NOTAS AL PIE:
[4] Hippodamia
ELEGÍA QUINTA.
ARGUMENTO.
Alégrase de haber poseido á su amiga.
Hacia mucho calor; era el medio dia, y yo me recosté en la cama para descansar. Las ventanas estaban entreabiertas, dando paso á una media luz semejante á la que suelen dejar los árboles del bosque, ó á la que destella el crepúsculo cuando el sol se pone, ó bien la que se distingue cuando acaba la noche, pero aun no ha principiado el dia. Tal es la luz que ha de prepararse á las niñas vergonzosas, para que su tímido pudor pueda cohonestarse con la penumbra.
Hé aquí que llega Corina, con la túnica recojida y con el cabello dividido sobre su blanco cuello, cual se dice iba al tálamo la hermosa Semíramis, ó como Lais se presentaba á sus numerosos amantes. Le separé la túnica, que por lo fino no perjudicaba gran cosa, pero luchaba por cubrirse con ella, y así luchando, como quien no quiere vencer, fué vencida sin gran pena.
Cuando se descubrió ante mis ojos sin velo alguno, no apareció ni una imperfeccion en todo su cuerpo. ¡Qué hombros, qué brazos ví y toqué! ¡qué seno formado para las caricias! ¡Qué liso vientre bajo su preeminente pecho! ¡Qué esbelto talle! ¡Qué juvenil pierna! ¿Por qué descender á detalles? No he visto nada tan perfecto, y desnudo oprime su cuerpo con el mio. ¿Quién ignora lo demás? Fatigados, descansamos los dos. ¡Así pueda yo pasar á menudo las calurosas horas del medio dia!
ELEGÍA SEXTA.
ARGUMENTO.
Imprecaciones contra el portero que rehusaba abrirle la puerta.
Portero, indignamente cargado de hierros, abre, haciendo rodar los goznes la rebelde puerta. Poco es lo que te pido: entreábrela solo lo suficiente para que pueda yo pasar de lado. La prolongada pasion amorosa, ha extenuado mi cuerpo y ha puesto mis miembros á propósito para ello. El amor me enseña á insinuarme suavemente á los guardianes, y dirije, protegiéndolos, mis pasos.
En otro tiempo, empero, yo temia la noche y sus vanos fantasmas, y me admiraba de que álguien se aventurase entre tinieblas. Se burló á mis oidos Cupido con su tierna madre, y díjome por lo bajo: «Tú tambien te volverás valiente.»
La hora del amor ha llegado sin tardanza y no temo las sombras que vagan durante la noche, ni las manos dirigidas contra mi persona. No temo mas que tu lentitud; solo á tí te halago; tú tienes el rayo con que puedes perderme. Para que mejor lo veas quita estas crueles barreras, y mira cómo esa puerta está regada con mis lágrimas. Cuando desnudo estabas para recibir azotes, intercedí por tí ante tu señora. Así, pues, mis súplicas que entónces pudieron alcanzar gracia en favor tuyo, ¿no podrán ¡oh infamia! alcanzarla hoy en mi favor? Págame lo que me debes, hé aquí la ocasion de mostrarte agradecido, como deseas. La noche avanza: descorre los cerrojos. Hazlo, y ¡así seas libertado de la larga cadena y no bebas perpétuamente el agua de los esclavos!
Duro como el hierro, no me oyes, portero, cuando te suplico, y la puerta de fuerte roble permanece cerrada. Que las cerradas puertas sirvan á las ciudades sitiadas; pero en medio de la paz, ¿por qué temes las armas? ¿Qué harás con un enemigo, si así resistes á un amante? La noche avanza; descorre los cerrojos.
No vengo con armas y soldados, yo estaria solo si el cruel Amor no viniese conmigo. Aunque quiera, no puedo alejarle. Me acompañaria aunque me dividiese en dos. El Amor, un poco de vino que se me sube á la cabeza, una corona que se desprende de mis perfumados cabellos, es lo que llevo conmigo: ¿quién temerá tales armas? ¿quién no correrá á su encuentro? La noche avanza, descorre los cerrojos.
¿Es tu inercia ó es el sueño, contrario del que ama, la causa de que sin que las atiendas se lleve el viento mis palabras? Pero yo me acuerdo que en otro tiempo cuando me queria ocultar de tí, te hallaba en pié y vigilando á media noche. Tal vez á estas horas duerme á tu lado tu compañera. ¡Ah, cuánto mejor es tu suerte que la mia! Así pasasen á ese precio á mis manos tus duras cadenas. La noche avanza, descorre los cerrojos.
¿Me engaño? ¿no ha crujido la puerta sobre sus goznes, como en señal de que está franca la entrada? Me he engañado; el impetuoso viento habrá impulsado las puertas. ¡Ay de mí! ¡cuán lejos el viento se ha llevado mi esperanza! Por poco que te acuerdes, Borcas, del rapto de Oritia, llega aquí y con tu violencia derriba estas puertas, sordas á mi ruego. Todo calla en la ciudad, y humedecida con trasparente rocío avanza la noche: descorre los cerrojos, ó yo mismo, más activo que tú, fuerzo á hierro y á fuego, la puerta que se me niega.
