FÁBULA VIII.
CÉFALO Y PROCRIS.
„Á mi vuelta hice algunas reflexîones sobre lo que la Aurora me habia dicho: temí que Procris no hubiese guardado en mi ausencia la lealtad del sagrado consorcio: su hermosura y edad me persuadian á creerlo, pero su virtud me aseguraba y disipaba mis sospechas. Mas no obstante yo habia estado ausente, y la Diosa, á quien acababa de abandonar, era una prueba de lo que podia el amor; pero como los amantes nos recelamos de todo, resolví tantear y averiguar con dones la fidelidad de mi esposa; y la Aurora, mudando las facciones de mi rostro, favoreció mi temor. Con este disfraz voy á Atenas, denominada de Palas,[246] y entro en mi palacio, donde no vi nada que me pudiese causar la menor sospecha.
(81) Procris muere del flechazo que le tiró
Céfalo juzgándola una fiera.
„Procris estaba cuidadosa de mi ausencia, y su modo juicioso y modesto parecia que solo respiraba virtud. Con mucha dificultad conseguí el entrar en su aposento, pues fue necesario valerme de mil artificios. Cielos ¡quál fue mi sorpresa al verla! Estuve casi resuelto á dexar el fatal designio que habia formado; y en vez de sujetar su virtud á una experiencia tan delicada, quise descubrirme y colgarme de su cuello. Aunque estaba triste y macilenta, ninguna la excedia en hermosura, y ardientemente deseaba ver á su esposo. Considera, Príncipe, qué tal seria su belleza, quando la misma pena la hermoseaba. Para que he de decirte las veces que su honestidad desvaneció mis discursos. ¡Ó quantas veces dixo: yo me conservo para uno solo donde quiera que esté; mi corazon es de mi esposo; para él solo guardo mis placeres! ¿Á quién (á no ser loco) no le satisfaria esta relevante experiencia de su fidelidad? Sin embargo, yo no me contenté, y me obstiné en hacerme desgraciado. La ofrecí grandes riquezas, y la obligué por último á vacilar. ¡Ah! exclamé yo entonces descubriéndome: reconoce á tu esposo en el amante por quien te has mostrado sensible; él mismo ha sido testigo de tu poca virtud. Nada me respondió Procris: su confusion y pudor fueron tan grandes, que salió en el momento del palacio con la resolucion de abandonarme para siempre. Ocupada únicamente en el exercicio de Diana por los montes, concibió un odio irreconciliable á todos los hombres por la injuria que me habia hecho. Su ausencia encendió de nuevo el amor en que yo me habia abrasado por ella: la busqué; la pedí perdon de mi imprudencia, y la confesé que yo mismo hubiera titubeado si me hubiesen hecho tantas ofertas como yo la hice. La confesion de mi debilidad moderó el disgusto que la causaba la memoria de la suya: volvió conmigo, y vivimos muchos años en una perfecta union. Poco contenta con haberme restituido su corazon, me regaló un perro que Diana la habia dado, y que era tan bueno que ninguno le ganaba á correr. Añadió á este presente el dardo que ves tengo en las manos. Desearás saber sin duda la singularidad de este perro, y en efecto te admirará la novedad del raro suceso. Las ingeniosas Náyades explicaron y vulgarizaron las obscuras y hasta entonces no entendidas respuestas del oráculo de Temis,[247] el que desde este punto cayó en desprecio de los Tebanos; é indignada por ello esta Diosa, tomó la venganza de enviar contra ellas una cruel fiera, que quitó la vida á muchos, y se hizo temible á los labradores y ganados. Acudimos los jóvenes de la comarca para cogerla ó matarla, y cercamos los campos, haciendo un grande ojeo; pero todo fue inútil, porque la fiera saltaba con mucha velocidad las redes y sus mas altas cuerdas. Quitamos los collares á los perros; pero no pudieron alcanzarla, porque huia con la ligereza de una ave. Me rogaron por último que soltara á mi Lelapa (este era el nombre del perro que Procris me habia dado), el qual hacia ya tiempo que se esforzaba por romper la cadena que le sujetaba. Apenas se vió libre, quando le perdimos de vista. Solo se veian las huellas de sus pies estampadas en la caliente arena. El dardo que se arroja con la mayor fuerza; la piedra que sale de la honda, y la flecha vibrada por el mas diestro Cretense, no vuelan con mas velocidad que la que él llevaba en la carrera. En medio del campo donde estábamos habia una colina, á la que subí para observar con placer la ligereza con que corria; y desde allí vi que unas veces parecia haber cogido la fiera, y otras que esta se desasia de él, y con rodeos burlaba á su perseguidor, y le cortaba el ímpetu de la carrera. Con todo, Lelapa se esforzaba por alcanzarla, y la seguia tan de cerca, que á cada instante abria la boca para cogerla, pero solo mordia el viento. Eché mano entonces de mi dardo, y mientras me prevenia para arrojarle, aparté la vista; pero qual fue mi sorpresa quando volviendo á fixarla en el mismo lugar, miro en el campo (cosa maravillosa) dos figuras de mármol, la una en actitud de un animal que huye, y la otra en la de un perro que va ladrando tras él. Sin duda algun Dios, si es cierto que les asistió alguno, no queriendo que ninguno de estos animales fuese vencido en la carrera, los transformó en piedras.”[248]
