FÁBULA PRIMERA.
FINÉO DA UNA BATALLA Á PERSÉO.
Continuando aun Perséo la narracion de sus aventuras en presencia de Cefeo y de su corte, se llena el palacio de gente enfurecida, y ya no se oyen voces que solemnicen el himeneo, sino otras que declaran y publican una cruel guerra. La fiesta mudó tan de repente de aspecto, que bien se podia comparar al mar, quando de improviso se altera con la impetuosidad de los vientos.
Entra el primero Finéo, autor de aquel desordenado motin, blandiendo una lanza de fresno[75] con una hoja de cortante acero, y dirigiéndose á Perséo: „Aquí tienes, le dice, un enemigo que viene á tomar venganza de la injuria que le has hecho, robándole su esposa. Ni tus alas, ni el pretendido Júpiter que tú finges haberse convertido en lluvia de oro[76] para darte la vida, te librarán de mi furor.” Iba á arrojarle la lanza quando Cefeo exclamó, diciendo: „¿Qué vas á hacer, hermano mio? ¿Qué desenfrenada locura te mueve á tan enorme maldad? ¿Este pago quieres darle por el servicio que ha hecho salvando la vida de Andrómeda? Mas si exâminas el hecho hallarás que no te la quitó Perséo, sino la divinidad respetable de las Nereydas, el cruel oráculo de Amon, y aquel fiero monstruo[77] que venia á saciarse en la hija de mis entrañas. En el momento que iba á perecer te fue arrebatada. Bárbaro, ¿serias tan cruel que desearas hubiese perdido la vida, y que te alegrases con nuestro llanto? ¿No es para tí bastante afrenta el que siendo su tio y prometido esposo, consentiste el que fuese amarrada á tu presencia sin tratar de socorrerla, sino que añades la de dolerte de que otro la haya libertado, y quieres quitarle el premio? Y si te parece grande, debias haberlo buscado en aquel peñasco donde estaba atada: ahora pues dexa que aquel que lo ganó, y por quien mi vejez no se ve privada de una hija tan apreciable, goce lo que mereció y pactó: y ten entendido, que él no ha sido preferido á tí, sino á una muerte inevitable.” Nada respondió Finéo á esto; pero mirando unas veces á su hermano, y otras á Perséo con turbados ojos, duda á qual de los dos ha de herir primero; y deteniéndose un poco, vibra en fin, con el furor que le suministraba su indignacion, la lanza contra Perséo; pero en vano, porque no le hirió, aunque se clavó en el asiento en que se hallaba. Levantóse luego el fuerte Perséo, y con la misma lanza hubiera atravesado el pecho enemigo á no haberse refugiado Finéo detras del altar, cuya ara (¡qué indignidad!) favoreció al malhechor; pero no se perdió el tiro, porque la lanza se clavó en la frente de Reto, quien cayendo en tierra daba tan fuertes saltos despues de haberle sacado el hierro de la herida, que su sangre salpicó las mesas del banquete. Llena de furor é ira con tal accion la multitud que acompañaba á Finéo, unos disparan dardos, otros piden á gritos la muerte de Cefeo y su yerno; pero el primero habia ya escapado de Palacio, poniendo por testigos al derecho de gentes, á la fidelidad y á los Dioses de la hospitalidad,[78] de que no tenia culpa alguna en el tumulto acaecido, y habia procurado evitar. Aparécese á este tiempo la belicosa Palas, defiende á su hermano[79] con la Egida, infundiéndole brios para pelear. Hallábase presente el Indio Atis, á quien la Ninfa Limniace, hija del rio Ganges, habia dado á luz debaxo de las cristalinas aguas. Era de extremada hermosura, y la hacia mas sobresaliente la magnificencia del trage: su edad no llegaba á diez y siete años: estaba vestido de una clámide[80] Tiria, guarnecida con una faxa de oro; un collar del mismo metal adornaba su cuello, y una diadema sus rubios y hermosísimos cabellos empapados en mirra. Aunque diestro en acertar con el dardo los objetos mas distantes, lo era mucho mas en el manejo del arco; mas al tiempo que se preparaba á acometer á Perséo, tomó este del altar un leño encendido, con el que rompiéndole los huesos afeó su hermoso rostro. El Asirio Licabas, compañero é íntimo amigo de Atis, no pudiendo ocultar su amor sincero, al verle bañado en sangre, y que exhalaba el alma