción inmediata de cierta cantidad de obras públicas para las cuales se necesita apelar al crédito y la deuda exige contribuciones pesadas. Es un caso semejante,—dice Mr. Fiske,—al del joven que, con el objeto de asegurar un hogar para su familia, rápidamente aumentada, compra una casa gravada con una fuerte hipoteca. Dos veces por año debe pagar una gran cuenta de interés y para afrontarla debe economizar sobre su mesa y de cuando en cuando negarse a sí mismo un traje nuevo. De igual manera, si una ciudad tiene que imponer fuertes contribuciones para pagar sus deudas, debe reducir sus gastos corrientes en alguna parte y los resultados se transparentan en la relajación o ineficacia del servicio afectado. Mr. Low declara que «muy pocas de las ciudades americanas han acabado de satisfacer por completo el costo de sus primeras obras para la provisión de agua corriente.» Finalmente, la falta de previsión origina mucho derroche. No es fácil prever cómo crecerá una ciudad o la naturaleza de las necesidades que dentro de algunos años se harán sentir en ella[2]. Además, aun cuando se tenga esa previsión no es fácil asegurar la previsión práctica de un concejo municipal elegido por sólo un año. Sus miembros temen aumentar las contribuciones ese año y la consideración de lo que sucederá diez años después les parece «visionaria». El hábito de hacer las cosas a medias es señalado a menudo como una especialidad americana. Este hábito ha sido indudablemente fomentado por condiciones que en muchos casos han hecho absolutamente necesario adoptar arreglos provisorios.

No puede seguirse el desarrollo de este análisis detallado sin que resulte a primera vista la perfección con que él explica y hasta cierto punto disculpa muchas de las deficiencias de los servicios municipales en ciudades como las nuestras que tienen que luchar no sólo con los inconvenientes señalados sino con otros que han sido evitados en las capitales americanas y que radican entre nosotros en causas que están al alcance del observador superficial y que es inútil mencionar. Basta observar que,—como dice John Fiske,—a medida que una ciudad aumenta en tamaño (y ninguna lo ha hecho más en cierto período que Buenos Aires), la cantidad de gobierno que ella exige, aumenta en proporción, su organización se complica, los resortes de su administración se multiplican, así como el número de empleados que reclama su servicio y de detalles que deben vigilarse. Para probar esto, John Fiske cita el caso de Boston, enumerando su mecanismo comunal, apoyado en la obra de Bugbee sobre el Gobierno Municipal de Boston.

En la metrópoli de Massachussetts, existen tres comisionados de calles con el poder de hacer construir pavimentos y cobrar perjuicios causados a los mismos. Los siguientes funcionarios son nombrados por el Mayor con venia de los aldermen: un superintendente de vías públicas, un inspector de edificios, tres comisarios para cada uno de los departamentos de incendio y de higiene, cuatro para los indigentes, además de un consejo de nueve directores para el manejo de los asilos, casas de corrección, hospitales de lunáticos, etc.; un consejo de hospitales municipales compuesto de cinco miembros; cinco directores de la biblioteca pública; tres comisarios, para cada uno de los departamentos de parques y aguas corrientes; cinco avaluadores jefes para estimar el valor de la propiedad y avaluar los impuestos de la ciudad; un colector de rentas; un superintendente de edificios públicos; cinco miembros del comité directivo de cementerios; seis comisarios de fondos de amortización; dos comisarios de archivos; dos de escrutinio; uno de registro civil; un tesorero municipal; un auditor; un procurador; un consejero de corporación; un arquitecto municipal; un agrimensor; un superintendente de mercados; otro de alumbrado público; otro de cloacas; otro de impresiones; otro de puentes; cinco directores de ferries; un jefe de la bahía y diez ayudantes; un registrador de agua; un inspector de provisiones; un inspector de leche y vinagre; un sellador y cuatro ayudantes selladores de pesas y medidas; un inspector de cal; tres inspectores de petróleo; quince inspectores de pasto aprensado; un escogedor de arcos y duelas; tres inspectores de cercas; diez capataces de matadero; diez medidores de mármoles; nueve superintendentes de balanzas de heno; cuatro medidores de cueros; quince medidores de maderas y corteza; veinte medidores de granos; tres pesadores de carne; treinta y ocho de carbón; cinco de calderas y maquinaria pesada; cuatro pesadores de lastres y lanchas; noventa y dos empleados de pompas fúnebres; ciento cincuenta condestables; novecientos sesenta y ocho oficiales de elección (election officers) y seis delegados. Algunos de esos funcionarios sirven sin sueldo, otros reciben sueldo fijado por el concejo y otros perciben derechos. Además de ellos existe un secretario del concejo comunal, elegido por este cuerpo, y un secretario municipal, un mensajero y un empleado de comisión en cuya elección concurren ambas ramas del concejo. El comité escolar, de veinticuatro miembros, elegidos por el pueblo, es independiente del gobierno de la ciudad, como la comisión de policía compuesta de tres comisarios nombrados por el Ejecutivo del Estado[3].

