LONGFELOW

Este gran poeta norte-americano vió la luz de la vida en 1807; su pueblo era Portland. Fué catedrático en la universidad americana de Cambridge, en la cual sustituyó á un hombre tan eminente como Ticknor. Compartía con su predecesor la afición á las letras castellanas, conocía muy bien el español y tradujo las coplas de Jorge Manrique.

La musa de Longfelow era religiosa, mística, creyente; pero aun así tuvo acentos verdaderamente humanos, conceptos dignos de recordación, notas que vivirán mientras haya poetas en el mundo.

En la América latina, lo mismo que en España, son bastante conocidas las obras del poeta. Sus versos y su prosa han tenido traductores más ó menos felices, entre los cuales figuran Andrade, Mitre, Morla Vicuña, Suárez Capalleja, Baquero Almansa, Llorente, Arana, Izaguirre, Gutiérrez (Don Miguel) y muchos otros que nos sería difícil recordar.

Longfelow cultivó distintos géneros; no brilló en la dramática, pero es digno de plácemes en la novela. Sin embargo, sus grandes y duraderos triunfos los debe á la poesía lírica, en la cual dejó verdaderas joyas literarias.

He aquí los títulos de sus principales obras:

Publicó además varios dramas históricos de escaso mérito, vertió al inglés con soltura las Coplas de Jorge Manrique ya citadas, y asimismo tradujo la Campana de Schiller, el Caballero Negro de Uhland, el Purgatorio del Dante, muchas baladas escandinavas, diversas odas de Muller, etc., etc.

Viajó por diferentes países, particularmente por España, Italia, Escocia y las márgenes del Rhin. Prefería las comarcas más poéticas, las más románticas, las más fecundas en leyendas, cantares y tradiciones.

Murió en 1883, siendo sentida su muerte lo mismo en Europa que en los Estados Unidos, en el Norte como en el Sur de América.

Para dar una muestra de su genio lírico, vamos á reproducir algunos fragmentos de varias traducciones de sus poesías.

No me digas en versos melancólicos

«Sueño inútil no más es nuestra vida,

Porque el alma dormita casi muerta

Y las cosas del mundo son mentira».

No: la vida es real; las almas sienten,

No es oscura prisión la tumba fría:

El «tú eres polvo y volverás al polvo»,

Palabras son que el alma no fatigan.


En este

Rudo vivac, batalla de la vida,

No imites á la oveja que cobarde

Arrastran á la atroz carnicería;

Sé un héroe en el combate, y no confíes

En el mañana que placeres brinda;

Deja á los muertos enterrar sus muertos

Y en el presente lucha, él es la vida,

Siempre el valor en tu esforzado pecho

Y siempre Dios sobre tu frente altiva.


El día está muriendo,

La noche descendiendo,

Helado está el pantano,

Helado el río también.

Tras de la nube parda

El sol sus rayos darda;

Las casas de la aldea

Rojas brillar se ven.

De nuevo otra nevada

La oculta palizada,

La senda en la llanura

Dejó de señalar;

Y en tanto por el prado

Cual sombra temerosa,

Deslízase pausado

Cortejo funeral.

Dobla la esquila, y siento

Que cada pensamiento

Dentro de mí responde

Al sordo triste son:

Sombra tras sombra gira,

Mi corazón suspira,

Tañendo íntimamente

Cual fúnebre esquilón.


¡El arsenal! Del suelo á la techumbre

Elévanse las armas

Con un órgano inmenso presentando

Horrible semejanza.

Ahora ninguna antífona resuena

En sus tubos que callan;

Mas, ¡qué salvaje y lúgubre armonía

Brotará de sus cajas

Luego que el ángel de la muerte toque

En sus claves extrañas!

¡Qué lamentos! ¡Qué horrible miserere

Mezclado á sus sonatas!

Oír creo ese coro inmensurable

de agonía y de ansias,

¡Cruel gemido que cruza las edades

Y hasta la nuestra alcanza!

