NOTAS AL PIE:
[1] John Fiske, “Civil Government in the United States considered with some reference to its origin.”
[2] A este respecto se cita el caso de Wáshington, cuyos fundadores creyeron que se desarrollaría al sudeste a donde mira el pórtico del Capitolio, y que ha crecido precisamente en la dirección contraria.
[3] En el conocido libro de James Bryce, “The American Commonwealth”, figura completa la lista que he extractado, con los sueldos recibidos por los principales funcionarios mencionados en ella.
[4] El gobierno municipal de los Estados Unidos, bajo el punto de vista americano por el Hon. Seth Low, capítulo LII del “American Commonwealth”.
[5] Cuando se escribió el estudio citado, Brooklyn era una ciudad independiente. Hoy forma parte del “Greater New York” que, con la incorporación de esta ciudad y los suburbios de “Queen” y “Bronx”, es hoy la segunda ciudad del mundo. He aquí algunos datos estadísticos cuyas cifras no necesitan comentarios, relativos al “Gran Nueva York”: Área, 320 millas cuadradas. Población: 3.388.000 habitantes. (La población de los Estados Unidos en la época de la independencia, era de 2.750.000 habitantes). Nueva York tiene 6.587 acres (una hectárea equivale a dos acres 471 milésimos) de parques y espacios libres, contra 5.976 en Londres, 4.739 en París y 1.637 en Berlín. New York tiene 1.200 millas de calles, de las cuales 1.002 pavimentadas; Londres 1.818 millas pavimentadas; París 604; Berlín 500. New York tiene 1.156 millas de cloacas, Londres 2.500, París 599, Berlín 465. New York tiene 65 y media millas de ferrocarriles elevados y 466 millas de ferrocarriles de superficie; Berlín tiene 225 de los últimos y París 24. New York tiene títulos de deuda por valor de 200.000.000 pesos. Londres por otros 200 millones, Berlín por 70 millones y París por 521 millones. El gasto anual de New York, que se calculó sería de unos 75 millones de dollars anuales cuando se consolidó la ciudad, en 1898, ha llegado a “138 millones de dollars”, cifra monstruosa cuando se piensa que el presupuesto de Londres es de 65 millones, el de París de 72 millones y el de Berlín de 21 y medio millones. La provisión diaria de agua en New York es de 330 millones de galones; la de Londres de 203 millones; la de París de 136 millones; la de Berlín de 30 millones.
[6] “Our Cities”. Capítulo V de “The United States of America”, edited by N. S. Shaler, 2 tomos, 1897.—En la composición de este libro han colaborado los más autorizados especialistas americanos.
[7] Ford’s, “American Citizen Manual”, 89-89.
[8] Mr. Lecky se refiere al Hon. Andrew D. White, actual embajador de los Estados Unidos en Berlín, y a su obra “El mensaje del siglo décimonono al vigésimo”, publicada en 1883.
[9] William Hartpole Lecky, “Democracy and Liberty”, 1, 95, 115.
[10] Charles Burr Todd. “The Story of Washington, the National Capital”, 1889.
IX
EL CONGRESO
Los grandes problemas relacionados con la expansión exterior de la potencia americana que agitan en estos momentos a la opinión pública de los Estados Unidos, y que serán debatidos con empeñoso interés en la próxima reunión del cuerpo legislativo, van a concentrar durante algunos meses la atención universal sobre los procedimientos, las tendencias y los leaders del congreso de la gran república. Ningún momento más oportuno que éste para detenerse en el estudio de aquella rama del gobierno federal, recorriendo las etapas más notables de su historia, a la luz de publicaciones recientes. El distinguido escritor Mr. Joseph West Moore, acaba de realizar esta importante labor, y su libro The American Congress ha aparecido casi al mismo tiempo que el del ex presidente Harrison This Country of Ours, uno de cuyos más interesantes capítulos está consagrado al mismo tema. Tal vez no será del todo indiferente seguir en estas circunstancias los sucesos relatados en aquellas obras y las impresiones que sugiere su lectura.
Los comentadores de la ley fundamental americana, al estudiar las fuentes raciales de la constitución, encuentran el origen del cuerpo legislativo de los Estados Unidos, en aquellas viejas asambleas teutónicas descriptas por Tácito en su Germania, en que existía un elemento conservador representado por la reunión de los jefes de tribu, y un elemento popular representado por el conjunto de las huestes armadas de los freemen. No es necesario detenerse en esa larga genealogía que muestra en los markmoot, shiremoot, folkmoot y witenagemmoot sajones, en el gran consejo normando, en el Parlamento, y, finalmente, en la legislatura colonial, los antecesores históricos del congreso americano, para reconocer el abolengo ilustre del vasto cuerpo popular que influye hoy de una manera tan marcada en los destinos de esta poderosa nación.
Sin salir del territorio de los Estados Unidos ni de los límites comparativamente reducidos de su historia, el señor Moore, en The American Congress, nos enseña que las primeras manifestaciones de este cuerpo aparecen algunos años después de la llegada de los separatistas o independientes, mal llamados puritanos, que en 1620 desembarcaron en la roca de Plymouth. Desde 1643, en efecto, las colonias de la bahía de Massachussetts, de Plymouth, de Connecticut y New-Haven, nombraron representantes que, reunidos en Boston, firmaron los artículos de la confederación de las colonias unidas de Nueva Inglaterra, en que se halla el gérmen de la unión federal posterior; y en 1690 se hizo la primera convocación de un congreso general de dichas colonias, para adoptar medidas de salvación común contra las depredaciones de las tribus indias llamadas de las Seis Naciones, ayudadas por los pobladores franceses del Canadá. Desde aquella época en adelante, el congreso se reunió cada vez que las colonias necesitaron efectuar arreglos para la protección de su frontera interior.
La más notable de estas asambleas es la que se constituyó en Albany, en la colonia de Nueva York, en 1754. Concurrieron 25 delegados y entre ellos se encontraba Benjamín Franklin, que presentó la propuesta de unión, conocida con el nombre de «plan de Albany», según la cual las colonias debían formar un solo cuerpo, con un gobierno general nombrado por la corona y un gran consejo de delegados elegidos por las legislaturas coloniales, proyecto que más tarde fué rechazado por éstas, así como por el parlamento británico.
La imposición del impuesto del timbre en las colonias británicas y en las plantaciones de América, indujo a James Otis a presentar a la legislatura de Massachussetts, el 6 de junio de 1765, un proyecto de convocación de un congreso de representantes de todas las colonias, que debía reunirse en la ciudad de Nueva York, con el objeto de concertar su actitud enfrente de aquel acto del parlamento. De las trece colonias, ocho respondieron al llamamiento, y el 7 de octubre del mismo año aquella asamblea inauguró sus sesiones en la casa municipal de Nueva York. Ese congreso denominado «de la ley del timbre»—dice Mr. Moore—fué el primero convocado en América por el pueblo, pues los otros se reunieron por autoridad real. Se componía de hombres hábiles, patriotas e instruídos. Ellos eran enteramente leales a la corona, pero creyentes firmes y abogados de los derechos coloniales, estaban resueltos a hacer una enérgica protesta contra lo que consideraban una audaz violación de aquellos derechos.
La primera chispa del espíritu de emancipación había sido encendida, y sus efectos iban a propagarse desde entonces con la rapidez del incendio. Los acontecimientos se precipitaban, ahondando cada vez más las diferencias y antagonismos que existían entre las colonias y la metrópoli. El «partido del te», en 1773 estaba llamado a romper violentamente el frágil vínculo que ligaba a la madre patria y sus hijos. El muelle de Griffin, en la bahía de Boston, fué el escenario del primer acto de la tragedia. El partido británico, para castigar a la colonia rebelde y vengar la afrenta recibida, cerró al comercio el puerto en cuyas aguas había flotado el té de las cajas despedazadas por la furia popular, trasladando a Salem la sede de gobierno.
Las colonias hermanas sintieron inmediatamente la ofensa: Virginia, Nueva York y Rhode Island propusieron la reunión de un congreso continental y su idea fué aceptada por las demás, que encargaron a Massachussetts designar la fecha de la instalación de la asamblea. El 17 de junio de 1774, Samuel Adams introdujo secretamente una resolución en la legislatura de Massachussetts, reunida todavía en Salem, y ella fué votada antes que los empleados del rey pudieran disolver aquel cuerpo. Esa resolución convocaba al congreso continental que debía reunirse en Filadelfia el 10. de septiembre de 1774.
En aquella fecha, la mayor parte de los delegados al congreso había llegado a Filadelfia, y se había alojado en la taberna de la City, una posada famosa «por su trato de los hombres y los animales». La ciudad elegida, fundada en 1682 por William Penn, ocupaba un puesto de gran importancia en el territorio poblado americano y mantenía un extenso comercio con Inglaterra. Su población llegaba a 20 mil habitantes, cuáqueros en su mayoría.
Cuando se piensa en la soberbia metrópoli actual, la descripción que de ella nos hace Mr. Moore, despierta un interés mayor: «La ciudad tenía algunas casas buenas de ladrillo y piedra y numerosas de madera. Había en ella 12 iglesias, cerca de 300 tiendas y almacenes, unas pocas fábricas, un teatro donde la representación empezaba a las 6 de la tarde y un diario, el Pennsylvania Packet, fundado por John Dunlap en 1771. En su recinto vivían muchas familias de fortuna, y las que no eran cuáqueros, daban bailes y comidas elaboradas y socialmente eran muy alegres. Los cuáqueros se vestían con gran sencillez, pero algunos daban fiestas generosas. La sociedad de Filadelfia era tal vez más conservadora que la de Boston o la del Sur, pero tenía mucho patriotismo y sostenía empeñosamente la causa de las colonias.»
Para la reunión del congreso se ofreció la State-House, en que se congregaba la asamblea de Pennsylvania, pero para no interrumpir las sesiones de ésta, se declinó la oferta y se aceptó el salón de la Honorable Sociedad de los Carpinteros, una construcción anticuada, edificada en 1770, que se conserva aún en Filadelfia como una reliquia del tiempo colonial. «El 5 de septiembre de 1774, a las 10 de la mañana, los delegados,—refiere Mr. Moore,—formaron en línea enfrente de la City Tavern y en procesión solemne marcharon hasta el Carpenters Hall, inaugurando las sesiones del congreso continental».
La historia de la famosa asamblea ha sido escrita tan frecuentemente, que no parece oportuno repetirla en esta ocasión.—Ella ha sido sintetizada por Mr. Moore de una manera clara y comprensiva, pero lo que hace principalmente el interés de su narración no es la crónica de los procedimientos de aquel augusto cuerpo, aquella «constelación de dignidades» como se llamó en su tiempo, sino los retratos de sus principales miembros. En aquella galería figuran el presidente Peyton Randolph, de Virginia, de 53 años de edad, presencia fina y cortesana, hombre prominente en asuntos coloniales, antiguo procurador general del rey, y a quien se aplicó antes que a Washington el epíteto de «Padre de su Patria», en un artículo del Gentlemen’s Magazine, publicado en julio de 1775; luego, el secretario Charles Thompson, un pobre muchacho irlandés, que, con once años de edad, llegó a América en 1730, adquirió en ella una alta educación, tradujo el Testamento griego, mereció ser llamado por los indios de Delaware, a causa de su integridad de carácter y rectitud de principios, «Wehwola ent», o «el hombre que dice la verdad», y de quien se cuenta, que «mientras fué secretario del congreso, era costumbre de los miembros llamarlo para verificar puntos debatidos, diciendo, «que venga la verdad o Thompson», pues su palabra se consideraba equivalente al juramento de cualquier otro. Y así desfilan sucesivamente Patrick Henry, el gran orador colonial; John Adams y su primo Samuel Adams, prominentes como oradores, pensadores y patriotas; Roger Sherman «the learned shoemaker» de origen humilde, pero llegado a las funciones de juez en la corte superior de Connecticut; John Dickinson, el autor de las celebradas Cartas de un chacarero (Letters from a Farmer); Richard Henry Lee, una de las lumbreras del debate; Benjamín Harrison, tatarabuelo del ex presidente Harrison, otro virginiano de nota, rico, elegante y distinguido; y last but not least, George Washington, que acababa de cumplir 42 años, y era el más notable soldado de América, famoso por sus galantes servicios en las guerras contra los franceses y los indios. «Poseía—dice Mr. Moore—en no pequeño grado, las cualidades del estadista afortunado. No era ni muy instruído ni elocuente, pero como Patrick Henry dijo de él: Si os referís a la sólida información y al juicio sano, el coronel Washington es indudablemente el hombre más grande de este recinto». Como mandaba las tropas de Virginia, apareció en su uniforme militar. Tenia seis pies y dos pulgadas de alto y un cuerpo amplio, muscular, que en su vistoso traje le daba una apariencia conspícua. El y Harrison eran los miembros más altos del congreso. La historia no consigna sino de una manera imperfecta, la parte que tomaron cada uno de estos ilustres próceres en las deliberaciones, pues el congreso continental sesionó a puertas cerradas, todos sus procedimientos fueron secretos, no se publicaron actas oficiales de sus debates y todo lo que conocemos sobre ellas, es lo que se dice en forma fragmentaria en las cartas y diarios de dos o tres de los principales delegados.
El segundo congreso continental se reunió el 10 de mayo de 1775, en la State-House, cuyo nombre, después de la declaración de la independencia, fué cambiado por el de Independence Hall, que conserva hasta el día. El 19 del mes anterior había tenido lugar la batalla de Lexington, que empezó la larga serie de combates de la revolución norteamericana. En aquellos momentos solemnes la asamblea asumió en sí todas las funciones de un gobierno que se denominó «Gobierno revolucionario» y que continuó hasta 1781, en que se adoptaron los artículos de la confederación. John Hancock, miembro de la delegación de Massachussetts, hijo de un clérigo prominente e ilustrado, fué elegido presidente en reemplazo de Peyton Randolph y en contraposición con Benjamín Harrison, elegido por la delegación de Virginia y que declinó este cargo, votando por su rival. Desde entonces John Hancock fué considerado el jefe ejecutivo de las colonias y respetado como tal. «Se cuenta—dice Mr. Moore—que Mr. Harrison, que era un hombre de gran fuerza y tamaño, viendo que el presidente Hancock vacilaba modestamente en ocupar el sillón, lo levantó en sus brazos musculosos y lo condujo al sitio de honor como si fuera un niño, con gran diversión del congreso. Depositando en salvo su preciosa carga, Mr. Harrison, dijo: Señores: mostremos a la madre Bretaña, cuán poco nos preocupamos de ella, haciendo nuestro presidente a un hombre de Massachussetts, que ella ha excluído de perdón por proclama pública». Desde el primer momento aquella asamblea estuvo principalmente ocupada de medidas de guerra. En las primeras sesiones se leyeron los partes de la batalla de Lexington, de la captura del fuerte Ticonderoga y de Crown Point. John Adams propuso que se adoptara el ejército reunido en las cercanías de Boston, y Thomas Jefferson indicó la conveniencia de nombrar comandante en jefe de dicho ejército al coronel Jorge Washington. La respuesta del noble soldado, es una de las más sencillas y elocuentes que registran los anales humanos.
Hasta entonces, Georgia no había enviado delegados. Al fin de septiembre de 1775, se reparó aquella omisión, y como entonces todas las colonias estaban representadas en el congreso, éste se llamó de las «Trece Colonias Unidas». Mr. Moore se ocupa detenidamente de las principales medidas adoptadas por la histórica asamblea, entre ellas la organización de la escuadra y del ejército revolucionario. La lógica de los acontecimientos conduce a la separación de la madre patria, y el cuadro de las vacilaciones, del choque de las ideas adversas de los representantes de las colonias, da tema al autor de The American Congress para trazar algunas páginas palpitantes. La crónica de las memorables sesiones del 2, del 3 y del 4 de julio de 1776, en que se adoptó y proclamó la declaración de la independencia redactada por Jefferson, es especialmente interesante. La declaración se publicó en el Evening Post de Filadelfia el 8 de julio y el mismo día a las 12 fué leída desde una alta plataforma en el patio de la State-House por John Nixon, después de cuya ceremonia la campana de la torre del edificio dejó oír sus notas vibrantes, obediente al lema grabado en el bronce sonoro: «Proclama la libertad a través de nuestra tierra y a todos los que habitan en ella». En diciembre de 1776, el congreso invistió a Washington de poderes extraordinarios en adición de los que le fueron conferidos como comandante en jefe de las tropas revolucionarias. En junio 14 de 1777, resolvió que «la bandera de los trece Estados Unidos deberá componerse de trece fajas alternativamente rojas y blancas; y la unión deberá estar indicada por trece estrellas blancas, en campo azul, representando una nueva constelación». Después, el congreso se trasladó sucesivamente a Baltimore, Lancaster y York, regresando nuevamente a Filadelfia, para evitar ser capturado por las tropas británicas. La obra patriótica de la asamblea fué coronada con la proclamación ante el mundo de los artículos de la confederación, que tuvo lugar en Filadelfia el 10. de marzo de 1781, y desde entonces ella cambió su antiguo nombre por el de «Congreso de la Confederación».
La lucha revolucionaria termina virtualmente en el mismo año, con la rendición de Cornwallis, en Yorktown. El tratado de paz entre las colonias emancipadas y la madre patria se firmó en septiembre de 1783. «El general Washington,—dice Mr. Moore, se despidió de sus oficiales en Nueva York, el 4 de diciembre de 1783 e inmediatamente partió para Annapolis, donde el congreso celebraba sus sesiones en la antigua casa del estado de Maryland, para dar cuenta de su misión de comandante en jefe. Llegó a aquel punto el sábado 20, habiendo, durante el camino, recibido ovaciones del pueblo que lo aclamaba como salvador de la patria. El lunes siguiente se le ofreció un banquete dado en su honor por el congreso; y el martes 23 de diciembre se le acordó una audiencia en la cámara legislativa, que rebosaba con los delegados y espectadores, entre los cuales se encontraba su esposa Marta Washington, acompañada de sus dos nietos Nelly y Parke Custis. Afuera el pueblo llenaba el aire con aclamaciones entusiastas al héroe de la nación.»
Después de permanecer durante un año en Annapolis, el congreso se trasladó a Trenton y luego a Nueva York, donde permaneció durante cuatro años, hasta ser disuelto por el cambio de gobierno consiguiente a la jura de la constitución en 1789.
El primer congreso reunido bajo el imperio de la nueva constitución celebró sus sesiones en la misma ciudad, en Wall Street, hoy centro del mundo financiero, y en el edificio que todavía se conserva y que hoy está ocupado por la subtesorería de los Estados Unidos. «El edificio,—nos informa Mr. Moore,—fué edificado con ladrillo y piedra en 1700, costó 20.000 pesos y era considerado «una construcción muy imponente». En él tenían sus oficinas el presidente de la municipalidad, el concejo comunal, las cortes; y además servía de local a la biblioteca pública y hasta a la cárcel del condado. El congreso del timbre de 1765 se congregó en él, y allí tuvieron lugar muchas de las sesiones del congreso continental. Cuando se determinó transformar el viejo edificio en un «salón federal» para el nuevo congreso, los comerciantes de Nueva York suscribieron pesos 32.500 con ese propósito y la obra fué puesta en manos del mayor Pierre Charles L’Enfant, un ingeniero y arquitecto parisiense que llegó a América en 1777 y sirvió con honor en el contingente francés mandado por el conde d’Estaing. Después de la guerra, L’Enfant se estableció en Nueva York, donde hizo los planos de la iglesia de San Pablo y otros edificios, y finalmente, ganó la inmortalidad trazando el de la hermosa ciudad de Washington.»
Nada más curioso y característico que la narración que hace Mr. Moore del viaje de la comisión del congreso encargada de comunicar a Washington su elección de presidente de los Estados Unidos y el regreso de ella en compañía del héroe aclamado por las poblaciones del tránsito. Al leer esas páginas se respira un perfume de pureza y de sencillez republicana que conforta el espíritu y lo reanima. La altura moral de aquel hombre admirable y su dignidad tranquila, resaltan en cada una de las acciones de su vida; pero nada es más propio de su carácter ni lo retrata mejor que las cortas líneas que escribió en su diario, al despedirse de su mansión campestre para acudir al puesto de honor que se le confiaba:—«A eso de las diez de la mañana, dí mi adiós a Mount Vernon, a la vida privada y a la felicidad doméstica; y con una mente oprimida con sensaciones más penosas que las que puedo expresar por medio de palabras, salí para Nueva York con la mejor disposición para servir a mi patria en obediencia a su llamado, pero con menos seguridad de responder a sus esperanzas.»
La figura del estadista que trazó las líneas anteriores aparece hoy a los ojos de la posteridad como una de esas organizaciones elevadas que honran a nuestra especie y dignifican la humilde arcilla humana. Las pasiones políticas de su tiempo, sin embargo, se ensañaron más tarde en ella con ferocidad que en el día parece incomprensible. El pretexto de la denigración, o, por mejor decir, uno de los pretextos, pues ya había sido víctima de los tiros venenosos de Freneau en la National Gazette, en que también colaboró Jefferson, no obstante pertenecer al gabinete de Washington,—fué el tratado negociado por Jay con la Gran Bretaña. «El padre de su patria—escribe Mr. Moore—fué asaltado con una tormenta de vituperio, que en cuanto a malignidad, a indecencia y a carácter ofensivo, no ha tenido igual en la historia política americana. Los periódicos llenaban sus columnas con escandalosos artículos sobre la conducta de Washington en los asuntos públicos, y en las calles, en las reuniones públicas, donde quiera que se juntaban los indignados opositores al tratado, se propalaban viles calumnias sobre su carácter y su vida privada... Se le acusaba de violar la constitución y hasta se le amenazó con el juicio político... Thomas Paine tuvo la audacia de escribir a su respecto «que era traidor a la amistad privada e hipócrita en público», y que «el mundo encontrará difícil decidir si usted es un apóstata o un impostor; si usted ha abandonado los buenos principios o si jamás ha tenido ninguno». Tan malévolas y crueles fueron las acusaciones, que Washington exclamó amargado: «Preferiría estar en la tumba a estar en la presidencia». En una carta a Jefferson, añadió: «Soy acusado de enemigo de América, de someterme a la influencia de un país extranjero, y para probarlo, cada acto de mi administración es torturado... en términos tan exagerados e indecentes, que podrían apenas aplicarse a un Nerón, a un notorio desfalcador, o a un ratero vulgar (a common pickpocket)».
