NOTAS AL PIE:

[8] Instrumento músico.

ELEGIA DÉCIMOCUARTA.
ARGUMENTO.

A Corina: aprovecha su restablecimiento para exponerle más libremente la gravedad de su falta.

¿De qué sirve á las bellas el estar fuera de combates, de no tener que seguir, escudo en mano, nuestras formidables legiones, si, lejos de los peligros de la guerra, ellas se lastiman con sus propias armas, si con sus ciegas manos atentan á sus dias? La que primero ensayó hacer abortar en sus entrañas el tierno fruto que llevaba, merecia perecer en esta lucha empeñada por ella. ¡Qué! ¡para ahorrar á tu vientre algunas arrugas, convendrá asolar el triste campo en que se libró el combate!

Si, en las primeras edades del mundo, las madres hubieran tenido esta viciosa costumbre, el género humano hubiera desaparecido de la tierra; y para repoblar el universo y sembrar las piedras de que nacieron nuestros abuelos, seria menester otra Deucalion. ¿Quién hubiera destruido el imperio de Príamo, si la diosa de los mares, Thétis, no hubiera querido llevar su fruto hasta el término fijado por la naturaleza? Si Ilia hubiese ahogado los mellizos de quienes estaba embarazada, no hubiese existido el fundador de la villa señora del mundo. Si Vénus hubiese hecho morir á Eneas en su seno, la tierra hubiese sido privada de los Césares. Tú misma, que debias nacer tan bella, hubieras perecido, si tu madre hubiese hecho lo que tú acabas de osar. Y yo, más bien nacido para morir de amor, no hubiese jamás existido, si mi madre me hubiese muerto de antemano.

¿Por qué despojar á la viña fecunda del racimo que crece? ¿Por qué, con mano cruel, arrancar el fruto antes de su madurez? muerto caerá por sí mismo; una vez nacido, déjale crecer; la vida es bastante buen premio para algunos meses de paciencia.

Mujeres, ¿por qué manchais vuestras entrañas con un hierro homicida? ¿Por qué presentais el cruel veneno al niño que aun no existe? Se maldice á la madrastra de Colquida, que se manchó con la sangre de sus hijos y se compadece á Itis degollado por su madre. Sí, estas dos mujeres fueron bárbaras; pero su barbarie tenia un motivo: se vengaban de sus esposos en los hijos que tenian de ellos. ¿Os escita, decidme, algun Tereo, algun Jason á despedazar vuestras entrañas con sacrílega mano?

Jamás se ha visto tanta crueldad en los tigres de las cuevas de la Armenia; jamás la leona se atrevió á procurar el aborto. Á las tiernas bellezas estaba reservado el intentarlo, pero no impunemente. Ahogando á su hijo en su seno, perece muchas veces la madre. Perece, y se lo lleva toda desmelenada en su lecho de dolor; y todos exclaman al verla: «¡Lo tiene bien merecido!»

Pero que mis vanas palabras se pierdan en el aire; ¡que mis presajios queden sin efecto! Dioses clementes, sufrid que Corina haya cometido impunemente una primera falla, es todo lo que pido. Que el castigo sea reservado para la segunda.

ELEGÍA DÉCIMAQUINTA.
ARGUMENTO.

Al anillo que él habia enviado como presente á su señora.

Anillo, que vas á ceñir el dedo de mi bella señora, tú que no tienes otro precio que el amor de aquel que te dá, sé para ella un presente agradable: ojalá te reciba con placer, ¡y te coloque desde luego en su dedo! Sé hecho para ella, como ella para mí; que tu círculo abrace cómodamente su dedo, sin lastimarlo.

Dichoso anillo, tú vas á ser tocado por mi señora. ¡Ay! yo envidio ya la suerte de mi presente. ¡Oh! que no pueda yo de un golpe transformarme en tí, por el arte del májico de Ea ó del viejo de Carpthos. Entonces yo querría que tú tocaras su cuello, ó te introdujeses con su mano izquierda bajo su túnica. Yo me escaparia de su dedo, por muy apretado y ajustado que estuviese, y me libertaria por encantamiento para ir á caer sobre su seno. Yo tambien, cuando ella querria sellar sus tabletas misteriosas, é impedir á la cera adherirse á la piedra muy seca, yo tocaria ante todo los húmedos lábios de mi bella señora, con tal solamente de no sellar jamás un escrito doloroso para mí. Si ella quiere hacerme colocar en su joyero, rehusaré dejar su dedo; me encojeré para sujetarle más fuertemente.