La larga lista anterior, según Fiske, basta para mostrar no sólo la inmensa cantidad de trabajo administrativo que requiere una gran ciudad (Boston tiene hoy día unos quinientos mil habitantes) sino también la razón por la cual el gobierno municipal es más o menos un misterio para la mayoría de los ciudadanos. Mucha de la labor que él exige, debe realizarse en una forma para cuya crítica se requieren conocimientos especiales de un carácter técnico que están fuera del alcance del común de los electores. El contribuyente encuentra excesivamente difícil comprender la vía que lleva su dinero o cómo pueden reducirse los gastos urbanos, y esta dificultad facilita la corrupción municipal. El gobierno de la ciudad, en efecto, por la complicación y variedad de materias a que debe prestar atención es de mucho más difícil vigilancia que el del Estado o el de la Nación. La ciudad moderna se ha convertido en una enorme corporación encargada de manejar una colosal empresa con numerosas ramificaciones que en su mayoría necesitan aptitudes y preparación especial.

A medida que todos esos obstáculos para un buen gobierno municipal han ido haciéndose visibles, se ha producido en este país un movimiento tendiente a remodelar la organización comunal bajo nuevos principios. La antigua disposición a evitar lo que se llamaba el «poder de un solo hombre» (one man power) confiando la autoridad a comisiones de varias personas en vez de ponerlas en manos de un solo individuo,—ha sido sustituída por la tendencia a aumentar la autoridad del Mayor o Intendente para imponer sobre él al mismo tiempo una suma mayor de responsabilidad. No se ha pasado todavía a este respecto, del período de los experimentos, pero en realidad hasta ahora,—dice John Fiske,—«la lección que se ha aprendido es que en materias ejecutivas, demasiada limitación de poder importa destrucción de responsabilidad; el «círculo» (ring) es más temido hoy que el «poder de uno solo»; y por consiguiente, se nota una tendencia manifiesta a destruir el mal, concentrando la autoridad y la responsabilidad en el Mayor

Uno de los más distinguidos publicistas americanos, el Hon. Seth Low, presidente del Columbia College y antiguo Mayor de la ciudad de Brooklyn ha estudiado de una manera admirable los problemas de la vida municipal americana en un capítulo firmado con su nombre e incorporado al libro famoso de James Bryce[4]. Refiriéndose a esa tendencia de aumentar el poder del Intendente, escribe lo siguiente Mr. Low:

«La carta municipal de la ciudad de Brooklin, es probablemente el tipo más avanzado que puede encontrarse de los resultados de este modo de pensar. En Brooklin el poder ejecutivo del gobierno de la ciudad está representado por el Mayor y los varios jefes de departamentos. La parte legislativa consiste en un concejo, comunal de diez y nueve miembros, doce de los cuales son elegidos por tres distritos, cada uno de los cuales tiene cuatro regidores (aldermen), siendo los siete restantes elegidos como regidores por toda la ciudad. El pueblo elige tres funcionarios municipales (city officers) además del cuerpo de regidores; el Mayor que es el jefe real como nominal de la ciudad; el controlador que es prácticamente el tenedor de libros de la ciudad; el auditor cuyo visto bueno es necesario para el pago de toda cuenta municipal, grande o pequeña. El Mayor nombra en absoluto, sin confirmación por el concejo comunal, todos los jefes ejecutivos de los departamentos. Nombra, por ejemplo, el comisionado de policía, el comisionado de incendios, el comisionado de sanidad, el comisionado de obras urbanas, el consejero de la corporación o asesor letrado, el tesorero municipal, el recaudador de contribuciones y en general todos los funcionarios encargados de deberes ejecutivos. Esos funcionarios a su vez, nombran su personal subalterno, de manera que el principio de la responsabilidad definida informa al gobierno de la ciudad desde los altos puestos hasta los inferiores. El Mayor también nombra el consejo de educación y el consejo de elecciones. Los funcionarios ejecutivos nombrados por el Mayor lo son por el término de dos años, es decir, por un espacio de tiempo igual al de la duración de su cargo. El Mayor es elegido en la elección general de noviembre, entra en su cargo el primero de enero siguiente y durante un mes los grandes departamentos de la ciudad funcionan bajo la dirección de los empleados nombrados por su antecesor. El primero de febrero tiene el deber de nombrar sus propios jefes de departamentos y como ellos sirven por el mismo tiempo que él, cada nuevo Mayor tiene así oportunidad de hacer una administración en todos sentidos armónica con sus ideales. Cada uno de esos grandes departamentos ejecutivos está a cargo de un solo jefe, pues la carta orgánica municipal está hecha en conformidad absoluta, salvo una excepción que aparece como anomalía, con la teoría que donde quiera que exista trabajo ejecutivo, él debe confiarse al cuidado de un solo hombre. Cuando existen consejos directivos en Brooklin, es porque su labor es de carácter más discrecional que ejecutiva. Esos consejos son también nombrados por el Mayor sin solicitar el consentimiento del concejo de aldermen, pero lo son por períodos de tiempos diferentes del suyo propio; de manera que en muchos casos ningún Mayor puede nombrar en conjunto cualquiera de esas comisiones, a menos de ser elegido dos veces por el pueblo. En otros términos, con excepciones insignificantes, la carta orgánica municipal de Brooklin, ciudad de 700.000 habitantes, hace al Mayor enteramente responsable por el gobierno de la ciudad en su parte ejecutiva y al mantener sobre él dicha responsabilidad lo provee sin temor ni limitación del poder necesario para el cumplimiento del cargo que se le confía[5].

