NOTAS AL PIE:
[6] Viene del griego y significa tener sed.
[7] La Aurora.
ELEGIA NOVENA.
ARGUMENTO.
Gracioso paralelo entre la guerra y el amor.
Todo amante es soldado, y Cupido tiene su campo: sí, Atico, créeme, todo amante es soldado.
La edad que conviene para la guerra es la propia para Vénus. ¡Malhaya un soldado viejo! ¡Malhaya un amante anciano! La edad que quiere un general en un bravo soldado, es la que pide una jóven beldad en el poseedor de sus encantos. Uno y otro vigilan; ambos duermen en tierra; ambos hacen centinela: el uno á la puerta de casa su querida, el otro en la de su general.
¡Cuánto camino tiene que hacer el soldado! El amante, cuando su querida está desterrada, la seguirá intrépido hasta el fin del mundo. Atravesará las montañas más altas y los rios más engruesados por las tempestades; cruzará las amontonadas nieves. ¿Conviene pasar los mares? No pretestará los vientos desencadenados; no buscará el tiempo propicio para la navegacion. ¿Qué otro que un soldado ó un amante despreciará la frescura de las noches y los torrentes de lluvia mezclados de nieve? El uno es enviado delante del enemigo como explorador; el otro tiene los ojos fijos en su rival, como en un enemigo. Aquel sitia las ciudades amenazadoras, este la casa de su inflexible dama: más ó menos grandes, ambos baten las puertas para irse á fondo.
Se fué frecuentemente vencedor, por haber podido sorprender á un enemigo sumerjido en el sueño, y matar, espada en mano, á un ejército sin defensa. Así fueron degollados los bravos batallones del tracio Reso, quien se vió robar sus famosísimos caballos. Tambien con frecuencia los amantes saben aprovecharse del sueño de los maridos, y volver sus armas contra el enemigo. El cuidado de escapar á la vigilancia de los guardas y de los centinelas tiene siempre en suspenso al soldado y al amante.
Marte es dudoso y Vénus nada tiene de asegurada: los vencidos se reaniman, y los que os parecen no poder ser derrotados, caen á su vez. Que se deje, pues, de llamar al amor la desidia: es menester un alma á toda prueba para amar.
Aquiles arde por Brisada, arrebatada á su amor: mientras que su dolor os lo permita, Troyanos, quebrantad las fuerzas de la Grecia. De los abrazos de Andrómaca, Héctor corria á las armas: su esposa le cubria la cabeza con su casco. El primero de los jefes de la Grecia, el hijo de Atrea, á la vista de la hija de Priamo con los cabellos esparcidos á la manera de las bacantes, quedó, se dice, suspenso de admiracion. Pero él mismo fué preso en el lazo que habia forjado Vulcano: ninguna historia hizo tanto ruido en el cielo. Yo mismo estaba sosegado y nacido para no hacer nada: el lecho y el descanso habian ablandado mi alma. El cuidado de una jóven belleza puso término á mi apatía: ella me mandó hacer mis primeras armas á su servicio. Desde entonces, me veiais ágil y siempre ocupado en alguna expedicion nocturna. ¿Quereis no ser cobardes? Amad.
ELEGÍA DÉCIMA.
ARGUMENTO.
A una jóven para apartarla de la prostitucion.
Como la princesa, que arrebatada en las orillas del Eurolas sobre los bajeles frigios, fué para sus dos esposos la causa de una tan larga guerra; y la bella Leda, que el diestro Júpiter, oculto bajo la engañosa apariencia de un cisne de blancas plumas, sedujo con menosprecio de himeneo; y Anémona corriendo con una urna sobre la cabeza, los campos estériles de la Argólida: tal eras tú á mis ojos. Temia para tí la metamórfosis del águila y del toro, y todas las astucias que sugiere el Amor al poder de Júpiter. Hoy dia, no temo nada; estoy fuera de mi error, y tu belleza no anubla mis ojos. ¿De qué proviene, pues, este cambio? me preguntas. Consiste en que tú la pones á precio: y vé ahí lo que hace que tú no sabrias gustarme. Cuanto más sencilla y sin arte fueras, tanto más amaria tu alma y tu cuerpo: hoy dia, la enfermedad de tu alma ha despojado tu cuerpo de todos sus encantos. El Amor es á la vez niño y desnudo. Si su edad es tan tierna, si no lleva ningun vestido, es por mostrarse en toda su sinceridad. ¿Para qué querer que el hijo de Vénus nos haga pagar sus favores? No tiene ropa donde pueda guardar su precio. Ni Vénus, ni su hijo, son propios al duro manejo de las armas. ¿Conviene que los Dioses que no son hechos para la guerra reciban un sueldo?
