LIBRO SEGUNDO.
ELEGIA PRIMERA.
ARGUMENTO.
Por qué en lugar de la Gigantomaquia que tenia comenzada, canta sus Amores.
Vé ahí aun una obra de Ovidio, nacido en la húmeda comarca de los Sabinos, de Ovidio, el cantor de sus propios devaneos. El Amor es aun quien lo ha querido. ¡Lejos de aquí, sí, lejos de aquí bellezas demasiado severas! no sois el auditorio que necesita para sus tiernos acentos. No quiero para lectores más que á la vírgen que se inflama á la vista de su prometido, y el novicio adolescente tocado del primer amor. Quiero que el jóven Romano, herido por el mismo arco que yo, reconozca en mis versos la imágen del fuego que le quema, y que despues de un largo aturdimiento exclame: «¿Cómo, pues, este poeta ha sabido el secreto de mis amores?»
Yo habia osado, me acuerdo, celebrar las guerras de los cielos y el jigante de cien manos; y no es la fuerza lo que me hubiera faltado. Iba á borrar la funesta venganza de la Tierra, y la caida del Pelion rodando con la Ossa desde lo alto del Olimpo donde estaban amontonados. Yo tenia en mis manos las nubes, Júpiter y su rayo, con el cual no hubiese dejado de defender su imperio. Mi dueño me cerró su puerta: inmediatamente dejé allí á Júpiter con su rayo; sí, el mismo Júpiter salió de mi espíritu. ¡Perdon, Júpiter! para nada me sirven tus flechas; esta puerta cerrada podia más sobre mí, que tu rayo. Vuelvo á mis burlas, á mis lijeras elegías; estas son mis únicas armas: la dulzura de mis cantos ablandó bien pronto la dureza de las puertas.
Los versos hacen descender hácia nosotros el disco ensangrentado de la Luna: ellos páran, en medio de su curso, los blancos corceles del Sol. Los versos arrancan á la serpiente su dardo emponzoñado; hacen remontar las aguas hácia su orígen. Los versos han hecho caer puertas; han forzado la cerradura, por bien clavada que estuviese sobre un grueso roble. ¿Qué hubiese yo ganado en cantar al impetuoso Aquiles? ¿Qué hubieran hecho por mí los dos hijos de Atrida, y este rey á quien la guerra ocupó diez años, y que diez años vagó en la ventura, y ese Héctor, inhumanamente arrastrado por los corceles de un príncipe de Hemonia? Pero yo he cantado apenas la belleza de una tierna jóven cuando ella misma viene al encuentro del poeta para sus versos. Es una gran recompensa. ¡Adios, pues, héroes de nombres ilustres! vuestros favores no son los que yo ambiciono. Hermosas niñas, fijad, echad una dulce mirada sobre los versos que me dicta el purpúreo Amor.
ELEGIA SEGUNDA.
ARGUMENTO.
Al eunuco Bagoas, para que le procure fácil acceso junto á la belleza confiada á su guarda.
Oh tú, á quien está confiado el cuidado de guardar á tu señora, escucha, Bagoas, no tengo más que dos palabras que decirte, pero estas dos palabras son importantes. Ayer la ví pasear bajo el pórtico de las hijas de Dánae. Luego, prendado de sus gracias, le dirigí por escrito una súplica. A su vez, ella me escribió con mano trémula: Imposible. ¿Y por qué, imposible? le pregunté. Ella me respondió que tu vigilancia era muy severa.
Si quieres ser cuerdo créeme, guardian importuno, deja de merecer el odio; hacerse temer, es hacerse desear la muerte. Su marido mismo es un loco: ¿por qué tanto atormentar en defender un bien que, para quedar intacto, no necesita vigilancia? Le es permitido, sin duda, dejarse llevar furioso por los transportes de su amor; le es permitido creer casta á una mujer que gusta á todo el mundo. Por tu bien déjala en secreto un poco de libertad: la que tú la darás sabrá bien agradecértela. Consiente en que exista con ella complicidad, y la señora esté bajo las leyes de su esclavo. ¡Esta complicidad te horroriza! ya tú puedes cerrar los ojos. ¿Lee ella un billete aparte? supón que lo recibe de su madre. ¿Llega á ella un desconocido? Tómale por un antiguo amigo. ¿Vá á ver á una amiga enferma que no lo está? Figúrate que lo está en efecto. ¿Tarda en volver? Para no aburrirte en esperar puedes apoyar tu cabeza sobre tus rodillas y roncar á tu contento. No he de inquirir lo que puede hacer en el templo de Isis, lo que pueda pasar en los teatros.
