FÁBULA PRIMERA.

PÍRAMO Y TISBE.

En aquella celebrada ciudad que Semíramis cercó de altas murallas,[9] fabricadas de ladrillo, vivian pared por medio Píramo y Tisbe; el uno el mas gallardo de los jóvenes, y la otra la mas hermosa de las doncellas que tuvo el Oriente. La vecindad abrió los primeros pasos para conocerse. Con el tiempo creció el amor, y hubiera terminado en legítimo casamiento; pero vedaron los padres lo que no pudieron prohibir: ambos estaban igualmente enardecidos en amor mutuo; nadie lo sabia; hablaban por gestos y señales, y quanto mas procuraban ocultar su amor, tanto mas se abrasaban en su oculto fuego.

(49) Tisbe se traspasa el pecho con la espada
aun caliente con la sangre de Píramo.

La pared que mediaba entre ambas casas estaba hendida con una pequeña rendija que habia quedado en ella desde que se hizo; defecto desconocido hasta entonces de todos; pero ¿qué cosa se oculta al amor? Tiernos amantes, vosotros tuvisteis los primeros la dicha de verla, y de serviros de ella para expresar, sin que nadie lo advirtiese, vuestros mas dulces sentimientos.[10] Quántas veces Píramo de un lado y del otro Tisbe decian despues de mil suspiros, y de tomarse mutuamente la respiracion: „Pared envidiosa de nuestra felicidad, ¿por qué te opones al logro de nuestros amores? ¡Qué te costaba permitir la union de nuestros cuerpos, ó si esto era mucho, á lo menos dieras ensanche á los ósculos! Te agradecemos sin embargo el bien que nos dispensas en poder hablarnos por tu medio.” Repetian cada dia el mismo discurso, concluyéndole con un tierno á Dios, y besando cada uno por su lado la pared, como si sus ósculos hubieran de penetrarla. Una mañana, apenas la aurora habia ocultado las estrellas, y quando el sol con sus rayos enxugaba ya el rocío de las yerbas, acudieron uno y otro al sitio acostumbrado; y despues de lamentar su triste suerte con mucho silencio, y la situacion á que estaban reducidos,[11] determinaron engañar los guardas, y salir en la próxîma noche de sus casas y de la ciudad; pero temerosos de no extraviarse por el espacioso campo, acordaron juntarse al lado del sepulcro de Nino,[12] y de un moral muy abundante de moras blancas que estaba cerca de él á la márgen de una agradable fuente. Aprobaron el concierto muy alegres; y aunque este dia les pareció mas largo que los otros, llegó por fin la noche. La cuidadosa Tisbe, auxîliada de las tinieblas, abriendo la puerta con mucho cuidado, se cubre el rostro con un velo, sale de su casa sin ser sentida de persona alguna, atraviesa la ciudad, y llegando la primera al sepulcro de Nino, se sienta debaxo del árbol en que quedaron convenidos. El amor la infundia atrevimiento; pero por desgracia viene á beber á la fuente inmediata una leona que, despues de haber devorado una vaca, traia en la boca las señales de su crueldad. Con la claridad de la luna la ve Tisbe venir á lo lejos; y huyendo amedrentada á una obscura cueva, dexa caer el velo con la precipitacion de la fuga. Apagada la sed, se vuelve la cruel bestia á la selva; encuentra el velo que habia dexado caer Tisbe, y le hace mil pedazos con su ensangrentada boca.

Píramo, que habia salido mas tarde, se llenó de espanto al ver, á la misma claridad de la luna, huellas nada equívocas de una fiera: vió tambien el velo ensangrentado, y presumiendo alguna desgracia en su amante, exclama: „Una misma noche acabará con estos dos desgraciados amantes. Yo solo soy el culpado; pero la inocente y desgraciada Tisbe era digna de gozar mas tiempo de la vida. Yo te he muerto, decia, muger digna de compasion, induciéndote á venir de noche á un sitio tan medroso, y al que debia llegar el primero para defenderte. Fieros leones que habitais los senos de esas cóncavas rocas, venid, despedazad mi cuerpo, arrancad mis pérfidas entrañas con vuestros dientes crueles; pero no, que es de espíritus cobardes el desearse la muerte.”[13] Levanta el velo de la desgraciada Tisbe, y se encamina con él al árbol señalado: le baña con sus lágrimas, y despues de besarlo: „Tú debes, dice, ser tambien teñido con mi sangre: recógela, pues es justo sea mezclada con la de mi querida Tisbe.” Articuladas estas palabras, se atraviesa con su espada, y sacándola de la herida cayó de espaldas en tierra. Salta su sangre con la misma impetuosidad que suele el agua de un roto caño, que despedida con violencia parece que corta el ayre. El fruto de este árbol rociado con la sangre se volvió negro, y empapada en ella su raiz ennegreció repentinamente las moras.

Tisbe, aun no bien recobrada del susto, sale de la cueva por no incurrir en falta: busca ansiosa á su amante para contarle el riesgo de que se habia librado. Exâmina el parage por ambos convenido; pero el nuevo color del árbol la hace dudar algun tiempo si era este ó algun otro donde debian juntarse: en esta incertidumbre ve en el suelo un cuerpo palpitando. Túrbala este espectáculo, retrocede, se queda mas amarilla que el box, y se estremece al modo que lo hace el mar quando el blando céfiro agita su superficie. Mas al fin, parándose á reflexîonar un poco, reconoce á su desgraciado amante, y, dexándose llevar de su fiero dolor, comienza á despedazar sus brazos,[14] indignos de tal tratamiento, despide lastimeros ayes, arranca sus cabellos, lastíma su pecho; y por último abraza con entrañable amor el cuerpo de su amante, riega la herida con sus lágrimas, mezclando su llanto con la sangre, y besando mil veces aquel yerto semblante. „Píramo, le decia, ¿qué funesto accidente me priva de tu vida? Respóndeme: advierte que tu querida Tisbe es quien te llama; escúchame, querido, y echa una ojeada siquiera sobre la infeliz Tisbe.” Al oir este dulce nombre abre Píramo sus moribundos ojos, y espira despues de haberla visto. Mas viendo Tisbe su velo, y la espada de Píramo fuera de su vayna: „¡Ah infeliz! exclama, tu misma mano, tu mismo amor fue tu verdugo; pero tambien hay en la mia fortaleza para imitarte, tambien tengo amor que me dé fuerzas para resistir las heridas; aun despues de muerto te seguiré, y se dirá de esta desdichada, que si yo he sido causa de tu muerte, soy tambien compañera en tu sepulcro. Y tú, á quien la muerte sola podrá arrancar de mis brazos ¡ay! ni aun despues de ella habrá cosa alguna que nos separe. Desventurados padres de estos infelices amantes, no os opongais, os lo suplican ambos, no os opongais á que encierre un mismo sepulcro á aquellos á quienes han unido para siempre la muerte y el amor mas tierno. Y tú, árbol funesto, que haces sombra al cuerpo de mi querido, y vas á cubrir el mio, conserva para siempre la señal de nuestra desgracia; tus frutos lúgubres y tristes sean un eterno monumento de que has sido teñido con la sangre de dos desgraciados,” dixo: y tomando la espada, aun caliente con la sangre de Píramo, la apuntó á lo mas baxo de su pecho, y se dexó caer sobre ella. Sus ruegos enternecieron á los Dioses, y conmovieron á sus padres: porque el fruto del árbol, al paso que madura se va volviendo negro, y las cenizas de entrambos, retiradas de la hoguera, fueron colocadas en una misma urna.

(50) Marte en los brazos de Venus.