Despues que Céfalo dexó de hablar, preguntóle Foco la causa que habia tenido para quejarse, quando le habló del dardo que tenia en la mano. „¡Ah! le respondió, lo que hoy constituye nuestra felicidad, suele en lo sucesivo ocasionar nuestras desgracias. Para guardar algun órden en lo que voy á referirte, te hablaré primero de mi pasada ventura, cuya memoria me será agradable en todos tiempos. Dichoso en los primeros años de mi union, veia con placer que Procris tomaba parte en mi felicidad. Unidos por el amor mas tierno, teníamos unas mismas inclinaciones. Ni ella me hubiera dexado por Júpiter, ni yo la hubiera abandonado por Venus: en una palabra, nuestro ardor era igual. Como yo entonces era muy jóven, y amaba apasionadamente la caza, apenas el sol doraba las cimas de los montes con los primeros rayos, solia ir á los bosques vecinos, sin criados, caballos, perros ni redes. Iba seguro con el dardo que ves, sin necesidad de otras armas. Quando ya me habia cansado de matar fieras, me acogia al fresco y sombra de los árboles, y al aura que corria de los valles: el aura suave era mi refrigerio en medio del calor, y la tomaba por descanso de mi trabajo. Me acuerdo que cantaba: „Ven, ó dulce aura, consuelo mio, introdúcete en mi pecho, y templa, como sueles, el ardor en que me abraso.” Quizá añadiria otros mil cariños: así lo iba disponiendo mi destino: solia pues decir: „Tú formas mis delicias, tú restituyes y reparas mis débiles fuerzas, tú haces que yo ame los lugares solitarios y los bosques, y se recrea mi boca recibiendo tu respiracion.” Alguno por acaso oyó estas palabras ambiguas, y juzgando que el nombre de aura, tantas veces repetido, lo era de una Ninfa, creyó que yo amaba á alguna. Procris fue luego instruida de esta fingida galantería; y como el amor es tan crédulo, se persuadió fácilmente que yo la era infiel. Esta noticia le causó un dolor tan cruel, que cayó desmayada, y estuvo largo tiempo sin sentido, segun me contaron. Luego que volvió en sí empezó á quejarse, diciendo cien veces que era la mas infeliz de las mugeres; que su suerte era desgraciada; que yo no la guardaba la debida fe; y espantada con un imaginado delito, temió lo que era nada, y receló de un nombre que carecia de cuerpo, creyéndole como si fuese una verdadera rival. Con todo algunas veces dudaba de la verdad de la noticia; y no accedia á quantas pruebas la habian dado de mi infidelidad. Como deseaba que la noticia fuese incierta, me hizo la justicia de querer exâminar por sí mi supuesta perfidia antes de condenarme. Al siguiente dia, al rayar la Aurora, me voy á los bosques segun costumbre; y hallándome cansado de la caza, me tiendo sobre la yerba, sin olvidarme de llamar en mi favor á la suave aura. „Ven aura, le decia, á aliviarme despues de tantas fatigas; de tí espero mi consuelo.” Quando yo continuaba este discurso, me pareció oir alguno que suspiraba; mas sin embargo: „Ven, hermosa, dixe;” pero moviéndose algo mas estrepitosamente los árboles, creí que fuera alguna fiera, y disparo mi ligero dardo. Mas ¡ay! era Procris á quien habia atravesado el pecho. Al grito que dió reconozco su voz: precipitado y loco acudo, y la hallo medio muerta bañada en su sangre; me esfuerzo luego á sacar de la herida el dardo fatal que me habia regalado: la abrazo tiernamente: rasgo sus vestidos, y ligo la herida para atajar la sangre que salia; rogándola con lágrimas no abandonase á un esposo, á quien hacia aquel accidente el mas infeliz de los hombres. Próxîma Procris á espirar me habló así: „Yo te ruego, Céfalo, por nuestro himeneo, por todos los Dioses del cielo, por los de los infiernos, donde voy á baxar, por el amor que siempre te he tenido, por este amor fatal que causa mi muerte, que no te cases con la Ninfa Aura que te trae á estos bosques.” Á estas palabras caygo en la cuenta de su error: la desengaño; pero ¡ay de mí! ¿de qué me sirvió haberla desengañado? Ella cae entre mis brazos; y pierde la vida con su sangre. Sin embargo, ínterin podia levantar los ojos moribundos, no los apartó de mí, hasta que por último recibí en mi boca su último suspiro. Así murió la desgraciada Procris, contenta á lo menos con saber que le habia sido fiel.” Céfalo contaba esta triste historia llorando amargamente; y toda la asamblea mostraba tambien con lágrimas acompañarle en su sentimiento, quando Eaco acompañado de sus dos hijos llegó con las tropas alistadas recientemente, y que debian ir á socorrer á los Atenienses, á quienes recibió Céfalo con el mayor regocijo.