FRANCIA

El célebre dictador del Paraguay José Gaspar de Francia es uno de los tipos más notables que ha presentado América. Su figura es una de las más siniestras; pero bajo cierto aspecto ha sido poco estudiada. No somos los llamados á hacer ese estudio histórico-crítico que se echa de menos sobre el doctor Francia, pues semejante tarea nos haría rebasar los límites que aquí nos hemos trazado. Sólo diremos que, sean cualesquiera los juicios que en adelante se emitan acerca de tan singularísimo hombre, éste no se rehabilitará ni dejará de tener una página sombría en la historia americana.

Como dice un escritor, «la figura sangrienta de este personaje aparece ennegrecida por hechos de crueldad semejantes á los de Tiberio». Su dictadura sólo acabó con su vida, pues gobernó hasta su muerte la República del Paraguay en la que fué un verdadero monarca, un rey absoluto, indiscutible, punto menos que sagrado. Educado el pueblo paraguayo por misioneros jesuítas, se hallaba en tal situación de inferioridad y atraso que la dictadura podía ser necesaria á raíz de la independencia; pero una dictadura moderada, benevolente, civilizadora, ejercida con ilustración y con templanza, no con sanguinario despotismo como el que hizo de Francia un esbirro y un inquisidor, un tirano y un verdugo.

¿Qué beneficios produjo su larga y terrible dictadura?

La de convertir al Paraguay en un silencioso cementerio y en un borrón para la América libre. Á la muerte de Francia, la República no había dado un paso por la vía del progreso; y el valiente pueblo paraguayo, desangrado, fanatizado, anémico, envilecido, ni tenía conciencia de su ser ni aspiraciones á mejor destino, carecía de fuerza y de influencia, no poseía, más bienestar que el del orden... ¡el orden y la paz de los sepulcros!

Francia recibió la vida en Yaguarón, pueblo de indios, en 1756. Su padre servía de mayordomo en una hacienda. Sus abuelos habían sido un paulista y una criolla de Asunción. Desde niño estuvo en un colegio dirigido por sacerdotes, donde aprendió latín y teología, doblez é hipocresía, vicios y oraciones. Salió del colegio á la edad de veinte años ansiando los placeres de la juventud y engolfándose en los goces de la sensualidad. Sus desórdenes obligaron á su padre á hacerle salir del Paraguay, enviándole á Córdoba donde estuvo encerrado en un convento.

Era doctor en teología cuando volvió á su patria, donde entró de catedrático en el Seminario; no tardó en ser despedido, tal vez por su conducta que era de mal ejemplo, tal vez por sus ideas antipapistas. Francia no reconocía más autoridad ni más papado que el papado y la dictadura vislumbrados por él para sí mismo en sus noches de insomnio, en sus delirios de teólogo y en sus ambiciones desmedidas.

Aborreció á su padre y al género humano todo entero. Á su padre le negó un abrazo cuando estaba en la agonía. Á los hombres los odiaba; sólo amaba á las mujeres como instrumentos pasivos de sus goces, no con el sentimiento puro del amor humano, reflejo del divino. Era un misántropo de la peor especie.

La revolución americana despertó en su pecho, no los sentimientos de un corazón patriota ni los ideales de un pensamiento libre, sino vagas aspiraciones de poder absoluto, de un poder sin trabas, sin cortapisas y sin leyes ni responsabilidades, poder con el cual pudiera satisfacer sus odios y saciar sus innobles apetitos.

El Paraguay se declaró independiente; el poder cayó en manos de tres hombres, de los cuales era Francia el más inteligente ó más astuto. No tardó en deshacerse de sus colegas y colaboradores, estableciendo su dictadura personal. Como era consiguiente, no faltó quien se quejara, no faltaron murmuradores y hasta circularon graciosas caricaturas; mas no se repitieron ni las caricaturas, ni las murmuraciones, ni las quejas. Los que proferían éstas y los autores de aquéllas fueron ahorcados inmediatamente sin formación de sumaria, sin defensa, sin contemplaciones.

Este sistema subsistió mientras hubo á quien ahorcar. Todo hombre que pensaba, que discurría, que conservaba un asomo de esa dignidad incompatible con el despotismo de una dictadura teológica y salvaje, emigró del Paraguay para no ser ejecutado en la horca.

La Iglesia católica no podía ver con buenos ojos el poder absoluto de un hombre que anulaba la histórica influencia de los clérigos en el Paraguay. Allí donde poco antes el cura lo era todo, ya nadie era nada: el doctor Francia no consentía rivales ni competidores. Él era el señor, el amo, el dictador; él era rey y papa. Nada tenía que envidiarle al autócrata de Rusia ni á los sultanes de Oriente.

Por eso la Iglesia conspiró contra el despotismo del doctor Francia; pero éste se declaró patrono de la Iglesia, obligó á los curas á casarse y disolvió el cabildo.