Un cómplice discreto obtendrá siempre honores, y por tanto ¿qué hay menos difícil que callarse? Entonces es amado, gobierna toda la casa; no tiene que temer las entrevistas; para él omnipotencia; para los otros, vil rebaño, la servidumbre. Por ocultar á un marido la verdad, le embauca con quimeras, y, dueños ambos, encuentran bueno lo que no habia de gustar mas que á la mujer. De un marido, por más que frunza la ceja, por más que arrugue la frente, obtiene lo que quiere una mujer cariñosa. Pero es menester que de tiempo en tiempo te busque querella, que vierta lágrimas fingidas, que te trate de verdugo. Tú, entónces, suponle faltas de que pueda con facilidad justificarse: acusándole falsamente, alucina á su marido sobre la verdad. A este precio los honores, á este precio los escudos lloverán sobre tí. Obra de esta suerte, y al instante obtendrás tu libertad.
Ves á los delatores con el cuello cargado de estrechas cadenas; ves á los hombres de pérfido corazon encerrados en oscuros calabozos. Tántalo busca el agua entre aguas y coje los fugaces frutos: el agua y el fruto escapan á sus lábios: vé ahí lo que le ha valido su indiscrecion. Por haber seguido demasiado severamente las órdenes de Juno, el guardian de Io perece en la flor de la edad, Io es una diosa.
He visto cargar de hierro, que le magullaban las piernas, á un indiscreto que habia revelado á un marido los amores incestuosos de su mujer. Merecia un castigo más severo: porque su lengua ruin habia hecho dos víctimas: sumergia al marido en el dolor, y ajaba el honor de la esposa.
Créeme: no es el marido quien quiere semejantes acusaciones; puede oirlas, pero nunca con placer. Si es indiferente, su indiferencia hace inútil vuestra delacion; si ama, os debe su infelicidad. Por otra parte, por evidente que sea la falta de una mujer, no es fácil de probar: tiene en su pro la indulgencia de su juez. Aunque él mismo lo hubiese visto todo, admitirá la negativa, acusará á sus propios ojos, se atormentará á sí mismo. Cuando vea á su mujer llorar, llorará con ella, diciendo: «¡Este maldito hablador me lo pagará caro!» ¡Es desigual la lucha en que te empeñas! Vencido, pasas por azotes, mientras que la bella reposa sobre las rodillas de su juez.
No queremos un crímen: no deseamos vernos para componer bebidas emponzoñadas: en nuestras manos no brilla una espada amenazadora. Lo que pedimos es que por tu mediacion nos podamos amar sin peligro.
¿Hay ruego más inocente?
ELEGIA TERCERA.
ARGUMENTO.
Al mismo, que se mostraba inflexible.
¡Ay de mí! pues guardas mi señora, tú que no eres ni hombre, ni mujer, tú que no puedes conocer los placeres que saborean juntamente dos amantes! El que primero mutiló vergonzosamente la infancia, merecia sufrir á su vez el mismo suplicio. Serias más complaciente, más sensible á mis ruegos, si hubieras amado á alguna mujer. No estás hecho para montar á caballo, para llevar las pesadas armas, para cargar tu mano con la belicosa lanza. Es menester ser hombre para esto; tú, renuncia á todo acto viril. No sigo otras banderas que las de tu señora. A ella es á quien debes servir; aprovecha sus buenas gracias. Si tú la pierdes, ¿para qué servirias? Su figura, su edad, invitan al placer: su belleza no debe marchitarse y perecer en perezoso abandono. Por severo que parezcas, ella no necesita mucho para engañarte. Lo que han resuelto dos amantes, jamás deja de tener efecto: pero como es más fácil valerse de los ruegos, te dirigimos los nuestros, mientras aun tienes tiempo de complacernos.
ELEGIA CUARTA.
ARGUMENTO.
Su inclinacion al amor; por qué todas las bellas, sin distincion, le agradan.
No pretendo justificar el relajamiento de mis costumbres, ni recurrir jamás á pretextos engañosos para excusar mis desvaríos. Confieso mis faltas por si tal declaracion puede ser útil para algo. Ahora que me reconozco culpable, quiero revelar todas mis locuras. Reniego de mis errores, y no puedo dejar de complacerme en los errores que maldigo. ¡Oh! ¡Cuán pesado es de llevar el yugo que se querria sacudir! Yo no tengo ni la fuerza ni el poder de domar mis pasiones: ellas me atraen, como las rápidas olas llevan la lijera barca.