«Esta carta orgánica entró en vigencia el primero de enero de 1882. En la práctica se ha encontrado que ella tiene precisamente los méritos y los defectos que uno podría esperar de un instrumento de su especie. Un ejecutivo fuerte puede realizar satisfactorios resultados; uno débil, acaba por desengañar a todos. La comunidad, sin embargo, está tan convencida de que la carta es una mejora sobre cualquier otro sistema ensayado antes, que ninguna voz se levanta contra ella. Ha tenido un efecto notable y especialmente satisfactorio en el sentido de que, por medio de ella, puede hacerse claro para el más humilde ciudadano que el carácter entero del gobierno municipal, durante dos años, depende del hombre elegido para desempeñar el cargo de Mayor. Como una consecuencia, ha votado más gente en Brooklin en la designación de Intendente que en la de Gobernador del Estado o Presidente de la República. Esa es una gran ganancia en favor del gobierno municipal porque crea y mantiene alerta un fuerte sentimiento público y propende a aumentar el interés de todos los ciudadanos en los asuntos comunales. En ausencia de un pasado histórico que origina orgullo cívico y en presencia de muchos miles de recién llegados en cada elección, este efecto es esencialmente valioso. Puede decirse, también, que bajo las presentes condiciones el voto es más inteligente que antes. La cuestión en debate es tan importante, al mismo tiempo que simple, que puede ser explicada aun a personas que no han vivido sino un tiempo muy corto en la ciudad. Las mismas influencias tienden a asegurar para la ciudad los servicios en calidad de Mayor, de hombres eminentes, porque bajo tal carta orgánica el Mayor tiene el poder y la oportunidad de realizar algo. Esta circunstancia hace un llamamiento a las mejores condiciones que existen en un hombre, mientras lo expone al fuego de la crítica si no se conduce bien.»

Como intendente municipal de Brooklin, tocó al señor Seth Low administrar la ciudad bajo las previsiones de esta carta y él nos declara que, para asegurar su éxito, ajustó su conducta a dos principios: Primero, determinó que cada jefe de departamento sería responsable de la marcha de éste; y segundo, resolvió mantenerse extraño al ejercicio del favoritismo (patronage), en todos aquellos casos en que la carta orgánica no lo obligaba a hacer nombramientos por sí mismo. De esta manera, dejó a los altos empleados bajo su dependencia, enteramente libres en la elección de sus subalternos. Esa libertad les imponía la responsabilidad de su preferencia. Más aún, sintiéndose libres de la presión del Mayor, adquirirían una fuerza de resistencia más grande contra las exigencias de las influencias exteriores. Finalmente, la actitud del Mayor a ese respecto, le ganó la confianza de la comunidad sin distinción de partidos.

El uso acertado del poder para hacer nombramientos, y la elección de jefes eficientes para los diversos departamentos municipales, naturalmente aseguran el éxito de la administración de la ciudad en su parte ejecutiva. Mr. Seth Low, después de establecer esta verdad, refiere que mientras desempeñó el cargo de Intendente de Brooklin, tuvo el hábito de reunir una vez por semana en su despacho a los jefes de los departamentos. Las actas de la sesión anterior del concejo comunal, eran comunicadas a los miembros de esa reunión y el Mayor recibía las observaciones del funcionario cuyo departamento sería afectado por cualquier resolución u ordenanza propuesta, pudiendo prever su efecto probable. Las cuestiones de interés general para la ciudad eran discutidas por aquella asamblea íntima que daba al Mayor el beneficio de su juicio y de su experiencia. Además de las ventajas expresadas, esas reuniones tenían la de poner en contacto personal a los diversos funcionarios encargados de la administración de la ciudad, armonizando sus labores, al mismo tiempo que permitía al intendente ejercer una especie de vigilancia continua sobre el trabajo diario. Cada jefe de departamento independientemente le sometía un informe trimestral sobre los asuntos a su cargo. El intendente en las ciudades americanas, según Seth Low, recibe diariamente una enorme cantidad de quejas de las que se acusaba recibo al instante y eran trasmitidas inmediatamente al departamento respectivo para que se tomaran las medidas del caso o se dieran las explicaciones oportunas. Si los asuntos a que ellas se referían tenían remedio, este método aseguraba su pronta aplicación. Si no lo tenían, el ciudadano quedaba, por lo menos, con la satisfacción de saber porqué.

