CÓRDOBA
El general colombiano José María de Córdoba, uno de los héroes más simpáticos de la guerra de la Independencia, nació el último año del siglo XVIII, esto es, en 1800. Desde niño se alistó en las fuerzas de la patria, como oficial de una expedición organizada en Haití. La batalla de Boyacá le valió los galones de teniente coronel; contaba entonces 19 años. Operando con sus tropas independientemente, es decir, lejos del mando y de la vigilancia de Bolívar, llevó á cabo repetidos hechos de bravura que le conquistaron buen renombre y merecida popularidad. Los laureles parecen más brillantes en frentes juveniles, y no había colombiano partidario de la independencia que no se complaciera enalteciendo á Córdoba, refiriendo sus hazañas y ponderando sus méritos.
Después de las gloriosas campañas de Colombia que despertaron la admiración y el entusiasmo públicos, fué destinado Córdoba á la expedición del Ecuador. Militando á las órdenes de Sucre, en 1821 y 1822, fué el primero que plantó la bandera colombiana en la plaza de Quito, hazaña que le valió el ascenso á general de brigada.
Bolívar le encomendó poco después la dirección de la campaña de Pasto, donde cosechó nuevos laureles poniendo el último sello á su reputación de soldado valeroso y general perito.
No es necesario, ni siquiera posible, hacer la biografía detallada ni insertar íntegra la hoja de servicios del bravo militar que nos ocupa. Sólo diremos que se batió constantemente, desde edad temprana, hasta el triunfo definitivo de las armas de Colombia. En la batalla de Ayacucho mandaba una división, cuando aún no tenía 25 años. Se puede asegurar que la división de Córdoba, apoyada por la caballería, decidió el éxito de la histórica batalla. Aquel día pronunció el valiente y entusiasta Córdoba una frase que es célebre en América: al recibir del general Sucre la orden de atacar, se volvió á sus columnas y dió estas voces de mando:
«¡Batallones... de frente... armas á discreción...; paso de vencedores!»
Los soldados prorrumpieron en entusiastas vivas á su general, tomando las posiciones á la bayoneta.
Cuando entró Bolívar en el Cuzco y esta ciudad le regaló una preciosa corona de oro y pedrería, Bolívar contestó que la aceptaba para el general Córdoba... Y en efecto, se la entregó al héroe de Ayacucho... Y éste á su vez la destinó á su ciudad natal, una ciudad de Colombia que se llama Río Negro, situada á orillas de un río del mismo nombre que va á desaguar al Magdelena.
Terminada la guerra del Perú volvió Córdoba á su patria, no figurando en la política hasta 1828. En esta fecha le nombró Bolívar general de un ejército destinado á reprimir la revolución de Popayán. Córdoba aceptó el encargo, pero Bolívar cambió de parecer y le relevó del mando, cediendo á malévolas insinuaciones. Resentido Córdoba por el desaire, cometió el error de justificar con su conducta la desconfianza del Libertador. En efecto, se unió á los sublevados; pero fué batido en un encuentro, cayó prisionero de los bolivaristas y pereció miserablemente asesinado por un inglés llamado Ruperto Hand. Triste fin de una existencia gloriosa.
Lástima grande que la política de pandillaje, el pesimismo, el despecho, lanzaran por peligrosas vías al hombre que era ya una gloria legítima de América antes de cumplir sus 30 años.