Una prostituta se vende, á tal precio, al primero que llega: entregando su cuerpo, es como adquiere miserables riquezas. Aun maldice la tiranía de su avaro corruptor, y lo que haceis de buen grado, ella no lo hace más que con desagrado.
Tomad por modelos los animales desprovistos de razon: os abochornareis al ver que las bestias son más tratables que vosotras. La yegua nada exige al garañon, ni la vaquilla al toro; el carnero no tiene que pagar á la oveja que le gusta. Solo la mujer quiere engalanarse con los despojos del hombre; solo ella pone sus noches á precio, solo ella se dá en locacion. Vende un placer hecho para dos, un placer que ambos han buscado; y su tarifa está establecida por ella en razon de su goce. Cuando el amor debe tener el mismo hechizo para ambos, ¿qué razon para comprarlo el uno, para venderlo el otro? ¿Por qué perderé yo mientras que vos ganais, en un juego en que el hombre y la mujer van asociados?
Los testigos no pueden, sin cometer un crímen, perjurarse por el dinero; sin cometer un crímen, el juez no puede tender la mano á la seduccion. Es una vergüenza para un abogado el vender sus palabras á un pobre; es una vergüenza para un tribunal el enriquecerse vendiendo la justicia; así como es una vergüenza para la mujer aumentar su patrimonio con las rentas de su cama, y prostituir sus gracias al que más ofrece. Se debe reconocimiento por un favor gratuito, nunca por la odiosa locacion de una cama. Una vez recibido el precio de vuestra mercancía, todo acabó, y el arrendatario no está obligado á más.
Guardaos, bellas, de poner á precio el favor de una noche: una ganancia mal adquirida nunca aprovecha. ¿Qué valieron los brazaletes de los Sabinos á la jóven vestal que pereció aplastada bajo el peso de sus armas? Un hijo traspasó con su espada el vientre de que nació: un collar fué la causa de su crímen.
No quiere decir esto que sea excusado exijir de un rico algunos presentes; tiene que satisfacer vuestras exijencias: rebuscad los racimos en las viñas ricas de uvas; cojed los frutos en los fecundos vergeles de Alcino. En cuanto al pobre, tomad en cuenta sus buenos oficios, sus cuidados, su fidelidad. Lo que se tiene, es todo lo que se puede dar al dueño. Mi riqueza, consiste en ilustrar con mis versos á las bellas que se hacen dignas. Aquello que me place llega á ser célebre, en gracia á mi arte. Se verá gastarse los vestidos, y desgastarse el oro y las piedras preciosas; pero la gloria que darán mis versos durará eternamente. Lo que me indigna y me subleva, no es el dar, es ver que se pide un salario. Lo que rehuso á tus solicitaciones, deja de quererlo, y lo tendrás.
ELEGÍA ONCENA.
ARGUMENTO.
Suplica á Nape lleve un billete amoroso á Corina.
¡Oh tú, tan hábil para reunir y disponer con arte los cabellos de tu dama, y que no te se debe colocar en la clase de los simples sirvientes, Nape, tú que, no menos hábil en concertar citas nocturnas que en llevar billetes amorosos, has decidido más de una vez á la indecisa Corina á venirme á encontrar! Oh tú, cuya fidelidad frecuentemente me ha sacado de embarazos; toma estas tablillas y entrégalas, esta mañana misma, á tu señora; que tu solicitud allane todos los obstáculos. Tú no tienes en el corazon la dureza del diamante, la inflexibilidad del hierro, y tu simplicidad no es más grande de lo que conviene: tú, además, verosímilmente, has sentido los dardos de Cupido; defiende, pues, para mí la bandera bajo la cual marchamos ambos. Si ella te pregunta cómo estoy, dile que la esperanza de obtener una noche me hace vivir; en cuanto á lo demás, mi amorosa mano lo ha confiado á esta cera.