No es tal ó cual belleza la que me inflama: cien motivos me obligan á amar siempre. Si alguna tiene sus ojos modestamente inclinados, mi corazon se enciende, y su pudor es el cepo en que caigo. Si es incitativa, me dejo apresar porque no es novicia, y porque promete ser viva y eficaz sobre un mullido lecho. Si veo una cuyo aire arisco recuerda la severidad de las Sabinas, me figuro que tiene deseos, pero que sabe disimularlos. ¿Eres sábia? me gustas por tus raros talentos: ¿eres ignorante? me gusta tu simplicidad. Esta halla los versos de Calímaco sin gracia en comparacion á los mios; lo agradezco y me gusta al momento: aquella criticando mis versos, me disputa el título de poeta; á pesar de sus críticas quisiera tocarla de cerca. Esta marcha muellemente, su suavidad me encanta: aquella, pesadamente; la aproximidad de un amante le prestará tal vez agilidad. La una canta con gracia, y su garganta flexible exhala los acentos más melodiosos; yo quisiera robar un beso á su boca medio abierta; la otra recorre con un dedo lijero las temblorosas cuerdas de su lira: ¿quién podria dejar de amar manos tan diestras? Esta otra, en fin, me seduce por su danza: amo al ver sus lascivas posiciones, el movimiento cadencioso de sus brazos, su destreza en responder al compás por el contoneo de todo su cuerpo. No hablemos de mí, que todo me inflamo: colocad á Hipólito delante de ella; se volvería un Priapo. Tú que eres alta no cedes á las heroinas de la antigüedad, y tienes tu puesto á lo largo del lecho. Tú que eres baja sabes gustarme tambien. Ambas me arrebatan; la grande y la pequeña me convienen igualmente. ¿Esta está sin adorno? pienso en lo que la compostura podria aumentar sus encantos; ¿aquella está engalanada? brilla con todos sus atractivos. Soy esclavo de la rubia y de la morena, que tambien es agradable Vénus bajo atezado color. ¿Flotan negros cabellos sobre un cuello de nieve? La belleza de Leda consistia en su negra cabellera. ¿Veo blondos cabellos? Una cabellera dorada hace la belleza de la Aurora. En todas partes la historia me ayuda para justificar mi amor. La juventud me encanta, la madurez me seduce: la una tiene en su favor la belleza del cuerpo, la otra su espíritu. En una palabra, de todas las bellas que se admiran en Roma, no hay una que no le apetezca á mi amor.
ELEGIA QUINTA.
ARGUMENTO.
Dirije reproches á su señora, quien, á su vista, mientras fingía dormir, habia dado á otro convidado señales inequívocas de su amor.
¡Cupido; huye con tu carcax! el Amor no tiene bastante precio, para que yo invoque tan frecuentemente la muerte. Sí, yo invoco la muerte cuando sueño en tu perfidia, ingrata belleza, nacida para mi eterna desgracia. No son tus tablitas mal borradas las que me descubren tu conducta: no son los presentes recibidos furtivamente los que revelan tu crímen. Quieran los dioses que acusándote yo, no pueda convencerte. ¡Infeliz de mí! ¿por qué mi causa es tan buena? Dichoso el amante que puede defender valientemente lo que él ama, y á quien su señora puede decir: «¡Yo no soy culpable!» Tiene un corazon de hierro y se abandona demasiado á su ira, aquel que quiere adquirir un laurel ensangrentado por la condenacion de una pérfida.
Desgraciadamente lo he visto todo, cuando tú me creias dormido. Sí, he visto por mis ojos, que el vapor del vino no perturbaba, he visto vuestra traicion. Os he visto entenderos por el movimiento de vuestras cejas: vuestros signos de cabeza, lenguaje bastante claro, eran como palabras. Tus ojos no fueron mudos: se trazaron letras con el vino sobre la mesa: tus propios dedos no estaban sin hablar su lenguaje. A pesar de todos vuestros esfuerzos para ocultarle, he penetrado el sentido de vuestras palabras: he comprendido el valor de los signos convenidos entre vosotros. Ya la mayor parte de los convidados se habian alejado; no quedaban más que dos jóvenes, dormidos por la embriaguez. Yo os ví entonces cambiar culpables besos, besos en los cuales, yo lo he visto, vuestras dos lenguas se confundian; no de los besos que recibia de una hermana un hermano virtuoso, sino de los que dá una tierna mujer á su ávido amante; no de los besos que Febo podia dar á Diana, sino de los que Vénus prodigaba á su querido Marte.
«¿Qué haces tú? exclamaba yo, ¿á quién das los favores que me pertenecen? Es mi derecho, es mi bien; yo la vindico y yo la defenderé. Solo para mí tus caricias, solo para tí las mias; ¿por qué un tercero quiere tener una parte en lo que no pertenece mas que á nosotros dos?»
En estos términos es como se exhalaba mi despecho: el color de la vergüenza cubrió bien pronto sus culpables mejillas. Así se colora el cielo al nacer de la esposa de Titon, ó la jóven virgen á la vista de su prometido: así brillan las rosas en medio de los lirios que las rodean: tal enrojece la luna, detenida en su curso por algun encantamiento; tal aun el marfil asirio, que tiñe una mujer de Meome para impedirle se vuelva amarillo con los años. Tal ó poco menos, era el color de la pérfida, y quizás jamás habia estado más bella. Miraba á tierra y esta mirada era hechicera: la tristeza estaba pintada en su cara y esa misma tristeza la agraciaba. Sus cabellos, y nada era tan bello como sus cabellos, estuve á punto de arrancárselos; sus mejillas delicadas, estuve por abofetearlas.