El único problema orgánico relacionado con las cartas municipales de las ciudades americanas que, según Seth Low, aparentemente permanece sin solución en este país, es el que concierne a la rama legislativa del gobierno comunal. En algunas ciudades, esa rama está compuesta de dos cuerpos o cámaras conocidas bajo nombres diferentes y que presentan los caracteres generales de la legislatura de un Estado, con su cámara baja y alta. Sea que ese cuerpo se componga de una o dos cámaras, es lo cierto que desde el momento en que una ciudad ha crecido, dichas cámaras han dejado de dar buenos resultados. «Originalmente—, dice Seth Low—las asambleas poseyeron amplios poderes a fin de realizar hasta donde fuera posible la idea de la autonomía local (self government).

«En regla general, ellas han abusado tanto de esos poderes que casi en todas partes el límite de su autoridad ha sido restringido. En la ciudad de Nueva York esa tendencia ha llegado hasta el extremo de privar al consejo comunal de todas las funciones de importancia que antes poseyera excepto el poder de conceder franquicias públicas.» Seth Low sugiere la idea de que tal vez se haga algún día la tentativa de gobernar las ciudades sin necesidad de una legislatura local.

Sin embargo, hay tantos asuntos respecto a los cuales tal cuerpo debe tener autoridad, que no le parece probable se llegue pronto a una resolución tan extrema. Entretanto, la cuestión permanece en pie y ella ilustra la justicia del criterio americano, según el cual es muy peligroso, en comunidades completamente democráticas hacer al cuerpo legislativo supremo sobre el ejecutivo. Finalmente, reconociendo las deficiencias del régimen municipal americano; Mr. Seth Low afirma que la tendencia general de dicho régimen muestra signos de mejora.

Como el conocimiento perfecto de un mal facilita el medio de encontrar su correctivo, creo que tal vez no será inoportuno insistir en la crítica que se formula por los publicistas contemporáneos de más autoridad al mecanismo municipal de las grandes ciudades de los Estados Unidos. Uno de los más competentes en materia de gobierno urbano, Mr. George E. Waring, que desempeñó un tiempo el cargo de jefe del departamento de limpieza pública en Nueva York y que acaba de morir de fiebre amarilla en Cuba, donde fué enviado por el presidente McKinley para proyectar las obras necesarias al saneamiento de la Habana, abundando en las consideraciones expuestas por Seth Low, escribe lo siguiente en una obra reciente[6]:

«Hemos caído en el hábito tan generalizado de considerar al gobierno de la ciudad aliado al gobierno del Estado y hasta al gobierno del país en general, que, como es natural, el control de éste ha venido a parar a las mismas manos—es decir, a manos de personas pertenecientes a partidos políticos—de manera que se hace prácticamente imposible resolver una cuestión de vital interés que corresponda al control municipal de acuerdo con las circunstancias que sean propias del caso. Por lo general y casi invariablemente se decide en relación con el efecto que el éxito o el fracaso del partido dominante en la ciudad tendrá en el control del partido sobre el gobierno del Estado y de la Nación. La elección de un Mayor es habitualmente determinada, no teniendo en cuenta la influencia individual del candidato sobre los intereses de la ciudad, sino teniendo en vista el efecto que tendrá el resultado de la elección en el éxito del partido en el Estado o en la Nación. Por ejemplo, en una reciente elección de Intendente en Nueva York, gran número de personas votaron por el candidato que salió triunfante a pesar de estar en desacuerdo con él y con la organización local que lo nombraba, sólo por el temor de que el fracaso del partido de los votantes en esa ocasión pudiera contribuir a llevarlos a la derrota en las elecciones nacionales en que el partido defendía una política que sus miembros conceptuaban de suprema importancia. Mientras se consienta que continúe esta amalgama de los intereses municipales con los del Estado y los nacionales, continuará también el gobierno de las ciudades sujeto a consideraciones que, como ciudades, sólo las afecta de una manera secundaria, subordinándose y relegándose su propio y principal interés a consideraciones políticas.»