Mientras hablo, el tiempo vuela. Ve, escoje el momento en que estará sola para entregarle estas tablillas, pero haz de modo que las lea en seguida. Observa sus ojos y su frente mientras lea: su mirada muda puede enseñarte mi destino. Así que haya acabado, pídele una larga respuesta; nada me hace tanto daño como ver un grande espacio de cera sin llenar. Que estreche sus líneas; que mis ojos estén fijos por largo tiempo en su letra; que llene hasta las extremidades del márgen. ¿Pero qué necesidad tengo de que se fatigue en manejar el estilo? Que en la tableta se lea únicamente esta palabra «Ven,» y habré así cubierto de lauro mis tablillas victoriosas, y bien pronto las habré suspendido en el templo de Vénus con esta inscripcion: «A Vénus os consagra Ovidio, fieles instrumentos de su amor, vosotras que ahora mismo no érais más que un vil fragmento de árbol.»
ELEGIA DUODECIMA.
ARGUMENTO.
Maldice las tabletas portadoras de la respuesta negativa de su dama.
Llorad mi infortunio: mis tabletas han llegado, pero no contienen mas que esta tan triste palabra: ¡Imposible! Los presagios son algo efectivamente: al salir Nape ha tropezado con el pié en el umbral de la puerta. De hoy en adelante, cuando te se envíe á alguna parte, procura salir con más precaucion; y despues de parada, marchar con el pié levantado. ¡Lejos de mí, siniestras tabletas, madera lúgubre, y tú, cera maldita, que no me traes mas que una negativa! Extracto de la flor de la larga cicuta, tú no puedes ser mas que el resíduo de la miel impura de una abeja Córsica.
Parecias deber tu brillo únicamente al bermellon y era la sangre á lo que debias tu color. Id á embarazar las encrucijadas, tabletas inútiles: que la rueda parada del primer trajinero os haga astillas. No, aquel que os desgajó del árbol, para puliros, no tenia las manos puras. Ese árbol mismo debió servir únicamente para colgar á algun infeliz, para suministrar al verdugo infames cruces; para dar lúgubre sombra al buho graznador, y para sostener sobre sus ramas los huevos del buitre y del osifraga. ¡Y á esta madera he tenido la locura de confiar los secretos de mi amor! ¡Á ella he encargado llevar á mi dueña las palabras más tiernas! A esa cera convenia mucho mejor la insípida asignacion que despacha el juez en tono feroz; era mucho más propia para servir de diario al avaro, quien no habria consignado mas que llorando los gastos hechos con pena. Tabletas engañosas, no sin razon se os llama dobles; tampoco este número era de buen agüero. ¿Qué puedo desear para vosotras en mi cólera? Que el tiempo os inme y os roa, y que la cera que os cubre se enmohezca y sea manchada por un robin inmundo.
ELEGÍA DÉCIMO TERCIA.
ARGUMENTO.
A la Aurora, para que no acelere demasiado su marcha.
Ya aparece sobre el Océano, al salir de los brazos de su anciano marido, la blonda diosa, cuyo carro resplandeciente conduce el dia. ¿A dónde corres, bella Aurora? detente; y que á este precio un combate solemne sea, cada año, ofrecido por las aves á los manes de Memnon. Vé ahí el momento en que deseo quedar en los brazos cariñosos de mi dueña; vé ahí el momento, mejor que nunca, de estrechar amorosamente su cuerpo contra el mio; vé ahí el momento en que el sueño es dulce y el aire fresco, en que la garganta flexible de las aves, deja oir sonidos melodiosos. ¿A dónde vas contra los votos de los amantes, contra los votos de las bellas? Acorta con tu radiosa mano, las riendas húmedas de tus corceles.
Antes de que asomes, el piloto observa mejor los astros y no vaga á la aventura en medio de los mares. Cuando apareces, por fatigado que esté, el viajero se levanta, y el soldado empuña sus armas belicosas. Eres la primera en ver al trabajador cargado de la azada; la primera en llamar bajo su yugo al pesado buey. Tú arrancas á los niños al sueño, y los entregas al pedagogo, para que sus delicadas manos se ofrezcan á la cruel férula. Tú tambien traes la caucion delante el tribunal, donde va á pesar sobre ella la responsabilidad de una sola palabra. Tan importuno para el abogado como para el juez, les obligas cada dia á levantarse para nuevos procesos. Eres tú aun quien, cuando las mujeres podrian saborear las dulzuras del descanso, las llamas á hilar la lana con sus manos laboriosas.