Cuando mis ojos encontraron los suyos, mis nerviosos brazos cayeron á pesar mio, y mi señora encontró su seguridad en sus armas. Al ver que ella venia amenazante, yo me arrojé á sus rodillas, y la supliqué no me diera menos tiernos besos. Sonrió y me dió de todo su corazon el más dulce beso, uno de esos besos que arrancarian á la mano irritada de Júpiter su rayo luminoso. Lo que me atormenta hoy es el temor de que mi rival habrá recibido de tan deliciosos: yo no quiero que los suyos hayan podido ser del mismo género.
Ciertamente habia en aquel beso mucho más arte del que debe á mis lecciones: me parece que ella habia aprendido algo nuevo. Ese refinamiento de voluptuosidad nada bueno me presagia; tengo por mal lo que más plugo; nuestras lenguas, cruzándose mútuamente, fueron todas enteras estrechadas por nuestros lábios, y con todo no es esto solo lo que me apena: no es solamente de aquellos besos voluptuosos de lo que me quejo, aunque no obstante me compadezco; pero tales lecciones no se dan más que en la cama, y no sé qué maestro ha recibido la inestimable paga.
ELEGIA SEXTA.
ARGUMENTO.
Deplora la muerte del papagayo que habia regalado á su señora.
El ave imitador venido de las Indias Orientales, aquel papagayo no existe. ¡Llegad en tropel á sus funerales; venid todos, piadosos habitantes de los aires; herid vuestro pecho con las alas, y surcad con aguzadas uñas vuestras cabezas delicadas! En defecto de plañideras que se arranquen los cabellos, despedazad vuestras plumas erizadas; en defecto de los acentos del clarin que resuena á lo lejos, haced oir funerarios cantos.
¿Por qué te quejas, Filomela, de la maldad del tirano ismario? el tiempo ha debido poner término á tus lamentos. Resérvalos para la muerte del ave más rara. La suerte de Itis fué un gran motivo de dolor, pero es un asunto muy antiguo.
Vosotras que os balanceais dulcemente en las llanuras de los cielos, y tú más que otra, tórtola querida, exhalad vuestras lúgubres quejas. Estuvo toda su vida en perfecta inteligencia con vosotras, y su fidelidad á toda prueba no se desmintió jamás. Lo que fué el griego Pílades para su amigo Orestes, la tórtola, oh papagayo, lo fué para tí, mientras viviste.
¿De qué te ha servido esa fidelidad? ¿De qué te ha servido el brillante explendor de tu raro plumaje? ¿De qué te ha servido esa voz tan hábil para imitar nuestro lenguaje? ¿De qué te ha servido haber agradado á mi señora desde que le fuiste regalado? ¡infeliz! ¡eras la gloria de las aves, y ya no existes! Tú podrias, por el brillo de tu plumaje, eclipsar la verde esmeralda, y el rojo color de tu pico igualaba al brillo de la púrpura. Ninguna ave en la tierra hablaria tan bien como tú: ¡tan grande era tu habilidad en repetir tartajeando los sonidos que no habias entendido!
La muerte envidiosa te ha herido; tú no declarabas la guerra á ninguna ave, tú eras á la vez hablador y amigo de las dulzuras de la paz. Vemos las codornices, siempre en guerra, y por esto mismo quizás, alcanzar frecuentemente la vejez. Los menores alimentos te bastaban; el placer que encontrabas en hablar no te permitía tomar un frecuente alimento. Una nuez constituia tu comida; algunas adormideras le invitaban al sueño; algunas gotas de agua pura extinguian tu sed. Vemos vivir al insaciable buitre, y al milano, el que en su vuelo, describe grandes círculos en medio de los aires, y al grajo, que pronostica la lluvia. Vemos á la corneja, odiosa á la belicosa Minerva: apenas muere al cabo de nueve siglos. ¡Y ha muerto el pájaro que sabia imitar tan bien la voz del hombre, aquel papagayo, raro presente traido de las extremidades del mundo! Casi siempre las manos avaras de la muerte hieren desde luego lo que hay de mejor en la tierra, y las cosas más malas cumplen su destino. Thérsistes vió los tristes funerales de Phylácides: Héctor estaba reducido á cenizas, cuando sus hermanos aun vivian.
