GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA
Esta inolvidable poetisa nació en la isla de Cuba en 1816. Puerto Príncipe, su ciudad natal, que ha tenido fama y la tiene todavía y es probable que no la pierda nunca, por el corazón y la hermosura de sus incomparables y bellísimas mujeres, las habrá sin duda producido más guapas, más varoniles, más patriotas ó tanto como Gertrudis, pero ninguna tan grande ni tan célebre.
No solo descuella la camagüeyana Tula entre todas las mujeres de Cuba y de su siglo, sino entre todas las que en todo tiempo han cultivado con éxito la literatura castellana. Es el más brillante ingenio que su sexo ha producido. No sin razón decía don Manuel Bretón de los Herreros oyendo la lectura de sus poesías: ¡Es mucho hombre esta mujer!... Y don Juan Nicasio Gallego escribía á su vez estas palabras: «Nadie le puede negar la primacía entre cuantas personas de su sexo han pulsado la lira castellana, así en éste como en los pasados siglos.»
El epitafio que escribió don Nicomedes Pastor Díaz para la tumba de la Avellaneda, no es menos elocuente que los juicios anteriores: «Fué uno de los más ilustres poetas de su nación y de su siglo; fué la más grande entre las poetisas de todos los tiempos.»
Murió la Avellaneda en España á principios de 1873.
Desde muy joven había venido á España, donde supo conquistarse un puesto prominente en la fecunda y rica república de las letras españolas. Casada varias veces, volvió más de una vez á su patria que se enorgullecía con hija tan ilustre. Sus últimos versos fueron escritos en Cárdenas.
Sus poesías líricas hubieran bastado para crearle un envidiable renombre: sus novelas no son menos notables; sus producciones dramáticas la elevaron á una inmensa altura.
Los dramas de Gertrudis más aplaudidos en España, fueron Alfonso Munio, Baltasar y La hija de las Flores. Uno de ellos, Baltasar, ha sido transformado en ópera por el maestro Villate, compatriota de la poetisa. La ópera también fué celebrada al estrenarse en Madrid.
Pero veamos á la poetisa retratada por sí propia:
«Había cumplido diez y ocho años—dice la Avellaneda en sus memorias—y excepto leer y escribir, y representar tragedias, nada sabía. Todos los desvelos de mi madre por hacerme progresar en la música y el dibujo, no habían podido llevarme más lejos que á tocar de memoria algún vals, á cantar algunas arias de Rossini, con más expresión que arte, y á pintar mal algunas flores. Mi maestro de aritmética me había declarado incapaz de conocer los números; mi profesor de gramática me decía que era imposible hacerme comprender una sola regla; en fin, cuantos se habían encargado de mi educación parecían convencidos de mi ineptitud para todo; y, sin embargo, yo escribía y hablaba con más corrección de la que es común en mi país, y, no obstante mi natural desidia para aprender, tenía sed ardiente de saber y leía mucho y pensaba mucho.»
Y pensando, y leyendo, se transformó la poetisa cubana, que llegada á Madrid en un período de animación y renacimiento literario, logró lo que á muy pocos les es dado conseguir: una reputación unánime de poetisa inspirada y de escritora correcta. Su desidia y su pereza, no eran más que aparentes; eran manifestaciones de un espíritu inquieto y soñador que no podía sujetarse al estudio metódico de materias áridas, que prefería los vuelos de su imaginación y los goces de una fantasía potente y creadora. ¡Quién sabe los dramas, las tragedias, las imágenes, las elegías que bulleron en la cabeza de Tula, cuando se mostraba tan rebelde á la gramática! He aquí dos de sus sonetos:
¡Perla del mar! ¡Estrella de Occidente!
¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo
La noche cubre con su opaco velo
Como cubre el dolor mi triste frente.
¡Voy á partir!... La chusma diligente,
Para arrancarme del nativo suelo,
Las velas iza, y pronta á su desvelo
La brisa acude de su zona ardiente.
¡Adiós, patria feliz, edén querido!
Do quier que el hado en su furor me lleve
¡Tu dulce nombre halagará mi oído!
¡Adiós!... Ya cruge la turgente vela...
El ancla se alza... el buque, estremecido,
Las olas corta y silenciosa vuela!
En vano ansiosa tu amistad procura
Adivinar el mal que me atormenta;
En vano amigo, conmovido intenta
Revelarlo mi voz á tu ternura.
Puede explicarse el ansia, la locura,
Con que el amor sus fuegos alimenta...
Puede el dolor, la saña más violenta
Exhalar por el labio su amargura.
Mas de decir mi malestar profundo,
No halla mi voz, mi pensamiento medio,
Y al indagar su origen me confundo;
Pero es un mal terrible, sin remedio,
Que hace odiosa la vida, odioso el mundo,
Que seca el corazón... En fin, ¡es tedio!