Continuar paso a paso, como lo hace Mr. Moore, esta crónica legislativa, equivaldría a trazar la historia de la Unión americana misma. Detengámonos solamente en algunos detalles interesantes recordados en su libro y que se relacionan con el congreso.—Tales son los que se refieren al Capitolio.—El 18 de septiembre de 1793, se colocó en Washington la piedra fundamental del soberbio edificio, después de una amarga controversia entre el arquitecto francés Hallate y el inglés Thornton, que presentaron planos para su construcción, y el primero de los cuales pretendía que el segundo le había sustraído la idea de dichos planos. Al fin los comisionados del gobierno fallaron la causa en favor de Thornton, a quien se concedió el primer premio, mientras a Hallate se le dió el segundo premio de 250 pesos y fué nombrado uno de los arquitectos del Capitolio con sueldo anual de 2.000 pesos. La ciudad de Washington, en aquel año, no era sino un vasto desierto pantanoso, donde se alzaban unas cuantas casas dispersas en la inmensa soledad poblada de arboledas. Hasta 1800 no fué posible habilitar el edificio del congreso, y el 17 de noviembre de aquel año las sesiones del de la sexta legislatura se celebraron en el ala norte del Capitolio, que aún no estaba completa. Los que visitan hoy el admirable monumento y sus alrededores, no pueden menos de admirar la anticipación, genial que tuvieron de la grandeza futura de su patria, sus promotores y constructores. Bajo la presidencia de Jefferson, que acostumbraba pasear a caballo por las calles de Washington, visitando a sus amigos e inspeccionando los trabajos urbanos, la obra recibió un nuevo impulso con el nombramiento de Benjamín Henry Latrobe, que completó sus dos alas ligándolas entre sí por un puente de madera.
En 1812 estalló la guerra con la Gran Bretaña, «la segunda guerra de la independencia», como ha sido popularmente llamada. Después de varios encuentros en que la fortuna de las armas traicionó en tierra a los americanos, en agosto de 1814, una escuadra británica, mandada por el almirante Cockburn, bajó de la bahía de Chesapeake al río Patuxent y desembarcó un cuerpo de ejército, a las órdenes del general Ross, que se dirigió a la capital por territorio de Maryland. La resistencia opuesta por el general Winder, que mandaba las tropas americanas, fué inefectiva. «El ejército invasor,—dice Mr. Moore,—entró en Washington en la tarde del 24 de agosto y acampó en los jardines del Capitolio. Los soldados hicieron algunas descargas a las ventanas del «abrigo de la democracia yankee», como el almirante Cockburn llamó al edificio, y luego penetraron al ala usada por la cámara de representantes. Cockburn fué escoltado hasta la silla del presidente por el general Ross y con un fino despliegue de dignidad legislativa, llamó a la asamblea al orden en medio de aclamaciones y risas. Preguntó si el edificio debía ser quemado. «Todos los que estén por la afirmativa, digan sí»—vociferó. Hubo una respuesta unánime y se dió entonces la orden de aplicar la antorcha. Los soldados despojaron a la biblioteca de sus libros y sus cuadros y los amontonaron en el centro del recinto de la cámara. El fuego se propagó rápidamente por el Capitolio, que en menos de una hora quedó convertido en ruinas. La casa del presidente y otros edificios públicos fueron incendiados. Después de destruir una buena parte de la ciudad, los ingleses se retiraron silenciosamente la noche siguiente, se embarcaron y se dieron a la vela».
Con el incendio del Capitolio, el congreso se vió obligado a celebrar un período de sesiones en el Union Pacific Hotel, edificio erigido en 1793, y llamado comúnmente el Gran Hotel por la amplitud de sus proporciones. En ese tiempo se habló mucho de trasladar la sede del gobierno a Nueva York o Filadelfia, pues las condiciones de Washington como lugar de residencia eran muy deficientes y el partido que sostenía la traslación fué llamado de los «capital movers». Sin embargo, los partidarios de Washington prevalecieron y en 1815 se autorizó, por ley, al secretario del tesoro para hacer un empréstito de medio millón de dólares con el objeto de aplicar esa suma a la reconstrucción de los edificios del gobierno. Una casa grande adyacente a la parte oriental del Capitolio fué alquilada por el congreso, mientras se edificaba el nuevo Capitolio, bajo los planos de Latrobe, a quien pertenecen todos los honores de la nueva forma grandiosa que revistió más tarde el soberbio palacio.
El congreso decimocuarto se distinguió principalmente por su sanción de la tarifa promulgada en 1816. Ella fué la primera que intentó proteger eficazmente lo que Madison llamó «the infant industries» de los Estados Unidos. Hasta aquel tiempo—escribe Mr. Moore—las tarifas de aduana habían tendido principalmente al propósito de asegurar renta, quedando en segundo término el sistema de protección, poco favorecido por los grandes partidos políticos. En 1790, Alejandro Hamilton, en un informe sobre manufacturas, abogó en favor de la política proteccionista de las industrias domésticas, pero nada se hizo en este sentido hasta 1812. Las manufacturas del país habían adquirido cierta importancia, particularmente durante el período del embargo de 1808 a 1811 y las ventajas de desarrollarlas por medio de la protección fiscal se discutieron con empeño. Al empezar 1812 los derechos de importación fueron doblados, como una medida de circunstancias.
Mientras la guerra progresó, la importación europea disminuía y aumentaba la producción doméstica monopolizando el mercado americano... Las condiciones cambiaron con la terminación de la lucha, y el influjo del comercio exterior obligó a los manufactureros a clamar por protección. Los armadores de Nueva Inglaterra, cuyos navíos transportaban una buena porción de importaciones, se opusieron al pedido. Temían perder el comercio exterior de transporte y denunciaban la protección «como una simple prolongación de ese plan de restricción comercial y de intervención oficial que ha envuelto al país en tantas calamidades». El antagonismo de tendencias económicas a que se refiere Mr. Moore subsiste hasta hoy y acaba de manifestarse nuevamente con motivo de las negociaciones con Canadá. De todos modos, la tarifa de 1816 estableció derechos específicos moderados y derechos ad valorem que fluctuaban entre 7 ¹⁄₂ y 30, y fueron los votos del Sur y del Oeste los que la hicieron triunfar en las cámaras legislativas.
El congreso décimosexto se hizo memorable por la resolución del problema político conocido en la historia parlamentaria de los Estados Unidos por «Missouri Compromise», la transacción de Missouri. «Los estados libres y los estados esclavócratas—dice el distinguido profesor Goldwin Smith sintetizando este episodio—habían sido hasta entonces admitidos por parejas en la Unión, un estado esclavócrata y uno libre, de manera que se conservaba el balance político entre los dos intereses, no en la cámara de diputados en que la representación era por número de habitantes, sino en el senado, en que cada estado grande o pequeño, tenía dos miembros. El pedido de Missouri, que forma parte de la compra de la Louisiana y en el cual prevalecía la esclavitud, para ser admitido como estado, amenazó desequilibrar la balanza y despertó el latente pero mortal antagonismo reinante entre la libertad y la esclavitud. La conciencia nacional, aunque entorpecida por la política, nunca había estado enteramente dormida. Entre los cuáqueros de Pennsylvania, ella permanecía despierta. Los enemigos de la esclavitud pidieron su exclusión de Missouri como una condición previa de su entrada en la Unión. Su lucha con los partidarios de la esclavitud fué larga y enconada. Ella produjo una colisión entre la cámara nacional y el senado federal. Cuando la cuestión estaba aparentemente arreglada, la disidencia rompió en una nueva forma. Pero al fin prevaleció el temor por la estabilidad de la Unión, que en aquel tiempo había llegado a ser objeto de veneración general, y se llegó a una transacción por la cual todo el territorio al norte del paralelo 36 grados 40 minutos, con excepción del incluído en Missouri, quedaba asegurado en favor de la libertad y todo el territorio al sur de esta línea era abandonado a la esclavitud. La balanza política al mismo tiempo fué equilibrada por la admisión simultánea de Maine, y la tregua obtenida de este modo duró por 20 años, probando por su duración la importancia suprema que daba a su Unión el pueblo americano.»
En el primer cuarto de siglo, el congreso americano contó con leaders que no han sido reemplazados hasta hoy. Las figuras de Henry Clay, de Daniel Webster, de John C. Calhoun y de Thomas Hart Benton,—se destacan de las páginas de Mr. Moore con un relieve extraordinario. Nada más tentador que detenerse en la pintura de estos caracteres eminentes, recordando algunos de los rasgos de su personalidad, como lo ha hecho el autor de The American Congress y como acaba de hacerlo Mr. Oliver Dyer en su interesante estudio sobre el «Gran triunvirato» publicado bajo el título de Giants of the Past and fiery issues. Es necesario limitarse para no alargar demasiado este boceto, a dejar constancia de algunas costumbres peculiares que menciona Mr. Moore y que prevalecían en la cámara. Así, «los diputados se sentaban siempre en la cámara con sus sombreros puestos, costumbre que venía desde el congreso continental. Se consideraba una muestra de gran honor por parte de la cámara el «descubrirse» por algo o por alguien. El speaker cuando se levantaba para llamar la atención de la asamblea, se quitaba el sombrero. Hacia 1830 se establecieron cuartos de perchas y gradualmente fué extinguiéndose el hábito de conservar el sombrero durante la sesión. En ambas casas del congreso había grandes urnas de plata llenas del más escogido y fragante rapé «Maccaboy» y «Old Scotch», colocadas de manera que los miembros pudieran usarlo libremente. El uso del rapé era entonces muy común y no era raro ver a un orador desbordando de elocuencia en el recinto de la casa o del senado, interrumpirse repentinamente, caminar hasta la urna del rapé, llenarse la nariz, estornudar dos o tres veces, hacer flamear un pañuelo a cuadros y después regresar a su puesto y reasumir su arenga... Los representantes durante un número considerable de años fueron muy aficionados a una bebida conocida por «switchel» y era una parte del deber diario de cierto empleado fabricar una generosa provisión de dicho refresco. El «switchel» se componía de melaza, gengibre y agua pura de la celebrada fuente del Capitolio, todo «perfumado» con el más fino ron de Jamaica. Se consumía muchos galones diarios de la bebida y cuando el debate era apasionado, la provisión era renovada varias veces. En cada casa había cortadores de plumas especiales, que enmendaban las plumas de ganso usadas por los miembros, así como selladores oficiales que se ocupaban solamente en sellar con lacre rojo todas las cartas y paquetes. Era costumbre hacerlo todo de una manera muy formal y los métodos simples estaban proscriptos del recinto.»
La tarifa de 1828 produjo aquel gran debate que se recuerda todavía como el más elocuente que registran los anales parlamentarios de la gran república. El duelo oratorio entre Robert Y. Hayne, de South Carolina, «el Aquiles del Sur», y Daniel Webster, el eminente campeón de Nueva Inglaterra, es un episodio clásico de la leyenda legislativa americana y él figura en todos los tratados políticos como un modelo para las generaciones futuras. El triunfo obtenido por la soberbia arenga de Webster desconcertó por un tiempo a sus adversarios, pero las ideas de independencia absoluta o de separatismo permanecían latentes, manifestadas en la famosa «Ordinance of Nullification», que dió motivo a Calhoun para medir sus armas con el vencedor de Hayne. En aquel torneo tomó también una parte prominente Thomas Hart Benton y sus resultados, favorables a la integridad de la Unión, se sintetizaron en la ley de aduana de transacción de Clay, promulgada en 1833. «Cuando se preguntó al general Jackson, muchos años después,—dice Mr. Moore—qué medida hubiera tomado con Mr. Calhoun y los otros nulificadores si ellos hubieran persistido en su camino, él replicó con su antiguo ardor: «Colgarlos, señor, colgarlos. Habrían servido de escarmiento a los traidores de todos los tiempos y la posteridad lo hubiera considerado la mejor acción de mi vida».—Otro debate memorable tuvo lugar con motivo de la ley de concesión del Banco de los Estados Unidos, vetada por el presidente Jackson en abierta oposición con la mayoría de los legisladores. Los representantes de los whigs o republicanos nacionales, en aquel tiempo, contaban con miembros eminentes en el congreso, como sucedía también con los demócratas. En el elenco de aquel alto cuerpo figuraban los nombres de siete futuros presidentes de los Estados Unidos, Polk, Buchanan, Johnson, Pierce, Tyler, Fillmore y Lincoln.
La anexión de Tejas y la guerra de México, que fué su consecuencia, dió motivo a largas discusiones, relatadas por Mr. Moore de una manera clara y comprensible. No está de más extractar la narración sucinta que nos hace de este episodio histórico. La inmensa región de más de 200.000 millas cuadradas que los Estados Unidos reclamaron como una parte de la compra de la Louisiana, pero que fué entregada a España en cambio de la cesión de Florida, llegó a ser una provincia o departamento de México conocido por Tejas. En 1820, un residente de Missouri, llamado Moses Austin, que conocía la fertilidad de la región, obtuvo una concesión de las autoridades españolas para establecer en Tejas una colonia americana... La colonia de Austin fué seguida por otras y pocos años después hubo varios miles de americanos establecidos en Tejas. Declarada la independencia de México, en 1834 el general Santana, a la cabeza de un ejército de mercenarios, se alzó contra la constitución mejicana, abolió la soberanía de los estados y con el título de presidente, se hizo jefe de un despotismo militar. Todos los estados, excepto Tejas, le rindieron sus armas, y en octubre de 1835 el general Cos fué enviado a Tejas para forzarlo a la obediencia... Los tejanos se organizaron en compañías y lograron desalojar al general Cos de sus fortificaciones en San Antonio primero y luego del territorio del estado. Entretanto, el pueblo declaró la independencia y adoptó el nombre de República de Tejas... Tres meses después de la derrota del general Cos, la República de Tejas fué invadida por Santana con un ejército de 5.000 hombres, que fueron también derrotados en la batalla de San Jacinto por una fuerza bajo el mando del general americano Sam Houston. Santana reconoció la independencia de la república y aceptó al Río Grande como límites entre México y el nuevo estado. El congreso mejicano, sin embargo, desaprobó el acuerdo, pero como ninguna tentativa se hizo por parte de México para restablecer su soberanía, los Estados Unidos, a la par de Inglaterra, Francia y Bélgica, reconocieron la nueva república. Poco tiempo después Tejas pidió ser admitida en la Unión Americana. Rechazada dos veces su tentativa, la cuestión de la anexión llegó a apasionar la opinión pública y a convertirse en un asunto de primordial interés. El sur, que trataba de extender el territorio esclavócrata, favorecía la anexión, mientras el partido llamado del libre suelo se oponía fuertemente a ella. Al fin triunfaron los primeros y Tejas fué admitido como estado, produciendo la guerra con México, en que tan mala suerte cupo a la vecina república, desmembrada por el vencedor.
La acción del congreso americano durante la rebelión que puso en peligro la existencia de la Unión, llena un crecido número de páginas de la obra interesante de Mr. Moore. Las agitaciones de aquellos días tumultuosos, las diversas medidas financieras adoptadas para proveer recursos con que llevar a cabo la lucha gigantesca, todos los incidentes dramáticos de la época, desfilan a nuestros ojos en una sucesión brillante, hasta concluir con la enmienda décimatercia de la constitución que hizo al presidente Lincoln el emancipador de cuatro millones de esclavos. No menos interesante que la historia de aquellos acontecimientos, llenos de lecciones políticas y morales, es la narración del juicio político del presidente Johnson.
Los demás detalles contenidos en la obra que me ha dado ocasión para hacer esta rápida revista de una parte de la vida legislativa americana, tales como la ley de compra de plata de Sherman, la tarifa MacKinley, el arbitraje del mar Behring, y las terribles escenas que presenció el senado cuando Mr. Blaine exhibió las cartas de Mulligan, son demasiado conocidos y recientes para que sea necesario sino mencionarlos de paso. Baste decir que en el curso de los años, el prestigio del congreso americano ha crecido constantemente y, a pesar de algunos pasajeros eclipses, el nivel de sus deliberaciones ha sido siempre digno de la grandeza y altura moral de la gran república. Los problemas que está llamado a afrontar ahora van a poner como nunca a prueba las dotes de estadista de sus miembros y el sentimiento de justicia de que ellos están animados. Las miradas del mundo entero están fijas en la próxima asamblea y pronto veremos si ella amengua o enaltece la gloriosa tradición de los padres de la república.
X
MARAVILLAS DE LA PISCICULTURA
La Comisión de Pesquerías de los Estados Unidos se fundó por una ley del Congreso de 9 de febrero de 1871 que autorizó el nombramiento de un funcionario con el título de Commissioner of Fish and Fisheries. Sus deberes fueron definidos de la siguiente manera: «Emprender investigaciones a propósito de la diminución de peces valiosos, con el objeto de averiguar en qué partes de las costas y lagos de los Estados Unidos se había producido dicha diminución y en qué proporción: las causas de la misma; las medidas de precaución, de prohibición o protección de la pesca que debían adoptarse en dichas circunstancias». Para desempeñar ese cargo, fué nombrado el profesor Baird, eminente hombre de ciencia que se encontraba en la primera fila de los investigadores biológicos y autor de centenares de memorias que le habían conquistado una reputación universal. Bajo la dirección acertada de aquella eminente persona,—se ha dicho con razón,—la ciencia pura y aplicada empezaron a obrar juntas en la Comisión de Pesquerías con sus representantes respectivos trabajando en los mismos laboratorios, hasta el punto de que el éxito de la piscicultura en los Estados Unidos valió a su iniciador, en 1880, el gran premio de la Exposición Internacional de Berlín, por la cual fué designado «el primer piscicultor del mundo».
Los trabajos de la comisión se dividieron en tres secciones:
1.ª Investigación sistemática de las aguas de los Estados Unidos y problemas físicos y biológicos que ellas presentan. Los estudios científicos de la comisión están basados sobre una interpretación liberal y filosófica de la ley. Al trazar sus planes originales el comisionado insistió en que el mero estudio de los pescados alimenticios («foodfishes») carecería de importancia real y que para llegar a conclusiones útiles sería necesario arrojar las bases de investigaciones de carácter puramente científico. La historia biológica de las especies de valor económico debe ser comprendida desde el principio hasta el fin; pero no menos necesario es conocer la historia de los animales y las plantas de que dichas especies se alimentan o a las cuales sirven de nutrición; la historia de sus enemigos y amigos, y de los amigos y enemigos de sus enemigos y amigos, así como todo lo relativo a las corrientes, temperaturas y otros fenómenos físicos de las aguas en relación con la migración, reproducción y crecimiento. Un acompañamiento necesario de esta División es la recolección de material para investigaciones futuras destinado al Museo Nacional y otras instituciones análogas.
2.ª Investigación de los métodos de pesquerías del pasado y del presente, estadísticas de la producción y comercio de los productos de pesquería. Siendo el hombre uno de los principales destructores de los peces, la influencia de éste sobre su abundancia debe ser estudiada. Se examinarán los métodos y aparatos para la pesca usados en los Estados Unidos comparándolos con los de otras naciones, con el objeto de suprimir los que amenacen la destrucción de peces útiles y reemplazar los ineficaces por otros más serviciales. Se reunirán estadísticas de la industria y del comercio para el uso del Congreso, al ajustar tratados o al imponer tarifas, así como para mostrar a los productores los mejores mercados y a los consumidores dónde y cómo sus necesidades pueden ser suplidas.
3.ª Introducción y multiplicación de peces alimenticios útiles a través de todo el país, especialmente en aguas sometidas a la jurisdicción del gobierno general o aquellas que sean comunes a varios estados, ninguno de los cuales se manifieste dispuesto a incurrir en gastos en beneficio de los otros. Esta parte de la obra de la comisión no entraba en el programa primitivo de sus trabajos, pero fué incluída en él a pedido de la Asociación de Piscicultura Americana, cuyos representantes solicitaron al Congreso que votara fondos especiales para este propósito. Dichos fondos han continuado votándose en aumento todos los años y la propagación de los peces es al presente la rama más importante de las labores de la comisión, tanto respecto al número de hombres empleados como a la cantidad de dinero gastado.
Sobre estas líneas generales y con estos propósitos y métodos de organización, se han emprendido y siguen llevándose a cabo los trabajos de la Comisión de pesquerías. En muchos departamentos ella ha contado con la ayuda desinteresada de hombres de ciencia americanos, pero la mayor parte de los resultados obtenidos se deben al celo e inteligencia de los miembros y funcionarios oficiales de la misma.
Como las más importantes pesquerías están localizadas a lo largo del Atlántico Norte, las costas de este distrito han sido objeto de más activas operaciones y en ellas se han establecido estaciones diversas, provistas de laboratorios y todo lo necesario para el mejor resultado de los estudios que se llevan a cabo. Durante la estación del verano, en cada una de dichas estaciones se recogen peces de las riberas, se colocan trampas para la caza de animales imposibles de obtener en otra forma, y se rastrilla por medio de dragas y albanegas el fondo del mar a distancias tan grandes como las que puede alcanzar un vapor en tres días de viaje. Para realizar estos diversos trabajos, en 1880 se construyó un vapor especial de 450 toneladas y en 1883 se añadió a él otro de 1.000 toneladas, bautizado el Albatros y que es el más perfecto que existe en su género.
Mr. Brown Goode en una interesante monografía consagrada a este tema, sumariza de la manera siguiente los trabajos de la Comisión de Pesquerías: «Uno de sus rasgos más importantes,—dice,—ha sido la preparación de historias biológicas de los principales pescados y la acumulación de gran cantidad de material relativo a cada una de las diversas especies. Una parte de este material ha sido publicado, debiendo mencionarse especialmente las monografías biográficas sobre el blue fish, el scup, el menhaden, el salmon, el white fish, la alosa, la macarela, el pez espada, etc., etc., En conexión con los estudios de piscicultura se ha prestado una atención especial a la embriología. Los tiempos de cría y hábitos de casi todos nuestros peces han sido estudiados así como sus relaciones con las temperaturas del agua. La historia embriológica de un cierto número de especies, tales como el bacalao, la alosa, el salmón, la macarela española, la lobina, la percha blanca, las almejas y las ostras han sido escritas bajo los auspicios de la comisión. Muchos otros problemas han sido estudiados por los especialistas que trabajan en ella. Uno de ellos, por ejemplo, ha sido la determinación de la causa de las manchas rojas del bacalao salado, tan perjudiciales para el comercio de este artículo. El profesor Farlow descubrió que esta enfermedad se debía a la presencia de una especie de alga parecida a la sal de uso ordinario y dió instrucciones por medio de las cuales dicha plaga ha sido considerablemente reducida. La temperatura del agua en su relación con los movimientos del pescado ha sido objeto de una atención especial. Se hacen observaciones regulares durante los trabajos del verano en las varias estaciones de incubación y a dichas observaciones cooperan los empleados de los Faros, y de las Estaciones de Salvataje situadas a lo largo de las costas. Un resultado práctico de estas investigaciones ha sido la demostración de la causa del fracaso de las pesquerías de arenque en la costa del Maine en 1879 y un curso de estudios semejante, recientemente llevado a cabo por el coronel Mac Donnell, parece explicar las fluctuaciones recientes en la pesca de la alosa.
«Una serie de contribuciones verdaderamente notables ha sido recibida por la Comisión de Pesquerías de parte de los pescadores de Cape Ann. Cuando dicha Comisión estableció sus oficinas en Gloucester, en 1878, se desarrolló un interés general por el trabajo zoológico que ella realizaba en medio de las tripulaciones de los barcos de pesca y desde aquella época todos ellos rivalizaban en su empeño por encontrar nuevos animales. Su actividad era estimulada por la publicación de la lista de sus donaciones en los periódicos locales; y el número de distintos lotes de especímenes recibidos en poco tiempo, llegó a exceder todas las previsiones. Muchos de esos lotes son grandes, consistiendo en tarros de cristal en que los peces se conservan en alcohol. Casi todos los botes de pesca llevaban consigo esos recipientes y los traían llenos en cada viaje. De esta manera se adquirieron especímenes de cerca de sesenta mil clases de pescados, muchos de los cuales hubiera sido imposible de obtener en otra forma».