El mismo autor en el desarrollo de su tema añade más tarde lo siguiente: «Cuando el público llegue a la sensata conclusión que el gobierno de las ciudades nada tiene que ver con la política y que es tan sólo un asunto local, lo probable será que cada departamento del servicio público—incluyendo el del alumbrado y transporte,—se considere como un elemento de la empresa de realizar el gobierno urbano y se coloque bajo competente y sistemática dirección. El único obstáculo serio que se opone al fin indicado se basa en el hecho de que los cargos públicos se consideran no como puestos de confianza, sino como premios individuales. Cuando se nombre a los empleados subalternos de todas las categorías para beneficio del público, más bien que para el suyo propio y cuando se les asegure su permanencia en el puesto mientras cumplan con su deber; se les ascienda con justicia y se les pase una pensión moderada después de cierto tiempo de servicio, entonces la administración de nuestras ciudades grandes y pequeñas será tan completa, eficaz y económica como la de Glasgow y de Berlín. No obstante, se ha de llegar a las condiciones antes indicadas por medio de un progreso lento y gradual. Lo que más nos interesa ahora es tomar a las ciudades americanas como son, revisando los métodos por medio de los cuales se realizan en ellas los detalles de su gobierno. Es de oportunidad citar aquí el rasgo redentor de la naturaleza humana que induce al promedio de los empleados públicos a cumplir con su deber técnico lo mejor que pueden, y se los permite la política que los coloca, a pesar del principio impulsor de esa política que es hacer dinero por medio del empleo. Por ejemplo, el actual gobierno de la ciudad de Nueva York, bajo el control sin restricciones de los politicians, se supone probablemente con justicia, que está completamente corrompido. En él los principales jefes administrativos han sido nombrados no porque fuesen los hombres más aptos para el puesto que ocupan, sino porque han merecido esa recompensa de los jefes de su partido. A pesar de esto, no se puede dudar que, sobre todo los altos empleados, los que se encuentran a la cabeza de departamentos y oficinas de importancia, hacen su trabajo lo mejor que pueden. Lo hacen con excesivo costo, valiéndose de elementos más útiles en las urnas electorales que con la pala en la mano, a los cuales se paga mucho dinero por poco trabajo. En estas condiciones, todo lo que se hace, se hace con despilfarro. Sin embargo, es necesario confesar que se hace bien y, excepto en lo que respecta a la limpieza pública y prescindiendo del costo, hay poco que criticar. Pero puede asegurarse que con sistema organizado y control adecuado, podría obtenerse igual resultado con la mitad del gasto.»

El distinguido historiador del siglo XVIII en Inglaterra, Mr. William Hartpole Lecky, en su notable obra Democracy and Liberty, insiste sobre esta faz deplorable de la organización política americana. «El sistema que he descrito—escribe—ha probado ser más pernicioso en el gobierno municipal que en la política federal o de los Estados». Las elecciones de hombres obscuros para puestos obscuros, según él, produjeron el dominio de un círculo de politiqueros profesionales. La corrupción de Nueva York generalmente atribuída al voto irlandés, remonta hasta el primer cuarto del presente siglo, en que la influencia irlandesa era nula. En aquel tiempo, el Estado y la ciudad habían caído en manos de una camarilla llamada «the Albany Regency», a cuyo respecto cita Mr. Lecky algunos párrafos terribles del estadista Mr. Seward. Desde 1842 hasta 1846, prevaleció un mal de otra índole en la metrópoli americana: «era costumbre permitir a los ocupantes de los asilos públicos (public almshouses) salir de su recinto en los días de elección y concurrir a las urnas, y un escritor americano asegura que en aquella época los asilos constituían un factor importante en la vida política del Estado de Nueva York, pues los indigentes eran obligados a votar por el partido en el poder, amenazándoseles con una pérdida del apoyo que se les prestaba si no se sometían a esa exigencia y su número bastaba para inclinar el platillo de la balanza en los distritos en que votaban[7].

La historia del Tweed Ring es demasiado conocida para que valga la pena de detenerse en ella sino como uno de esos ejemplos que es necesario no olvidar para execrar las prácticas políticas que hacen posible en una comunidad una violación tan monstruosa de todas las leyes y principios morales... «La corrupción—dice, refiriéndose a este episodio único en la historia del desorden administrativo, Mr. Lecky—nunca alcanzó un punto ni siquiera aproximado a la magnitud a que llegó entre 1863 y 1871, cuando todos los poderes del Estado y de la ciudad de Nueva York pasaron a manos de la camarilla de Tammany (Tammany Ring). En aquel tiempo, cuatro novenas partes de la población era de origen europeo. Una vasta proporción de ella consistía en inmigrantes recientes y el voto católico irlandés apoyó en masa a la camarilla. La mayoría de la legislatura del Estado, el intendente municipal, el gobernador, varios jueces, casi todas las autoridades municipales con poder para ordenar, vigilar y controlar la inversión de los fondos públicos fueron sus hechuras, y supongo que ninguna otra ciudad del mundo civilizado presenció jamás en tiempo de paz tal sistema de despojo completo, continuo y organizado. Se calculó que el sesenta y cinco por ciento de las sumas gastadas ostensiblemente en obras públicas representaba aumentos fraudulentos. Entre 1860 y 1871 la deuda de Nueva York quintuplicó y durante los dos últimos años del gobierno de la camarilla se aumentó en proporción de más de cinco millones y medio de libras esterlinas por año. Un distinguido escritor americano que es también un diplomático de nota, familiarizado con las condiciones de las capitales europeas[8] ha trazado ocupándose de ese asunto, el siguiente instructivo paralelo: «La ciudad de Berlín, en tamaño y rapidez de crecimiento, puede ser comparada con Nueva York. Contiene un millón doscientos mil habitantes y su población se ha triplicado durante los últimos treinta años... Mientras Berlín tiene una vida municipal al mismo tiempo digna y económica, con calles bien pavimentadas y limpias, con un costoso sistema de drenaje, con notables edificios públicos, con la vida, la libertad, la aspiración a la felicidad mucho mejor garantizada que en nuestra metrópoli, todo el gobierno municipal es sostenido con una insignificancia más que el interés de la deuda pública de la ciudad de Nueva York». En otra parte añade el mismo publicista: «Deseo establecer deliberadamente un hecho de fácil verificación; que mientras, como regla general, en otros países civilizados los gobiernos municipales han ído mejorando continuamente hasta llegar a ser generalmente honestos y serviciales, nuestros propios gobiernos, por regla general, son los peores del mundo y empeoran a medida que transcurre el tiempo.»