¿Á qué recordar los tiernos votos que hizo por tí mi señora alarmada, votos que el tempestuoso Noto llevó al medio de los mares? Habias alcanzado el séptimo dia, que debia ser el último para tí: ya la Parca habia enteramente dividido su huso: sin embargo, tu lengua tuvo el valor de hacerse oir aun y exclamaste muriendo: «¡Corina, adios!»
En el Elíseo, en la pendiente de una colina hay una selva á la que dan sombra las apiñadas encinas; allí la tierra húmeda está siempre ornada de un verde césped. Aquel lugar, si se dá crédito á la fábula, se dice es la mansion de las aves piadosas: las aves de augurios malos no penetran en él. Es donde habitan los inocentes cisnes y el eterno fénix, siempre único entre las aves. Es donde el pavo real ostenta con orgullo su brillante plumaje, y donde la paloma cariñosa prodiga sus besos á su ávido esposo. Recibido en medio de ellas, en esta riente floresta, nuestro papagayo llama por su lenguaje la atencion de esas piadosas aves.
Sus huesos están cubiertos por una tumba, y esta tumba, pequeña como su cuerpo, presenta una pequeña piedra con esta corta inscripcion: «Por este monumento se puede juzgar cuánto gusté á mi señora: mi boca para hablarla sabia más que un pico de ave.»
ELEGIA SÉPTIMA.
ARGUMENTO.
A Corina: niega haber tenido jamás ningun comercio con Cipasis.
¿He de ser siempre el blanco de tus nuevas acusaciones? por más que hagas, tengo que salir victorioso de esta lucha que se repite á cada momento. Si dirijo la vista á las más elevadas gradas del teatro, tú elijes, entre mil, la mujer que debe servir de pretesto á tus quejas. Si los inocentes ojos de una bella se fijan por casualidad en los mios; según tú, mi silencio dice bastante, yo me entiendo con ella. Si alabo á esta, tus uñas acometen sin piedad á tu cabellera; si vitupero á aquella, entonces es para mejor ocultar mi crímen. Si tengo buen color, es que estoy frio contigo; si estoy pálido, es que yo muero de amor por otra.
¡Si al menos tuviera algunas faltas que reprocharme! en este caso se sufre más pacientemente la pena que se tiene merecida. Pero tú me acusas sin razon, y por tu inclinacion en creerlo todo intencionado, destruyes tú misma el efecto que podria causar tu ira. Ves ese animal con largas orejas, ves al pobre pollino: á pesar de los golpes de azote con que se le abruma, no va más lijero.
Ve ahí un nuevo motivo de acusacion. Hoy es Cipasis tu hábil peinadora y dices tú que habrá mancillado conmigo el lecho de su señora. Presérvenme los dioses, ¡si el deseo me diese de ser culpable, de querer serlo con una mujer de vil condicion! ¿Qué hombre libre querria unirse á una esclava, y entre sus brazos apretar un cuerpo magullado de golpes de azote? Añade que es ella quien pone la última mano á tu tocado, y que sus hábiles dedos te lo han vuelto precioso. ¿Y yo insultaria á una muchacha que te es tan adicta? ¿Qué ganaria yo en ello, sino el ser denunciado, despues de haber sufrido una negativa? Te lo juro por Vénus y por el arco de su veleidoso hijo, no soy culpable de este crímen de que me acusas.
ELEGÍA OCTAVA.
ARGUMENTO.
A Cipasis le pregunta cómo Corina ha podido saber el secreto de sus amores.
Cipasis, tú que tan bien sabes componer de mil maneras un peinado, tú que eres digna de no peinar mas que á las diosas, tú cuyo mérito conozco por un dulce latrocinio; tú, tan estimada por tu señora, pero más por mí, dime ¿quién ha podido revelar el secreto de nuestros amores? ¿Cómo Corina ha podido sospechar nuestros placeres? Esto me abochorna. ¿Acaso se me ha escapado una sola palabra que pueda descubrir nuestras furtivas voluptuosidades? Por el contrario, ¿no tengo jurado que para querer ser culpable con una sirvienta, era menester no tener sentido comun?
Y por tanto el héroe de Thesalia se ha consumido de amor por la bella Briseidos, que no era más que una sirvienta. Una sirvienta fué la sacerdotisa que supo conquistar al rey Miceno. ¿Soy, pues, más grande que Aquiles, más grande que el descendiente de Tántalo? ¿Lo que fué conveniente para los reyes seria para mí un asunto vergonzoso?
Sin embargo, cuando ella fijó en tí sus airadas miradas, ví colorearse tus mejillas. Para mayor seguridad, si no lo has olvidado, ¡he tomado en testimonio de mi inocencia á la augusta Vénus! Y tú misma, sí, tú, bella diosa, ordena que ese perjurio de un corazon inocente, sea por el ardiente aliento del Noto, llevado más allá de las olas carpathianas.