Fuera de estos estudios, la Comisión de Pesquerías ha realizado admirables investigaciones con motivo de las causas de la diminución de los peces. En relación con este punto, existe una distinción marcada entre lo que se llama la exterminación de una especie y la destrucción de una pesquería. La primera es poco frecuente y parece imposible tratándose de especies americanas, mientras que la segunda es de ocurrencia diaria, especialmente en regiones limitadas. Así los mamíferos acuáticos, como las focas, pueden ser exterminadas y su destrucción, en efecto, ha dado origen a controversias y dificultades internacionales de un carácter grave entre Inglaterra y los Estados Unidos. En el caso de animales fijos como la esponja, la almeja y la ostra, las colonias o lechos pueden ser exterminados, como se corta una selva. La conservación de este último marisco especialmente es de importancia vital para los Estados Unidos, pues su cultura y su pesca emplea a miles de personas y alimenta a muchos millones en este país. La Comisión de Pesquerías ha conseguido proteger el desarrollo de estas culturas de una manera eficaz y su éxito en este sentido es uno de los hechos más admirables de la historia científica de la gran república.
Haría sumamente extenso este estudio si continuara dando una idea detallada de todos los terrenos en que se ejercita la actividad de la Comisión de Pesquerías. Voy a limitarme a extractar rápidamente algunos de los detalles de los trabajos realizados por ella en el año 1897. Según Mr. John J. Brice, durante la estación de desove del bacalao, en las estaciones de la costa del Atlántico, en el año referido, se recogieron 180 millones de huevos de los cuales 98 millones produjeron pescadilla que fué puesta en libertad en los criaderos establecidos a lo largo de Massachussetts. De esta manera se aseguraron 40 millones de peces más que el año anterior. Terminada la diseminación del bacalao, se procedió a propagar el rodaballo en una escala mayor de lo que se había hecho hasta el presente, obteniéndose 64 millones de pescadilla de una colección total de 80 millones de huevos. Para extender más la propagación de la langosta, el más importante crustáceo que existe en las aguas de los Estados Unidos y cuyo número decrece rápidamente, se resolvió no sólo cubrir una gran región de la costa, sino hacer recolecciones sistemáticas de manos de los pescadores que operan en toda la región del Atlántico Norte. Como resultado, a pesar de la insignificancia del desove, se recogieron 128 millones de huevos de langosta que produjeron 115 millones de langostinos, o sea un aumento de 20 millones sobre la producción del año anterior. Persiguiendo el propósito de probar la facilidad que ofrecen ciertos ríos que desaguan en la costa del Sur Atlántico, antes de establecerse los criaderos auxiliares se hicieron observaciones cuidadosas sobre los movimientos, alimentación y crecimiento de la alosa en varias partes de los mismos durante el invierno. Al llegar la primavera, el vapor de la Comisión, Fish Hawk, entró en la boca de los mencionados ríos con el objeto de recoger huevos y reunió 27 millones pertenecientes a aquella especie, que unidos a los recolectados en el Potomac, en el Susquehanna y en el Delaware, hacen un total de 203 millones recogidos durante la estación, o sea 55 millones más que el año precedente. Para probar la posibilidad de la introducción del salmón de California en aguas del Este, se transportaron 5 millones de huevos de una estación situada en la costa de aquel Estado y de ellos se obtuvieron 4 millones de pescadilla de salmón que fueron diseminados en el San Lorenzo, el Hudson y el Delaware. El siguiente cuadro muestra el número de huevos, de nueve de las más importantes especies, recogidos en los tres años últimos:
| ESPECIES | HUEVOS RECOGIDOS | AUMENTO SOBRE 1895 | ||
|---|---|---|---|---|
| en 1897 | en 1896 | en 1895 | ||
| Bacalao | 180.000.000 | 140.000.000 | 140.000.000 | 40.000.000 |
| Rodaballo | 80.000.000 | 11.000.000 | 9.263.000 | 70.787.000 |
| Langosta | 128.000.000 | 105.000.000 | 82.000.000 | 46.000.000 |
| Alosa | 203.000.000 | 148.000.000 | 118.000.000 | 85.000.000 |
| Trucha de Lago | 16.000.000 | 16.000.000 | 16.000.000 | — |
| White Fish | 200.000.000 | 125.000.000 | 234.000.000 | — |
| Salmón del Atlántico | 2.000.000 | 2.800.000 | 983.000 | 1.817.000 |
| — de agua dulce | 1.000.000 | 324.000 | 100.000 | 900.000 |
| — de California | 75.000.000 | 37.000.000 | 10.000.000 | 65.000.000 |
Respecto a los resultados económicos obtenidos por el desarrollo extraordinario de las pesquerías americanas, baste decir que esta industria produce una renta anual de más de 45 millones de dólares, que la introducción de la alosa en el Pacífico da un rendimiento anual de 20.000 dólares y el mismo pez, en el Atlántico, rinde dos millones de dólares anualmente, y eso debido principalmente a los trabajos de la comisión de pesquerías. Añadiendo que más de un millón de hombres, mujeres y niños dependen de esta industria y se mantienen merced a ella, se tiene una idea aproximada de la magnitud a que ahora alcanza en esta nación tan opulenta y progresiva.
Un distinguido escritor francés, que es al mismo tiempo un hombre de ciencia bien conocido, M. Henry de Varigny, ha hecho plena justicia a la organización admirable de la institución de que vengo ocupándome, y como sus palabras sintetizan en una forma brillante los resultados de sus observaciones sobre las labores que ella lleva a cabo, no puedo hacer nada mejor que transcribirlas a continuación:
«Bajo el punto de vista de la piscicultura,—dice,—el nuevo Continente ha marchado con pasos gigantescos. En la actualidad existen en los Estados Unidos y en el Canadá 80 estaciones de incubación, de las cuales 66 corresponden a los Estados Unidos y que producen una cantidad de pescadilla de 15 a 20 especies diferentes que varía entre un billón y medio a dos billones anuales. La Europa, que tiene más de 400 estaciones análogas, verdad que en su mayor parte pequeñas y mal acondicionadas, no alcanza a producir 300 millones de pescadilla y en ese total la parte de la Francia es muy reducida, pues la mayor parte corresponde a la Alemania y a la Deutsche Fischerel-Verein. La piscicultura, sin embargo, nació en Francia y tomó allí su primer impulso. ¿Deberemos creer que las instituciones, como las especies animales o vegetales, prosperan mejor en un medio nuevo que en el de su origen? La comisión federal de pesquerías, en todo caso, ha hecho maravillas. Dispone de un buen presupuesto, pero saca de él un partido excelente. Su obra es muy variada y el programa de su trabajo es muy amplio. Ha hecho mucho por repoblar los ríos y aclimatar en ellos especies nuevas. El cat-fish, por ejemplo, ha sido objeto de sus cuidados, pero ha hecho más todavía en favor de las especies que son objeto de industrias importantes. Tal sucede con la alosa. Este pez, muy bueno y muy apreciado en otro tiempo, abundó mucho en la costa atlántica de los Estados Unidos; pero perseguido en la época reproductora cuando deja el mar y a la manera de los otros anadromos se introduce en los ríos para depositar allí sus huevos, esta especie ha disminuido considerablemente. Uno de los primeros cuidados de la Fish-Commission, desde su origen, fué tentar la piscicultura de esta especie. No ha tenido mucho trabajo para realizarlo. La recolección de los huevos es fácil: basta apretar suavemente el vientre de las hembras y los huevos salen casi por persuasión; el germen prolífico de los machos se obtiene del mismo modo y los huevos se fecundizan lo mismo en un receptáculo que en el fondo de un río, o aún mejor, pues los riesgos de pérdida disminuyen y el número de fecundaciones aumenta en proporción. En consecuencia, se han instalado estaciones para la recolección de los huevos y para la incubación de éstos.
«Para producir dicha incubación basta algunos receptáculos en que el agua se renueva incesantemente: aparatos muy ingeniosos han sido inventados por Mr. Marshall MacDonald en particular, y en 5 o 6 días, si el tiempo es propicio, la pescadilla aparece bullente, delicada, casi transparente. Se le lanza al agua para que cada uno se maneje como pueda. Los resultados son tan buenos que para aumentar el número de la pescadilla se ha inventado la construcción de un vapor acondicionado para estación de Piscicultura. Dicho vapor se dirige a las proximidades de los puntos de pesca; envía sus botes hacia las barcas en que un empleado experto recoge los huevos y los gérmenes, que son conducidos a bordo e instalados en aparatos de incubación algunos de los cuales ocupan un laboratorio especial y otros cuelgan en el agua sobre los bordes del navío, alternativamente sumergidos y sacados del «radical húmedo» por medio de una excéntrica. Todo eso ha sido concebido muy ingeniosamente, funciona a la perfección y a la labor de la comisión se debe la repoblación gradual que beneficia a los pescadores.
«La alosa no existía en el Pacífico y se pensó que tal vez sería posible aclimatarla en él. Con transporte de los huevos, de la pescadilla o de vagones especialmente acondicionados para el transporte de los huevos, de la pescadilla o de los pescados adultos, éstos hicieron la travesía de los Estados Unidos en 1871 en número de 12 mil y fueron arrojados a las aguas del río Sacramento. Más tarde se transportó cerca de un millón de partidas sucesivas. El resultado no se hizo esperar: dos ó tres años después de la primera siembra se encontraban alosas adolescentes en el Sacramento, que con el tiempo se convirtieron en respetables matronas, madres Cigogne por la fecundidad, como la mayor parte de los pescados, pues es sabido que un solo bacalao encierra a veces hasta 10 millones de huevos. El medio les convenía a las mil maravillas. La especie se multiplicó y se extendió. Del mar a donde bajaba en el otoño remontó a la primavera a casi todos los ríos de la costa del Pacífico, y en la actualidad desde San Francisco a Vancouver, la alosa abunda en 3.200 kilómetros de costa. Una prueba bien sencilla de su abundancia se encuentra en el hecho de que al principio la alosa valía en California de 6 a 7 francos la libra: actualmente se vende de 10 a 20 centavos. Esta pesquería produce cerca de 150 mil francos por año y para establecerla se han gastado 25 mil. Ha sido un buen negocio y una buena acción. Es también un experimento interesante. Se ve por él que la naturalización aún a distancias considerables es perfectamente posible y este es un ejemplo alentador. Podría suceder muy bien que la tentativa de que se trata tuviera consecuencias imprevistas y no sería sorprendente que la alosa franqueara la distancia relativamente corta que separa la América del Asia y se instalara sobre la costa Oriental de la última.»
XI
JOHN HAY
El telégrafo ha llevado a todos los ámbitos del orbe civilizado la noticia de la suspensión de las hostilidades, como un preliminar del tratado definitivo de paz entre los Estados Unidos y España, que debe ser ajustado por una comisión mixta de representantes de ambas naciones, que se reunirán en París, antes de octubre próximo. Las negociaciones han sido rápidas, merced no tanto al deseo de la península, como a la energía del embajador francés, M. Cambon, que actuó como su representante y que explicó claramente al señor Sagasta la inutilidad de pretender apelar a términos dilatorios. Así, hasta el fin de esta deplorable cuestión, los políticos españoles han actuado con una ignorancia incomprensible del carácter de este pueblo y de los procedimientos de su diplomacia. Al recibir la respuesta del gobierno de Washington, estableciendo las exigencias de los Estados Unidos para terminar la campaña, ellos creyeron posible, por medio de notas y argumentos jurídicos, obtener una modificación de las condiciones impuestas. La pretensión de España fué considerada como un acto de mala fe por los leaders americanos, y por un momento todo estuvo en peligro de malograrse. Felizmente, M. Cambon obtuvo aplazar el rompimiento de las negociaciones, y el gobierno de Madrid tomó al fin el camino único que le quedaba, y se sometió sin reserva a la ley del vencedor.
Si los consejeros de la reina regente hubieran demostrado la misma sensatez y cordura en su manejo de la cuestión de Cuba, desde el principio de sus dificultades con la gran república, ¡cuánto sufrimiento y cuántos sacrificios se habrían evitado! Desgraciadamente, desde el primer momento reinó entre ambos adversarios un mal entendu completo y permanente. Jamás podrá caber en la cabeza de un americano que un gobierno que puede vender por una fuerte suma de dinero un territorio que no está en condiciones de defender, y que infaliblemente tendrá que perder por la fuerza, se obstine en no realizar una operación comercial a todas luces ventajosa. Entre el castellano y el yankee hay un abismo insalvable de ideas, de educación, de carácter, de instintos y modalidades que han llevado a ambos países a la crisis terrible que termina con el desastre de España. Si hay algo incomprensible, sin embargo, en la presente cuestión, es la ignorancia absoluta de los políticos de la península, sobre el poder efectivo y los recursos militares de esta nación. ¿Cómo pudieron imaginarse un solo minuto los estadistas españoles, que estaban en condiciones de ofrecer a este coloso la más mínima resistencia? Lo único que disculpa esta ceguedad, es que ella era más general en Europa de lo que cualquiera imaginaría.
El embajador francés M. Cambon ha sido durante una semana el hombre más en evidencia en los Estados Unidos. Es un diplomático distinguido, y sin duda un hombre de suerte. No ha permanecido seis meses en los Estados Unidos y las circunstancias lo han puesto en el caso de escribir su nombre al pie del protocolo que termina la campaña hispanoamericana. Su antecesor, M. Patenôtre, que hace muchos años estuvo en Buenos Aires como secretario de legación, está hoy en Madrid. Casado con una americana, su posición aquí era excelente y debe sentir sin duda su alejamiento de un país que conoce a fondo, y donde pudo prestar servicios de importancia.
Con la firma del protocolo del día de hoy, el secretario de estado Mr. Day abandona su cartera para tomar un descanso exigido por su salud antes de empezar las nuevas tareas que se le han confiado, de presidente de la comisión americana, destinada a ajustar los términos del tratado de paz definitivo. El funcionario que sale, posee dotes de circunspección y de carácter altamente apreciables. Es un hombre silencioso y frío, de aspecto tímido y delicado. Durante el tiempo en que Mr. Sherman figuró a la cabeza del departamento de estado, el verdadero secretario fué Mr. Day. Un ministro extranjero, famoso por sus bons mots, refiriéndose al estado mental de Mr. Sherman, al mutismo de Mr. Day y a la sordera del segundo subsecretario, Mr. Adee, decía en aquel tiempo: «Es imposible entenderse con un departamento compuesto de un hombre que no piensa, un hombre que no habla y un hombre que no oye». Las condiciones cambiaron pronto. El juez Day ha estado acompañado por Mr. John B. Moore, internacionalista y profesor de gran mérito, que también anuncia su intención de retirarse, y en cuanto al señor Adee, que habla el español y el francés con rara perfección, sus dotes son tan caballerescas y distinguidas que solamente como una broma sin importancia puede repetirse el chiste en que su nombre está envuelto.
Para sustituir al señor Day ha sido designado Mr. John Hay, actual embajador americano en Londres. Como sucede con muchos hombres superiores, él es más conocido por lo que menos importancia tiene en su valiosa obra intelectual. Sully-Prudhomme se subleva ante el calificativo exclusivista de «autor del Vase Brisé». John Hay, para un buen número de sus compatriotas, no es el autor de la obra monumental escrita en colaboración con Nicolay, sobre la vida de Lincoln, ni de las seductoras inspiraciones de los Wanderlieder, sino el cantor popular de Jim Bludso y Little Breeches. Por mi parte, confieso que tal vez no hubiera tenido la curiosidad de estudiarlo detenidamente, si una circunstancia feliz no hubiera puesto en mis manos, entre otras muchas producciones, uno de sus libros más seductores: Castilian Days. El brillo del talento penetrante, que se desprende de cada una de las páginas de aquella obra, la belleza de su estilo, fluido y elocuente, la seguridad de criterio y delicadeza de análisis que distingue su trama fina y consistente me bastaron desde el primer momento para evaluar la importancia del escritor y el peso de la autoridad legítima de que debe gozar en los centros intelectuales de su patria. No existen sensaciones más gratas que la de estos encuentros fortuitos con personalidades eminentes cuya existencia no se sospechaba. Ellas sólo son posibles para los que estudian un país con ansia de penetrarlo y comprenderlo, pero al mismo tiempo con esa deficiencia de información natural del que sólo posee los grandes rasgos distintivos de su nacionalidad, y esas figuras salientes, clásicas y consagradas por el didacticismo de la crítica oficial que se destacan de los manuales de literatura corriente y que, antes de llegar a los Estados Unidos, se recogen en la obra de Stedman sobre los poetas de América, y en los compendios de John Nichol y Charles Richardson sobre literatura americana. Los largos desfiles de nombres que llenan las páginas de aquellos trabajos están lejos de agotar el catálogo de los escritores eminentes de esta nación.
Al lado, y codeándose con ellos, existen inteligencias superiores, críticos penetrantes, oradores elocuentes, poetas delicados que esperan la hora de la consagración definitiva y que están en el período de la plena producción. Muchas veces es en ellos donde se encuentran los elementos típicos del carácter intelectual de una nación. La lectura de uno de sus versos citados incidentalmente en la página de un crítico, despierta de pronto nuestro interés, y nos impulsa a procurar sus obras. El estudio de uno de sus libros nos sugiere una invencible curiosidad respecto a la vida y las condiciones personales del autor. Inquirimos entonces los antecedentes y los detalles de su carrera, y el vínculo intelectual que nos liga con el nuevo espíritu encontrado tiene toda la seducción y el encanto de esas amistades de ocasión, de esos lazos sólidos que por circunstancias mínimas se forman a veces en el ocaso de la vida y que ayudan a hacer más ligero el viaje fatigoso.
John Hay nació en Salem (estado de Indiana), el 8 de octubre de 1838, y desde los primeros años de su vida se distinguió por sus excelentes aptitudes literarias. Estudió leyes en Springfield e ingresó al foro en el estado de Illinois en 1861, interrumpiendo sus labores para trasladarse a Washington, como secretario del presidente Lincoln, a quien acompañó hasta el momento de su muerte, con una lealtad que no se ha desmentido un minuto, y con una consagración que nada ha debilitado. Durante el tiempo que permaneció a su lado lo acompañó también como edecán y ayudante. Sirvió más tarde por varios meses bajo las órdenes del general Hunter y del general Gilmore. Al final de la terrible guerra de secesión entró en el servicio diplomático, como secretario de legación y encargado de negocios en París, de 1865 a 67, y estuvo en la última categoría en Viena, de 1867 a 68. Después fué trasladado a Madrid como secretario de la misión confiada al general Sickles, de la cual ha dicho el año pasado Emilio Castelar: «América envió uno de sus más inquietos, pero también uno de sus más inteligentes y más audaces políticos, Mr. Sickles. Cuantos desempeñaron la cartera de estado y la presidencia del consejo y del gobierno, saben que diplomático tan experto no nos dejó vivir, teniéndonos en un pie, desde el 29 de junio de 1869 hasta enero de 1874, en que presentó su dimisión. He conocido pocos estadistas más pertrechados de noticias políticas que Sickles. Al dedillo sabía los comentarios clásicos de la constitución americana. Respecto a tradiciones, alegaba todas las imaginables; y cuando a mano para su litigio no las había, inventábalas con una fertilidad envidiable de ingenio. Encarecíamos su amistad y presentábamos sus buenos oficios. Mas luego se decía encargado: primero, de proponer la independencia cubana; segundo, de imponer a Cuba el rescate a oro de la unión histórica con España, hipotecando al pago el valor de todas las propiedades públicas y los rendimientos arancelarios; tercero, de agenciar una tregua o armisticio entre los beligerantes hasta la terminación del conflicto.»
El año 1870, John Hay regresó a los Estados Unidos, y entró en la redacción de Tribuna de Nueva York, siendo más tarde redactor en jefe de dicho diario, durante la ausencia de Mr. Whitelaw Reid. Durante la administración del presidente Hayes, fué subsecretario de estado. Tomó parte activa en muchas de las campañas presidenciales que desde 1876 han agitado a su país. Representó a éste en el congreso Sanitario Internacional de Washington, de que fué elegido presidente. Luego fué llevado a Londres, donde, como hemos dicho, desempeñó la embajada de los Estados Unidos.
El bagaje literario de John Hay no es de los más pesados, si exceptuamos su colaboración en la prensa, que daría probablemente materia para muchos volúmenes, y los diez compactos tomos de Abraham Lincoln, la mitad de los cuales, por lo menos, deben haber sido escritos por él. Se ha dicho hace mucho tiempo que éste es el mejor modo de llegar a la posteridad. No creemos sea éste el pensamiento que ha limitado la producción intelectual del autor de los Días castellanos. Nos parece más bien que su sobriedad relativa nace de la circunstancia que se revela claramente en sus obras de que él no es un literato «profesional». Las famosas Pike County Ballads son la gageure humorística de un perfecto hombre de mundo, de un refinado y de un artista exquisito, que se da el lujo de hacer hablar a sus héroes en una jerga peculiar, slang del bajo pueblo, dialecto pastoso y fantástico de los negros americanos que torturan la prosodia y ponen muecas simiescas en la gimnástica flexibilidad de la pronunciación inglesa. Ninguna traducción puede dar una idea de la curiosa gracia de esta poesía. Ella es tan imposible de trasladar a otra lengua como lo sería verter al inglés o al alemán las décimas gauchescas de nuestro Estanislao del Campo, o los productos similares de la musa popular española escritos en el caló gitano que tanto deleitaba a Mérimée. Se necesita un conocimiento íntimo del idioma, una familiaridad relativa con la curiosa psicología de la masa popular americana y del alma primitiva del «hombre de color», para gozar con la belleza peculiar de las Baladas del condado de Pike. Otros escritores de este país han ensayado algo análogo con un éxito desigual. Bret Harte, quizá por la mayor amplitud de su producción, ha sido citado como el maestro del género. Pero, lo que en el autor de las escenas californianas es un sistema, en John Hay, es un accidente. Y es en esto precisamente que reside lo picante de la aventura, en este contraste enorme entre el hombre de letras fino, espiritual, imbuído de arte y habituado a la atmósfera de los más altos círculos aristocráticos, y el negro maquinista de una de sus Baladas, el generoso y rústico Jim Bludso, el patrón de la Bella Pradera, con manos ennegrecidas por el carbón y el humo de la hornalla, con «una esposa en Natchez al pie de la colina y otra en Pike», con su ingenua petulancia y su fondo de nativa grandeza, empeñado en no dejar vencer en velocidad a su embarcación y jurando que «si alguna vez la Bella Pradera se incendiaba, él la mantendría con la proa contra el banco, hasta que la última alma saliera a la playa»:
And if ever the Prairie Belle took fire,—
A thousand times he swore,
He’d hold her nozzle agin the bank
Till the last soul got ashore....
