FÁBULA III.

APOLO Y LEUCOTOE.

El pasto de los caballos del sol está hácia el poniente, donde, descansando de la fatiga del dia, se alimentan de ambrosia en vez de yerba, con cuyo sustento recobran las perdidas fuerzas para volver á la tarea. Una noche, mientras ellos pacian, entró el sol en el aposento de su amada Leucotoe baxo la figura de su madre, y la halló hilando[23] á la luz, acompañada de doce criadas. Yo tengo que hablarte, la dixo, dándola un ósculo; retiraos vosotras, pues no necesita de testigos el secreto que intento confiar á mi hija. Obedecieron, y habiendo quedado solos, la dice: „Yo soy el que gobierna el año,[24] el que todo lo ve y todo lo alumbra; yo soy la luz del mundo; y yo, creeme, estoy enamorado de tí.” Leucotoe se llena de temor, y con el miedo dexa caer de sus trémulas manos el huso y la rueca. El rubor la hacia mas hermosa; y Febo, para no retardar sus deseos, cobra su verdadera figura y su propio resplandor.

Leucotoe, aunque al principio espantada con un resplandor tan repentino, accedió por último á los deseos de Apolo, dexándose llevar de su hermosura. Se abrasa de zelos Clicie, porque el amor que le habia tenido era vehemente, y deseosa de vengarse de su rival, publica su delito hasta ponerlo en noticia del padre de Leucotoe. Enfurecido Orcamo con esta nueva, manda enterrarla viva, y echar sobre su cuerpo una porcion de arena, sin atender á la desgraciada Leucotoe, que, levantando las manos[25] á su amante, juraba que fue violentada. El sol, con la actividad de sus rayos, entreabrió la tierra que te cubria, ó graciosa Ninfa, para que pudieses levantar tu sepultada cabeza; pero en vano, porque ya te habia quitado la vida el peso de la arena. Despues de la desgracia de Faeton, no habia experimentado el sol un dolor mas vehemente. Procuró reanimar con su calor el yerto cadáver de su amada; pero el destino[26] hizo inútiles sus esfuerzos. Quejóse, gimió, y rociando con nectar el cuerpo de Leucotoe, y la tierra que la cercaba: „Al menos, dixo, tendré el consuelo de restituirte al ayre.” En efecto, el cuerpo liquidado en un humor oloroso empapó la tierra, la qual, formando raices y rompiendo el túmulo, brotó las varas que producen el incienso.

El amor, que habia sido causa de la indiscrecion de Clicie, hubiera podido disculparla; pero sin embargo, desde aquel dia la miró Apolo con indiferencia, y jamas volvió á tener comercio con ella. Sus desprecios la conduxeron á una terrible desesperacion; y reducida á la situacion mas lamentable, no pudo sufrir la compañía de las ninfas. Expuesta continuamente á la inclemencia de los elementos, desnuda, y el cabello suelto, no probó otro alimento en nueve dias que sus lágrimas y el rocío del cielo.[27] Inmóvil en este tiempo, solo volvia al sol los ojos, siguiéndole con ellos mientras duraba su curso. Cuentan que su cuerpo quedó unido á la tierra; que la parte inferior de él apareció de un color cárdeno, y que en lugar del rostro se veia una flor tornasolada con mezcla de violeta. Aunque asida á la tierra por sus raices, no dexa de volverse hácia el sol, mostrándole, á pesar de su transformacion, lo mucho que le ama.[28]

(52) La ninfa Salmacis abraza al jóven
Hermafrodito que estaba en el baño.