Pasaria por alto lo demás; pero ¿quién sino el que no tenga ninguna, sufrirá que las bellas se levanten tan de mañana? ¡Cuántas veces he deseado que la noche no quisiera hacerte lugar, y que los astros fugitivos no se cubriesen delante de tí! ¡cuántas veces he deseado que el viento volcara tu carro, ó que uno de tus caballos cayera atascado en la espesura de una nube! ¡Cruel! ¿A dónde corres? Si has tenido un hijo cuya piel era negra, debió este color al del corazon de su madre.
¡Qué! si se hubiese abrasado menos de amor por Céfalo, ¿crée que su culpable pasion nos seria desconocida? Yo quisiera que Tithon pudiese libremente hablar de tí: jamás nadie hubiera oido en los cielos la historia de tan vergonzosos amores. Tú huyes de tu viejo esposo, porque la edad le ha helado, y te apresuras á montar sobre un carro que él detesta. Pero si tú tuvieras amorosamente en tus brazos algun Céfalo, se te oiria gritar: caminad lentamente, corceles de la noche.
¿Si tu esposo siente el frio de su perdurable edad, debo yo pagarlo? ¿Soy yo quien te ha unido á un viejo? Vé cuántas horas de sueño la Luna otorga á su jóven amante; y su belleza no es menor á la tuya. El padre mismo de los dioses, para no verte con tanta frecuencia, de dos noches no hace mas que una, á fin de dar un más libre campo al amor.
Habia terminado estos reproches, y, como si ella me hubiese oido, su frente se enrojecia, sin que no obstante el dia apareciera más tarde que de costumbre.
ELEGIA DECIMACUARTA.
ARGUMENTO.
A una muchacha vuelta calva de repente.
Bien te lo decia yo: «Deja de teñir tus cabellos.» Hoy dia no tienes cabellera que teñir. No obstante, si tú lo hubieras querido, ¡qué habia más hermoso que tus cabellos! Descendian hasta tus rodillas. Tal era su finura que temias peinarles. No era más fino el tejido de que se cubren los Tártaros de atezado color; no es más fino el hilo que, con su delicado pié, desarrolla la araña, suspendida en la viga solitaria, para tramar allí su desliada tela. Sin embargo, su color no era el del ébano, no era tampoco el del oro: era una mezcla de ambos. Tal es, en los delicados valles del monte Ida, el color del alto cedro despojado de su corteza.
Tal era tambien su flexibilidad, que se prestaban á mil colocaciones, sin causarte jamás el menor dolor. Jamás la punta de la aguja, jamás el diente del peine los partió, jamás tu peinadora tuvo nada que temer. Muchas veces he asistido á su tocador, y jamás tomó la aguja para pincharle los brazos. Más de una vez tambien, por la mañana, con sus cabellos aun desordenados, quedó hasta medio dia acostada en su cama de púrpura, y su descuido no carecia de gracia: se la hubiese tomado entónces por una bacante de la Tracia, muellemente recostada sobre el verde césped para reparar sus fatigas.
Aunque sus cabellos fueran tan flexibles como el vello, ¡cuántas veces, ay fueran puestos en tortura! ¡cuántas veces sufrieron pacientemente el hierro y el fuego, para sujetarse en torneadas trenzas! «Un crímen es, exclamaba yo, sí, es un crímen quemar estos cabellos: ellos mismos se arreglan con gracia: ¡cruel, conserva tu cabeza! Lejos de tí esa violencia: no son cabellos para quemar: muestran ellos mismos su sitio á la aguja.»
Ya no existe aquella bella cabellera de que Apolo y Baco hubieran estado celosos, aquella cabellera comparable á la que Dione, saliendo desnuda de la espuma de las olas, sostenia con sus húmedas manos.
¿Por qué, si no te gustaban, deplorar la pérdida de tus cabellos? Insensata, ¿por qué con mano enojada rechazas el espejo? tus ojos no se fijan en él tan á gusto como otras veces: para gustar aun, tienes necesidad de olvidar lo que eras.