El cumplimiento de la promesa del héroe anónimo, es el tema de la balada; lo que es imposible expresar es la ligereza conmovida e insouciante al mismo tiempo con que el trágico suceso está tratado, es el íntimo sentimiento que se desprende de sus estrofas ante el sacrificio de Jim Bludso, víctima de su deber, y cuya «alma subió sola, envuelta en el humo de la Bella Pradera». La simpatía que inspira al poeta el humilde maquinista, se contagia al lector, y se siente pena de no poder conocer al bravo negro, mientras en el fondo del corazón despiertan un eco los últimos versos de la pieza encantadora: «No fué un santo, pero en el día del Juicio final apostaría en favor de Jim, contra algún piadoso caballero, que no se hubiera dignado cambiar con él un apretón de mano. Vió su deber, una cosa tan segura como la muerte; lo cumplió entonces sin vacilar; y Cristo no será demasiado duro para un hombre que murió para salvar a otros hombres»:
He weren’t no saint,—but at jedgment
I’d run my chance with Jim,
Longside of some pious gentlemen
That would not shook hands with him
He seen his duty, a dead—sure thing,—
And went for it thar and then;
And Christ ain’t a going to be too hard
On a man that died for men.
La misma emoción humana y sencilla, risueña y melancólica al propio tiempo, se desprende de Pantaloncillos (Little Breeches). Se trata en esta ocasión de un padre que acude a la ciudad para vender legumbres y acompañado de su pequeño Gabe «a quien ninguno de los muchachos de cuatro años del condado supera en hermosura y en fuerza, activo, brillante y conservador, siempre dispuesto a jurar y a pelear». Su padre ha querido hacer su educación perfecta «y lo ha enseñado a mascar tabaco, para conservar la blancura de sus dientes de leche».
And I’d larnt him to chaw terbacke:
Jest to keep his milk-teeth white...
Little Breeches, a pesar de estas condiciones y de esta precocidad, se pierde en medio de una tormenta de nieve y su padre lo busca en vano desesperado y lleno de angustia. Al fin, cuando ya lo considera muerto por el frío, el famoso Pantaloncillos es hallado debajo de uno de esos cobertizos donde se refugian los corderos durante la noche, alegre y calentito, y su primera palabra es para pedir «una mascada». ¿Quién pudo llevarlo allí? se pregunta el padre de Pantaloncitos, y su ingenua filosofía encuentra inmediatamente la solución del problema: «Los ángeles. Nunca pudo haber marchado en medio de esa tormenta, si ellos no lo hubieran acarreado y conducido hasta el punto en que se encontraba sano y caliente. Y pienso que salvar a un muchachito de esa manera, es un negocio mejor que estar haraganeando alrededor del Santo Trono»:
¿How did he git thar? Angels.
He could never have walked in that storm.
They jest scooped down and toted him
To whar it was safe and warm.
And I think that saving a little child
And fotching him to his own,
Is a derned sight better business
Than loafing around the Throne.
Las observaciones del sargento Tilmon delante de un comité de la punta de Spunky, y que relata la acción heroica de Banty Tim, son aún más difíciles de saborear para un paladar extranjero y lo mismo sucede con el episodio del bizarro Golier, que cubre con su cuerpo el de un niño y le sirve de escudo, recibiendo las balas que podían haber cortado el hilo de aquella frágil existencia:
Said he, «When they fired, I kivered the kid.—
Although I am’t pretty I’m middlin’ broad;
¡And look! he ant’t fazed by arrow nor ball,—
¡Tank God! my own carcase stopped them hall.»
Then we seen his eye glaze, and his lower jaw fall—
And he carried his thanks to God.
Pero no está de más repetirlo: la mención descarnada de los argumentos de estas canciones no da siquiera un pálido reflejo de su gracia, de su originalidad, de la perfección de sus versos repletos de humour y de color local. Ninguna crítica puede definir y reproducir estos matices, a menos de comentar y explicar largamente, palabra por palabra, cada una de estas curiosas producciones. Pero al leerlas se comprende la justicia de la popularidad de que gozan y los elogios que su sola mención provoca en cualquier grupo literario.
Ningún contraste más marcado que el que existe entre las cinco Baladas del Condado de Pike, y el resto de los Poems de John Hay. Las peculiaridades de su estilo le dan un puesto aparte en la literatura poética de su patria. Los temas que busca, el modo de tratarlos, su preocupación de asuntos políticos de actualidad, el cosmopolitismo de sus ideas, y de sus conocimientos literarios son otros tantos rasgos que definen sus personalidad y caracterizan su talento. Al final del volumen se encuentran algunas bellas traducciones de Henry Heine; y la predilección que John Hay muestra por este poeta arroja una nueva luz sobre su modalidad intelectual. Hay en muchas de sus composiciones, en efecto, algo que recuerda la manera alternativamente humorística y melancólica del autor del Reisebilder, una emoción contenida que se disfraza en una sonrisa burlona, un fino sentimiento de la ironía y un amor a la libertad que se manifiesta, por ejemplo, en La esfinge de las Tullerías o en la Aurora en la plaza de la Concordia. El poeta alemán reclamaba como su mejor título a la gloria, el haber sido «un bravo soldado en la guerra libertadora de la humanidad». Creo que algo semejante puede decirse del distinguido autor americano, del secretario de Lincoln, aquel protector de los humildes y los esclavos, enemigo de todos los despotismos y de todos los lazos que traban la independencia moral y política de las naciones. Recorramos ligeramente la poesía últimamente citada. Es en el año 1865 y el poeta se encuentra al despuntar el alba en los Campos Elíseos. Los últimos girones de las sombras nocturnas cuelgan sus crespones en el techo de las Tullerías, y cubren con una nube vaporosa la espiral del obelisco de Luxor. A las dudosas claridades del alba «con sus crines de mármol encendidas, se encabritan los blancos caballos de Marly». La plaza de la Concordia «descansa en el silencio de la muerte debajo de los cielos cenicientos». La leyenda del pasado se presenta a sus ojos en una evocación solemne. «Ve la mística llanura en que el ejército de espectros sacrificados en la larga vida de guerra del emperador marchan con pasos sin resonancia al sonido de trompetas cuya voz ha muerto. Su jefe espectral todavía los encabeza—el relámpago de ultratumba de su acero, como un cometa, brilla distante a través de la bruma, y la hueste silenciosa corre, invisible a los ojos del gendarme, a lo largo de la ancha vía obscura y misteriosa donde tronó el ejército de Italia cruzando al marchar por el grande y pálido Arco de la Estrella»:
I see the mistic plain
Where the army of spectres slain
In the Emperor’s life-long war
March on with unsounding tread
To trumpets whose voice is dead.
Their spectral chief still leads them.
The ghostly flash of his sword
Like a comet through mist shines far.
And the noiseless host is poured,
For the gendarme never heeds them.
Up the long dim road where thundered
The army of Italy onward
Through the great pale Arch of the Star.
La legión solemne se desvanece, para dar lugar a otro grupo de sombras que desfilan y llenan el aire haciéndose más obscuras mientras el día invade el silencio de la plaza. «Hay una que parece un rey, y se diría que la forma aurea de una corona todavía sombreara su cabello emblanquecido en la prisión; puedo oir el pesado sonido de la guillotina, como su nota regicida resonó aquí, cuando aquél entregó su vida cansada y creció valiente en su última desesperación. Y una mujer hermosa y frágil que llora al dejar un mundo de amor, de alegría y de pecado para ser violentamente arrojada al vasto desconocido (¡ay! ¡su vida profana era tan dulce con reyes a sus pequeños y blancos pies!). Y otra verdadera reina en toda su persona, reina en la vida y en la muerte, cuya sangre bautizó la plaza en los días de la locura y del terror,—y cuya sombra jamás ha tenido igual en su doble don de gracia y majestad». El enjambre de los asesinos, de los sacrificadores, que fueron a su turno sacrificados, repugna a la conciencia noble y varonil del poeta. En las manos de la libertad él ve las manchas indelebles que mostraba Macbeth, la sangre de aquel rey y de aquella reina mezclada a la de tantos valientes anónimos y generosos que clama al cielo con mayor justicia que la de los grandes de la tierra. ¿De qué ha servido tanto sacrificio y tanto dolor? se pregunta con angustia. «Cuando la Libertad, con los ojos resplandecientes, se mostraba contenta a través del dolor de su alumbramiento, ¿qué madre hubiera conocido que su dolor y su esfuerzo iban a ser vanos? Un amable servidor sonreía cuando ella le confió el cuidado de su hijo: ¿conoció acaso que pensaba ahogar al niño cuando descansara adormecido en sus brazos?».
As Freedom with eyes aglow
Smiled glad through her childbirth pain,
How was the mother to know
That her woe and travail were vain?
A smirking servant smiled
When she gave him her child to keep.
Did she know he would strangle the child
As it lay in his arms asleep?
La tristeza de los tiempos no nubla la esperanza del porvenir y del triunfo inevitable de la buena doctrina: «Y cuando en la buena hora de Dios, llegue el tiempo de los bravos y los sinceros, la Libertad se levantará de nuevo con una llamarada en sus temibles ojos, que fulminará a este asaltante del poder, como el sol seca al rocío. Que esta plaza resuene con la voz del alegre pueblo triunfante, y los cielos se regocijen con el repique de los bronces que saluden con júbilo ruidoso desde lo alto de cada campanario, el anuncio de la venida de los tiempos mejores. Que los primeros resplandores de la Libertad que despierta esparzan sus rayos a lo lejos, como el día que está rompiendo en el grande y pálido Arco de la Estrella, y vuelen a través de la gran ciudad, mientras tocan las campanas de la alegría turbulenta, para coronar la Gloria que brota de la Columna de Julio».
And when in God’s good hour
Comes the time of the brave and true,
Freedom again shall rise
With a blaze in her awful eyes
That shall wither this robber-power
As the sun now dries the dew.
This Place shall roar with the voice
Of the glad triunfant people,
And the heavens be gay with the chimes
Ringing with jubilant noise
From every clamorous steeple
The coming of better times.
And the dawn of Freedom waking
Shall fling its splendors far
Like the day which now is breaking
On the great pale Arch of the Star,
And back o’er the tonn shall fly,
While the joy-bells wild are ringing
To crown the Glory springing
From the Colum of July.
Esta nota social y humanitaria se repite varias veces en el volumen de los poemas. Hemos mencionado La esfinge de las Tullerías, destinada a predecir el advenimiento de un Pueblo-Edipo que destruya el poder de la fiera dinástica. En la Oración de los romanos resalta el mismo voto en favor de la libertad vencedora al fin del báculo y la corona. Cuando la visión de una humanidad mejor no exalta la imaginación del poeta e inspira himnos triunfales a su musa, él hace oir la elegía dolorosa que llora la decadencia de una nación y su sometimiento al yugo extranjero. Es necesario recorrer en el original inglés La rendición de España, para ver hasta qué punto es en él elocuente la expresión de estos sentimientos que ¡ay! tienen hoy una actualidad dolorosa y palpitante. «Tierra del indomable Pelayo; tierra del Cid Campeador!—¡madre de hombres ceñida por el mar! ¡España! nombre de gloria y poder;—cuna de emperadores que han apresado el mundo, tumba del descuidado invasor,—¡cómo has caído, España mía! ¡cómo te has hundido en esta funesta hora! En otros tiempos tus magnánimos hijos pisaban victoriosos los pórticos del Asia;—en otro tiempo las olas del Pacífico se encrespaban gozosas para mirar tus banderas,—por tí fué que Trajano condujo las águilas de la batalla a Dacia;—por tí fué que Cortés plantó tu estandarte en los confines del mar.—¿Has olvidado esos días iluminados de gloria y honor,—en que las lejanas islas del mar se estremecieron bajo la pisada de Castilla?—¿en que cada tierra bajo los cielos estaba cubierta por la sombra de tus pendones? ¿en que cada rayo del sol fulguraba en tu conquistador acero?—Entonces, a través de rojos campos de matanza, a través de muerte, desastres y derrotas,—todavía flameaba enhiesta tu bandera hecha girones, pero sin mancha,—y ahora al advenedizo Saboya te encorvas para pedir un amo. ¡Cómo la roja llama de su vergüenza mancha la altiva belleza de España! ¿Acaso se ha enfriado la enardecida sangre que hervía en el Genil y en el Darro? ¿No son ya cantados a los hijos los altos hechos de sus mayores? ¿En las sombrías colinas del norte no has oído hablar de ningún labriego Pizarro? ¿No vaga ningún porquero Cortés oculto por las silvestres orillas del Tajo? ¿Otra vez debe Hispania inclinarse bajo el yugo de un extranjero? No, ella se erguirá de nuevo arrojando sus grillos al mar. ¡Pequeño príncipe del Piamonte! inconsciente te has desposado con la duda y con el peligro, Rey de hombres que han aprendido todo lo que cuesta ser libres.»
Al lado de estos acentos vibrantes que resuenan como un toque de clarín, los Poemas de John Hay contienen numerosas composiciones cortas, verdaderos lieders a la manera de Heine y de Goethe, por la artística belleza de su forma, tanto como por el sentimiento profundo que las inspira. La índole tan peculiar de la lengua inglesa hace sumamente difícil traducir en verso cualquiera de esas piezas delicadas y elegantes. Su concisión terrible, el vigor de sus expresiones, la exactitud de sus términos, desafían todo esfuerzo y hacen la empresa casi insuperable. La única manera de dar una pálida idea de ellas, algo semejante a lo que el gran poeta alemán llamaba du clair de lune empaillé, es tal vez apelar a nuestra fácil rima asonante en los octosílabos, para trasladar la medida de la séptima forma del verso yámbico inglés. Si alguien desea intentarlo, le recomendamos que lo haga con la balada titulada Ernst of Edelsheim.
La influencia germánica que se nota en ella persiste en muchos de los lieders que llenan una de las secciones del libro New and Old. Y aplicamos de nuevo este nombre a ese género de poesía, porque creemos que ningún otro conviene mejor a estos cantos de dimensiones reducidas, en que la idea se cristaliza en una forma diáfana y transparente que concentra la emoción y la espiritualiza. ¿No os parece oír el eco lejano de esos delicados suspiros poéticos de la musa alemana, al leer poesías como la siguiente? «Cuando las violetas brotaban y la claridad del sol llenaba el día, y las aves gozosas cantaban himnos al mes de mayo,—una palabra que llegó a mi oído obscureció la belleza de la escena y en mi corazón era invierno, aunque los árboles estaban verdes. Ahora las ráfagas del vendaval arrebatan las hojas muertas, amarillentas y secas; las selvas lamentan la agonía del año; me llega una palabra que ilumina con éxtasis el espacio, y en mi corazón es verano, aunque los árboles estén marchitos y desnudos.» Sin duda, no hay en esta dulce canción, ningún arrebato lírico, ninguno de esos grandes pensamientos que, en un relámpago genial, hacen penetrar sus rayos hasta el fondo de las simas más obscuras. Pero la ingenua dulzura de su ritmo, la sencillez tierna y melancólica de sus versos, dan a esta clase de inspiraciones un encanto seductor, y es tal vez en ellas donde se encuentra esa gota del néctar divino de la verdadera poesía, que brota desde el fondo del alma y fluye sin esfuerzo como el agua de un manantial cristalino.
Es necesario no tomar desde luego por rasgos definitivos y permanentes lo que sólo son detalles pasajeros en la obra poética de John Hay. Lo que predomina en ella, sobre todo, y lo que la caracteriza mejor, es la variedad de los tonos de su paleta y de las notas de su lira. Así, incurriría en un craso error el que juzgando sólo por Ernst of Edelsheim o el lieder a que acabo de referirme, englobara a su autor en el número de los imitadores más o menos felices de Goethe o Heine que existen en la literatura actual de todas las naciones. La verdad es que donde quiera que se abra el volumen de los Poemas resalta un cuadro original, una inspiración personal, el eco de una suave sinfonía. Y al pasar de un poema a otro, admira esa condición que un crítico francés llama la permeabilidad del talento, don del artista de organización sensible, apto para trasladarse con el pensamiento a todas las regiones y a todas las épocas, y multiplicar su alma en avatares sucesivos.
Hemos hablado del cosmopolitismo de las inspiraciones de John Hay y en las pocas poesías citadas hemos dado, sin pensarlo, un ejemplo palpable de esta condición. Hemos visto, en efecto, cómo este ciudadano eminente de la gran república que marcha hoy a la cabeza de los más viejos pueblos de la tierra, ha pensado como un francés meditando en la Plaza de la Concordia y refiriéndose a la esfinge de las Tullerías, como un español sublevándose ante la dominación de Amadeo, como un italiano cantando el advenimiento de la nueva Roma. Su amplia simpatía liberal y humana, comprende todas las causas nobles y las apoya sin esfuerzo. Y como si esto no satisficiera su sed insaciable de emociones diversas y de espectáculos nuevos, también ha cultivado el exotismo, de que es un espécimen curioso el poema titulado Sueño de bric-à-brac. La escena de esta graciosa fantasía se desarrolla en la patria de Mme. Chrisanthème, en el pintoresco Niphom, donde el poeta se imagina «viajando entre campos de te, reclinado en su jinrikisha, y viendo a través de las ondulosas llanuras levantarse y perderse entre los cielos azules el alto cono del señorial Fusi-yama». Al fin ordena a los portadores que se detengan delante de lo que parecía un almacén de porcelana y penetra en él. «Una medrosa alegría, semejante a la de un dulce pecado, atravesó mi pecho mientras observaba todo sorprendido, transportado y maravillado. Porque toda la casa estaba compuesta de un solo cuarto y en una transparente y agradable opacidad, llena de esos aromas extraños y fuertes que pertenecen al maravilloso Oriente, ví, arriba, alrededor, debajo, un espectáculo capaz de inflamar el corazón ardiente, y colmar el alma más ansiosa,—una infinita riqueza de bric-à-brac». Todo el que tiene algo de artista, comprende el encanto del poeta ante aquellas estatuas de bronce viejas y raras, formadas con destreza insuperable, con trajes que ondulaban en el aire, henchidas por la eterna voluntad del arte; y delicados netsukes de marfil, más ricos en tono que el queso de Cheddar, de santos y de ermitaños, de gatos y perros, torvos y disformes guerreros y estáticos batracios. Y sigue así el catálogo brillante, fantástico de las riquezas acumuladas en aquel recinto, dos páginas de exuberante colorido, cuya fraseología exótica recuerda algunos capítulos de la descripción que de su casa hicieron los Goncourt, y cuya riqueza descriptiva emula la del Gautier de Albertus al pintar el antro de Verónica. Sólo que en este cuadro japonés las tintas son más dulces y risueñas, los colores más claros, las imágenes más seductoras, y en vez de la vieja bruja, hermana de Meg y de Circé, en el fondo de la tela aparece una delicada figurita de geisha, infantil y pequeña, que parece resumir toda la belleza del lugar, tan llena se mostraba de gracia oriental, desde sus oblicuos ojos y rostro bruñido, hasta sus pequeños pies bronceados y dorados. «Era una muchacha del viejo Japón; su diminuta mano sostenía un abanico dorado, que esparcía fragancia por todo el cuarto; sus mejillas ostentaban la pálida frescura de los pimpollos; en sus ojos obscuros brillaba un lánguido fuego, y sus labios rojos respiraban un vago deseo; sus dientes, de perla inmaculada, dulcemente proclamaban su estado de doncella. Su traje estaba tieso con el oro bordado, sus misteriosos pliegues se enroscaban alrededor del cuerpo sin permitir sospechar en dónde sus exquisitas formas abrigadas, podían reposar perfectamente escondidas, semejante a una perla encerrada en una concha demasiado grande. ¡Era tan acicalada, tan pequeña, tan suave, que se hubiera dicho que algún dios jocoso, con un festivo gesto, hubiera tomado una larga y flexible muchacha y hecho con ella un gracioso nudo. Traté de hablar y encontré ¡oh felicidad! que no necesitaba intérprete; conocía suficiente japonés para besar—no tenía otro pensamiento sino éste; y ella con sonrisa y sonrojo divino pareció propicia a mi balbuceante plegaria; mi pensamiento era suyo, el de ella era mío en la suave lógica de mi sueño. Mis brazos colgaban alrededor de su talle sutil, cuya forma trazaban a través del oro y la seda, y alegre cual la lluvia que sigue la sequía, besé y besé sus brillantes labios de carmín.»
So quaint, so short, so lissome, she,
It seemed as if it well might be
Some jocose god, with sportive whirl.
Had taken up a long lithe girl
And tied a graceful knot in her.
I tried to speak, and found, oh, bliss
I needed no interpreter:
I knew the Japanese for kiss,—
I had no other thought but this:
And she, with smile and blush divine,
Kind to my stammering prayer did seem,
My thought was hers, and hers was mine,
In the swift logic of my dream.
My arms clung round her slender waist,
Through gold and silk the form I traced,
And glad as rain that follows drouth,
I kissed and kissed her bright red mouth.
Todos estos brillantes arabescos, estos juegos malabares de la rima y del pensamiento, no muestran sino una de las formas más fugitivas de la poesía de John Hay. Para penetrar hasta el fondo del alma y del sentimiento de este autor es necesario leer varias veces las poesías de argumento místico que contiene el volumen de los Poemas. Es en ellas donde aparece de cuerpo entero el hombre de su raza, y de su pueblo, el filósofo y el moralista cristiano, imbuído en ese profundo espíritu de religiosidad que es el distintivo más marcado de la civilización a que pertenece. La unción de esos cantos que se llaman Mount Tabor, Religion and Doctrine, Sinai and Calvary, Israel Guy of the Temple, etc., es la manifestación más franca del talento simpático que se muestra en todas las páginas de los Poemas. En ellos todo es solemne y elevado, todo tiene la pureza de la palabra evangélica que ilumina el corazón y lo redime. Al abordar estos temas, parece que la misma forma del verso se purifica y depura. Las baladas populares con su slang humorístico y sus proezas de negros se olvidan por completo; las chinoiseries curiosas y las leyendas germánicas desaparecen para dar lugar al acento de la verdadera inspiración que dilata en el verso sus vibraciones sonoras corno resuenan bajo las bóvedas de un templo las notas del órgano majestuoso.