Por tal servicio, otórgame, morena Cipasis, el dulce favor de encontrarme hoy á solas contigo. ¿Por qué rehúsas? ¿por qué, ingrata, finges nuevas alarmas? Basta haber bien merecido de uno de tus amos. Si eres bastante necia para rechazarme, referiré lo que hemos hecho; yo me convertiré en mi propio acusador, y diré, Cipasis, sí, yo diré á tu señora el lugar y el número de nuestras citas, y también el número y naturaleza de nuestros placeres.
ELEGIA NOVENA.
ARGUMENTO.
A Cupido: le exhorta para que no gaste todas sus flechas contra él solo.
Cupido, oh tú, que siempre te me muestras irritado, tú que nunca permites el descanso á mi corazon, ¿por qué soy objeto de tus golpes, yo que nunca he abandonado tu bandera? ¿por qué herirme en mi propio campo? ¿por qué tu hacha quema á tus amigos? ¿por qué tu arco les traspasa con sus flechas? Habria más gloria en vencer á un rebelde. ¡Qué! ¿el héroe hemoniano despues de haber pasado á Telefo con su lanza, no curó con su lanza la herida de su enemigo? El cazador persigue al animal que huye; y una vez alcanzado le deja para ir siempre á la pista de una nueva presa. ¡Reservas para nosotros, que somos tus semejantes, la fuerza de tus armas; y tu brazo entorpecido no sabe herir al enemigo que te resiste! ¿A qué viene embolar tus afiladas flechas en los huesos descarnados? porque el amor solo me ha dejado el hueso. ¡Sin amor hay tantas jóvenes! ¡Hay tantos jóvenes sin amor! En ellos pues alcanzarás un triunfo glorioso.
Si Roma no hubiese desplegado sus fuerzas por todo el universo, hoy no seria aun sino un conjunto de chozas. El fatigado soldado abandona la guerra por el campo que acaba de dársele. El corcel, libre de su prision, corre á brincar en los prados; extensos muelles resguardan el buque vuelto de nuevo al puerto, y el gladiador recibe en cambio de sus armas, la varilla que le libra de los combates, y yo que puedo contar tantas campañas al servicio del Amor, ¿no seria tiempo de que viviese tranquilo?
Y sin embargo, si un dios me dijese: «En adelante vive sin amor;» yo me defenderia; ¡tan dulce es el mal de amor! No sé qué vértigo arrastra mi mal aconsejada alma cuando estoy bien repuesto de amor, cuando no experimento sus fuegos. Como el caballero, recogiendo en vano las riendas blanqueadas por la espuma, se vé arrebatado en el precipicio por su corcel que no siente el freno; como el esquife, cerca de tocar la tierra y de llegar al puerto, se vé á un tiempo arrojado por un golpe de viento; así yo soy arrastrado aquí y allá por el soplo incierto de Cupido, y el Amor de color de rosa vuelve á tomar contra mí sus acostumbradas tretas.
Tira, niño, he depuesto las armas, y me ofrezco desnudo á tus tiros. Desplega aquí tus fuerzas, y haz ver aquí tu destreza. Vé ahí el punto en que, sin oir tus órdenes, vienen las mismas flechas á clavarse: apenas el carcax le es tan conocido como mi corazon. ¡Triste de quien puede descansar una noche entera, y comprar á gran precio el sueño! ¡Insensato! ¿Qué es el sueño sino la imágen de la fria muerte? Los destinos te reservan un largo reposo.
Quiero que mi señora me engañe alguna vez con promesas falaces: la esperanza por lo menos será para mí una verdadera dicha; quiero que ella ya me acaricie, ya me riña: que frecuentemente se me entregue, que frecuentemente me rechace. Si Mario, (Marte), es inconstante, lo es por tí, Cupido; el amante de tu madre, imitándote, lleva de aquí para allá sus armas. Eres veleidoso, eres cien veces más lijero que tus alas, y, siempre inconstante, dás y rehusas el placer á medida de tu capricho. Si no obstante, tu graciosa madre y tú os dignais atender mis súplicas, ven á reinar como dueño en mi corazon y no lo abandones jamás. Que las hermosas, en veleidoso tropel, acudan bajo tu imperio: tú serás, á este precio, adorado de los dos sexos á la vez.
ELEGIA DÉCIMA.
ARGUMENTO.
A Grecino: se puede muy bien, dígase lo que se quiera, amar á dos mujeres á la vez.