Que jamás, oh tú que eres mi vida, sea yo para tí un motivo de vergüenza, una carga muy pesada para tu delicado dedo. Llévame, ya te zambullas en un baño tibio, ya te bañes en el agua corriente. Pero quizá entonces viéndote desnuda, el amor despertará mis sentidos, y ese mismo anillo tomará de nuevo su papel de amante.

¡Ay! ¿qué significan estos avisos inútiles? Parte, débil presente, y que mi señora no vea en tí más que la prenda de mi fidelidad.

ELEGIA DÉCIMASEXTA.
ARGUMENTO.

Á Corina, induciéndola á que vaya á verle en su casa de campo de Sulmona.

Estoy en Sulmona, tercer canton del territorio de los Sabinos[9]. Este canton es pequeño, pero el aire es saludable, gracias á frescas fuentes de agua viva. Aunque los rayos más cercanos del sol hienden aquí la tierra, aunque se sienten los ardores funestos de la canícula, límpidos arroyos serpentean á través de los campos Pelignos, y una vejetacion vigorosa cubre el suelo de fresco césped. El pais es fértil en trigo, más fértil aun en uva: produce alguna vez ademas la almendra que viene del árbol de Palas. Las aguas que corren por las praderas las tienen al instante cubiertas de una yerba nueva, y el suelo, siempre refrescado, presenta un espeso tapiz de verdura.

Pero allí no se encuentra mi amor; me engaño de una palabra: allí no se encuentra el objeto de mi amor, mi amor se encuentra solo. Aunque se me colocase entre Castor y Pollux, sin tí yo no querria habitar el cielo.

¡Que la muerte sea cruel y la tierra pesada á aquellos que han trazado los primeros, en sus carreras, lejanos surcos en el globo! Al menos debian mandar á las jóvenes bellezas á acompañar á sus amantes, si fuera menester surcar la tierra por caminos interminables. Por lo que á mí toca, si habia de trepar, helado de frio, los Alpes expuestos á todos los vientos, este viaje, penoso como es, me pareceria dulce con mi señora; con mi señora, no dudaria en atravesar los Sirtes de la Libia, en presentar mi vela al pérfido Noto; con ella no temería ni á los mónstruos marinos que ladran á los lados de Scila, ni tus estrechas gargantas, tortuosa Malea, ni las aguas que el infatigable Caribdis, hartada sin cesar de navíos sumergidos, vomita y engulle de nuevo.

Que si los vientos son más fuertes que Neptuno, si las olas se llevan los dioses que nos protejen, enlaza á mis hombros tus brazos tan blancos como la nieve, yo llevaré fácilmente tan dulce peso. Frecuentemente, para ir á ver á Hero, su jóven amante habia atravesado los mares á nado; no hubiese perecido, sin la oscuridad que ocultó el camino á sus ojos.

Yo, aquí solo sin mi señora, tengo agradable vista de ricos viñedos, de campos en todas partes bañados por límpidos rios; veo al agua, obedeciendo al cultivador, dividirse en numerosos arroyos, y las hojas de los árboles suavemente agitadas por el fresco aliento de los vientos; mas no creo habitar el bello pais de los Pelignos; no encuentro la heredad de mis antepasados, el lugar que me ha visto nacer; me creo en medio de la Scythia, de los bravos cilicianos, de los Bretones con el rostro pintado de verde y entre peñascos teñidos con la sangre de Prometheo.

El olmo ama la viña, la viña se une al olmo; ¿por qué estoy tan á menudo lejos de mi señora? Sin embargo, tú debias no separarte nunca: tú me lo habias jurado, y por mí y por tus ojos que son mis astros tutelares. Más lijeras que las hojas de otoño, las vanas promesas de la belleza huyen siempre á merced de los céfiros y de las aguas.

Si por tanto eres aun sensible á mi desamparo, comienza en fin á cumplir tus promesas; sube sin más tardar en un carro lijero tirado por dos veloces caballos, y sacude tú misma las riendas sobre su clin flotante. Y vosotros, montes orgullosos, humillaos á su paso; y vosotros, tortuosos valles, abridle fácil camino.