FÁBULA VII.
LA ASAMBLEA DE LOS DIOSES.
Gimió Júpiter luego que observó esta tropelía desde su encumbrado alcázar, y considerando los crueles convites de la mesa de Licaon,[33] no divulgados por lo inaudito de la atrocidad, determina tomar una venganza digna de su persona; y para esto convoca á los Dioses, los quales concurriéron sin tardanza. Hay un camino muy elevado nombrado la via lactea,[34] fácil de observarse por su extremada blancura, quando está el cielo sereno. Por él se encaminan los Dioses al suntuoso palacio del gran Júpiter: por su derecha é izquierda se freqüentan las casas de los principales Dioses: los inferiores habitan diversos sitios; pero los mas nobles y mas poderosos fixáron su asiento á la entrada de la misma via lactea. Este es el lugar, al qual, si me es permitido, me atreveré á llamar el alcázar del alto cielo. Habiéndose pues sentado cada uno de los Dioses en una pieza interior fabricada de mármol, Júpiter, ocupando un asiento mas elevado, y apoyado en su cetro de marfil, sacudió tres y quatro veces la terrible melena de su cabeza, con cuyo movimiento hizo estremecerse la tierra, el mar y el cielo; y lleno de indignacion prorumpió en estas expresiones:
„Jamas me vi tan apurado y solícito para conservar el imperio del mundo, como ahora me veo, quando los dragones de los Gigantes, cada qual con sus cien robustos brazos, quisiéron hacerse dueños del cielo; porque aunque era poderoso y fiero el enemigo, la suerte de la guerra dependia de sola una multitud de hombres mancomunados, estimulados todos de una sola causa; pero hoy he de destruir al género humano por toda la redondez de la tierra, que baña Nereo, por hallarse atestada de maldades; lo juro por los rios infernales que corren baxo la tierra, por las selvas de la Estigia:[35] he procurado los medios posibles para salvarle; pero la parte incurable se ha de cortar, para que no inficione los miembros sanos. Tengo Semi-Dioses,[36] Ninfas, Faunos, Sátiros y Silvanos de los montes; á quienes permitiremos habitar las tierras que les hemos señalado, pues no les juzgamos aun dignos de entrar en el cielo. ¿Pero creeis, Dioses, que podrán vivir estos seguros entre los mortales, quando intentó quitarme la vida la conocida fiereza de Licaon; á mí, á cuya disposicion estan el rayo, y vosotros mismos, á quienes gobierno?” Se horrorizáron todos, y pidiéron con ardientes deseos la venganza de un delito tan horrendo. Del mismo modo se llenó de pasmo el género humano, y de horror todo el orbe, quando las manos parricidas quisiéron extinguir el nombre romano con la sangre de César. No os fué ménos grato, ó Emperador augusto, el zelo de vuestros conciudadanos, que á Júpiter el de los Dioses en esta ocasion; y despues que apaciguó con palabras y acciones el murmullo que habia excitado su discurso, calláron todos; y sosegado que fué el clamor, contenido por la gravedad del presidente, continuó hablando en estos términos:
„Ya queda castigado el delinqüente, no os altereis; pero os referiré su delito, y la pena que le he impuesto. Noticioso de los desórdenes á que los hombres se habian entregado, y deseando fuese falsa la noticia, baxo del Olimpo, y ocultando mi divinidad en forma humana, recorro todo el universo. Me detendria mucho si os dixese las abominaciones que en todas partes se cometian; porque el mal excede á todas las ponderaciones de la narracion.”
(13) Júpiter castiga á Licaon Rey de Arcadia
transformandole en Lobo.