Castilian Days es un libro de juventud, de impresiones vibrantes, de cuadros rápidos trazados con empuje entusiasta y ardorosa independencia, de fallos y condenaciones apasionadas, mezclados con elogios justicieros y algunas veces exagerados. Su autor, al publicarlo muchos años después de escrito, se vió ante la disyuntiva de rehacerlo de nuevo o dejarlo intacto en su forma primitiva, y optó con acierto por el segundo término del dilema. El conjunto de ese curioso panorama en que desfilan las costumbres, la política, el arte, la historia contemporánea y el recuerdo persistente del pasado, es excelente e interesante. Las páginas de la obra palpitan, sacudidas por una ráfaga de inspiración que no decae. Las agitaciones de los acontecimientos de aquellos días revolucionarios, que preceden y siguen el efímero reinado de Amadeo y a la frágil república de retóricos encabezada por Castelar, trasmiten a los Días Castellanos un carácter de actualidad palpitante y le dan una importancia histórica que aumenta y hace resaltar la belleza literaria. Porque es necesario decirlo claramente: este libro es uno de los más interesantes que ha inspirado la tierra legendaria y seductora, amada de los artistas y de los poetas, que vió nacer a Cervantes, y cuya historia ha llenado el mundo con el prestigio de su grandeza y el brillo de sus hazañas. No pocos de los episodios que relata el autor, y que en su tiempo conmovieron al mundo entero, hoy tienen una poderosa seducción retrospectiva en su dramática sencillez. Tal sucede con el famoso duelo del duque de Montpensier y el príncipe Enrique de Borbón, de resonancia tan universal y de resultados tan trágicos y que está narrado en los Días Castellanos con un arte admirable que despierta la emoción del lector y la mantiene en una tensión incesante. La rápida sucesión de los acontecimientos de nuestra época envuelve aquel suceso en las brumas de un pasado ya muy distante. La transformación que, a partir del año 70, ha experimentado la Europa, hace que las luchas de aquellos días nos parezcan más lejanas de lo que en realidad lo están por el cómputo del tiempo. El adversario feliz en el desgraciado encuentro, después de una larga vida de retiro y soledad, descansa también en el eterno sueño. Y al recorrer hoy la crónica narrada por el señor Hay, de los antecedentes y de los detalles de aquel combate singular que por sus proporciones y por sus circunstancias se diría una página arrancada de la historia medieval, se desprende un sentimiento de melancólica filosofía ante la fugacidad de las pasiones y de los odios sangrientos, que pasan y se desvanecen con el tiempo, y la eterna verdad que nos enseña la infinita vanidad de todas las ambiciones y lo efímero de las glorias y los triunfos de la tierra.
Castilian Days no es tan sólo un libro hermoso, sino también un libro original. Pocas naciones como España han tenido el privilegio, no diré si feliz o desgraciado, de tentar la pluma de los escritores amantes de lo pintoresco y del color local. Es difícil, por eso, al ocuparse nuevamente de la descripción de sus costumbres y sus monumentos, no repetir algo de lo que otros han dicho con mayor o menor elegancia y exactitud. Así, a pesar del indudable talento descriptivo de D’Amicis, su Spagna trae involuntariamente a la memoria, a cada instante, esa maravilla de estilo que Gautier llamó Tras los montes y que como todas las obras del mismo género de su autor, es un libro difícil de superar. Gautier y D’Amicis, por otra parte, son talentos de la misma índole, de la misma escuela y de la misma sangre: Las originalidades de la tierra del Cid, lo realmente característico de las modalidades del carácter castellano, no puede ser apercibido en sus matices más finos, en sus gradaciones más ínfimas por un escritor de la raza y de la escuela de aquéllos. Hay todo un orden de sentimientos y de sensaciones que, naturales en mayor o menor grado a todos los hombres de nuestra sangre, despiertan profundamente el interés de un descendiente de anglosajón. Las ceremonias del culto católico, tan curiosas en España, por ejemplo, tan llenas de colorido y tan dignas de llamar la atención del filósofo y del artista, no pueden herir el espíritu de un italiano o de un francés con la misma violencia que el de un alemán o un norteamericano. Y esta misma observación se aplica a todo un orden de ideas que se relaciona con la política, con la literatura, con el arte. Así, el duelo de los Borbones, descripto por un D’Amicis o un Dumas, daría lugar a un cuadro palpitante de realidad y de vigor, notable sobre todo por su faz plástica y pictórica. Bajo la pluma del señor Hay, él adquiere proyecciones considerables y de su narración se desprende un sentimiento nuevo que no hubiera tenido cabida ni ocasión de manifestarse en la obra de un escritor menos preocupado por su origen y sus sentimientos religiosos, de la lección moral a que se presta el encarnizamiento sanguinario de aquel combate. Leed la página siguiente relativa al Corpus Christi y veréis resaltar la forma especial en que en esta obra interesante, se mezcla la descripción y el comentario de las escenas que hieren la imaginación del autor. «El gran día de fiesta de la iglesia durante el año, es el de Corpus Christi. En este día la hostia es conducida, en solemne procesión, a través de las calles principales, acompañada por los altos funcionarios del estado, por varios batallones de cada arma del ejército, en uniforme de gala, y un vasto séquito de eclesiásticos en las más suntuosas estolas y casullas que contiene su grandeza. Las ventanas, a lo largo de la línea de marcha, están alegremente decoradas con estandartes y tapices. El trabajo se suspende en absoluto y la población entera se viste de fiesta. La Puerta del Sol,—que en esta estación fulgura con luz deslumbrante,—rebosa de pacientes madrileños cubiertos con sus mejores trajes, las doncellas de mejillas morenas con sedas flotantes como en un salón de baile y sin protección contra el cielo ardiente a no ser el abanico, que sostienen con sus manos sin guantes. Como todo es tardío en esa bendita tierra, hay dos o tres horas de charla callejera, antes que la sagrada presencia se anuncie por el sonido de campanillas de plata. Mientras la soberbia estructura de filigrana de oro adelanta, un movimiento de reverente homenaje vibra a través de la multitud. Olvidados de las sedas y de los bordados y de la conversación, todos caen de rodillas en una masa colorida, e inclinando sus cabezas y golpeándose el pecho, murmuran sus mecánicas plegarias. Hay pensadores que dicen que estas exhibiciones son necesarias; que la mente latina necesita ver con ojos absortos las cosas que reverencia, so pena de que el objeto adorado se marchite en su corazón. Si no existieran catedrales y misas, dicen, no existiría religión; si no hubiera rey, no habría ley. Pero no podemos aceptar con demasiada prisa esta teoría etnológica de la necesidad que rechazaría todos los principios del progreso y del bien positivo y condenaría a la mitad del género humano a niñez perpetua».
John Hay es un hombre de gran fortuna y personalmente un caballero de prendas distinguidas y de trato muy agradable. Su residencia en Washington es una de las más espléndidas y elegantes de la capital, edificada en estilo romanesco, con un amplio hall ricamente amueblado, un hermoso comedor en que durante su permanencia en la ciudad se dan espléndidas fiestas semanales y una biblioteca magnífica tapizada de obras de arte. Mr. Hay tiene ahora 60 años y es en todos respectos uno de los tipos representativos más interesantes de esta democracia pujante y dominadora.
XII
«AMERICAN IDEALS»
La terminación de las hostilidades con España pone a los hombres públicos de esta nación en el caso de encarar los problemas de la guerra. A la verdad, ellos son complejos y numerosos; pero nadie los contempla con desconfianza, sabiendo que después de todo, serán resueltos de una manera tranchante y de conformidad con los intereses de la gran república. A medida que pasan los días y que van llegando informes del campo de las operaciones militares, salen al mismo tiempo a lucir muchos detalles que no parecen calculados para mantener el prestigio administrativo de este país. Sin duda, las críticas son todavía veladas y reticentes, porque entre las virtudes americanas figura más de lo que se cree, una que desgraciadamente no poseen los argentinos y que forma en cambio uno de los rasgos más característicos de la modalidad de nuestros amigos los chilenos. Me refiero a esa cordura nacional, a ese excesivo pudor patriótico que trata de ocultar hasta donde es posible todas las faltas al extranjero. De esta manera se mantiene más fácilmente el prestigio exterior que proclamando urbi et orbe los defectos y vicios del propio temperamento, exagerando las faltas y deficiencias más pequeñas e ilustrando con deplorable sagacidad todas las debilidades y defectos de la raza.
No obstante esa prudente práctica americana, la prensa, aun de tintes menos amarillos, tiene tal potencia inquisitiva en este país, que poco a poco veremos salir a luz detalles inesperados de la campaña. Por lo pronto, es un hecho ya conocido y admitido públicamente que el servicio de transportes del ejército ha sido deficiente, que el servicio de sanidad no le ha ido en zaga, que lo que aquí se llama «comisariado», se ha mostrado de una incompetencia digna de nuestras repúblicas. Los oficiales y soldados, enfrente de Santiago, han pasado las mayores penurias, mientras a pocas millas de distancia se amontonaban montañas de suplementos y provisiones, sólo por falta de orden y de organización adecuada.
Pero, en fin, todo esto pertenece al pasado, constituye ya la historia de esta campaña, que será seguramente escrita muy pronto y puesta a luz plena en todos sus detalles y complicaciones; lo que nos interesa por el momento. es el futuro de esta gran nación y ese es el problema que hoy preocupa principalmente a sus personajes dirigentes. Las deficiencias señaladas podrían tener importancia en uno de esos países que conocemos demasiado bien y en el que el mal no produce la reacción inmediata que lo corrige y lo evita para el futuro. Aquí podemos estar tranquilos. Si el comisariado ha mostrado defectos de organización, ellos serán salvados al instante. Cada cual recibirá su merecido y las lecciones del presente no caerán en saco roto. ¡Quién pudiera decir lo mismo de nuestras pobres repúblicas latinas, tan españolas todavía, en el sentido doloroso de desorden y de incuria que ha puesto nuevamente de manifiesto la palabra, envidiables nidos de politiqueros que nada aprenden y de generales que se preparan por la guerra civil y la aventura política a la defensa de la bandera, generales que se sublevan y pelean en las calles como ese Esteban del Uruguay, de que hace pocas semanas habló el telégrafo, o coroneles no menos guapos como ese Morales de Guatemala que acaba de morir como un perro rabioso, acorralado en el fondo de una cueva, donde se había guarecido después del desbande y derrota de sus genízaros libertadores.
¿Será entre tanto exacto, como lo pretende Mr. Books Adams, en el Forum, que la guerra española-americana constituye un eslabón en una larga cadena de acontecimientos, que una vez completa representará una de esas memorables revoluciones en que las civilizaciones pasan de una vieja a una nueva forma de equilibrio? ¿Será verdad que así como Waterloo señaló el fin de un régimen histórico, la campaña actual marca el principio de una evolución igualmente importante? ¿Deberemos creer con el mencionado escritor, que así como en 1760 Holanda contenía el centro económico del mundo civilizado, así como ese centro se movió hacia 1815 al noroeste de la boca del Támesis, las consecuencias de la última guerra y la coalición anglosajona que parece su consecuencia inmediata, lo dislocarán más hacia el occidente, y la «sociedad humana será absolutamente dominada por una vasta combinación de pueblos, cuya ala derecha descansará en las islas Británicas, cuya ala izquierda se cernirá sobre las provincias centrales de la China, cuyo centro se acercará al Pacífico, y que circundará al océano Indico como si fuera un lago, a la manera que los romanos circundaron el Mediterráneo?».
Ese sueño de supremacía y dominio universal, de hegemonía política y económica deslumbra hoy a una gran parte de los hombres intelectuales de este país. Un grupo de ellos, de todos los partidos, encabezados por la Federación Cívica de Chicago, acaba de asistir a la conferencia de Saratoga, convocada para responder a esta pregunta: ¿cuál debe ser la futura política exterior de este país? Ningún momento más propicio para estudiar este tema. Hace seis meses nadie hubiera pensado que la gran república se vería inclinada a apartarse de las tradiciones de los padres, que aconsejaron no estrechar alianzas aventuradas y mantenerse fuera de las contiendas del viejo continente. Ahora, una gran parte de la opinión aconseja abandonar de una vez por todas el sistema del aislamiento histórico y tomar un puesto prominente en el concierto de las naciones que dominan el mundo. Las deliberaciones de la conferencia han durado varios días y los miembros de la asamblea, antes de separarse, han adoptado por unanimidad una serie de declaraciones que, sin pronunciarse abiertamente por la retención de todas las colonias españolas, aconseja que no se abandone a los pueblos redimidos y que éstos se deben considerar como los «pupilos» (wards) del poderoso tutor americano. Los argumentos en contra del imperialismo romano o inglés que apasiona a tantos espíritus, no han escaseado, sin embargo, ni han carecido de fuerza y de elocuencia. Entre éstos, los más notables sin discusión, han sido desarrollados en un discurso de Carl Schurtz.
El conocido publicista germanoamericano, examina la cuestión de la anexión definitiva de las islas tomadas a la España bajo el aspecto moral, bajo la política institucional y bajo el de los intereses comerciales. Sobre el primer punto, Carl Schurtz recuerda que el presidente en su mensaje de diciembre último, estampó esta frase: «No hablo de la anexión por la fuerza, porque no puede pensarse en esto. Ella, ante nuestro código de moralidad, sería una agresión criminal». Más lejos insiste que la guerra con España, por resolución del congreso de abril 19, fué iniciada con el objeto de «hacer al pueblo de Cuba libre e independiente» y que movido de ese interés, el presidente pidió el retiro de las fuerzas españolas de Cuba, habiendo sido autorizado por las cámaras para usar las fuerzas de mar y tierra «hasta el punto que sea necesario, para llevar a efecto estas resoluciones», o sea sólo para libertar a Cuba. «Esta resolución fué adoptada para justificar nuestra guerra con España ante la opinión pública del género humano. Todo el mundo debía entender que solamente el sentimiento del deber ponía las armas en nuestras manos; que estábamos impulsados por un alto propósito de noble desinterés; que éste iba a ser una guerra de liberación y de humanidad, no de conquista y de propio engrandecimiento. Proclamamos esto altamente. Al proclamarlo pedimos al mundo que creyera nuestra palabra. Es evidente que si esta proclamación debe interpretarse en el sentido que, mientras no anexemos a Cuba, podemos anexar cualquier otro territorio que se cruce en nuestro camino, ella hubiera sido recibida con ironía y desprecio general. Nuestro propio pueblo hubiera protestado con indignación contra la burla, y cuando algunos periódicos extranjeros nos acusaron de hipocresía y predijeron que esta guerra de liberación y de humanidad terminaría en un plan de asalto territorial, nos ofendimos profundamente y rechazamos en alta voz la vil imputación. Puedo ser anticuado, pero creo todavía que una nación, como un individuo, está obligada por el honor a mantener su palabra; que ella no puede ni preservar su respeto propio ni salvar los principios de la moralidad entre su propio pueblo, ni la estimación y confianza del género humano—a menos que sea fiel a su palabra, y que el mantenimiento de la perfecta buena fe acabará por ser finalmente la mejor inversión de fondos—que la honradez es siempre y seguirá siendo la mejor política. Y ahora pregunto a los abogados de la anexión entre nosotros, si esta república, bajo cualquier pretexto, anexa cualquiera de las posesiones españolas,—¿no convierte acaso esta guerra solemnemente proclamada de liberación y de humanidad, en una guerra de engrandecimiento propio? Les pregunto ¿quién nos creerá de nuevo, cuando aparezcamos una vez más delante del mundo con finas palabras sobre nuestra devoción abnegada y altruista por la emancipación de los pueblos y la humanidad? ¿Les pregunto si, como hombres patrióticos, realmente piensan que convenga a esta república americana presentarse ante las demás naciones de la tierra como una nación cuyas más solemnes promesas no pueden ser creídas?...».
Las objeciones institucionales no son menos irrefutables, según el criterio de Carl Schurtz. Las instituciones democráticas le parecen dignas de ser conservadas en toda su pureza, a pesar del gran número de los que se cansan de oir mencionar este tema y sólo desean mirar estas cuestiones bajo el aspecto comercial. «Si esas colonias son anexadas, ellas deberán llegar a ser estados de la Unión o tendrán que ser gobernadas como provincias sujetas. ¿Y son acaso esas colonias susceptibles de ser convertidas en estados, no solamente para gobernarse a sí mismas en sus asuntos domésticos, sino también para ayudar a gobernar a la Unión participando en la formación de las leyes y en la elección de los presidentes?». «Todas ellas—dice Schurtz—están situadas en los trópicos; están más o menos densamente pobladas. En Cuba y en Puerto Rico su población consta de criollos españoles y de gente de piel negra, con algunos españoles nativos y una ligera adición de norteamericanos, ingleses, alemanes y franceses; en las Filipinas, en medio de una gran masa de asiáticos más o menos bárbaros, se ven descendientes de españoles, mezclas de sangre asiática y española, un cierto número de nativos de España y un número reducido de gente del norte». Con estos elementos, Carl Schurtz desafía a cualquiera a que establezca gobierno democrático. El afirma que no existe democracia en los trópicos. Cita el gobierno de México como un ejemplo de habilidad de Porfirio Díaz, aunque sea sólo una dictadura militar, pero a la muerte del dictador se pregunta con alarma cuál va a ser el destino de aquel pueblo. A los que sostienen que las condiciones de los territorios anexados cambiarán con una corriente de inmigración anglosajona, les contesta que esa corriente nunca se precipitará a un país tropical hasta el grado de imprimir en una raza el carácter germánico o anglosajón. La India con 300 millones de habitantes, no tiene más de 200.000 ingleses, la mayor parte en el empleo del gobierno. Las islas de Hauaii con más de 100.000 habitantes no tienen 3.000 americanos. Además, es un hecho reconocido por todos, que el pueblo de las islas que se piensa anexar, no está en aptitud de fundar un gobierno libre e independiente. «No hace mucho tiempo leí en un periódico—y todos ustedes pueden oir lo mismo de labios de muchas personas—que si los cubanos, habiendo tenido ocasión de gobernarse, se muestran incapaces de hacerlo, deberemos anexar la isla y dividirla en dos estados. En otros términos ¿si los cubanos son irremisiblemente incapaces de gobierno propio, debemos permitirles que ayuden a gobernar a nuestro propio pueblo?».
En el curso del elocuente alegato de Carl Schurtz, ocurren frecuentes menciones a la política y a las condiciones institucionales de nuestras repúblicas hispanoamericanas, y con humillación confieso que ellas hieren profunda, aunque merecidamente, el sentimiento de nuestro patriotismo. La verdad es que el desgobierno sudamericano es ya tan general y proverbial, que su mención ocurre como un lugar común en el texto de cualquier escrito o discurso en que se desea sentar un caso típico de desorganización política o administrativa. Con la anexión de Cuba y Puerto Rico, Carl Schurtz mira con horror la perspectiva de una «inundación de políticos hispanoamericanos, notoriamente los más desordenados, arteros y corrompidos políticos sobre la faz de la tierra» (notoriously the most disorderly, tricky, and corrupt politicians on the face of the earth). Este juicio perentorio no dejará de indignar a los que creen todavía que en el estado actual del mundo es lícito hacer del nepotismo, del desorden administrativo, de la incapacidad intelectual, la regla común de un ciclo de inmoralidad crónica. ¡Qué diablo! dirán, si estos males existen como una condición sine qua non del gobierno sudamericano, también tenemos la panacea que todo lo cura, la revolución, el pronunciamiento, el motín de cuartel, el «Sánalotodo» de nuestros Dulcamaras demagogos, el sic semper tirannis de los Estevan y los Morales, los Barrios, los Saravia o los Alfaros, guatemaltecos, uruguayos, ecuatorianos, etc., porque la raza es numerosa y sus ramificaciones se extienden a través de todo un continente convertido en ludibrio y en ejemplo característico de barbarie y falta de integridad. Cuando se vive en países como éste y se escuchan los comentarios que provocan los síntomas de descomposición y de incurable enviciamiento político que revelan las incursiones saraviescas de Río Grande, la patriada de los generales que hace poco pelearon en las calles de Montevideo, que ha inspirado comentarios tan dolorosos para el que tiene un átomo de dignidad nacional en la prensa europea y de este país,—se comprende el odio invencible de un Sarmiento por las personificaciones y los frutos del caudillaje y se suspira con angustia por el día en que esa lepra vergonzosa desaparezca del organismo de nuestras pobres repúblicas hispanoamericanas. Por lo tanto, Carl Schurtz y los hombres de su altura moral, tratan de evitar la introducción de ese mal en cualquiera de sus formas. «Hemos librado a esas islas de la desorganización española y dádoles una oportunidad de gobernarse a sí mismas—dice. Los gobiernos que reciban no serán gobiernos ideales. Serán gobiernos hispanoamericanos, algo temperados y mitigados, tal vez, por la influencia que las empresas americanas les harán sentir. Pero en todo caso, esos gobiernos serán suyos y si degeneran en corrompidos y desordenados, por lo menos no inficionarán con su desorden y corrupción nuestra república». Ese peligro es temible para los pensadores de esta nación que no están perturbados por el sueño imperialista y que quieren salvar a su patria de «la contaminación de los políticos hispanoamericanos o hispanoasiáticos», puestos al mismo nivel, lo que tampoco es muy halagador para nosotros.
En naciones como los Estados Unidos, en que el pueblo gobierna y los mandatarios ejecutan sus mandatos, no se concibe el tipo del gobierno común a una parte de nuestro continente, y eso explica la franqueza de las frases de Carl Schurtz. Aquí son todavía una fuerza las cualidades morales, la inteligencia, la energía del carácter y la integridad de la conducta. No se comprende la rotación de los puestos públicos entre parientes y allegados, ni la imposición de la voluntad de un solo hombre que se encarga de pensar y obrar por toda una nación. Así se levantan sobre el escenario político por su propio mérito y sin que tengan que arrimarse a pedir su calor a las esferas oficiales, hombres como ese Teodoro Roosevelt, el tipo más pintoresco de la campaña, un escritor elocuente y sincero, altivo y honrado, que dejó su puesto de subsecretario del departamento de marina, para formar el famoso regimiento de los Rough-Riders, que se distinguió y sufrió fuertes pérdidas en la acción de la Guásima; un carácter y una inteligencia puestas siempre al servicio de la patria; un político de segunda fila que hoy se encuentra llevado por el pueblo de Nueva York a la primera, que hoy se impone a la voluntad de los caciques o bosses más refractarios a sus dotes como Platt, y que será elegido gobernador de ese estado si alguna combinación improbable de última hora no lo hace abandonar la contienda en que hoy figura como favorito merced a sus propias obras y al influjo de la ola popular.
El carácter de Roosevelt está impreso en sus obras y es digno de la distinción que sus compatriotas le preparan. En las Cacerías de un ganadero (Hunting trips of a ranchman), él ha trazado esbozos pintorescos del sport cinegenético en las grandes llanuras pastoriles del norte. En la Guerra naval de 1812 (Naval war of 1812) ha dejado una historia elocuente e interesante de los hechos gloriosos de la escuadra americana en la última guerra con los «primos de la Gran Bretaña», que hoy se quiere elevar a la categoría de hermanos. Estas obras le han dado una reputación merecida de escritor fácil y patriota sincero. Pero ninguna representa con tanta fidelidad las diversas facetas de su espíritu como su último libro de artículos sueltos, American ideals and other essays.
