NOTAS AL PIE:

[5] Diómedes.

ELEGIA OCTAVA.
ARGUMENTO.

Contra una alcahueta que intentaba enseñar á la querida del poeta las artes de la prostitucion.

Oiga, quien quiera conocer una alcahueta: hay cierta vieja Dipsas; su nombre lo toma de su oficio[6]; jamás vió en ayunas á la madre del negro Memnon[7], en su carro de púrpura. Conoce las artes mágicas y los versos de encantamientos, y con su poder hace volver hácia su orígen las rápidas aguas. Conoce bien la virtud de las yerbas, la del lino arrollado sobre el torno cabalístico y la del hipomanes. Cuando ella quiere, se llena el cielo de nubes; cuando ella quiere, brilla la luz del dia en el puro firmamento. Yo he visto, ¿lo creereis? las estrellas destilando sangre, y la faz de la luna estaba tambien ensangrentada.

Sospecho que suele volar viva entre las sombras de la noche y cubrir con plumas su viejo cuerpo. Lo sospecho y así es fama: en sus ojos brilla una doble pupila de donde nace la luz más viva. Evoca á los antepasados, que yacen en los sepulcros, y al són de su plañidero canto, se abre el duro suelo. Se complace en profanar el casto tálamo, y no carece de elocuencia su corruptora lengua. La casualidad me hizo testigo de su enseñanza, á favor de una doble puerta que me ocultaba, mientras decia así: «¿Sabes, luz de mis ojos, que prendaste ayer á un rico jóven? Te vió y no cesó de fijar sus ojos en tu rostro. ¿Y á quién no has de gustar? No cedes en belleza á ninguna otra. Pero ¡ay de mí! faltan galas dignas de tan bellas formas. ¡Quisiera yo que fueses tan rica como hermosísima eres! No seré pobre cuando seas rica. Has tenido que sufrir la adversa estrella de Marte, pero Marte ha cesado y ahora Vénus te es favorable. Mira cómo te es propicia su llegada: un rico amante te quiere y desea saber qué es lo que te haga falta. Su cara no desdice de la tuya, y si no te quisiera comprar los suyos, habrias tú de comprarle tus encantos.»

La jóven se sonrojó. «El pudor, continuó la vieja, sienta bien á las blancas mejillas; si lo finges, aprovecha; pero cuando tengas tus ojos con arte inclinados sobre tu seno, no mires á nadie sino á proporcion de lo que te ofrezca. Quizá, bajo el reinado de Tacio, las rudas Sabinas no hubiesen querido entregarse á muchos hombres. Ahora escita Marte los ánimos contra las armas extranjeras, y Vénus reina en la ciudad de su querido Eneas. Divertíos, hermosas jóvenes, solo es casta aquella á quien nadie solicita, y aun si su rusticidad no lo impide, ella misma busca. Desarruga el entrecejo; ¡cuántos crímenes se ocultan á menudo debajo de una arruga! Penélope probaba las fuerzas de los jóvenes con un arco, y para el que quiera saber más este arco era de cuerno. El tiempo vuela sin sentir y engaña la voluble edad, como se desliza el agua del rio, renovada incesantemente. El acero brilla con el uso: un buen trage quiere ser llevado. Los palacios deshabitados se arruinan bajo la yerba. La belleza, si nadie la regocija, envejece. Y no son bastantes uno ó dos amantes; ¡cuantos más, es más seguro y fácil el provecho! Los lobos viejos buscan su presa en un rebaño entero. Dime, ¿qué te dá ese tu poeta, fuera de nuevos versos? De tu amante muchos miles lees. El mismo dios de los poetas, cubierto con un manto recamado de oro, pulsa las cuerdas de una dorada lira. Quien te dé oro sea á tus ojos más grande que el grande Homero. Créeme, el dar es cosa ingeniosa. Ni desdeñes al redimido por merced; pues el tener el pié marcado con la señal de la esclavitud, no es un crímen; pero tampoco te dejes engatusar por rancios títulos de nobleza. Váyase con sus abuelos el amante pobre. ¿Qué? porque sea guapo, ¿querrá el otro pasar una noche sin pagar? Que busque antes el oro de su amigo.

No seas demasiado exijente mientras tiendes las redes, por miedo de que te se escape la presa: una vez apresados, remátalos á tu antojo. Ningun efecto hace un amor fingido, deja creer que tu amante es amado, pero cuida de que este amor no sea cierto. Rehusa muchas veces pasar la noche juntos, finge para ello un dolor de cabeza ó la abstinencia que requieren los dias consagrados á Isis; pero recíbele á menudo para que no se habitúe á la privacion, ó que no se enfrie el amor frecuentemente rechazado. Sean tus puertas sordas al que ruega y blandas al que dá; oiga el amante recibido las palabras del desdeñado. Y no dejes nunca en cualquier desavenencia de quejarte como primeramente ofendida. Desvanece tus culpas con tus inculpaciones; pero no te abandones demasiado tiempo á la cólera: una cólera prolongada ha engendrado á menudo el odio.—Aprendan tambien tus ojos á derramar lágrimas forzadas, y á humedecer tus mejillas—y con tal de engañar á alguno, no temas ser perjura: Vénus hace que los Dioses sean sordos á las lágrimas de los ilusos. Toma á tu servicio un siervo y una criada hábiles que sepan indicar lo que se haya de comprar para tí, y para sí pidan cortos regalos. Si entre muchos, piden un poco á cada uno, de muchas migajas se hará grande monton. Y tu hermana y tu madre y tu ama de leche, hagan contribuir á tu amante. Pronto se hace buen botin cuando muchas manos ayudan á ello. Cuando te falte un pretesto, celebra tu cumpleaños.

Cuida sobre todo de no dejar creer á tu amante que está seguro sin rival; sin la rivalidad, poco dura el amor. Vea sobre tu lecho indicios de otro poseedor de tu belleza, y marcado tu cuello con lascivas señales, y vea principalmente los regalos que otro te hubiese enviado. Si nada te lleva, háblale de las novedades que se venden en la Via sacra. Cuando le hayas sacado bastante, para que no todo sea dar, pídele prestado lo que nunca le habrás de volver. Ayude tu lengua á lo que se proponga tu mente; halágale para mejor perderle; el mortífero veneno se encubre con dulce miel. Si sigues mis lecciones, fruto de una larga experiencia, y no dejas que mis palabras se las lleve el viento, llegará dia en que me dirás «vive desahogadamente.» ¡Cuántas veces despues que yo muera pedirás al cielo que descansen en paz mis huesos!»

Así decia, cuando me delató mi sombra. No sé cómo pude contener mis manos para no arrancarle su blanco y escaso pelo, sus ojos llorosos de vino, y sus rugosas mejillas. ¡Sin casa ni hogar, exclamé, dente los Dioses una miserable vejez, largos inviernos y perpétua sed!