Tú eras, Grecino, lo recuerdo, quien me negaba que pudiese amar á dos mujeres á un mismo tiempo. Gracias á tí he sucumbido; gracias á tí he sido apresado sin defensa, y vé aquí que tengo vergüenza, vé aquí que amo á dos mujeres á la vez, bellas las dos, las dos en estado de buen servicio: seria imposible decir cuál tiene más talento. La primera aventaja en belleza á la segunda, esta á la primera: tan pronto es una como otra la que más me place. Mi corazon, como el esquife batido por los opuestos vientos, marcha á la ventura, dividido entre estos dos amores. ¿Por qué, diosa del monte Erycino, multiplicar así mis eternos tormentos? ¿No era bastante tener que ocuparme de una sola querida? ¿Por qué añadir hojas á los árboles, estrellas al cielo, y nuevas aguas á las olas del inmenso Océano?
Prefiero, no obstante, amar así, á consumirme sin amor. ¡Para mis enemigos una vida sin voluptuosidad; para mis enemigos el sueño en una cama solitaria y la facilidad de descansar contentos en medio de un lecho no dividido! Para mí, quiero que el cruel amor me arranque á las dulzuras del sueño; no quiero ser solo en estrujar el plumon de mi cama. Que solo una mujer apure sin obstáculo mi amor, si una sola puede hacerlo; y si no es suficiente una, que sean dos. Mi cuerpo seco, pero no débil, me dará fuerza; es la gordura y no el vigor lo que le falta. Por otra parte la voluptuosidad me animará con su poder: jamás he quedado en falla junto á una hermosa. Frecuentemente, despues de una noche consagrada al placer, me he encontrado por la mañana lleno de vigor y dispuesto á la accion. ¡Dichoso quien muere en los dulces combates de Vénus! ¡Hagan los dioses que yo encuentre ese dia la muerte!
Que el soldado presente su pecho á los dardos del enemigo, que compre al precio de su sangre una gloria inmortal; que el avaro busque lejos las riquezas, y que, sumergido en los mares que ha cansado su nave, trague las aguas con su boca perjura: por lo que á mí toca, quiero encanecer bajo la bandera de Vénus, quiero morir en medio de la lucha, y que puedan decir llorando sobre mi sepulcro: «Ha muerto como ha vivido.»
ELEGIA ONCENA.
ARGUMENTO.
Trata de disuadir á Corina de su proyecto de ir á las bayas de Campania.
El Argo, despojado del monte Peliaco, es el primero que se abrió en las olas embravecidas un camino peligroso y sembrado de escollos, para traer el toison de oro. ¡Oh! ¡quiera el cielo que Argo haya sido absorbido en los profundos abismos del mar, á fin de que ningun mortal fatigue con su remo la inmensidad de las olas!
Vé aquí que, abandonando su cama acostumbrada y sus penates domésticos, Corina se va á confiar al falaz elemento. ¿Por qué obligas á tu desgraciado amante á temer para tí el Zéfiro y el Euro, el viento glacial de Borea y el caliente aliento del Noto? No verás en tu camino ni villas ni selvas dignas de ser admiradas. Por todo espectáculo no tendrás más que la vista de un mar azulado y pérfido. No es lejos donde se encuentran lijeros mariscos y guijarros ricamente matizados, sino en las claras aguas de la ribera. La ribera es, pues, solamente la que debeis, jóvenes bellezas, hollar con vuestros delicados piés: solo allí hay seguridad: más allá existen escondidos escollos. Que otros os cuenten los combates que libran los vientos, qué mares son infestados por Carybdis y Scyla, sobre qué rocas están asentados, amenazantes, los montes Ceranios, en qué lugar están escondidas las Syrtes ó Malea. Que otros os instruyan, cualesquiera que sean sus relaciones, creedlas: creer en la relacion de una tempestad, no es correr riesgo alguno.
Se está mucho tiempo sin ver la tierra, cuando, una vez apartado de la ribera, la nave voga á velas llenas en el vasto mar. El navegante inquieto teme el furor de los vientos, y vé la muerte tan cerca como las olas. ¿Qué vendrás á ser tú si Triton levanta con furia sus agitadas ondas? ¡Cómo entonces palidecerá tu semblante! Invocando á los compasivos hijos de la fecunda Leda, exclamarás: «¡Dichoso aquel que vive en su tierra natal!» Es mucho más seguro dormir en buen lecho, leer algun libro, hacer resonar bajo sus dedos la lira de Thracia.
Pero si el viento de las tempestades se lleva mis vanas palabras, ¡que al menos favorezca Galatea á la nave que te conduce! Si llega á perecer tal belleza, vuestro seria el crímen y de vuestro padre, Diosas y Nereidas. Parte pensando en mí para volver al primer viento propicio, y que su soplo más fuerte hinche entonces tus velas. Que el poderoso Nereo vuelva la mar inclinada sobre esta ribera; que el viento empuje las naves hácia aquí: y por aquí el flujo precipite las aguas. Tú misma ruega á los céfiros soplen de lleno en tus velas, que tus propias manos ayudarán á hacer mover.