Esta corrupción, según Mr. Lecky, es la inevitable consecuencia de la aplicación de los métodos de la extrema democracia al gobierno municipal. «En América como en Inglaterra—dice—las elecciones municipales no consiguen atraer el mismo interés y atención que las grandes elecciones políticas, y cuando todos los puestos inferiores son llenados por medio de elección popular, y cuando esas elecciones se reproducen continuamente, es imposible para hombres ocupados penetrar en el pleno conocimiento de sus detalles o formar ningún juicio sobre los muchos obscuros candidatos que desfilan ante ellos. Las clasificaciones respecto a la propiedad del elector son juzgadas demasiado aristocráticas para un pueblo democrático. La vieja y buena cláusula que en otros tiempos pudo encontrarse en muchas cartas orgánicas, según la cual nadie podía votar en proposiciones destinadas a imponer una contribución o dar empleo a los productos de ella, sin ser susceptible de quedar sometido al pago de dicha contribución, ha desaparecido... Las elecciones son por sufragio universal. Solamente un número reducido de electores tiene un interés apreciable en los impuestos moderados y en la administración económica y una proporción de votos que basta usualmente para sostener la balanza del poder, queda en manos de los más nuevos e ignorantes inmigrantes. ¿Puede acaso concebirse condiciones más favorables para servir los propósitos de hombres sagaces y deshonestos, cuyo objeto es la ganancia personal, cuyo método es la organización de los elementos ignorantes y viciosos de la comunidad en combinaciones electorales que imponen contribuciones y nombran administradores? Las camarillas se manejan con tanta habilidad que pueden casi siempre excluir del puesto público a un ciudadano conocido por serles hostil; aunque «un hombre bueno y fácil que ni lucha ni protesta, un figurón (figure head), puede ser algunas veces de gran ventaja». Pero en general, en tanto que el gobierno no es absolutamente intolerable, las clases más industriosas y respetables se mantienen separadas de la atmósfera repugnante de la política municipal y renuncian a la larga, difícil y dudosa tarea de entrar en pugna con la camarilla dominante. «Los asuntos de la ciudad—dice Mr. White—son virtualmente manejados por un reducido número de hombres que hacen de la llamada política un negocio»[9].

Para conseguir la reforma, el distinguido autor que vengo citando, expresa que los pasos dados con más éxito hasta hoy han sido los que limitan el poder de los cuerpos donde penetró la corrupción. En Nueva York, y en varios otros Estados, desde 1874, las legislaturas sólo pueden legislar sobre asuntos municipales por medio de una ley general, habiéndose de esta manera retirado el derecho de votar leyes especiales en favor de individuos o de corporaciones. En otros Estados se ha restringido, con éxito, el hábito de distribuir fondos públicos, con pretexto de caridad, a establecimientos religiosos. En unos pocos se ha tratado de asegurar una representación de la minoría, y en otros se han impuesto limitaciones al poder de contratar empréstitos e imponer contribuciones.

«Está de moda,—escribe M. McMaster, en un artículo publicado en The Forum,—limitar el poder de los gobernadores, de las legislaturas, de los tribunales; mandarles que hagan ésto, prescribirles que hagan aquéllo, hasta el punto de que la moderna constitución de un Estado parece más un código de leyes que un instrumento de gobierno legislativo. Por todas partes se manifiesta cierto disgusto por los servidores y representantes del pueblo. Una larga y triste experiencia ha convencido al público que los legisladores aumentarían sin cesar la deuda del Estado, a menos que se les prohiba positivamente pasar de cierto límite; que soportarían ferrocarriles paralelos, consolidación de corporaciones, medios de transporte descriminatorios, ventas por los concejos comunales de valiosas franquicias a compañías de tramways y de teléfonos, a menos que la constitución del Estado declare expresamente que tales cosas no son permitidas. Tan lejos ha sido llevado este sistema de prohibiciones, que muchas legislaturas carecen de la autorización necesaria para sancionar ninguna legislación privada o especial, ni para cancelar obligaciones contraídas con el Estado por individuos o corporaciones, ni pueden pasar leyes en que esté interesado miembro alguno, ni prestar el crédito del Estado, ni tomar en cuenta leyes disponiendo de fondos públicos en las últimas horas del período». La tendencia actual, en efecto, como lo he establecido al referirme a la carta orgánica de Brooklin, comentada por Mr. Seth Low, tiende a la concentración del poder en manos de un funcionario responsable, ya que no es posible establecer en todas partes el sistema de Washington en que el gobierno municipal está puesto en manos de una comisión bajo la superintendencia del congreso.

