NOTAS AL PIE:

[2] Leda.

[3] Europa.

ELEGIA CUARTA.
ARGUMENTO.

Antes de cenar con su querida le indica las señas con que podrán manifestarse su mútuo amor á presencia del marido.

Tu marido ha de cenar con nosotros; ¡así sea esta su última cena! ¿mientras tanto solo contemplaré á mi amada como convidado? ¿El derecho de estar junto á ella será de otro? ¿Recostada con él darás nuevo calor á su seno? ¿Cuando guste, pasará su mano sobre tu cuello? No atiendas á la que tras el festin de su boda[4] puso en guerra á los deformes Centauros. Yo no habito las selvas, ni soy medio caballo como ellos, pero me parece que apenas podré contenerme. Aprende lo que tienes que hacer y no dejes que se lleven mis palabras ni el Euro ni el tibio Noto.

Llega ántes que tu marido; no preveo aun así qué puede hacerse, pero vé primero. Cuando se acerque á la mesa, irás con aire modesto á ponerte á su lado; procurando el oculto contacto de nuestros piés. Observa lo que te indiquen mis señas y el lenguaje de mis ojos. Mira y devuelve del mismo modo las furtivas señas. Sin voz le hablarán mis cejas y leerás palabras trazadas con los dedos. Cuando te ocurra la idea de nuestros placeres, toca con el tierno índice tus sonrosadas mejillas. Si quieres darme alguna secreta queja, suspenda el extremo de tu oreja tu blanda mano. Cuando te plazca, sol mio, lo que yo haga ó diga, haz rodar tu sortija al rededor de tus dedos. Pon las manos sobre la mesa del modo como cuando suplicantes piden para tu marido todos los males que merece. Cuando él te escancie el vino, haz que se lo beba, y pide despues por lo bajo al criado que te sirva el que prefieras. Yo tomaré el primero la copa que tú dejes y beberé en ella por la misma parte por donde tú hayas bebido. Si por casualidad te ofrece el vino libado ántes por él, rehúsalo. No permitas que oprima tu cuello con indignas caricias, ni reposes tu cabeza sobre su rudo pecho; sobre todo, guárdate de darle besos. Si se los das, yo me declararé públicamente tu amante, diciendo «son mios;» y se los disputaré con mis manos.

Estas caricias, sin embargo, las veré; pero las que me ocultará la cubierta de la mesa serán mi mayor tormento. No juntes, pues, ni tus piernas, ni tus rodillas á las de tu marido, ni roces con tu delicado pié, su pié grosero.

Temo, infeliz, muchos males, porque muchos males hice, y me atormento con el temor de mi mismo ejemplo. Muchas veces mi querida y yo hemos estimulado bajo los vestidos que nos cubrian, el momento del dulce placer. Tú no harás eso; pero, para ahuyentar toda duda, desnuda tus espaldas del manto que las cubre. Ruega contínuamente á tu marido que beba, pero sin acompañar las súplicas con besos; y mientras beba, añádele furtivamente si puedes vino puro, y si se deja caer por efecto del sueño y del vino, nos aconsejarán el sitio y las circunstancias.

Cuando te levantes y todos nos levantemos para irnos á casa, no olvides introducirte en medio de la comitiva; allí me encontrarás ó allí te encontraré, y entonces tienta de mí lo que puedas.

¡Infeliz de mí! Te he enseñado lo que debe aprovechar para pocas horas, pues la noche manda separarme de mi compañera. Su marido se encerrará con ella toda la noche, y yo, bañado de lágrimas, no podré seguirle sino hasta la puerta. Le dará besos, despues se tomará algo más que besos, y le darás como un deber, lo que á mí me concedes furtivamente; pero no te prestes, esto te es posible, sino de mala gana y como á la fuerza. Callen las caricias, y séale Vénus avara. Si de algo sirven mis votos, él no hallará placer alguno; á lo menos tú no lo recibas de él. Por lo demás, cualesquiera que sean los sucesos esta noche, niégame mañana porfiadamente haberle concedido cosa alguna.