Yo seré el primero en descubrir desde la ribera tu nave querida; y diré: «esa nave trae otra vez mis dioses.» Te recibiré en mis brazos, tomaré rápidamente desordenados besos; la víctima ofrecida para tu regreso caerá al pié de los altares. Extenderé en forma de lecho la lijera arena de la playa, y el primer otero nos servirá de mesa. Allí con el vaso en la mano me contarás todas tus aventuras; me describirás tu navío medio engullido por las oleadas; me dirás que viniendo hácia mí no temias ni al frio ni á la noche, ni á los austros impetuosos. Todo esto, aunque fuese fingido, será verdad para mí; lo creeré todo. ¿Y por qué no he de creer yo con complacencia lo que más deseo? ¡Ojalá pudiese la estrella de la mañana, brillando en un cielo sin nubes, traerme desde luego este dichoso dia!
ELEGIA DUODÉCIMA.
ARGUMENTO.
Se goza de haber por fin obtenido los favores de Corina.
Ceñid mi frente, laureles de la victoria. Soy vencedor: Corina está en mis brazos; aquella que un marido, que un guardian, que una puerta de encina, ¡que tanto antemural ponian al abrigo de una sorpresa! La victoria que, ante todas las otras, merece los honores del triunfo, es seguramente aquella que no está manchada por la sangre del vencido. No son humildes murallas, no son plazas cercadas por estrechos fosos, una bella es la que he sabido tomar por asalto.
Cuando Pérgamo cayó, despues de diez años de guerra, ¿qué parte de honor, entre tantos sitiadores, alcanza el hijo de Atreo? Mi gloria, es mia, me es toda personal: ningun soldado puede reclamar su parte, ninguno tiene título para pretenderla. Como jefe y soldado á la vez he logrado mis fines: yo mismo fuí á la vez caballero, infante, abanderado, y en mis hechos no tuvo lugar la casualidad. ¡Para mí, pues, mi triunfo que es premio de mis esfuerzos!
No seré tampoco la causa de una nueva guerra. Sin el rapto de la hija de Píndaro, la paz de Europa y del Asia no se hubiese alterado. Una mujer es quien, con el vino, arma vergonzosamente, unos contra otros, á los salvajes Lapithas y la raza monstruosa de los Centauros. Una mujer es quien en tu reino, justo latino, obligó á los Troyanos á empezar de nuevo desastrosas guerras. Una mujer es quien, desde los primeros tiempos de Roma, fué causa del sangriento combate en que los Romanos tuvieron que defenderse contra sus suegros. He visto pelearse los toros por una blanca vaquilla, que, espectadora de la lucha, animaba su valor. Yo tambien soy uno de los numerosos soldados del Amor; pero es sin efusion de sangre como me hace seguir sus estandartes.
ELEGÍA DÉCIMOTERCIA.
ARGUMENTO.
A Isis: le pide proteja la preñez de Corina.
La imprudente Corina tratando de desembarazarse de la carga que lleva en su seno, se expone ella misma á perder la vida. Ciertamente por haber afrontado, sin saberlo, tan gran peligro, merecia toda mi cólera; pero la cólera cede ante el temor. Pues ó habia concebido por mi causa ó al menos yo así lo creo: porque frecuentemente tomo por un hecho cierto, lo que no es más que posible.
Isis, tú que habitas el Paretonio, y los campos deliciosos de Canope, y Mémfis, y Pharos fértil en palmeras, y aquellas llanuras en donde el Nilo, abandonando su vasto cauce, va, por siete bocas, á llevar sus aguas al mar; yo te conjuro por tu sistro[8], por la cabeza misteriosa de Anubis, (y que á este precio el pio Osiris acepte siempre tus sacrificios, la serpiente amodorrada se arrastre lentamente en torno de las ofrendas, y en medio del cortejo se adelante Apis con su media luna sobre la frente); fija tus miradas en Corina: ahorra en ella sola dos víctimas, porque ambas recibiremos la vida, ella de tí, yo de ella. Muy frecuentemente tú la has visto, en los dias que te son consagrados, celebrar tus misterios, á la hora en que tus sacerdotes coronen sus frentes con laureles.
Y tú, que tienes piedad de las jóvenes esposas en los dolores del parto, cuando el fruto que llevan escondido busca salir de su prisión, Ilithyia, séasme propicia, y dígnate atender mis súplicas: ella merece que tú la cuentes en el número de tus protegidas. Y yo, revestido de una ropa blanca, iré á hacer ahumar el incienso en tus altares: iré á cumplir mis votos, depositar mis ofrendas á tus piés, con esta inscripcion: «Ovidio, por la salud de Corina.» Dígnate solamente dar lugar á mis ofrendas y á esta inscripcion.
Y tú, Corina, si en mi espanto, me es permitido darte un aviso, despues de una tal lucha, no aventuro una segunda.