He aquí cómo uno de los historiadores más notables de la capital federal, describe la organización de este gobierno[10]:

«El gobierno municipal de Washington es, en muchos conceptos, una anomalía entre los gobiernos municipales y tanto en su mecanismo como en sus resultados merece llamar la atención de los aficionados al estudio de la ciencia política. Según el sistema que en él se observa, tres comisionados nombrados por el congreso constituyen la base y fuente de su poder. Washington se constituyó de una manera oficial en 1802 con un gobierno municipal de acuerdo con el sistema antiguo inglés, compuesta de un alcalde o mayor y un concejo común, que permaneció en función hasta 1871, época en que fué sustituído por un gobierno de forma territorial con un gobernador y un delegado en el congreso. Después de algunos años de prueba, el resultado fué poco satisfactorio, y por acuerdo del congreso, aprobado en 11 de junio de 1878, se creó el actual gobierno de la ciudad y del distrito. Este es tan nuevo y sus resultados han sido tan satisfactorios, que merece describirse detalladamente.

«La sección primera de la ley de organización determina que todo el territorio cedido al congreso de los Estados Unidos por el Estado de Maryland como sitio permanente del gobierno, deberá continuar siendo reconocido con el nombre de Distrito de Columbia, y continuar también siendo una corporación municipal, cuyos comisionados debían ser tres, dos nombrados por el senado, y el tercero un oficial del cuerpo de ingenieros del ejército de los Estados Unidos, cuyo grado sería superior al grado de capitán y que designaría el presidente. Estos tres comisionados que constituyen virtualmente el gobierno de la ciudad y del distrito, ejercen funciones tanto ejecutivas como legislativas. Su deber, según lo dispone la ley de creación, consiste en imponer contribuciones, encargarse de archivos y dineros que al distrito pertenezcan, hacer investigaciones anuales dando cuenta de ella, sobre las instituciones de caridad; hacer reglamentos relativos a la policía, edificios y provisión de carbón; dar cuenta del número de celadores e inspectores; determinar o cambiar estaciones de carruajes públicos, abolir o consolidar oficinas; nombrar y remover empleados; determinar las épocas para pago de los impuestos, etc., y comprobación y saldo de cuentas; firmar todos los contratos; aprobar bonos de los contratistas; señalar los deberes a que están sujetas las juntas de policía, de sanidad y de escuelas; cuidar de las instalaciones de los servicios de agua, de gas y cloacas, antes de comenzar las mejoras de una calle; determinar tarifas equitativas para el consumo de gas; proyectar las leyes adicionales que se consideren necesarias y dar cuenta anual al congreso de sus procedimientos.

«Uno de ellos, por virtud de su propio cargo es director o encargado del Hospital de Columbia y de la Escuela Reformatoria. El producto de todos los impuestos que por ellos se recaudan pasa a la tesorería de los Estados Unidos, y sus cuentas, después de ser aprobadas por su propio «auditor» pasan al auditor de la tesorería de los Estados Unidos. Fuego, policía, escuelas, limpieza de calles, reglas sanitarias y departamentos municipales dependen todos de esa jefatura responsable. Como consecuencia, el habitante de Washington goza de calles mejor trazadas y más limpias, de mayor inmunidad con respecto a crímenes, de mejores escuelas (hasta donde alcanza el poder de los comisionados), de mejores parques y jardines públicos, que ningún otro ciudadano de ninguna otra ciudad de igual tamaño del país. Sus contribuciones son relativamente bajas—uno y medio por ciento—; se ve libre de las imposiciones de las compañías de gas; compra provisiones al por mayor en cinco grandes, limpios y bien aereados mercados; puede trasladarse de un lado a otro de la ciudad por sólo cinco centavos, teniendo la seguridad de que las contribuciones que paga se dedican al beneficio del público. No tiene el fastidio ni la obligación de las elecciones anuales. Aquella agradable región, cuya excelencia se juzgaba sólo posible en Utopía, en que la política y los políticos jamás incomodan al ciudadano, se encuentra en la capital. La municipalidad está dividida en ocho distritos escolares, seis de blancos y dos para gente de color. Existen en ella tres departamentos: un departamento de policía, con ocho comisarios; un departamento de bomberos, con nueve compañías y un departamento de sanidad, todo bajo la dependencia de los comisionados.

«El poder judicial del distrito es una organización distinta e independiente. Su título oficial es: «Suprema Corte del distrito de Columbia». Tiene seis jueces, un justicia mayor (Chief Justice) o presidente de la Corte Suprema de Justicia y cinco jueces. La Corte Suprema del distrito guarda términos especiales para cada uno de los distintos procedimientos de prueba, cancillería, distrito y asuntos criminales; también se reúne en término general para entender en los casos de apelación a fallos de las cortes inferiores, y en esas sesiones todos los jueces se encuentran presentes, excepto el juez que ha oído el caso apelado.»