En los Ideales americanos, Roosevelt empieza por exaltar esa tradición de gloria y moralidad que deben los americanos a los fundadores de su nación, y especialmente al padre de la gran república, de quien ha dicho con justicia Goldwin Smith que la historia has hardly a stronger case of an indispensable man para su patria. «Cada gran nación—dice Roosevelt debe a los hombres cuyas vidas han formado parte de su grandeza, no solamente el efecto material de lo que hicieron, no solamente las leyes que sostuvieron o las victorias que alcanzaron contra enemigos en armas,—sino también la inmensa aunque indefinida influencia moral producida por sus hechos y palabras. Sin Washington jamás probablemente habríamos ganado nuestra independencia de la corona británica, y casi seguramente hubiéramos dejado de ser una gran nación, permaneciendo más bien como un conjunto de pequeñas comunidades y derivando hacia el tipo de gobierno que prevalece en la América española. Sin Lincoln tal vez no hubiéramos podido conseguir la unidad política que hemos ganado; y aunque ella hubiera sido lograda, la lucha que debimos mantener y los resultados de esa lucha, hubieran sido tan diferentes que su efecto sobre nuestra historia nacional habría sido profundo. Sin embargo, la deuda de la nación hacia esos hombres no se limita a lo que ella les debe por su bienestar material, por más incalculable que sea. Arriba del hecho de que somos hoy una nación independiente y unida, con medio continente por herencia,—descansa el hecho de que cada americano es más rico por la herencia de nobles hechos y nobles palabras de Washington y de Lincoln. El que lee la proclama de Gettysburg o el segundo discurso inaugural del más grande de los americanos del siglo diez y nueve, o el que estudia las largas campañas y nobles dotes de estadista de aquel otro americano que fué aún más grande, no puede dejar de sentir dentro de sí mismo una tendencia hacia cosas más altas y más nobles que las que se obtienen por el goce de la mera posteridad material.»
Este culto platónico por las lecciones de las grandes personalidades morales de la nación, es un buen sentimiento para un futuro gobernante y es prenda segura de que él tratará de ajustar su conducta pública a los modelos que admira. Pero no sólo en las frases anteriores se nota la elevación de miras y de propósitos de Roosevelt. En su espíritu la admiración por los grandes hechos de los buenos se une al odio y el desprecio por los vicios de los malvados. «Del mismo modo—añade más lejos—que nos sentimos mejores por los actos de los hombres dignos que han servido bien a la nación, así nos sentimos peores por los actos y las palabras de los que han tratado de causar males a nuestra tierra. Afortunadamente, nos hemos librado del peligro del más temible de todos los ejemplos. No hemos tenido que luchar contra la influencia ejercida sobre la mente de hombres ávidos y ambiciosos por la carrera del aventurero militar que encabeza con éxito algún movimiento revolucionario o separatista. Ningún hombre causa un mal tan incalculable a un país libre, como el que enseña a los jóvenes que uno de los senderos que conducen a la gloria, a la fama y al éxito temporal, se encuentra en la línea de la resistencia armada al gobierno, en la tentativa de derrocarlo.» Son frases como las anteriores las que debían ser inculcadas en las generaciones nuevas de nuestro continente, y los principios morales que ellas enseñan son tan aplicables a los hombres de nuestra raza, que si el espacio me lo permitiera, continuaría transcribiendo in extenso la prosa fuerte y colorida de Roosevelt.
A pesar de esta limitación forzada, creo interesante reproducir el siguiente párrafo que pinta una clase social que, no obstante nuestra reducida población, ya tiene más de un representante entre nosotros. «Existen,—dice Roosevelt—culpables más numerosos que los que cometen abiertamente el acto injurioso. No se puede increpar bastante a los ricos que todo lo sacrifican a la acumulación de su riqueza. No hay en el mundo un carácter más innoble que el del mero acaparador de fortuna (money getting) americano, insensible a todo deber, indiferente a todo principio, preocupado solamente de acumular una fortuna y confinando esa fortuna a los usos más bajos—ya sea que la emplee en especular en títulos o permita a sus hijos llevar una vida de loca y derrochadora ociosidad y libertinaje, o ya sea que compre algún aventurero de alta posición social, extranjero o nativo para su hija. Ese tipo de hombre se hace tanto más peligroso si ocasionalmente ejecuta actos como el de la fundación de un colegio o dotación de una iglesia, que obliga a una parte del buen público a olvidar su iniquidad. Esos hombres son igualmente malvados con el obrero a quien oprimen y con el estado cuya existencia ponen en peligro. No hay muchos de ellos, pero son numerosos los que se acercan más o menos al tipo, y mientras más próximos a él se encuentran, más funestos son para la nación. El hombre que se contenta con dejar que la política vaya de mal en peor, chanceándose con la corrupción de los politiqueros, el hombre que se contenta con la mala administración de la justicia sin hacer un esfuerzo resuelto e inmediato para reformarla, falta a su deber y prepara el camino para males infinitos en el futuro. La dura, la brutal indiferencia hacia el derecho y la miopía igualmente brutal respecto a los resultados inevitables de la corrupción y de la injusticia, son deplorables en extremo, y sin embargo son rasgos característicos de un gran número de americanos que se consideran a sí mismos perfectamente respetables y que son considerados así por una gran parte de sus poco descontentadizos conciudadanos... Otra clase que se confunde con ésta, aunque se distingue de ella por ser menos peligrosa, es la de los hombres cuyo ideal es puramente material, que lucharían por el buen gobierno si estuvieran seguros de ser pagados, que todo lo someten a la vara de medir, que son incapaces de apreciar ninguna cualidad que no sea un objeto mercantil; no entienden que un poeta puede hacer más por su país que el propietario de una fábrica de clavos, y no conciben que ningún grado de prosperidad comercial puede suplir la falla de las virtudes heroicas o resolver por sí misma los terribles problemas sociales que todo el mundo civilizado debe afrontar... El hombre de esta clase representa individualmente un elemento casi imponderable en la obra y el pensamiento de la comunidad; pero en medio de la masa permanece como un real peligro, porque encarna un sentimiento visible en los últimos tiempos entre mucha gente respetable. Las personas que se jactan de tener un ideal puramente comercial, ignoran aparentemente que ese ideal es el más sórdido y mezquino que puede haber en el mundo y que ninguna comunidad de bandoleros de la Edad Media puede haber llevado una vida más ingrata que la que sería la de hombres para quienes el comercio y las manufacturas fueran todo y para quienes las palabras como el honor y la gloria nacional, el valor y la intrepidez, la lealtad y la abnegación, hubieran perdido su sentido. El ideal puramente material, puramente comercial, el ideal de aquellos «cuya patria es la gaveta», es en su esencia degradante e inferior. Hoy es más cierto que nunca que ni el hombre ni la nación viven solamente de pan. El ahorro y la industria son virtudes indispensables; pero ellas no bastan. Debemos basar nuestras aspiraciones a un mejoramiento cívico y nacional en condiciones más nobles que las de la simple habilidad para los negocios».
Si el coronel Roosevelt es elegido gobernador del estado de Nueva York, en su alta posición política tendrá oportunidad de luchar por esos «ideales americanos» cuya defensa y comentario forma la materia de su último libro. ¿Realizará la obra de purificación y del desarrollo del bossismo, que pervierte la vida municipal de la gran comunidad que deberá dirigir, se librará de la contaminación de los Platt y los Crocker, que hoy dominan omnipotentes en aquel estado? El problema es de difícil solución para un hombre de partido, por aquella razón dada a Hamilton en una forma incisiva hace muchos años por el espíritu volteriano del gouverneur Morris, una de las figuras más interesantes de la intelectualidad americana: «Es peligroso ser imparcial en política. Usted que es templado en la bebida, habrá notado tal vez la torpe situación del hombre que continúa sobrio después que sus compañeros se han embriagado.» «You who are temperate in drinking have perhaps noticed the awkward situation of a man who continues sober after the company are drunk.»
XIII
DAVID AMES WELLS
David Ames Wells, muerto hace pocos días en Norwich (Connecticut), era un hombre de reputación universal, y su desaparición enluta al mundo científico americano. Como casi todos los estadistas eminentes de la gran república, sus comienzos fueron arduos y modestos. Después de haber intentado diferente ocupaciones, entró en el periodismo, y mientras permanecía en él tuvo la suerte de inventar la primera máquina de doblar mecánicamente los periódicos y los pliegos de los libros, que le proporcionó medios con que continuar sus estudios científicos en una escala superior. Observador infatigable y dotado de una inteligencia brillante, más que en los libros recogió su enseñanza en la vida y en la práctica diaria de los negocios, y más tarde controló con las lecciones teóricas de los maestros las ideas y principios originales que había descubierto por sí solo en su incesante labor.
Sus primeros escritos lograron despertar la atención del público; pero sólo después de la guerra civil su nombre adquirió una notoriedad envidiable. La gran república salía de la lucha fatigada y desconfiando de sí misma, bajo el peso abrumador de una deuda colosal. Se dudaba por los más patriotas que ella pudiera levantarse ni ser fiel a sus compromisos. Fué entonces que David Wells encaró el problema con su fino análisis y su amplitud admirable de información, publicando un libro que tuvo enorme resonancia, bajo el título de «Nuestra carga y nuestra fuerza» (Our Burden and our Strength). Lo que nadie había visto, aparecía de bulto a los ojos del economista eminente; la potencia y vitalidad enorme de esta nación; la inagotable fuente de sus recursos naturales, la promesa segura de su destino. Esta obra le abrió las puertas de la vida pública. El presidente Lincoln lo llamó a colaborar en el gobierno como presidente de la comisión de impuestos, en cuyas funciones mostró sus dotes admirables de estadista y la solidez de sus principios económicos.
Cuando el término de los trabajos de la comisión de impuestos hubo concluido, el presidente Lincoln nombró al señor Wells comisario especial de impuestos por el período de cuatro años. «La gran obra de reconstruir, abrogar y modificar leyes relativas a los impuestos internos,—dice uno de sus biógrafos,—fué desde entonces confiada a su criterio, y la realizó en una forma que le dio títulos a la gratitud permanente de su país. Puede decirse que él originó todas las grandes reformas que en el sistema de impuestos se adoptaron por el Congreso hasta 1870 y que llevó a cabo muchas de ellas en medio de una fuerte oposición, por el poder convincente de su raciocinio. Entre estas reformas se cuentan el nuevo plan de todo el sistema de leyes de impuesto interno, diminución y abolición final del impuesto al algodón, a las manufacturas y petróleo crudo, la creación de distritos de inspección y la aplicación de estampillas para la recaudación de impuestos al tabaco, a los licores fermentados y a los espíritus destilados. La corrupción había llegado entonces en Washington a su mayor altura y los mismos absurdos e iniquidades del impuesto contaban con fuerzas poderosas interesadas en su mantenimiento. En el libro de Mr. Wells, titulado Economía práctica, publicado en 1885, se conserva la más instructiva colección de ensayos sugeridos por la experiencia de aquel período. Allí se ve cómo los destiladores de Whiskey más de una vez prevalecieron en el Congreso haciendo elevar el impuesto sobre su propio producto, exceptuando el que ya estaba en depósito, y obteniendo de esta manera ganancias de más de cien millones de dólares.»
El mismo publicista a quien pertenece este juicio, recuerda el éxito alcanzado por Mr. Wells, demostrando la locura de imponer dos pesos a cada galón de licores destilados, o sea un 7.000 por ciento del costo original de dicho producto. Cediendo a sus instancias y a sus seguridades que la renta de ese renglón sería mucho más considerable si se rebajara el impuesto, éste fué disminuído hasta medio dólar por galón; y bajo la influencia de esa reducción, la renta de aquella fuente se triplicó en corto tiempo, subiendo de 18.655.000 pesos en 1868 a 55.606.000 pesos en 1870.
En 1867, el ministro de hacienda fué autorizado por el Congreso para presentar un proyecto de tarifa de aduana que redujera los altos derechos establecidos durante la guerra civil. El señor Wells fué encargado de ese trabajo y antes de desempeñarlo quiso estudiar de visu las condiciones económicas, fiscales e industriales de los países europeos y realizó un viaje al viejo continente. Hasta entonces el distinguido economista había sido un partidario convencido de los aranceles de aduana proteccionistas. Los estudios que efectuó durante su investigación europea, lo convirtieron en un libre cambista. Vió que al adoptar la política de estimular la industria interna otras naciones habían evitado caer en el extremo de gravar las materias primas necesarias para esa industria, y que los países que, como Austria o Rusia, claman por derechos proteccionistas, eran aquellos en que precisamente se pagaban salarios más bajos, y en consecuencia se convenció de que el pago de salarios altos en conexión con el uso de la más adelantada maquinaria era un síntoma, no de debilidad, sino de fuerza industrial.
Las obras de Mr. Wells son numerosas, y le valieron distinciones tan grandes como la de ser nombrado miembro de la Sociedad de Estadística de Inglaterra y de la Academia de Ciencias Políticas de Francia. Su último libro publicado Recent economic changes, es uno de los volúmenes más interesantes y nutridos de experiencia publicado aquí y en Europa en materia económica. El señor Wells examina en él el problema de la «depresión del comercio»; muestra los cambios producidos en las condiciones industriales del mundo por los adelantos de la producción y del transporte, e indica que esos cambios exigen la aplicación de métodos que estén en relación con el progreso moderno. Es aquél el libro de un sabio y de un pensador. En cualquiera de sus páginas el lector tropieza con una observación exacta, con un dato precioso, con un análisis que penetra al fondo de los hechos y extrae de ellos una lección o un ejemplo provechoso.
No puede darse una idea mejor del método y estilo del señor Wells que transcribiendo algunas páginas de su interesante obra. Refiriéndose a la «depresión del comercio», por ejemplo, él describe lo siguiente:
«En todas esas investigaciones y discusiones, el objetivo principal ha sido el reconocimiento o determinación de causas; deseo tanto más natural y legítimo, cuanto que es claro que sólo por medio de aquel reconocimiento y determinación puede disiparse la atmósfera de misterio que hasta cierto punto envuelve los fenómenos examinados, así como abrir el camino para una discusión inteligente de sus remedios. Y en este punto las conclusiones expresadas han sido amplia y curiosamente diferentes. Casi todos los investigadores concuerdan en que la universal y continua «depresión de los negocios» es atribuíble, no a una sino a varias causas, que han tenido sobre ella una influencia más o menos grande; y entre esas causas las siguientes son generalmente miradas como particularmente potenciales: «el exceso de producción», «la escasez y apreciación del oro», o «la depreciación de la plata, por su desmonetización»; «las restricciones del libre curso del comercio» por medio de tarifas proteccionistas por una parte y de excesiva y extraordinaria competencia originada por un exceso de importaciones extranjeras consiguiente a la ausencia de comercio libre o a la protección; fuertes pérdidas nacionales, ocasionadas por guerras destructoras como la franco-alemana; continuación de gastos militares exagerados; pérdida de cosechas; improductividad de empréstitos extranjeros e inversiones de fondos; excesiva especulación y reacción después de grandes inflaciones; huelgas e interrupción de la producción a consecuencia de los «trade-unions» y otras organizaciones del trabajo; concentración del capital en pocas manos y consecuente influencia contraria a la equitativa difusión de la riqueza; «gastos excesivos en bebidas alcohólicas e imprevisión general de las clases obreras». Un comité holandés, en 1868, encontró una causa importante en «el bajo precio del vinagre alemán». En Alemania, en 1886-88, la continuación de la depresión del comercio ha sido atribuida en una gran medida, «a la inflamable condición de los asuntos internacionales», y al «miraje de la guerra»; aunque la gran baja en el precio del azúcar de remolacha y la «inmigración de los judíos polacos», también han sido citados como factores influyentes de la situación.»
Todas estas causas son examinadas y analizadas por el señor Wells en el curso de las páginas subsiguientes de su libro, con una firmeza de criterio y amplitud de erudición que admiran. Como repertorio de hechos y recopilación de datos metódicamente organizados y armónicamente engarzados en su exposición,—su estudio nada deja que desear. La parte de ese estudio que se refiere a la pretendida desmonetización de la plata y a la apreciación paralela, de la moneda de oro, así como sus consecuencias, es completa y agota la materia. Sería imposible en el corto espacio de un artículo, seguir paso a paso el desarrollo de las ideas y opiniones de Mr. Wells. Pero no lo es extractar algunas de las conclusiones a que lo conduce la lógica de su trabajo y que son altamente interesantes para países de moneda momentáneamente depreciada como la República Argentina.
«El tema de la influencia perturbadora de la declinación del valor de la plata en el comercio entre naciones que usan oro o plata,—dice,—es muy complicado y difícil de analizar, y las opiniones de personas prácticamente interesadas en tal comercio no se armonizan; pero es difícil ver cómo puede uno investigar esta materia, a la luz de la experiencia proporcionada por los años transcurridos desde 1873, sin arribar a la conclusión de que la gravedad de las perturbaciones ha sido grandemente exagerada y que el expediente de tratar de proveer remedios por medio de la legislación—si la legislación fuera práctica—es muy dudoso.
«Al formarse un juicio respecto de este problema, conviene tener siempre presente en el espíritu el hecho de que el comercio internacional es comercio de producción y no de moneda; y que los metales preciosos entran en él solamente para el arreglo de saldos. En realidad, todos esos cambios son—excepto de una fracción mínima—el resultado de un elaborado y organizado sistema de trueque, y el principio del trueque prevalece en ellos y determina en una gran extensión los métodos empleados. El comercio entre Inglaterra e India es un cambio de servicio por servicio. Su carácter no se alteraría si la India adoptase el patrón de oro mañana, o si, como Rusia, adoptara un papel inconvertible, o como China comprara y vendiera por peso en vez de hacerlo por cuenta. ¿Dará la India más trigo por una cantidad dada de paño, porque use plata en vez de oro en su comercio interno? ¿Dará Inglaterra menos paño por una cantidad dada de trigo porque ella lleve sus cuentas en libras, chelines y peniques en vez de rupias? A menos que todos los postulados de la economía política sean falsos—a menos que estemos enteramente equivocados al suponer que los hombres en su capacidad individual, y por consiguiente, en su capacidad conjunta como naciones, buscan la mayor satisfacción con el menor trabajo—debemos reconocer que la India, Inglaterra y América producen y venden sus artículos unas a otras, por lo más que pueden obtener en otros productos, sin tomar en cuenta la clase de moneda que usan sus vecinos o que es empleada por ellas mismas. Un medio circulante de plata no da ninguna fuerza adicional al ryot hindú, ni aumenta la fertilidad de su terreno, ni añade el número de pulgadas de su lluvia; ni una circulación en oro disminuye la capacidad y recursos do su rival el chacarero americano. Tampoco la diferencia de sus respectivos sistemas monetarios, afecta el juicio del comprador de trigo de Liverpool. ¿Hay un simple factor en los elementos de la producción y del transporte por sólo el cual los términos de la competencia sean equilibrados, modificados por el medio circulante local o por las fluctuaciones del mismo? Seguramente no ha habido fluctuaciones más repentinas y violentas que las de la moneda americana durante la guerra civil. No dejaron ellas de producir efectos; pero estos efectos no fueron susceptibles de cambiar los términos de la competencia en el comercio internacional.»
Otros capítulos notables del libro del señor Wells son los que se refieren a las restricciones opuestas al comercio por la política fiscal proteccionista, triunfante en la mayor parte de los países europeos y en los Estados Unidos. Todos los hombres públicos argentinos deberían leer esas páginas con atención y encontrarían en ellas útiles enseñanzas. La revista que hace el señor Wells de las condiciones comerciales de los países proteccionistas—muestra claramente el fracaso irremediable y los males de un estímulo artificial a las industrias. Pero fuera de la lección económica que se desprende de esta parte de su estudio, él encierra una lección moral digna de recordarse, mostrando cómo esa política errónea tiende a dividir más profundamente la familia humana y a enconar los odios y las prevenciones de pueblo a pueblo, manteniendo una tensión que prepara la atmósfera para el estallido de guerras destructoras.
«Concurriendo con el aumento de las restricciones recientes de las relaciones comerciales, dice el señor Wells, y como una consecuencia indudable o una faz lógica de esa política, ha revivido la idea que desde la rebelión feliz de las colonias angloamericanas y el abandono de la anticuada política colonial europea, llegó a ser considerada como igualmente contraria a la civilización y al precepto cristiano de la fraternidad nacional y de la independencia del género humano,—a saber, que es ventajoso para el pueblo de diversas nacionalidades prohibir la inmigración y residencia de hombres de otros pueblos que tratan de participar de sus industrias y desarrollar sus recursos naturales. En la iniciativa de esta regresión del pasado, Rusia abrió el paso con la adopción de medidas tendientes primero a la expulsión de sus súbditos israelitas, luego de todos los extranjeros residentes ocupados en la industria fabril o en la minería; hasta que, finalmente, prohibió que los extranjeros llegaran a ser o continuaran siendo propietarios territoriales dentro de su imperio. Alemania la siguió, expulsando gran número de polacos de sus provincias del noroeste bajo el pretexto de que eran católicos y eslavos, pero en realidad, porque los más civilizados y más cristianos labradores alemanes temían su competencia industrial. Los Estados Unidos, de igual manera, han prohibido la inmigración y residencia dentro de su territorio de los chinos, ostensiblemente porque son infieles, inmorales e incapaces de asimilación política, pero en realidad porque tienen trabajo que vender en competencia con otros vendedores análogos... Australia también está expulsando a los chinos de sus colonias. Francia, por un decreto de 1888, ordena que todos los extranjeros que se establezcan permanentemente en ella deben registrarse y obtener permiso para hacerlo; siendo el principal y declarado objeto del mismo impedir la inmigración de los belgas y los italianos, que son los únicos extranjeros que participan en cierto grado del comercio doméstico y de la industria del país; y está sobreentendido que este registro es solamente un paso preliminar para la imposición de fuertes impuestos diferenciales sobre todos los inmigrantes extranjeros que reciben salarios en Francia. No se alega que ellos desobedezcan las leyes o resistan a sus funcionarios; sino, por el contrario, se concede que pagan sus impuestos con tanta regularidad como los franceses y no bajan perceptiblemente el nivel de la civilización general, como los chinos en los Estados Unidos o los judíos en la parte sudeste de Europa... En verdad, se diría, que los pueblos de las diferentes nacionalidades están empezando a odiarse los unos a los otros como en la Edad Media, aunque por razones enteramente diferentes; pues el antiguo sentimiento de antagonismo nacía de la ignorancia mutua, mientras el actual tiene origen en un conocimiento mayor debido a las grandes facilidades de intercomunicación personal. La fraternidad nacional en el futuro parece que se afirmara por la supresión de las relaciones. Una consecuencia segura de esta condición—fuera de las perturbaciones económicas y las pérdidas consiguientes que ocasiona—es que la amistad entre las naciones, que tanto había crecido durante el último medio siglo y que se esperó con fundamento pondría un término a la guerra y a sus enormes gastos preparatorios, ha experimentado una declinación marcada en un período reciente.»
La gran república cuenta entre sus hijos muchos publicistas distinguidos que hacen una especialidad de los estudios económicos. Ninguno de ellos, sin embargo, posee la autoridad legítima que en una larga vida de trabajo fructífero logró conquistar David Ames Wells. Los que se interesan en el porvenir y el perfeccionamiento moral de sus instituciones, deploran con razón la muerte de un estadista que podía aún prestarles valiosos servicios, y su falta es más dolorosa en estos momentos en que tantos problemas deben ser resueltos y en que él pudo haber guiado a sus compatriotas con el brillo de su talento y la sabia austeridad de su experiencia.
