FÁBULA VII.
CÉFALO Y LA AURORA.
En esta y otras conversaciones gastaron casi todo el dia; emplearon la caida de la tarde en un espléndido banquete, y la noche en el sueño. Ya habia asomado Febo por el horizonte, pero aun soplaba el Euro que detenia las naves en que habian de volver. Los hijos de Palante fueron adonde estaba Céfalo, que era el de mas edad, para ir juntos á ver al Rey. Este dormia aun; y como Telamon y Peleo se hallaban entonces ocupados en escoger las tropas para los Atenienses, Foco, el menor de los hijos de Eaco, recibió á los embaxadores á la puerta de palacio, y los conduxo á una sala á esperar que el Rey se levantara. Habiendo observado Foco que Céfalo tenia en la mano un dardo de una madera extraordinaria con la punta de oro, despues de haberle hablado de cosas indiferentes, „soy aficionado, le dice, á los bosques, donde voy freqüentemente á cazar; y no obstante te confieso que nunca he visto madera semejante á la de tu dardo. Si fuera de fresno seria de color rubio; si de cerezo tendria nudos: ignoro de qué madera sea; pero jamas la vieron mis ojos mas hermosa. Si conocieras todas sus qualidades, le replicó entonces uno de los hijos de Palante, te admiraras mucho mas: jamas yerra el tiro; nada le desvia del blanco; y lo que es aun mas de admirar, vuelve despues ensangrentado á la mano del mismo que lo dispara.” Queriendo entonces Foco informarse mas por menor de todas las particularidades de un dardo tan misterioso, satisfizo Céfalo su curiosidad, callando sin embargo lo que era vergonzoso referir, que era cómo y de qué mano le habia venido;[243] y movido á compasion por la memoria de su esposa, le dice, derramando muchas lágrimas: „Este dardo, hijo de la Diosa[244] (quien lo creerá), me hace y me hará llorar mientras viva: por él perdí á mi amada esposa: ¡mejor me estuviera no haber recibido jamas este fatal don! Procris[245] era hermana de la célebre Oritia, si es que este nombre ha llegado á tu noticia. Si hiciese un parangon de la hermosura, del talento y costumbres de estas dos amables personas, Procris debiera tener la preferencia. Quando el amor y el padre de esta Princesa me hicieron su esposo, todos me tuvieron por el hombre mas feliz de la tierra: lo era en efecto, y ahora tambien lo seria, si los Dioses no hubiesen dispuesto lo contrario. Al segundo mes de nuestro himeneo, hallándome tendiendo las redes á los ciervos en el siempre florido monte Himeto, me descubrió la risueña Aurora, y me arrebató contra mi voluntad. Sin ofender á esta Diosa, séame lícito decir la verdad: aunque sea su rostro perfectamente hermoso; aunque ella tenga baxo su mando los confines del dia y de la noche, y aunque se alimente del nectar de los Dioses, no me fue posible olvidar á Procris; jamas cesé de amarla; siempre residia en mi corazon; solo hablaba de ella, y hacia memoria de las delicias que habia gozado con una esposa tan agradable. Concibió por esta causa zelos la Diosa, y me dixo: „Dexa, ingrato, quejas que me ofenden: ve á buscar tu Procris, que si yo no me engaño, te arrepentirás de haberla amado tanto;” y con este discurso me despidió de sí con ira.