La carta orgánica del «Greater New York» abarca demasiados detalles para tratar de hacer de ella un extracto reducido. Antes de terminar este ligero esbozo, creo, sin embargo, que no estará de más dar una simple idea de la organización municipal de otras ciudades modernas americanas, como por ejemplo, Saint Louis cuya forma de gobierno ha sido descripta en los términos siguientes, en la obra fundamental de Bryce:

«Saint Louis está dividido en 28 distritos y 224 precintos electorales (voting precincts). Las elecciones se rigen por leyes estrictas que previenen por lo general el fraude y transcurren tranquilamente cerrándose todos los despachos de bebidas hasta media noche.

«El Alcalde (Mayor) lo elige el pueblo por cuatro años; tiene cinco mil pesos de sueldo y no forma parte de la Asamblea de la ciudad (City Assembly) con la cual se comunica por medio de mensajes. Está investido del poder de devolver a la asamblea cualquier acuerdo tomado por ésta, para que lo considere de nuevo, cabiéndole a la asamblea, entonces, el derecho de pasarlo de nuevo con dos tercios de mayoría. El Alcalde recomienda medidas a la asamblea, le somete informes de los jefes de los departamentos y tiene a su cargo gran variedad de deberes ejecutivos menores. Nombra gran parte de los empleados de importancia, pero esto lo hace de acuerdo con el Concejo, Cámara alta de la Asamblea (Upper house of the Assembly). Con el fin de ponerle a cubierto de la presión e influencia que sobre él pudieran ejercer aquellos a quienes debe su elección, los nombramientos aludidos no los hace hasta el tercer año de su propio término y son válidos por cuatro años.

«La Asamblea se compone de dos cámaras. El Concejo consta de trece miembros elegidos por cuatro años por escrutinio de lista y un tercio de ellos cesa en su mandato cada dos años. La cámara de delegados (House of delegates) la componen 28 miembros, uno por cada distrito. Carta miembro de la asamblea recibe trescientos dólares anuales además del importe de los gastos razonables en que haya incurrido mientras ha estado al servicio de la ciudad. La asamblea tiene poderes legislativos generales y la superintendencia o inspección de todos los departamentos, pero sin embargo, su autoridad para establecer impuestos o contraer empréstitos es limitada.

«Los departamentos administrativos los constituyen: trece empleados superiores elegidos por el pueblo, que son, contador o tesorero, auditor, registrador, colector, oficial de justicia (marshall), inspector de pesas y medidas, presidente de la junta de tasadores, coroner, alguacil mayor (sheriff), archivero de títulos (recorder of deeds), administrador público y presidente de la junta de mejoras públicas.

«El Alcalde (Mayor) nombra con la aprobación del concejo veinte empleados que son los que forman las distintas agrupaciones o juntas, la mayoría de ellos por cuatro años, a saber: Junta de mejoras públicas, compuesta del comisionado de calles, comisionado del agua, comisionado del puerto, comisionado de parques, comisionado de cloacas, el asesor y colector de rentas sobre el agua, comisionado de edificios públicos, comisionado de abastecimientos, comisionado de higiene, inspector de calderas, letrado consultor de la ciudad, comisionado de jurados, registrador de votos, procurador de la ciudad, dos jueces de paz, carcelero, superintendente de la casa de corrección (workhouse), jefe del departamento de incendios, inspector del gas, asesores y varios contratistas para la ciudad, y empleados de menor categoría.

«Los cuatro comisionados de policía que, junto con el Mayor tienen a su cargo la seguridad pública de Saint Louis, son nombrados por el Gobernador de Missouri con el objeto de conservar este departamento, apartado y ajeno a la «política local». En 1886 el cuerpo de policía lo componían 593 hombres, además de 200 vigilantes particulares pagados por las personalidades que los empleaban, pero vestidos con el uniforme y juramentados ante la junta de policía.

«La junta de instrucción pública (School Board) constaba de 28 miembros, uno por cada distrito, elegidos por tres años y cesando anualmente en sus cargos una tercera parte de ellos. No depende del Alcalde ni de la Asamblea, escoge su personal y nombra todos los maestros, tiene a su cargo el importante fondo de las escuelas y determina la contribución escolar que, sin embargo, es cobrada por el recaudador de la ciudad.

«Los puntos fuertes de esta organización se estima que son: el largo tiempo de servicio de los empleados municipales, el honrado y atento cuidado que se dedica al registro electoral y la legalidad que en las elecciones se observa; las trabas puestas a la administración financiera y límites señalados a las deudas y el hecho de que aquellos puestos de importancia para los cuales el Alcalde nombra el ocupante, sólo se proveen por él al tercer año de ocupar la alcaldía, de suerte que como recompensa de trabajo político durante el calor de la campaña, ellos están tan lejanos, que no perjudican seriamente al mérito de una elección.»

Mucho más podría decirse sobre este tema tan fecundo, pero temo abusar de la paciencia de mis lectores. Sólo me resta añadir que los publicistas americanos que han estudiado más profundamente el problema de la vida municipal y que señalan sin ambajes los vicios que perturban el régimen comunal en su país, indican como modelos dignos de imitarse los del gobierno municipal de Berlín y Glasgow en Alemania e Inglaterra.