XIV
UN CHRISTMAS SOMBRIO
La vida política y financiera de este país ha sufrido su periódica interrupción anual con las fiestas de Navidad. El espectáculo presentado por las ciudades americanas en esta época del año es indescriptible en su pintoresca uniformidad. Por todas partes la multitud alegre ocupa las calles y las avenidas y se precipita en masas compactas a los grandes almacenes que agotan el repertorio de su inventiva para anunciar el despliegue de las novedades de Christmas. En las anchas aceras una selva artificial de pinos de Navidad con el verde empañado de sus ramas puntiagudas, hace una competencia ruinosa al tronco desnudo y seco de los árboles de los parques y de las calles, que muestran la herrumbre del invierno y cuyas últimas hojas siguieron hace tiempo el rumbo de los vientos otoñales. Los teatros rebosan de un público sui géneris de pequeños empleados y familias patriarcales, para quienes la asistencia al parterre es un acontecimiento que no se repetirá hasta el próximo Christmas y que se saborea, por consiguiente con una especie de religiosa solemnidad. Los mensajeros cortan el aire como flechas, corriendo en sus bicicletas de casa en casa para dejar los regalos de los amigos y los parientes. Los carteros pasan encorvados por el peso de los sacos de tarjetas y cartas congratulatorias. Todo el mundo tiene un aire de satisfacción y de alegría que encanta. Hasta en la mesa más pobre figura ese día el pavo tradicional y los hijos del millonario como los del obrero, se acuestan sonrientes, soñando con ángeles rosados y con la grave figura de barba blanca de Santa Claus, que llenará de juguetes las medias colgadas alrededor de la chimenea, mientras cae la nieve en el exterior y las ráfagas heladas del viento nocturno, cantan la fúnebre melopea de los que parten.
¡Christmas! ¡Christmas! ¡Merry Christmas! Se diría que estas palabras tienen una virtud secreta para adormecer las penas y las inquietudes del futuro y que el pobre viajero fatigado de su peregrinación terrestre, recobrara las fuerzas a su influjo, con la esperanza de nuevos días de ventura. El círculo de la familia se estrecha más este día, como si los viejos buscaran un apoyo en el calor de los niños y los niños quisieran reanimar con su alegría la llama vacilante que dormita bajo la ceniza de los años. Se comprime en el fondo del pecho un suspiro por los que han partido, pero se trata de olvidarlos por algunos momentos y de derramar el exceso de la ternura sobre los que aún responden a la presión de nuestros brazos. El espíritu fatigado de la labor diaria, se retempla en esa semana de reposo, como en un baño fortificante y sale de ella más dispuesto que nunca a la lucha y al sacrificio. ¡Christmas!—¡Merry Christmas!—el árbol de Navidad fulgura alumbrado con mil luciérnagas de colores. Como telarañas de oro en sus ramas se entretejen hilos deslumbrantes y en medio de ellos brotan esas pomas bruñidas de reflejos metálicos, esas frutas maravillosas y frágiles que parecen trasplantadas de los jardines de Aladino. El toque estridente de las trompetas, empuñadas por manos infantiles, y el repiqueteo cristalino de las campanillas que cuelgan de las ramas temblorosas, se une a las aclamaciones de los que saludan a Santa Claus, dispensador de bienes, con su barba cana, sus cabellos escarchados y su bonete de fieltro que desafía los rigores del invierno.
¡Christmas!—¡Merry Christmas!—Los que viven en otros climas y buscan en estos días en el campo un alivio a las brisas sofocantes de las grandes capitales, no pueden comprender fácilmente la poesía de estas noches nevadas, la suprema belleza de esta Navidad poudrée à blanc como una marquesa del antiguo régimen. Pero también, y felices ellos, no están tan expuestos como nosotros a que se nos oprima el corazón ante el espectáculo de los dramas que sombrean estos días de alegría íntima y la felicidad doméstica. Las cuatro líneas banales de un diario cuyas páginas ilustradas cantan en todos los tonos la gloria de la Navidad y el esplendor de las fiestas sociales de este tiempo, revelan uno de esos dramas, y al leerlas, he sentido como nunca la injusticia y las durezas de la suerte para los desheredados de la fortuna, para los que ganan el pan con el sudor de su frente.
La historia es banal y puede relatarse en cuatro líneas. Un obrero honrado, un padre de familia ejemplar en cuyo hogar miserable brillaba la cabecita rubia de una única hija, esperaba la llegada de Christmas para sustituírse a Santa Claus y hacer la felicidad de aquel pobre ángel, depositando en sus mediecitas remendadas los regalos prometidos en largas veladas de conversación animada. La carta tradicional a la generosa deidad había sido escrita con esa letrita arrevesada de los cinco años, y en ella había ido la larga y complida lista de los pedidos. Y aquel hombre ingenuo, avezado al trabajo manual diario, doblegado por doce horas continuas de taller de enero a enero, acariciaba la idea de los regalos para su hija con una pasión más intensa aún que la de ésta. Con una confianza ciega en su destino, él, tan habituado al sufrimiento, tan sumiso ante las durezas de su suerte, exaltaba la imaginación infantil con cuentos maravillosos en que fulguraban los juguetes de Christmas y la visita de Santa Claus, mientras la mujer preparaba la cena diaria con esa pasividad resignada y fatalista de los seres para quienes la vida no tiene una sonrisa. El desgraciado artesano no contaba con la sorda guerra industrial y la competencia de las empresas rivales. Dos semanas antes de Christmas su fábrica cerraba la puerta, su patrón rendía las armas aplastado por los recursos de algún poderoso sindicato. Aquel hombre arrojado así de golpe a la miseria, vaga de casa en casa sin encontrar trabajo. Su miserable salario le ha impedido hacer ahorros y pronto el hogar carece de lumbre y el pan empieza a escasear, y los padres famélicos disminuyen su ración diaria para saciar las necesidades de su pequeña hija. El derrumbe de todos sus sueños, la espantosa realidad de su miseria, tortura el corazón del desgraciado. La visión del Christmas helado, del Christmas sin fuego y sin luz, golpea las paredes de su cerebro con el martilleo tenaz de la monomanía. Las preguntas inocentes de su hija son paladeadas por aquel mártir como gotas de veneno. Al fin, busca un refugio en la taberna y cuando también se le arroja de allí, busca el supremo refugio en el suicidio y las mediecitas remendadas cuelgan en vano en el cuarto solitario donde solloza la madre, calentando entre sus brazos el cuerpo endeble de la criatura. ¡Ay!—esas medias vacías, ese llamamiento a Santa Claus que no será respondido, ese cuadro de miseria, ese Christmas de sombra y de muerte, ha nublado para mí las luces del árbol maravilloso y ha puesto notas lúgubres en el alegre repiqueteo de las campanas de Navidad!...
Cuando aún no se había apagado el eco de las fiestas, una pérdida que afecta a todo nuestro continente, congregaba a la sociedad de Washington en la legación de Méjico. La muerte de don Matías Romero ha sido universalmente sentida, pues el extinto gozaba de generales simpatías y por su larga residencia en los Estados Unidos estaba íntimamente vinculado a los hombres políticos más distinguidos de la nación. Hace pocos días el gobierno de Méjico, deseando probar de una manera elocuente el aprecio que le merecía su representante en Washington, elevó la legación al rango de embajada, para investir al señor Romero con los privilegios e inmunidades de la más alta jerarquía diplomática. Desgraciadamente, la muerte llegó más pronto que el galardón y el distinguido estadista mejicano rindió su vida antes de recibir su nueva investidura oficial.
El señor Romero, según los datos de una corta biografía que él tuvo tiempo de corregir pocos días antes de su última enfermedad para darla a la prensa con motivo del nuevo nombramiento recaído en su persona, nació en la ciudad de Oaxaca el 24 de febrero de 1837, principió su educación en el lugar de su nacimiento y la terminó en la capital de la república, donde se recibió de abogado. En 1855 entró por primera vez en la secretaría de relaciones exteriores, pero siguió dedicado a sus estudios jurídicos. Cuando en 1857 el presidente Comonfort dio el golpe de estado y el señor Juárez se vio precisado a salir de la capital, el señor Romero le acompañó hasta que llegó al puerto de Vera Cruz. Allí prestó sus servicios como oficial de la misma secretaría de relaciones exteriores. En diciembre de 1859 vino a Washington como primer secretario de la legación mejicana y permaneció en esta capital con ese carácter hasta agosto de 1860, cuando por ausencia del ministro, quedó de encargado de negocios. Regresó a Méjico en 1863 para tomar parte en la guerra contra los franceses y nombrado coronel por el presidente Juárez, el general Porfirio Díaz le designó como su jefe de estado mayor. Poco después el presidente Juárez le nombró enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en Washington, cargo que desempeñó hasta enero de 1868 y en el cual prestó importantes servicios a su país. De regreso a Méjico fué nombrado ministro de hacienda, pero se vió obligado, debido a su quebrantada salud, a separarse de ese empleo en 1872. Vivió por tres años en Soconusco, dedicado a trabajos agrícolas, y después volvió a desempeñar la cartera de hacienda en 1877 y 1878 y fué también administrador general de correos en 1880. En marzo de 1882 regresó a Washington con el carácter de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario, y desde entonces hasta su muerte ha seguido desempeñando ese cargo, con sólo la interrupción de unos diez meses en 1892, cuando por tercera vez estuvo al frente de la secretaría de hacienda.
Durante su permanencia en los Estados Unidos, el señor Romero dió pruebas continuas de acierto y de habilidad diplomática. No era un hombre de brillante apariencia ni de dotes sociales extraordinarias. Su persona reflejaba la modestia de su carácter. Invariablemente grave, era uno de esos espíritus que toman a lo serio las cosas de la vida y para quienes la existencia es una milicia según la palabra bíblica. Conocía a los Estados Unidos como pocos americanos conocen a su propia patria, y tenía una simpatía respetuosa y elevada por las condiciones de este pueblo. Alguna vez, estos sentimientos le fueron reprochados en su país, donde se suponía que su patriotismo había sufrido un eclipse por su larga convivencia con el pueblo americano. Nada más injusto y erróneo que esta opinión. He conocido al señor Romero íntimamente y todos los que como yo han tenido esa fortuna, saben que él era ante todo un hombre de su país y de su raza y que todos los actos de su vida pública y privada se ajustaban a principios morales elevados y a un culto inteligente y celoso por la tierra de su nacimiento.
Hace pocos meses el señor Romero dió a luz una obra titulada Mexico and the United States. En el primer tomo de ese libro, único publicado por el autor, se registran trabajos de diferente índole y extensión. El primero de dichos estudios contiene un esbozo estadístico y geográfico de Méjico en nuestros días, recopilación de datos sumamente interesantes agrupados en un orden lógico y que dan una idea clara de los progresos realizados por la patria del señor Romero, al amparo de la paz mantenida en ella por el presidente Díaz. Los ensayos que siguen a este extenso trabajo son de carácter histórico y político y versan sobre el Génesis de la Independencia Mejicana, la Filosofía de las Revoluciones mejicanas, la Conferencia Pan-Americana y diversos estudios económicos relacionados con el patrón monetario de plata y los salarios en Méjico. Tuve ocasión de ayudar al señor Romero proporcionándole datos históricos relacionados con la independencia argentina y facilitándole la consulta de las obras del general Mitre en la época en que por primera vez dió a luz en la North American Review los artículos que reunió luego bajo el título de «Génesis de la Independencia Mejicana» aunque en ellos se refiere a la guerra de la emancipación sudamericana en general y aunque su principal objeto al escribirlos fué probar que nuestras repúblicas no recibieron ayuda ni socorro de ninguna especie de los Estados Unidos en la época de su separación de la Corona de España, y que la libertad de Cuba se hubiera efectuado al principio del siglo a no ser por el veto opuesto por los Estados Unidos a los planes de Bolívar. Las aseveraciones del señor Romero fueron rebatidas por el senador Money, y esta polémica dió origen al extenso y bien pensado estudio a que vengo refiriéndome.
El señor Romero fué uno de los miembros más prominentes del Congreso Panamericano que se reunió en Washington en 1889, y su artículo consagrado a la histórica conferencia es uno de los más interesantes de la colección. En él se estudia especialmente la actitud de los delegados de la República Argentina, cuyas vistas generales sobre los fines y los objetivos reales del congreso diferían radicalmente de las del ministro de Méjico. El señor Romero, en términos correctos y serios, deja entender que la susceptibilidad de los señores Quintana y Sáenz Peña más de una vez fué un obstáculo al éxito de los trabajos de aquella reunión diplomática. Sin embargo, él paga un alto tributo a la corrección de procedimientos, a la inteligencia y dotes personales distinguidas de los delegados argentinos.
«Teniendo el señor Quintana—dice—la conciencia de su mérito y de su valer, y obrando siempre en virtud de convicciones firmes, no se prestaba fácilmente a ceder ni aún en aquellos puntos que pudieran considerarse secundarios, y en los cuales muchas veces es necesario transigir para obtener el acuerdo espontáneo y cordial de una asamblea en la que necesariamente están representadas varias opiniones. El tacto que en casos como éste consiste en ceder en lo secundario para asegurar lo principal,—aunque frecuentemente hay divergencias de opiniones entre lo que es principal y lo que es secundario—es acaso condición de espíritus menos privilegiados.
«Mr. Henderson, presidente de la delegación de los Estados Unidos, participaba en parte de esas condiciones y por ese motivo las discusiones que asumieron un carácter más vivo, que algunas veces llegó a ser personal, fueron las sostenidas entre este caballero y el doctor Quintana. Los delegados argentinos, inspirados por el gran progreso de su país y sin intereses, relaciones políticas, ni negocios con los Estados Unidos, no solamente tenían una independencia muy loable en todos los casos, sino que a veces y debido tal vez a sus condiciones personales, mostraron una exquisita susceptibilidad. Lo que pudo haber habido de desagradable en los discursos de la conferencia, terminó, sin embargo, de una manera satisfactoria con la explicación que al cerrarla dió Mr. Henderson en estos términos: «Si en la libertad de la discusión se ha escapado una palabra acre y malsonante, unámonos ahora para considerarla borrada de nuestras actas y decidamos olvidarla para siempre.»
«A poco de reunida la conferencia, empezaron algunos periódicos de este país a atacar con dureza, tan extraordinaria como injustificable, a los delegados argentinos, llegando hasta el grado de acusarlos de ser agentes de Inglaterra, para lograr que fracasaran los objetos de la asamblea. Ataques tan inconvenientes como infundados provocaron, como era natural, una fuerte reacción, que vino a hacer resaltar el mérito de aquellos caballeros y a refutar de una manera tan completa las inculpaciones que se les hacían, que sus acusadores tuvieron que abandonar el campo por completo. El desagrado que esos ataques les causara, fué abundantemente compensado por la satisfacción que debieron sentir al verse defendidos tan decidida como victoriosamente.»
El distinguido diplomático que trazó los párrafos anteriores será irremplazable para su país en el puesto que desempeñaba. El se inició en la vida americana en una época ya distante, en que los agentes extranjeros tenían más oportunidades que hoy de tratar a los estadistas de la gran república, y el vasto número de sus amigos personales le facilitaba el fácil cumplimiento de la misión política confiada a su celo y competencia. Hoy los horizontes de este país se han extendido demasiado y sus hombres dirigentes como los de Europa, tienen la mirada fija en el Extremo Oriente donde encuentran o creen encontrar un campo más favorable a la expansión del comercio que el que a su juicio podría hallarse vinculando íntimamente a las naciones de nuestro hemisferio.
Con el año que termina, puede decirse que se cierra todo un ciclo de historia americana y que se abre para la gran república el camino de la conquista gloriosa pero aventurada, el período de la espada subyugadora de pueblos. El señor Romero veía con aprensión la alborada de la nueva época. El, que asistió al desenvolvimiento poderoso de esta nación y acompañó sus triunfos pacíficos, comerciales e industriales, ha abandonado la escena terrestre en un momento de transición, y su nombre será recordado como el de uno de los más fieles adeptos y creyentes en los viejos ideales de la democracia que a muchos parecen hoy envejecidos y marchitos.
XV
HENRY CABOT LODGE
En una alocución dirigida a los estudiantes de Harvard por el actual senador Henry Cabot Lodge a propósito de los usos y responsabilidades de la independencia de los hombres de fortuna, el distinguido orador aconseja a los que se encuentran en condiciones de no tener que luchar para ganar el pan «emplear su actividad en aquellos terrenos en que se necesitan hombres que puedan trabajar, sin provecho pecuniario, en beneficio público». No son pocos los medios que se ofrecen a los que quieran pagar en esta forma la deuda que cada ciudadano contrae para con su patria. Uno de ellos es la literatura, tomada en su aspecto serio y profesional, otro es dedicarse al estudio de grandes cuestiones sociales como la educación popular, la administración de la beneficencia pública, etc. Finalmente, la política les ofrece un campo ventajoso para ensayar sus aptitudes y combatir por la felicidad y la gloria de su pueblo. Pero cualquiera que sea la senda elegida, según Cabot Lodge, lo esencial para un hombre útil, para un espíritu bien intencionado es «simpatizar con su país, pues es más fácil de lo que parece divorciarse de los movimientos de la época en que uno vive». Otro escollo que es necesario evitar «es hacerse meramente negativo y crítico...». «El que se contenta con la crítica y la negación, no sólo está expuesto a llegar a ser estrecho y arrogante, sino ineficaz. Para mantener el equilibrio y ser útil es necesario ver lo bueno al mismo tiempo que lo malo de los hombres y de las cosas. Es comparativamente fácil detenerse y atacar a los que están luchando en la corriente de la vida política, pero es mejor entrar en ella y tratar de hacer algo y contribuir a la realización de algún plan definido». Solamente lanzándose al terreno de la acción desinteresada y fecunda, consagrando los ocios del bienestar al servicio público, el hombre de fortuna se convierte en el más útil y el más ocupado de los ciudadanos.
Se diría que al pronunciar las palabras citadas, el senador Cabot Lodge estaba trazando el programa de su propia vida. El pertenece, en efecto, a esa clase feliz de los que poseen suficientes medios para emanciparse de la terrible preocupación de la vida material. Nacido en 1850, se encuentra hoy en pleno vigor físico y mental. Desde los primeros años de su vida, sus tendencias lo impulsaron a la literatura, donde ha obtenido éxitos duraderos. Más tarde, entró en la vida política y representó en el congreso a su estado natal. Hoy es uno de los más jóvenes miembros del senado y uno de los publicistas más brillantes de los Estados Unidos.
Editor un tiempo de la North American Review, y de la International Review, sus estudios abarcan un vasto campo intelectual. Graduado de Harvard y de la escuela de derecho, su tesis sobre la «Ley de tierras de los anglosajones» le valió el título de doctor en filosofía. En 1885 dirigió la publicación de las obras de Alejandro Hamilton, cuya biografía había escrito poco tiempo antes, así como la del eminente orador y estadista Daniel Webster. Poeta correcto y tierno, orador vibrante y nervioso, crítico y ensayista penetrante, historiador ameno, a pesar de su relativa juventud, el señor Cabot Lodge, como Roosevelt, de quien es grande amigo, ha demostrado prácticamente cuánto puede esperarse de los hombres independientes que consagran su tiempo al trabajo intelectual y al servicio de su patria, con aspiraciones nobles y estímulos elevados.
Una rápida revista de sus obras va a mostrarnos las diversas facetas de este espíritu brillante y distinguido. Entre las de carácter biográfico, es necesario señalar desde luego las consagradas a la vida de Washington, de Hamilton y de Webster, publicadas en la serie de los American Statesmen. En todas ellas resalta un método crítico excelente, un estudio profundo de los orígenes históricos del pueblo americano, un vivo sentimiento de patriotismo y una familiaridad perfecta con los más serios problemas resueltos en la crisis de la vida de esta nación. La figura noble y luminosa del guerrero y del estadista que arrojó los cimientos de la gran república, se destaca en las páginas del libro de Cabot Lodge con esa majestad dignificada y tranquila que realza el carácter del héroe y que está impresa, como un sello indeleble, en las menores acciones de su vida. Su carrera benéfica es seguida paso a paso por el escritor, desde el comienzo de su educación, hasta que el llamado en su juventud the rising hope of Virginia terminó su vida cargado de años y de gloria. Pagado este tributo respetuoso al padre de la patria, el señor Cabot Lodge ha mostrado en su estudio sobre Hamilton las dotes eminentes de uno de sus grandes colaboradores. Hamilton, en efecto, según el juicio unánime de los más distinguidos publicistas de este país, figura por su talento y dotes extraordinarias a la cabeza de los estadistas de la que llama Goldwin Smith, la vieja escuela política americana. Como nuestro general Belgrano, que siendo un hombre de carácter esencialmente civil se vió arrastrado al servicio de las armas, cediendo a las exigencias de los tiempos, el famoso jefe de los federalistas también prestó en el ejército servicios apreciables, pero su gloria imperecedera está basada en sus trabajos constitucionales, en su genio creativo, en su administración celosa y acertada del tesoro público.
En una época de confusión y de caos financiero, Hamilton supo arrojar los cimientos del sistema rentístico que con pequeñas modificaciones se prolonga en este país hasta nuestros días. La disrupción de la confederación primitiva, había obedecido a causas económicas. La enfermedad que había consumido aquel organismo podría caracterizarse de anemia fiscal. Era, pues, entonces, como ahora y siempre, el régimen financiero del estado, el más importante problema planteado ante el genio de los hombres de gobierno. Hamilton lo afrontó con maestría y lo resolvió con éxito. Su programa era vasto y lleno de responsabilidades. Según sus propias palabras citadas por Cabot Lodge, «justificar y mantener la confianza de los más ilustrados amigos del buen gobierno; promover la creciente respetabilidad del nombre americano; responder a los llamados de la justicia; restaurar la propiedad territorial a su justo valor; dotar de nuevos recursos a la agricultura y al comercio; cimentar más estrechamente la unión de los estados; fortalecer su seguridad contra el ataque externo; establecer el orden público sobre la base de una política recta y liberal; he aquí los grandes fines que debemos alcanzar, proveyendo en el período presente de una manera adecuada y propia, al sostén del crédito público.»
Asumiendo la deuda de los estados, consolidando las obligaciones diversas que pesaban sobre la nación y, finalmente, estableciendo un sistema de contribuciones internas, Hamilton realizó el plan que se había trazado, restauró de una manera brillante el crédito perdido, saneó la moneda depreciada, e inauguró por esos medios una era de prosperidad comercial. Sus memorables informes sobre materias fiscales son hoy clásicos en la literatura económica de los Estados Unidos y objeto permanente de análisis y de estudio por parte de la juventud americana. Ellos figuran con razón, después de la declaración de la independencia y de la constitución, en ese vade-mecum del ciudadano, publicado bajo el título de Select Documents of United States History. En su segundo informe sobre el crédito público, Hamilton proyectó el establecimiento del excise o la contribución interna. «Mostró,—dice Cabot Lodge,—que podían hacerse algunas adiciones a los impuestos, pero ellas eran insuficientes y fué necesario obtener rentas en otra parte. La teoría general de Hamilton era recurrir lo menos que fuera posible al impuesto directo y levantar toda la renta compatible con una percepción segura, gravando los artículos de lujo. Habiendo llevado los derechos de importación hasta un límite que consideró prudente, se fijó naturalmente en la fabricación doméstica de alcoholes como el recurso mejor y más apropiado. Nadie pone en duda hoy que, de acuerdo con los mejores principios de economía política, Hamilton había acertado en su elección y que escogió el artículo más conveniente para la contribución. Siendo esencial la renta, aquella era la menos onerosa para colectar, y el artículo era uno de aquellos que por su naturaleza debería siempre ser gravado primero que todos y hasta el límite que pudiera soportarlo. A la luz de los principios económicos, el impuesto sobre alcoholes, sugerido por Hamilton, no requiere ni explicación ni defensa. La real dificultad era política y no económica». Es inútil detenerse más sobre este asunto. Digamos, sin embargo, antes de terminar, que Hamilton logró vencer todas las resistencias y que su organización, o por mejor decir, fundación del sistema rentístico americano, se completó con la creación de un banco nacional y una casa de moneda.