Su caida no es debida á las yerbas encantadas de una enemiga, ni al agua sacada de las fuentes de Hemonia por un pérfido hechicero. No es efecto tampoco de una enfermedad grave (de que el cielo te preserve), ni de los celos de una rival, envidiosa de su hermosura. No, la falta está en tí; á tu propia mano debes la pérdida que te desola, tú misma derramabas el veneno sobre tu cabeza. Entretanto la Germanía te enviará cabellos de esclavos: una nacion vencida se encargará de tu compostura. ¡Cuántas veces, cuando oirás alabar la belleza de tus cabellos, te dirás abochornada: «Hoy dia es un adorno comprado que me hace parecer bella; no sé que Sicambro se admira en mí. Y sin embargo, recuerdo hubo un tiempo en que estos homenajes no se dirigian mas que á mí misma!»
¡Infeliz! ¿qué he dicho? Apenas puede contener sus lágrimas; con sus manos oculta su frente, y el rubor ha pintado sus mejillas hechiceras. Tiene el valor de contemplar sobre sus rodillas los cabellos que no eran hechos para hallarse en este puesto. Calma la perturbacion de tu corazon y de tu mirada: el mal no es irreparable: presto embellecerás aun, con tu primera cabellera.
ELEGIA DECIMAQUINTA.
ARGUMENTO.
Contra los adversarios de la poesía.
¿Por qué me acusas, maldiciente Envidia, de consumir mis años sin hacer nada? ¿por qué llamas á mis versos la obra de un perezoso? ¿por qué reprocharme de no seguir las huellas de nuestros antepasados, de no aprovechar las fuerzas de mi edad para cojer los laureles empolvados del dios de la guerra; de no estudiar la prosa de nuestras leyes, de no prostituir mi palabra en las luchas fastidiosas del foro? Estas obras que alabas, son perecederas; aspiro á una gloria inmortal, á fin de ser celebrado siempre y en todos lugares.
El cantor de Meonia vivirá mientras subsistan Tenedos é Ida, mientras lleve el Simois al mar sus veloces aguas. Vivirá tambien el poeta de Ascra, mientras la uva granará en la viña, mientras los dones de Céres caerán bajo el cortante de la hoz. Siempre hablará el mundo entero del hijo de Batto, aunque en este poeta el arte domine al génio. El coturno de Sófocles no se usará, pero vivirá Arato tanto como el sol y la luna. Tanto como la falacia caracterizará al esclavo; tanto como el padre será severo, la alcahueta pérfida, la cortesana cariñosa, vivirá Menandro. Ennio, que no conoció el arte; Accio, cuyos acentos eran tan varoniles, tienen un nombre que el tiempo no destruirá. ¿Qué siglo no conocerá á Varron, y el primer marinero, y el Vellocino de oro conquistado por un jefe ausonio? Los versos del sublime Lucrecio, no perecerán, sino el dia en que el mundo perezca. Títyro y los segadores, Eneas y sus combates serán leidos, en tanto que Roma sea la reina del mundo que ha conquistado. Mientras el arco y el fuego sean las armas del Amor, se aprenderán tus cantos melodiosos, elegante Tibulo. Galo será conocido por los pueblos de Occidente; Galo será conocido por los pueblos de Oriente; en todas partes, con Galo, será conocida su querida Lycoris.
Así, aunque el tiempo mine los peñascos, aunque destroce el diente de la dura esteva, los versos escapan á la muerte. ¡El cetro con sus conquistas, cedan, pues, el paso á la poesía! ¡Cédanselo tambien, las riberas afortunadas del Tajo, que arrastra el oro con sus aguas!
En buen hora que el vulgo se entusiasme por cosas de poco más ó menos: yo lo que pido es que Apolo me vacie á copa llena el agua de Castalia; que el mirto que teme el frio orne mi cabeza, y que mis versos no dejen de ser leidos por el agitado amante. Viviendo, se sirve de pasto á la Envidia; muerto, se disfruta del reposo á la sombra de la gloria que se ha merecido. Cuando la pira fúnebre me habrá consumido, viviré, y la mejor parte de mí mismo habrá triunfado de la muerte.