La noche, el Amor y el vino nada moderado me aconsejan. La noche no conoce el pudor, el Amor y el vino no conocen el miedo. Todo lo he probado; pero ni con súplicas, ni con amenazas te he podido mover, ¡oh portero más sordo que tu misma puerta! Tú no sirves para guardar la casa de una hermosa jóven; eres más digno de estar guardando un calabozo. Ya el lucero de la mañana aparece en el horizonte y el gallo llama á los pobres al trabajo. Pero tú, corona arrancada á mi triste frente, queda por el resto de la noche sobre los duros umbrales; serás testimonio ante su señora, cuando mañana te vea por tierra, del tiempo tan lastimosamente perdido. «Adios;» á pesar de todo, «¡Adios!» Ojalá experimentes lo que siente su amante despedido. Y vosotras tambien, crueles puertas con inalterables goznes, «Adios;» y tú tambien, umbral cruel como tu guardian, «¡Adios!»
ELEGIA SÉPTIMA.
ARGUMENTO.
Contra sí mismo, por haberle pegado á su querida.
Ata mis manos, merecedoras de cadenas, ahora que ha pasado la furia, si te muestras amigo mio. El furor fué causa de que levantase contra mi señora mis temerarios brazos, y llora herida por mi mano. Era yo capaz entónces de maltratar á mis caros padres y de golpear á los santos dioses.
¡Mas qué! ¿Ayax, dueño de un impenetrable escudo, no degolló rebaños á través de los campos? El desgraciado Orestes, que no pudo vengar á su padre sino con la sangre de su propia madre, ¿no armó sus manos contra las misteriosas deidades? ¡Yo, pues, he podido maltratar su peinado! Ni el desarreglo de sus cabellos la ha desfigurado, sino que aun así estaba hermosa. De tal modo la Scheneida, dicen que con el arco perseguia las fieras Menalias. De tal modo lloraba la hija del rey de Creta viendo á los raudos vientos llevarse á la vez las promesas y los bajeles del perjuro Theseo; de tal modo, sin la venda que ceñia sus cabellos, se tendió Calandra sobre el pavimento, casta Minerva, de tu templo.
¿Quién no me hubiese tratado de demente? ¿quién no me hubiese llamado bárbaro? Ella nada dijo, paralizada su lengua por el pavoroso temor. Pero sin palabras, su rostro expresaba sus reproches, y, callando su boca, me acusaba con sus lágrimas como reo. Hubiera yo querido que mis brazos se hubieran desprendido de mis hombros. Mejor me hubiera sido carecer de alguna parte de mi cuerpo. Contra mí mismo se volvieron mis fuerzas y mi delirio, y fuí vigoroso para mi suplicio. ¿Qué tengo que ver con vosotros, ministros del asesinato y del crímen? Sufrid, manos sacrílegas, las merecidas cadenas. Si hubiese herido al último de los romanos, seria castigado; ¿tengo mayor derecho contra mi señora? El hijo de Tideo[5] ha dejado un afrentoso monumento de su maldad; fué el primero que pegó á una Diosa; yo he hecho otro tanto, pero aun fué él menos culpable, pues yo he maltratado á la que decia amarme y aquel fué cruel con su enemiga.
Ve ahora, vencedor, á gozar de tu triunfo; ¡ciñe tu frente con el laurel de la victoria, cumple tus votos á Júpiter! Y la turba que seguirá tu carro, clame «Vítor al valiente vencedor de una niña!» Vaya delante tu pobre víctima, suelto el cabello, y blanca desde los piés á la cabeza, á no ser por las lesiones de sus mejillas.
Más á propósito era su boca para marcarla con mis lábios y su cuello para tener la señal de un diente acariciador. En fin, si yo me desencadenaba como un torrente impetuoso y estaba ciego de coraje, ¿no era bastante dar gritos á una tímida niña, sin amedrentarla con demasiado fuertes amenazas ó despojarla torpemente de su vestido hasta la cintura? Al menos hubiese osado no más contra la mitad de su cuerpo; pero despues le he arañado las mejillas, agarrándola por los cabellos.
Quedó ella sin sentido con el rostro descolorido y blanco como el mármol de Páros. He visto sus nervios inanimados y sus miembros temblando como la hoja del álamo agitada por el viento, como la débil caña mecida por el blando céfiro, como la onda rizada por el Noto. Sus lágrimas, retenidas por mucho tiempo, corrieron sobre sus mejillas, como fluye el agua de la nieve que se deshiela. Entónces comencé á reconocerme culpable: las lágrimas que ella derramaba, eran mi propia sangre. Tres veces quise arrojarme suplicante á sus piés, y tres veces rechazó mis temidas manos.
No lo dudes, la venganza disminuirá tu dolor: araña mi rostro con tus uñas, no perdones mis cabellos. La ira ayude tus débiles manos, ó por lo ménos, para borrar las tristes señales de mi crímen arregla y peina tus cabellos.