con la fuerza de la herida, llorando le arrebató el arco; y amenazando á su enemigo, le dice: „Conmigo lo has de haber ahora: no te gloriarás mucho tiempo de la muerte de un jóven, con la qual te has adquirido mas bien afrenta que alabanza.” Aun no habia acabado de hablarle en estos términos, quando disparó de la cuerda la penetrante saeta; pero Perséo evita el golpe, que pierde su fuerza en su vestidura llena de pliegues, quedando no obstante clavada en ella; y dirigiendo contra Licabas el corvo alfange con que habia cortado la cabeza á Medusa, le atraviesa con él el pecho. El soberbio Asirio, turbados sus ojos con la presencia de la muerte, mira sin embargo á su Atis, y se reclina sobre él, llevando á los infiernos el consuelo de haber muerto al lado de su amigo. Á este tiempo Forbas, natural de Siene, hijo de Metion, y el Livio Anfimedon, deseosos de entrar en pelea, caen resbalando en la sangre que por todas partes corria; y al tiempo que se esfuerzan á levantarse, una misma estocada, que atraviesa la garganta al primero, y traspasa el costado al segundo, les hace volver á caer: Erito, hijo de Actor, que tiene por arma una hacha de dos cortes muy grande: acomete con ella á Perséo; y este, en vez de recibirle con su espada, toma con ambas manos una gran vasija y de mucho peso que estaba en la mesa, y tenia esculpidas muchas imágenes de relieve;[81] y tirándosela á la cabeza, cae moribundo en tierra, arrojando por la boca la roxa sangre. Despues derriba á Polimedon, descendiente de Semíramis, á Abaris, que habia venido de las inmediaciones del monte Cáucaso, á Liceto, hijo de Esperquion, á Elix de prolongada cabellera, á Flegias y á Clito, y atropella á otros mil que se le ponian por delante. Finéo, no atreviéndose á lidiar de cerca con su enemigo, le tira un dardo desde lejos, el que vino á dar á Ida, que ningun partido habia tomado ni en uno ni otro bando. Este, mirando á Finéo con sañudos ojos: „Puesto, le dice, que me obligas á declararme, en mí encuentras el enemigo que buscas, recompensa una herida con otra herida;” mas al ir á arrojarle el dardo que acababa de sacar de su cuerpo, cayó desfallecido, por faltarle ya las fuerzas con la abundancia de sangre que le salia. Odites, el primero despues del Rey Cefeo, fue muerto por Climeno; Protenor por Hipséo, y este por Lincedes.
El anciano Emation, fiel observador de la justicia, y temeroso de los Dioses,[82] no hallándose en estado de pelear, y detestando aquellas armas impías, andaba por todas partes procurando con sus discursos persuasivos apaciguar el tumulto. Cromis, poco movido de sus exhortaciones, le corta la cabeza al tiempo que con sus manos trémulas se abrazaba al altar.[83] El desgraciado viejo, diciendo algunas imprecaciones contra el bárbaro, espira en medio del sagrado fuego. Broteas y Amon, hermanos gemelos, invencibles en el juego de los cestos,[84] (aunque estos no servian contra las espadas) murieron á manos de Finéo, como asimismo Ampico, Sacerdote de Ceres, á quien no reservaron las blancas cintas[85] con que adornaba sus sienes. Tú tambien pereciste, desgraciado hijo de Japeto, no convidado para tales debates,[86] sino para solemnizar la boda cantando al son armonioso de tu vihuela la paz y concordia. Viéndole Pétalo á lo lejos con el instrumento en la mano: „Ve á cantar, le dice burlándose, al infierno lo que te falta,” y le atravesó la sien izquierda con su espada. Cae este desgraciado, pero aun hiriendo las cuerdas de la vihuela con sus moribundos dedos, y por casualidad era lúgubre la cancion que cantaba. No puede el valiente Licormas dexar sin venganza la muerte del músico; coge una de las barras de hierro que servia para cerrar la puerta, y dándole un fuerte golpe en medio de la cerviz, cae acogotado como un novillo. Quando Pelates, Cinifeo, intentaba arrancar la otra barra, Corito, atravesándole la mano de un flechazo, le dexa clavado contra la puerta, y Abante le dió una estocada en el costado, de la que murió luego, quedando pendiente del postigo que le detenia la mano.
