LIBRO PRIMERO.
ELEGIA PRIMERA.
ARGUMENTO.
Por qué el poeta pasa de los versos heróicos á los eróticos.
Las armas y las encarnizadas batallas me preparaba á cantar en forma heróica. Los versos eran todos de igual medida, pero dicen que se echó á reir Cupido y acortó un pié. ¿Quién, niño cruel, te ha dado tal derecho sobre la poesía? De las musas, y no tuyo, somos cortejo los vates. ¿Qué se diria si Vénus se cubriese con las armas de Minerva ó si esta atizase tu hacha para avivar su llama? ¿Quién hallaria conforme que Céres reinase en las frondosas selvas y la vírgen del Carcax presidiese el cultivo de los campos? ¿Apolo, el de los rubios cabellos, será armado de aguda lanza mientras que Marte hará vibrar las cuerdas de la lira Aonia? Demasiado grande y demasiado poderoso, ¡oh muchacho! es tu imperio; ¿por qué aun quieres extenderlo más? ¿Es todo tuyo? ¿son tuyos el monte Helicon y el valle de Tempe? ¿Tambien ha de ser tuya la lira de Apolo? El primer verso principiaba rotundamente mi nuevo poema, cuando el Amor acorta repentinamente mi brio. Para inspirarme versos más ligeros, no tengo ni un jóven ó una jóven de blondos cabellos, que me den pié.
Apenas me habia quejado, cuando desligando su carcax, sacó flechas destinadas á herirme y despues de tender fuertemente sobre la rodilla su flexible arco: «Recibe, dijo, oh vate, asunto que cantar.»—¡Infeliz de mí! el niño acertó la puntería. Me abrasó, y en mi pecho, hasta ahora vacío, reina el Amor. Comencé mi obra con seis piés y acabé con cinco. Adios, sangrientas guerras; adios, ritmo bélico. Ciñe tu rubia cabeza con el verde mirto, Musa mia, que no tienes que modular más que once piés en cada dos versos.
ELEGIA SEGUNDA.
ARGUMENTO.
Descríbese el triunfo del amor.
¿Podrá haber quien me diga por qué me parece tan duro mi lecho, por qué mi cubrecama no puede permanecer sobre él, por qué esta tan larga noche ha pasado sin poder yo conciliar el sueño, y por qué, aun echado, me duelen todos los huesos? Comprendo que así sucediera, si algun amor viniese á tentarme. ¿Por dónde traidoramente se desliza y callado me hiere con sus artificios? Sí, eso es: agudas flechas han penetrado mi corazon, que fiero, el amor trata como pais conquistado. ¿Me daré por vencido, ó, luchando, daré pábulo á esta súbita llama? Cedamos: leve se hace la carga cuando se la sabe llevar. Crecen las llamas cuando se las combate soplando, y se extinguen cuando nadie las toca. Más golpes llevan los bueyes que repelen el yugo, que los habituados á llevarlo. El caballo indómito es duramente regido, y ménos siente el freno el que está pronto á marchar al combate. Así tambien el Amor apremia más cruelmente á los rebeldes que á los que se conforman á prestarle vasallaje.
¡Yo lo confieso, soy tu nueva presa, Cupido! somos los vencidos que extendemos las manos ante tu poder. No hay necesidad de guerra; paz y perdon te imploramos. Pero no mereces alabanza en vencer con tus armas á un hombre inerme. Corónale de mirto, unce las palomas de tu madre; el mismo Marte te dará el carro que te conviene, y sobre ese carro, en medio de las aclamaciones del pueblo, te erigirás triunfador, y guiarás con arte las uncidas aves. Seguiránte jóvenes cautivos y cautivas niñas. Esta será la pompa de tu magnífico triunfo, y yo mismo, postrer víctima, estaré allí con mi reciente herida, y, esclavo sumiso, arrastraré mi nueva cadena. La Moralidad será conducida con las manos atadas tras la espalda, lo mismo que el Pudor y cuanto es obstáculo á las armas del Amor. Todos te temerán y, extendiendo hácia tí sus brazos, entonará el pueblo con grandes voces «¡Victoria!» Las caricias serán tus compañeras, y la ilusion y la locura tu inseparable escolta. Con este ejército somete los hombres y los dioses. Alegre tu Madre te aplaudirá triunfador, desde lo alto del Olimpo, y esparcirá rosas sobre tu frente. Tus alas y tus cabellos se adornarán con piedras preciosas, y resplandeciente como el oro, serás conducido por las doradas ruedas de tu carro. Tambien entonces, si mal no te conozco, inflamarás no pocos corazones; tambien entonces abrirás á tu paso muchas heridas. Tus flechas, aunque lo quisieras, no pueden estar quietas, tu férvida llama quema aun en medio del agua.
Tal era Baco cuando triunfó del pais donde corre el Ganges: tú eres conducido por aves, él lo fué por tigres; así, pues, que forme yo parte de tu sacra comitiva; no quieras perder el derecho del vencedor. Contempla la feliz conquista de tu pariente César: con la misma mano con que los vence proteje á los vencidos.
ELEGIA TERCERA.
ARGUMENTO.
Se recomienda á su querida por las excelencias de la poesía, la pureza de sus costumbres y la fidelidad á toda prueba, que ofrece.
Mi plegaria es justa: que la niña que há poco me han robado, ó me ame, ó haga por que le ame toda mi vida. ¡Ah, demasiado he ambicionado! que solamente me permita amarla. Ojalá Venus oyera mis súplicas. Acepta un amante que te servirá por largos años, acepta un amante que sabe amar con fidelidad eterna.
Si no me recomiendan ilustres apellidos de antigua familia; si mi abuelo era solo un caballero particular, y si las tierras de mi casa no se remueven con innumerables arados y mis padres restringen mi escaso gasto, recomiéndenme no solamente Apolo y sus nueve compañeras y el inventor de la viña, sino tambien el Amor que me entrega á tí, y la fidelidad á que nadie me hará faltar; mis costumbres sin tacha, mi inocente sencillez, y mi rubicundo pudor. No me gustan todas: no soy burlador de Amores. Tú sola, si me correspondes con la misma fidelidad, serás siempre mi perene cuidado. Ojalá pase junto á tí los años que la Parca me deje, y muera con sentimiento tuyo.
Dame feliz tema para mis versos y serán dignos de quien los inspira. A la poesía deben su celebridad la ninfa Io, asustada de sus cuernos; y aquella á quien el adúltero sedujo, trasformado en Cisne[2], y la que robada por un fingido toro se cogió á sus largos cuernos con virgínea mano[3]. Nosotros tambien seremos cantados por todo el mundo, y siempre citarán unidos tu nombre y el mio.