ZARAGOZA

Este nombre, que es el de una ciudad aragonesa heroica entre las heroicas, lo ha llevado dignamente un soldado mejicano. El general Ignacio Zaragoza, de origen indio por parte de su madre, fué el primer vencedor de los franceses en la época de su apogeo militar. Lo que después hicieron el feld-mariscal Moltke, el emperador Guillermo, el príncipe Federico Carlos y el entonces heredero de la corona de Prusia, lo hizo ocho años antes el invicto Zaragoza. Los héroes de Argel, los triunfadores de Crimea, los vencedores de Solferino, tuvieron que ceder la victoria en las cercanías de Puebla á escasísimas é inexpertas tropas mejicanas.

El imperio francés era considerado entonces invencible. Napoleón III casi era el árbitro de Europa. La poderosa Inglaterra solicitaba su alianza y todas las potencias, si no lo respetaban, lo temían.

Pero sucedió lo que ha sucedido siempre á las naciones que han dominado en el mundo por el prestigio de sus armas y de sus victorias. Las naciones militares ven declinar su influencia á la primera derrota.

Cuando los turcos eran el azote de la cristiandad y extendían por toda Europa sus ejércitos incontrastables, nadie creía que su poder había de ser arrollado como lo fué en Lepanto por los venecianos y los españoles, como lo fué más tarde en Viena y Buda por los polacos, los húngaros y los suecos. De aquellas derrotas data la decadencia de Turquía, agonizante hoy, sin influencia en el mundo, sin esperanza de regeneración.

Cuando los españoles eran el terror del mundo entero, dominando en media Europa, haciendo aceptar su influjo en la otra media; cuando amenazaban á Inglaterra con sus naves, á Francia con sus ejércitos, á Roma con sus lanzas y con sus caballos; cuando se imponían en los Países Bajos con sus bayonetas, con sus cañones en el Mediterráneo y en todos los mares conocidos, ¿quién había de pensar que estaba cerca la ruina de un imperio tan grande, tan colosal, tan poderoso y temido? Pues bastó la derrota de Rocroy para iniciar una rápida, incesante decadencia.

En Rocroy empezó la verdadera preponderancia militar de Francia, aumentada luego por las gloriosas guerras de la Revolución y por las brillantes victorias del imperio. Mas también para Francia hubo un Lepanto, un Viena y un Rocroy, no en Waterloo como se ha dicho, no en Sedán como suponen algunos, sino en los campos de Puebla, primera etapa del imperio militar francés en la sangrienta carrera de sus inmensos desastres.

Cuando se escriba la historia del siglo XIX, habrá que concederles al general Zaragoza y á sus soldados indios una influencia grande y decisiva en los destinos de Europa. Sin Puebla no hubiese habido Sedán.

Pero si la influencia de la gran victoria mejicana se ha sentido en el antiguo mundo, ¡cuánto mayor no habrá sido en el mundo americano! El triunfo de Zaragoza ha librado á los príncipes de soñar en coronas que son imposibles en América, ha evitado para siempre las veleidades realistas ó imperialistas de caudillos ambiciosos y de aventureros insensatos, ha curado á los traidores de toda ilusión liberticida. El mundo todo sabe ya cómo defienden su independencia y su honor los pueblos americanos y cómo se bate Méjico por la libertad y la República.

Zaragoza era un general modesto, que no daba importancia á su victoria. Había cumplido con su deber y suponía que por ello no había contraído ningún mérito especial. En su abnegación patriótica, virtudes cívicas y severidad republicana, encontraba tan sencillo ganar una batalla como perderla. El parte oficial que dió de la batalla, parece más bien el parte de un revés que el de una grande y trascendental victoria. Dijo que había sido atacado, que sus soldados se habían portado bien, que el enemigo se había retirado á tal hora, en tal dirección, dejando tantos ó cuantos muertos y algunos prisioneros, y que él había perdido tantos hombres. Nada de hipérboles ni de metáforas, nada de imágenes bélicas ni de consideraciones rimbombantes, nada acerca de sí mismo ni nada injurioso para sus adversarios, en quienes sólo veía soldados como él que se batían por su patria y por el honor de sus banderas. No siempre imitan al vencedor de Puebla los caudillos victoriosos.

El general Zaragoza había nacido en Tejas (bahía del Espíritu Santo) en 1829. Hijo de militar abrazó la carrera de su padre cuando ya era hombre. Su hoja de servicios no contiene hecho alguno extraordinario hasta la invasión francesa. Nombrado general en jefe del ejército republicano, defendió las cumbres de Acultzingo, más para aguerrir á sus reclutas y acostumbrarlos al fuego que para disputar seriamente el paso al ejército enemigo.

El 5 de mayo de 1862 ganó la batalla de Puebla, forzando á los franceses á emprender su retirada con dirección á la costa.

Una enfermedad traidora cortó la vida del héroe, que falleció pocos meses después de inmortalizarse como soldado, como general y como buen patriota.

Su nombre se inscribió con letras de oro en el salón de sesiones del Congreso mejicano; se le declaró benemérito de la patria en grado heroico; se le dió su nombre á la ciudad de Puebla, que antes era Puebla de los Ángeles y hoy se enorgullece con el título de Puebla de Zaragoza.

La memoria de este general es con justicia respetada en todos los ámbitos de América.