Sacerdotes y seglares, hombres y mujeres, niños y ancianos, pagaron con la prisión y el tormento el descuido de no haberse detenido para saludar al dictador cuando éste se presentaba en público.

En 1819 hizo fusilar á Yegros y á cuarenta más, sólo por la denuncia de un clérigo que dijo haber sabido por medio de la confesión que aquellos patriotas conspiraban. Las cárceles se llenaron de sospechosos y á todos se les aplicó el tormento. Las víctimas recibían doscientos azotes diarios, en presencia del doctor, hasta que confesaban ó morían. Montiel murió sin hablar; Caballero se suicidó; los más soportaron el suplicio por espacio de 18 meses.

En 1821 fueron fusilados 68 infelices. La ejecución se hizo al pie de un naranjo secular, frente al palacio de Francia, que presenció el exterminio de tantos inocentes sin conmoverse ni inmutarse.

Según dice Machain en sus Cartas sobre el Paraguay, el dictador Francia fusiló doce españoles por delaciones falsas, ó por no tener recursos para pagar las contribuciones arbitrarias que se les imponían. Los extranjeros no podían testar, pues el Estado se declaró su heredero. Á los españoles, además, se les inhabilitó para servir de testigos, para ser padrinos en los casamientos y para comerciar. Se les prohibió también que montaran á caballo.

Al principio obligaba el dictador á todos los habitantes á pararse y descubrirse cuando pasaba él; pero más tarde ordenó que cuando él salía de su palacio estuvieran las calles enteramente desiertas. Los transeúntes eran obligados á retroceder y acuchillados si no se escondían pronto.

El sabio francés Bonpland, amigo de Arago y compañero de Humboldt, que pretendió hacer estudios en el Chaco, estuvo preso ocho años por el singular delito de analizar plantas y clasificarlas. El doctor Francia no transigía con la ciencia.

Francia no se casó nunca; desterró al cura que casó á su hermano; fusiló á un hombre ¡á su propio cuñado! por haberse casado con una hermana suya. ¡Tal era su aversión al matrimonio!

Según él, solamente los eclesiásticos debían tomar esposa.

Por delitos supuestos ó contravenciones insignificantes, hubo personas y familias que estuvieron presas 17 años y más.

Francia no tenía más sociedad que la de su barbero, la de su médico y la de un negrito que le servía de bufón, de espía y no sabemos si de alguna cosa más. Por cierto que el tal negrito, llamado Pilar, fué fusilado por haber cometido una equivocación. También acompañaba siempre al dictador su perro, que se bebía la sangre derramada al pie de los patíbulos. Á Sultán, que así se llamaba el perro, no le faltó sangre que beber mientras vivió su amo.

Es imposible saber el número de víctimas sacrificadas por el dictador. Unas veces mandaba fusilar á su escribiente por haber hecho un gesto involuntario; otras veces, acordándose de un preso á quien tenía con grillos hacía veinticinco años, le mandaba sacar para darle cuatro tiros. Estos repugnantes crímenes se repetían con frecuencia, particularmente cuando reinaba el nordeste cargado de humedad, que exasperaba la neurosis del déspota inverosímil.

El terror de los paraguayos no tenía límites, ni precedente en la historia universal. Los vecinos de la Asunción, al despertar por las mañanas (si es que dormían por las noches) se asombraban al encontrarse vivos. ¡Y esto duró muy cerca de treinta años!

El doctor Francia murió el 20 de septiembre de 1840, á la edad de 84 años. Su muerte fué sentida, escribe el señor Decoud en su libro La Atlántida; sentimiento que prueba la gratitud de los supervivientes, convencidos como debían de estar en su degradación de que eran deudores de la vida al que hubiera podido arrancárselas á todos con un solo gesto y sin ninguna responsabilidad.

Los funerales del dictador fueron pomposos; el pueblo asistió en masa, llorando como si hubiera perdido un bienhechor; muchas personas dudaban que hubiera muerto, esperando á lo menos que resucitara. ¿No había sido un verdadero Dios?

El sacerdote encargado de su panegírico tuvo la avilantez de decir estas palabras:

«No podía suceder nada más triste que lo que nos reúne en este templo. Desde los primeros días de su enfermedad, entró el pueblo en grandísimos temores, viéndose amenazado de la pérdida de tan grande bien. Por fin, el clamor de la campana que anunciaba la fatal noticia, pareció una voz articulada, pues las gentes corrieron á la casa de gobierno, y el llanto universal...


»Estoy en la firme inteligencia de que, si las prisiones hubieran sido suficientes para la seguridad del Estado, no hubiera tomado el partido de pasar por las armas á tantos y tantos reos...


»Julio César y Octavio Augusto no fueron más dignos de la memoria de los romanos que nuestro Dictador de la de los paraguayos...» etc.

El doctor Francia ha dejado una memoria aborrecible; sus crímenes son odiosos, y las maldiciones de sus víctimas no son bastante castigo á su perversidad: necesario es que reciba la maldición eterna de la historia, figurando en la picota sangrienta por los siglos de los siglos.