FÁBULA II.

BACO DEJA LA TRACIA.

No contento Baco con esta venganza, desampara la Tracia, teatro funesto de la muerte de Orfeo. Acompañado de mejor coro, se va á los viñedos del Tomolo y á las riberas del Pactolo,[195] aunque en aquel tiempo no tenia las arenas de oro, ni era envidiado de los hombres. Los Sátiros y Bacantes acompañaban á este Dios; pero Sileno no pudo seguirle: unos labradores frigios le hallaron vacilante, asi con la edad como con el vino de que estaba poseido; y despues que le adornaron con guirnaldas y flores, lo llevaron al Rey Midas, á quien Orfeo y el ateniense Eumolpo habian enseñado los ritos de los sacrificios de Baco. Luego que este Príncipe reconoció á Sileno por compañero de aquel Dios, y por uno de los que intervenian en sus sacrificios, celebró con una gran fiesta la llegada de tal huesped, la que duró diez dias y diez noches, y al amanecer del undécimo el mismo Rey placentero fue á los campos lidios, y lo restituyó á Baco su alumno.

(114) Sileno, adornado de pámpanos, es presentado
á Midas, quien lo entrega á Baco.

Alegre este Dios por haber recibido á su ayo, mandó al Rey de Frigia pidiese el don que gustase. Entonces Midas, que no preveia las funestas consecuencias de su demanda: „Concédeme, le dice, la gracia de que se convierta en oro todo cuanto tocare mi cuerpo.” Concedióle Baco al momento lo que deseaba; le dió un don que le habia de ser nocivo, y sintió que no le hubiese pedido otro mejor. El Rey se retiró muy contento por la gracia fatal que habia obtenido; y aun no asegurándose bien de ella, iba tocando todas las cosas que encontraba para hacer experiencia de si seria ó no verdad: cortó una rama verde de una encina, y al punto fue convertida en una rama de oro. Tomó una piedra del suelo, y tambien se puso roja como el oro: tocó un terron, y se convirtió luego en masa de oro fino. Arrancó unas espigas de trigo, y al momento se convirtieron en oro. Cogió una manzana de un árbol, y juzgaria cualquiera que era del jardin de las Hespérides. Apenas tocó las puertas de su palacio cuando resplandecen maravillosamente. Si se lavaba las manos, el agua se teñia de un color que podria engañar á Dánae.[196] Encantado Midas de una virtud tan extraordinaria, se entregaba á todos los trasportes de su alegría, cuando le avisaron que la mesa estaba puesta, y grandemente provista de viandas. Luego que se sentó en la mesa y tomó el pan, don precioso de Céres, lo halló convertido en oro. Si llevaba á la boca cualquier manjar para satisfacer su apetito, cuando lo iba á comer lo hallaba convertido en oro resplandeciente. Cuando le dieron de beber vino mezclado con agua, no tragó sino oro líquido. Atónito con la novedad de un mal tan extraordinario, rico y pobre á un mismo tiempo, aborrece una opulencia que le costaba tan cara, y se arrepiente de haberla deseado. En medio de la abundancia no puede satisfacer su hambre ni apagar la sed que le abrasa la garganta, y con justa razon le atormentaba el oro, que ya aborrecia. Entonces levantando las manos al cielo, dijo: „Ó padre Leneo, perdóname; confieso haber delinquido: por vida tuya que tengas misericordia de mí, y me libres de este precioso metal que me aflige.” El piadoso Dios, mirando ya con benignidad al que confesaba su pecado, le restituyó á su antiguo estado, y en premio del beneficio de haber restituido á Sileno le revocó el don que le habia concedido: „Para no verte bañado del oro que malamente codiciaste, ve, le dice, al rio vecino á la famosa Sardes,[197] y caminando agua arriba, sigue por el collado de la ribera hasta que llegues á su nacimiento: mete la cabeza en las espumosas aguas que forman su raudal copioso, y lava á un tiempo tu cuerpo y el delito cometido.”[198] Midas, obedeciendo esta órden, se encaminó al rio y se entró en el agua, á la que de su cuerpo se transfirio la virtud aurífica,[199] y desde entonces sus arenas se convirtieron en oro; y cuando sale de madre se inundan los campos vecinos de arenas doradas. Aborreciendo Midas las riquezas, frecuentaba las selvas y campos, acompañando en ellos al Dios Pan, el cual de continuo se retiraba á las grutas de los montes; pero el trato de este Dios no le abrió mas el ingenio. Quedóse con la insensatez, que habia de acarrearle los daños que habia ya experimentado.