Menaléo, que seguia el partido de Perséo, y Dorilas, el mas rico entre los Nasamonios; Dorilas, repito, el hacendado que excedia á todos en posesiones y en la abundancia de sus cosechas, perecieron tambien en la refriega. El último recibió un golpe mortal en la ingle izquierda. Alcionéo, que fue el que le hirió, viéndole que iba á exhalar el alma, y que torcia los ojos: „De los muchos bienes, le dice, que poseias, conténtate ahora con solo el espacio que ocupa tu cuerpo.” En el mismo momento saca Perséo el dardo de la herida de Dorilas, y le clava en Alcionéo con tanta furia, que entrando por medio de la nariz le hizo salir por la cerviz, y se descubre por ambas partes: y acompañando la fortuna á su diestra, quita la vida á los dos hermanos de madre, Clitio y Clanis, con distinto golpe, porque el primero murió de un flechazo que le atravesó los dos muslos, y el segundo de otro que le entró por la boca. El Mendecio Celadon, Astreo, cuya madre era de Palestina, y su padre se ignoraba quien fuese; Etion, sagaz en otro tiempo en conocer lo futuro, pero burlado ahora con sus vaticinios; Toactes, escudero del Rey, y el parricida Agirtes, murieron tambien en este sangriento dia.
Mucha sangre se habia ya derramado, pero quedaba aun mucha mas por derramar. Todos se enfurecian contra Perséo, porque á él solo querian matar. Los esquadrones conjurados pelean por todas partes por la causa que ofende al mérito y justicia. En vano estan á su favor los suegros y esposa; y hacen resonar las salas con sus clamores, porque el ruido de las armas y el gemido de los moribundos no dexa oirlos. Belona,[87] no satisfecha con la sangre que habia hecho derramar, renueva la guerra. Finéo con mil soldados que le siguen rodean á Perséo: los dardos vuelan por uno y otro lado al rededor de sus ojos y oidos mas espesos que una granizada de invierno.[88] Para evitar parte de los tiros se estrecha contra una gruesa coluna; y teniendo seguras las espaldas, y vuelto á sus enemigos, sostiene con valor todos sus esfuerzos. Molpéo, Caonio, le ataca por la izquierda mientras que Etemon, Nabateo, le estrecha por la derecha. Así como la hambrienta tigre, oyendo en distintos valles los bramidos de dos vacadas, no sabe á qué parte abalanzarse antes, y arde en deseos de lanzarse sobre las dos; así duda Perséo si atacará al enemigo de su derecha, ó al de la izquierda: en fin se deshizo de Molpéo atravesándole una rodilla, y por lo mismo se vió precisado á retirarse; pero Etemon le estrecha fuertemente, se llena de furor, é intentando acalorado descargar el golpe en el erguido cuello de Perséo, rompió la espada manejada con poca destreza dando en la coluna, y saltando un pedazo de la hoja, se le clavó en la garganta: la herida sin embargo no fue de muerte; mas lanzándose sobre él Perséo, le atravesó el cuerpo con su alfange al tiempo que le alargaba humildemente los brazos ya desarmados para pedirle la vida.