Penetrando en el terreno de la política el señor Cabot Lodge estudia con sagacidad y noble ecuanimidad de criterio las discusiones que surgieron en el seno del gabinete de Washington y en que tomaron una parte tan prominente Hamilton como leader de los federalistas por un lado y Jefferson como leader de los demócratas por otro. Aquellas organizaciones tan diferentes estaban destinadas fatalmente a chocar. Hamilton nunca fué popular ni simpatizaba con la multitud. Su misma superioridad intelectual lo impulsaba al aislamiento. Bajo el ataque solapado y tortuoso de su adversario, encontró frases hirientes y ofensivas que detuvieron su avance. Por un tiempo, mediante la intervención amistosa de Washington, pareció renacer entre ambos la armonía. Más tarde, la derrota final de su partido y el triunfo de su rival lo hicieron volver a la vida privada y a la práctica de la jurisprudencia. El choque entre el estadista eminente y Aaron Burr, «político bajo, de superficialidad brillante y dotado del talento del conspirador para fraguar intrigas de toda clase», según lo define Cabot Lodge, ilumina el fin de Hamilton con el resplandor rojizo de la tragedia. «Cada uno de los adversarios se preparó para el encuentro a su manera: Burr practicando la pistola en su jardín, Hamilton poniendo en orden los asuntos de sus clientes. A medida que el día fatal se acercaba, Hamilton desplegaba una alegre tranquilidad, digna de un hombre valiente, de carácter firme, y escribió cartas de adiós a su esposa, llenas del más intenso sentimiento y la elocuencia más conmovedora. Burr tomó las precauciones necesarias para la destrucción de cartas comprometedoras de mujeres que había seducido. Se encontraron al fin, en una hermosa mañana de julio, cerca de los bancos del Hudson. Hamilton cayó al primer tiro, mortalmente herido, descargando en el aire su propia pistola. Conducido a su hogar, sobrevivió algunas horas en medio de sufrimientos terribles y murió rodeado de su familia desesperada. Burr se alejó impune, para comprometerse en una traición abortiva, y convertirse en un errante y un proscrito sobre la faz de la tierra.»
Las mismas condiciones que hacen de la biografía de Hamilton una lectura agradable e instructiva, predominan en la de Daniel Webster. Las figuras intelectuales del carácter de la de este eminente estadista y orador, ejercen una atracción irresistible sobre el escritor y el político, que en su propia esfera sigue las huellas de aquellos grandes representantes del genio americano. Entre las cualidades tan distinguidas de Daniel Webster, ninguna tan digna de estudio sincero y respetuoso como su talento envidiable de orador. Es en la arena del parlamento, en medio del choque vibrante del debate político, en los duelos memorables de la palabra, que la figura del tribuno alcanza proporciones gigantescas. El señor Cabot Lodge analiza con especial simpatía esta faz de su héroe. Se ve a través de sus páginas que el crítico está preparado como pocos para comprender y apreciar las excelencias de la figura que modela. Aquel cuadro famoso de la réplica a Hayne, revive en las páginas de Cabot Lodge con todo el colorido y la solemnidad de la histórica escena.
«En medio del silencio de la espera,—dice el crítico,—en aquel silencio muerto que es tan peculiarmente opresivo por ser sólo posible cuando muchos seres humanos se encuentran reunidos juntos, Mr. Webster se levantó. Había permanecido sentado, impaciente e inmóvil, durante todos los días precedentes, mientras la tormenta de la argumentación y de la invectiva batía sobre su frente. Al fin había llegado su hora; y al levantarse y permanecer en pie erguido en todo su tamaño, su grandeza personal y su calma majestuosa impresionaron a todos los que lo miraron. Con perfecto reposo, sin emoción aparente por la atmósfera del sentimiento intenso que lo rodeaba, dijo en un tono bajo e igual: «Señor presidente: Cuando el marino ha sido batido por las olas durante muchos días, en medio de la cerrazón y de un mar desconocido, se aprovecha naturalmente de la primera pausa en la borrasca, de la primera aparición de un rayo de sol, para tomar la latitud y asegurarse hasta dónde los elementos lo han apartado de su derrotero. Imitemos esa prudencia; y antes de flotar más lejos en las ondas de este debate, recordemos el punto de la partida para poder conjeturar por lo menos en dónde nos encontramos. Solicito la lectura de la resolución pendiente ante el senado.»—Aquella frase de entrada era un trozo de arte consumado. La imagen simple y apropiada, la voz apagada, el continente tranquilo, calmaban la excitación tirante de la audiencia que hubiera podido concluir por desconcertar al orador si se hubiera prolongado. Todos sintieron un alivio; y cuando cesó la lectura monótona de la resolución, Mr. Webster era dueño de la situación y tenía bajo su control al auditorio. Sus oyentes lo siguieron conteniendo el aliento a medida que prosiguió. Las fuertes sentencias viriles, el sarcasmo, la elocuencia, el raciocinio, los ardientes llamamientos al amor del estado y del país, fluyeron sin interrupción. A medida que sus sentimientos se caldeaban, la llama brillaba en sus ojos; sus atezadas mejillas estaban ligeramente encendidas; su fuerte brazo derecho parecía barrer delante de sí la falange entera de sus opositores, y las profundas y melodiosas cadencias de su voz, resonaban como notas armoniosas de un órgano al llenar la cámara con su música. Las últimas palabras expiraron en el silencio; los que habían escuchado se miraron maravillados los unos a los otros, conscientes de que acababan de escuchar una de esas grandes oraciones que son como piedras miliarias en la historia de la elocuencia; y los hombres del norte y de Nueva Inglaterra se separaron llenos del orgullo de la victoria, pues su campeón había triunfado y abrigaban la seguridad de que el mundo entero comprendía que sus palabras no tenían respuesta.»
Penetrando en el análisis frío de las condiciones que hicieron de Webster el primer orador americano de su época y uno de los más grandes de la humanidad, exhibe el señor Cabot Lodge su sagacidad crítica y el estudio especial consagrado a esta faz de su asunto. Sus reflexiones en esta parte de la biografía de Webster son excelentes. Ellas encierran en una forma concisa, una definición de la oratoria moderna y en este sentido merecen transcribirse porque dan una idea clara del método y estilo de su autor. «Un análisis de la réplica a Hayne,—dice el señor Cabot Lodge,—nos facilita todas las condiciones necesarias para tener idea correcta de la elocuencia de Mr. Webster, de sus rasgos característicos y de su valor. La escuela ática de la oratoria subordinó la forma al pensamiento, para evitar el derroche de la ornamentación, y triunfó sobre la práctica más florida de los llamados «asiáticos». Roma dió la palma al aticismo y la oratoria moderna ha ido aún más lejos de la misma dirección, hasta que su cualidad predominante ha sido la de hacer llamamientos sostenidos al entendimiento. Las condiciones esenciales de la oratoria moderna son la vigilancia lógica y la larga cadena del raciocinio, desdeñada por los antiguos. Muchos hombres distinguidos han obtenido éxito por esas condiciones como oradores fuertes y convincentes. Pero la gran elocuencia de los tiempos modernos se distingue por explosiones de sentimiento, de imágenes o de invectivas unidas a la argumentación perfecta. Esta combinación es rara y cuando encontramos un hombre que la posee, podemos estar seguros que en grado mayor o menor él es uno de los grandes maestros de la elocuencia, tal como nosotros la entendemos. Los nombres de los que en medio del debate, o en las luchas del jurado o en la práctica diaria, se han mostrado fuertes y eficaces, estremeciendo y haciendo vibrar a grandes masas de hombres, fácilmente ocurren a nuestra memoria. A esta clase pertenecen Chatham y Burke, Fox, Sheridan y Erskine, Mirabeau y Vergniaud, Patrick Henry y Daniel Webster. Mr. Webster, naturalmente, era esencialmente moderno en su oratoria. Confiaba principalmente en el llamamiento sostenido al entendimiento y fué un ejemplo conspicuo del carácter profético que el cristianismo, y con especialidad el protestantismo, ha dado a la elocuencia moderna. Al mismo tiempo, Mr. Webster era en ciertos respectos más clásico y se acercaba más a los modelos de la antigüedad que cualquiera de los que hemos mencionado como pertenecientes a la misma clase elevada. Estaba acostumbrado a derramar la copiosa corriente de observaciones sencillas e inteligibles, y cedía con agrado a esa inclinación a herir el sentimiento, la memoria y el interés que lord Brougham considera característica de la oratoria antigua. Se ha dicho que mientras Demóstenes era un escultor, Burke era un pintor, Mr. Webster participaba distintamente del primero más que del último. Raras veces amplificaba o modificaba una imagen, una descripción y en esto seguía al griego más que al inglés. El doctor Francis Lieber, escribe: «Para probar la oratoria de Webster, que ha tenido siempre grandes atracciones para mí, leo una parte de mis discursos favoritos de Demóstenes, y luego, siempre en voz alta, trozos de Webster; luego vuelvo al ateniense, y Webster resiste la prueba.» Fuera del gran cumplimiento que esto encierra, aquella comparación es muy interesante, pues muestra la semejanza que existe entre Mr. Webster y el orador griego, e indica que entre él y el ateniense son más los puntos de contacto que las diferencias inevitables nacidas de la raza y de la época. Sin embargo, no hay indicaciones de que Webster estudiara jamás los antiguos modelos o tratara de imitarlos.»
Los ensayos literarios y políticos de Mr. Cabot Lodge, ocupan varios volúmenes de una lectura tan interesante como variada. Uno de ellos, publicado en 1885, se titula Studies in History. Los Historical and Political Essays, pertenecen al mismo género de trabajos; y finalmente Certain accepted Heroes and other essays completan la serie de artículos consagrados a diversos temas, cada uno de los cuales atrae por algún motivo la atención del lector y muestra la fecundidad de ingenio del publicista americano. No hay tal vez lectura más atrayente que la de este género, especialmente inglés, que ha hecho la reputación de Macaulay en Inglaterra y que en Francia fué cultivado con tanto éxito por Sainte Beuve. El escritor de quien nos ocupamos carece del brillo imaginativo, de la rapidez y de la profusión del primero y está lejos de la pureza de líneas y delicadeza de matices que caracteriza la prosa labrada y pulida del segundo. Sus rasgos distintivos son la independencia de juicio y la firmeza de las convicciones. Huye de las medias tintas y de las vaguedades y todas sus opiniones son expresadas en una forma enérgica y cortante. En realidad, parece que el señor Cabot Lodge en algunos asuntos duda demasiado poco. El peligro de los entusiastas y de los hombres de partido es caer en el fanatismo o en el dogmatismo, igualmente peligrosos para la salud mental. Por otra parte, para los hombres que unen el pensamiento a la acción y que figuran en las filas de un partido político, herederos forzosos de una larga tradición histórica y defensores obligados de ella, es muy difícil emanciparse de las influencias que actúan sobre su espíritu y dejar de teñir sus juicios con las preocupaciones de la actualidad. Las obras de estos escritores militantes, en cambio, tienen un encanto especial para el que busca en ellas las palpitaciones de la vida y trata de desentrañar de su lectura la filosofía de una época y las peculiaridades de un escritor. El señor Cabot Lodge ha llegado a la madurez en momentos en que una gran parte de los hombres políticos americanos sentían una recrudescencia de nativismo o nacionalismo y en que la antigua madre patria era convertida en macho cabrío propiciatorio destinado a cargar en sus anchas espaldas todos los pecados y recriminaciones de su raza.
No es extraño que en estas circunstancias, en todos los escritos del distinguido publicista, se note una reacción vigorosa contra lo que él llama «Colonialismo», refiriéndose a la influencia moral y política ejercida por la Inglaterra sobre el genio de América. El señor Cabot Lodge quiere borrar esa influencia, no solamente en la política interna y externa, sino en la administración fiscal, en el desarrollo económico del país, en el terreno científico y en el terreno literario. La dependencia intelectual de América en relación con Inglaterra señalada por el profesor Lounsbury en su Vida de Cooper, le parece una desgracia y una humillación. Sus ideales son puramente americanos; sus aspiraciones, hacer de la tierra de su nacimiento la más grande y poderosa de las naciones del globo; infundirle un carácter propio; dotarla de un arte propio; no deber nada al extranjero ni imitar nada del extranjero y especialmente nada de Inglaterra. Hasta la sensibilidad ante el juicio extraño le parece deprimente y se subleva contra ella. «La sensibilidad por la opinión extranjera—dice en los Studies in History,—que ha sido uno de los rasgos marcados de nuestra condición mental antes de la guerra de secesión, ha desaparecido. Se ha desvanecido en el humo de la batalla, como el espíritu colonial desapareció de nuestra política en la guerra de 1812. Ingleses y franceses han entrado y salido, han escrito sus impresiones a nuestro respecto y hecho pequeños salpicones en la corriente de los tópicos diarios, siendo olvidados después. Precisamente ahora es la moda de todo inglés que visita este país, particularmente si es hombre de importancia, al volver a su tierra decir al mundo lo que piensa de nosotros. Alguno de esos escritores lo hacen sin tomarse siquiera el trabajo de venir aquí primero. Algunas veces leemos por curiosidad lo que dicen. Aceptamos lo verídico, desagradable o no, filosóficamente, y sonreímos de lo que es falso. El sentimiento general es de absoluta indiferencia. No encontramos la salvación y la felicidad en la opinión extranjera favorable, ni nos entristece la adversa. El espíritu colonial en esta dirección está también prácticamente extinguido.»
Con un criterio conformado de esa manera, no es de extrañar que los temas tratados en los ensayos del señor Cabot Lodge se refieran, casi siempre, a hombres, instituciones y episodios históricos americanos. Esto mismo hace la lectura de sus escritos sumamente agradable para un extranjero que quiera ver cuáles son los principios e ideas dominantes en los hombres de la generación actual americana que más directamente influyen en el destino de la nación. Por sus vinculaciones partidistas y por su figuración especial, aparte de su propio mérito intelectual, el señor Cabot Lodge está en mejores condiciones que nadie para facilitar este estudio al observador imparcial. En realidad, él sigue tan fielmente los consejos a que nos referimos al principio de estas páginas, él es un hombre que está en armonía tan perfecta con su época, que sus escritos derivan como pocos en la corriente de la actualidad y reflejan como ninguno los cambios producidos en las opiniones del pueblo americano.
Nada más característico a este respecto que lo que pasa en referencia con la política exterior. El señor Cabot Lodge consagra a este tema uno de los estudios más vigorosos de Certain accepted Heroes and other essays. Escrito ese ensayo en momentos en que las relaciones con Inglaterra pasaban por un momento difícil, él está imbuido en un espíritu poco cordial hacia aquella nación. El señor Cabot Lodge señala la avidez con que impulsadas por condiciones económicas en cuyos detalles es inútil entrar, las naciones del viejo mundo se han lanzado a apoderarse y dividirse el Africa y las islas de Oceanía. Mientras estas adquisiciones no cruzaban los planes o intereses americanos, el señor Cabot Lodge no veía razón para oponerse a ellas. Cuando aquel apetito territorial se aproximó a las fronteras de este país y a la esfera de influencia que legítimamente le corresponde, la cuestión varió de aspecto. La política de expansión europea obligó a los Estados Unidos a garantizar el futuro, salvando por lo menos una parte de los territorios sobre los cuales no se había extendido aún la mano codiciosa de las grandes potencias. Así explica el distinguido publicista la ocupación de una parte de Samoa y la anexión del Hauaii. Como aquellas páginas fueron escritas antes de la última guerra, naturalmente ellas no se refieren al dominio colonial recientemente adquirido, obedeciendo tal vez a los mismos principios de propia defensa.
Al ocuparse especialmente del incidente de Venezuela, el señor Cabot Lodge señala los peligros que entrañaba para el futuro de este país permitir que una nación europea se apoderara por la fuerza de cualquier parte del territorio sudamericano, destruyendo por su base la doctrina de Monroe, y en este sentido aplaude sin vacilaciones el famoso mensaje de Mr. Cleveland. «Inglaterra se sorprendió de él,—dice,—en parte con razón y en parte sin ella. Se sorprendió con razón, porque el embajador americano y los corresponsales americanos de diarios de Londres, en aquel tiempo, la habían engañado respecto a los sentimientos e intenciones de nuestro pueblo. Se sorprendió sin razón, porque había interpretado torcidamente nuestras corteses observaciones hechas durante veinte años sobre el asunto. Los ingleses son inclinados a confundir la civilidad con la servilidad. Estas palabras tienen un sentido análogo, pero existe gran diferencia entre ellas, y fué justamente en eso en lo que consistió el error de Inglaterra. Se expresaron quejas en aquel país y en éste, de que el mensaje de Mr. Cleveland, y especialmente la última cláusula, era áspero y poco diplomático. Era duro, en verdad, pero donde la suavidad fracasó, la aspereza tuvo éxito. Donde las observaciones corteses probaron ineficaces, unas pocas palabras claras arreglaron la materia. Thackeray dice en alguna parte: «Si el pie de un hombre está en su camino y no quiere sacarlo, déle usted un pisotón. Seguramente usted no le será simpático, pero sacará su pie del camino.» Es muy desagradable hacer esas cosas, pero algunas veces es absolutamente necesario. Mr. Cleveland fué duro; el congreso y el pueblo lo sostuvieron y hemos arreglado la cuestión de Venezuela. La doctrina Monroe ha sido vindicada y Sud América no será tratada como África.»
La última obra del señor Cabot Lodge, The Story of the Revolution, fué escrita en ese estado de espíritu y la nota patriótica predomina en el curso de aquella narración lírica y entusiasta. Más que el relato de la revolución, podría llamarse aquel libro el poema de la guerra revolucionaria que empieza en Lexington y termina en Yorktown. El estilo fácil, pintoresco y brillante del señor Cabot Lodge se presta como pocos para una obra de aquel género, que en ciertos momentos recuerda las páginas coloridas de Motley y en otros los apóstrofes deslumbrantes de Burke. Las batallas de la independencia están pintadas en grandes pinceladas, a la manera de los cuadros de Vernet, y producen en el espíritu del lector una impresión intensa que despierta la atención y la mantiene durante el curso de la leyenda emancipadora. Al lado de esas grandes telas, abundan las pinturas de género tales como la descripción de los delegados que en «Carpenter’s Hall» formaron el congreso de Filadelfia. Un soplo guerrero circula por los capítulos de ese libro candente que se diría escrito para inflamar a los soldados que en los momentos de su aparición se disponían a recoger laureles para su bandera en Cuba y en las Filipinas.
Las enseñanzas filosóficas que se desprenden de la guerra de la revolución americana han sido sumariadas por el señor Cabot Lodge en el último capítulo. La ayuda prestada por Inglaterra a los Estados Unidos con motivo de la última campaña, pone pedales en ella al tono ditirámbico de la narración. La antigua enemiga pasa a ser su aliada, aliada complaciente y fácilmente contentable, pues en esta inesperada explosión de fraternidad todas las complacencias hasta hoy pertenecen a la madre patria y ninguna a la hija pródiga, que encuentra muy cómodo y satisfactorio recibir sus caricias maternales. «Menos de hace un año,—dice el señor Cabot Lodge,—debiera haberme detenido aquí, con palabras de sentimiento por no haber aprendido Inglaterra la lección de la revolución americana, en la parte que a los Estados Unidos concierne, y con la expresión de la más sincera esperanza de que el aprendizaje de su significado no habría de demorarse mucho más. Ahora ya no es posible detenerse aquí. Los acontecimientos han demostrado que la lección de la revolución ha sido por fin comprendida, y que todo lo que se ha dicho sobre la facilidad con la cual los Estados Unidos pueden obtener la amistad de Inglaterra, está más que justificado. No podía ser de otro modo, toda vez que se empleaban razonables métodos; la amistad entre las dos naciones es natural, no sólo por la lengua común, esperanzas, creencias o ideales, sino por los lazos mucho más fuertes de intereses positivos, mientras que la enemistad, lejos de ser natural, sólo hubiera podido crearse con esfuerzo.
«Los Estados Unidos se lanzaron a la guerra con España. Ahora se ve fácilmente que el conflicto era inevitable... El despotismo colonial español y el gobierno libre de los Estados Unidos no podían existir por más tiempo uno al lado del otro. El conflicto que se ha evitado durante un siglo era tan inexorable como entre la esclavitud y la libertad. La guerra vino ahora en lugar de venir más tarde, eso es todo. Una vez envueltos en ella, los Estados Unidos ni necesitaron ni desearon la ayuda de nadie. Pero las naciones como los individuos, aprecian la simpatía. En los pueblos del continente encontramos neutralidad, pero también críticas, ataques y toda clase de manifestaciones de disgusto en grado mayor o menor... De parte de Alemania notamos una hostilidad apenas velada... Pero del pueblo inglés vino, por otra parte, una simpatía espontánea y el gobierno mostró que aquellos sentimientos populares eran compartidos por sus leaders. Eso fué todo lo que necesitaba, todo lo que antes necesitó. No importa la causa, el hecho estaba allí. La lección de la revolución americana era clara al fin y la actitud de simpatía, la política que pudo haber prevenido la revolución, al fin se daba a la gran nación brotada de las colonias que Washington condujo a la independencia. Cómo América ha respondido a la simpatía de la Inglaterra, todos lo sabemos, tal vez mejor en los Estados Unidos que en cualquier otra parte. La comunidad de simpatía e interés hará más fuerte la amistad de los dos países que la que todos los tratados podrían conseguirlo. Las barreras artificiales han caído y los hombres de buena voluntad a ambos lados del Atlántico, deben esforzarse en probar que no es un fácil optimismo el que cree ahora que la amistad propuesta tan largo tiempo y tan llena de promesas para la humanidad y la civilización, será duradera. Los millones de hombres que hablan la lengua inglesa en todas partes del globo, verán seguramente ahora que una vez unidos, podrá decirse, como Shakespeare dijo hace trescientos años: «Acudan los tres extremos del mundo en armas, y los rechazaremos.»
Con este abrazo de reconciliación y este grito de legítimo orgullo termina el relato de la epopeya revolucionaria nacional americana, escrita por el señor Cabot Lodge. Su situación política y la justa autoridad intelectual de que goza, dan a sus palabras un significado de que carecerían las de un simple literato profesional. Ellas han sido acogidas por eso como una revelación elocuente del cambio producido en gran parte de la opinión pública de este país y que tiende a la unión íntima de las dos grandes ramas de la familia anglosajona.