Bajo del casco y el arnés resuena

El martillo sajón,

Y por los bosques címbricos escucho

Del normando la voz;

Y aun más estrepitoso, destacándose

Del inmenso clamor,

De lejanos desiertos en el fondo

Al tártaro feroz.

Con siniestro badajo, desde lo alto

De torre palacial,

Escucho la campana florentina

Al combate llamar,

Y veo á los aztecas sacerdotes

En sagrado portal

Sus tambores de pieles de serpientes

Sanguinarios tocar.


Oigo mugir los bronces, de sus quicios

Las puertas estallar;

El fuego del fusil, de los aceros

El rápido chis-chas

Al cruzarse enconados, y sobre esta

Armonía infernal

El trueno de la ronca artillería

Escucho retumbar.

¡Y con esa ¡oh mortal! estrepitosa

Maldita confusión

De la madre natura ahogas la dulce

Y benévola voz!

¡Y con esos malditos instrumentos

De destemplado son,

Impío turbas el concierto plácido

Del divino cantor!

(En el Arsenal de Wolwich).


Todos nuestros libros,

Luchas y embelesos,

¿Qué son do se escuchan

Infantiles juegos?

Donde suenan, niños,

Vuestros dulces juegos

Todas las baladas

Son vanos lamentos.

Vivientes poemas

Sois de dicha llenos:

¡Lo demás es triste,

Desolado, muerto!


Y es la infinita sed que abrasa el alma,

Es el inmenso afán que nada calma

Y corre en pos del ignorado bien;

Es la ambición humana no vencida

Que aun pugna por coger la prohibida

Manzana del Edén.


¡La muerte!... ¿Y qué es la muerte?

Una palabra hueca.

Un tránsito es tan sólo

Lo que esa voz expresa.

¿Qué es más que un pobre barrio,

Nuestra vida terrena,

De la ciudad elísea

De quien la tumba es puerta?

Para terminar, copiaremos la bellísima composición que se titula Excélsior y que, según la expresión de un crítico asturiano, «es el acento de un dios caído que se acuerda de los cielos».

Negra desciende la noche

Y entre nieblas y entre hielos

Pobre aldea de los Alpes

Cruza gallardo mancebo.

Enarbola una bandera;

La bandera dice: ¡Excélsior!

Arde en su pálida frente

La llama del pensamiento;

Brillan sus tristes miradas

Como el filo del acero,

Y en lengua desconocida

Dicen sus labios: ¡Excélsior!

Allí, en moradas felices

Ve luz, y el alegre fuego

Del hogar, chisporroteando;

Y arriba... los ventisqueros.

Pero adelanta, y su lengua

Sigue murmurando: ¡Excélsior!

«Detén tu marcha, insensato—

Grítale temblando un viejo—

Amenaza la tormenta

Y es escabroso el sendero».

El mozo sin escucharle

Aun va murmurando: ¡Excélsior!

«Tente—le dice una hermosa—

La sien reclina en mi seno»;

Y deja caer una lágrima

De sus ojos hechiceros.

Mas el doncel sin mirarla

Avanza y repite: ¡Excélsior!

«Guárdate bien de las ramas

Que tronchó el rayo, al abeto;

Guárdate—dice el anciano—

De los aludes siniestros»,

Mas ya en la cima lejana

Oye resonar: ¡Excélsior!

Al rayar la tarda aurora,

Cuando en pausado concierto

Á Dios elevan sus preces

Los monjes del monasterio,

Suena una voz desgarrada

que á lo lejos grita: ¡Excélsior!

Corre el fiel can presuroso,

Y en tumba de nieve envuelto

Halla al audaz caminante

Que con sus crispados dedos

Tiene la bandera asida;

La bandera aun dice: ¡Excélsior!

Helado, inmóvil, sin vida,

Pero siempre noble y bello,

Yace el animoso joven;

Y del alto firmamento

Desciende una voz divina

¡Excélsior! clamando ¡Excélsior!