FÁBULA V.

MELEAGRO MATA EL JABALÍ DE CALIDONIA.

La fama de este Príncipe[27] de tal modo se habia extendido por todas las ciudades de la Grecia y Peloponeso,[28] que de todas partes acudian en sus grandes necesidades á implorar su auxilio; y aunque la ciudad de Calidonia tenia la gloria de poseer á Meleagro, imploraba rendida el favor del jóven con solícitos ruegos. Un monstruoso jabalí, ministro de la venganza de Diana, irritada contra los de Calidonia, asolaba sus campos, y esta era la causa de su solicitud. Oeneo, Rey de esta desgraciada ciudad, queriendo dar gracias á los Dioses por una abundante cosecha que le habian dado, ofreció las primicias de los granos á Céres, las del vino á Baco, y las del aceite á Minerva. Todos los demas Dioses, empezando desde los agrestes, tuvieron parte en estos donativos y ofrecimientos: solo de Diana no se hizo aprecio; y mientras el incienso ardia en todos los otros templos, el suyo quedó olvidado. Tambien los Dioses se dejan llevar de la ira;[29] y Diana poseida de ella: „No quedará impune esta accion, dijo entonces; y ya que se publique el no habérseme tributado el debido honor, no se dirá que lo he sufrido sin tomar venganza;” y por este desprecio que de ella se hizo envió á los campos de Calidonia un jabalí, que excedia en magnitud á los mayores toros de la herbosa Epiro, tanto cuanto estos exceden á los de Sicilia. Centelleaban los ojos de este monstruo con la sangre y fuego que en ellos se traslucian; su espantosa cerviz estaba áspera y horrorosa con las espesas cerdas que á manera de puas formaban como un vallado ú haz de lanzas apiñadas. De su boca caia y corria por los lados una herviente espuma, que de ella hacia salir un ronco gruñido; los colmillos eran iguales á los dientes de los elefantes; arrojaba rayos por la boca, y el centelleante aliento que exhalaba agostaba las yerbas y flores. Unas veces destruia los sembrados cuando apenas habian nacido, otras cuando estaban maduros y sazonados, sacando las lágrimas de los ojos á los míseros labradores. Las eras y trojes quedaban sin el grano que esperaban. Desgajaba el monstruo los sarmientos con sus racimos, y los ramos de las siempre verdes olivas cargados de fruto. Tambien se enfurecia contra los rebaños, sin que bastasen á defenderlos los pastores ni los perros, ni á las vacadas los fieros toros. Todas las gentes huian, y nadie se contemplaba seguro sino encerrado dentro de las murallas. En este conflicto Meleagro, y los jóvenes que para el efecto escogió, se enardecieron con el deseo de adquirir fama. Eran estos los gemelos Castor y Polux,[30] sobresalientes el uno en la pelea de los cestos, y el otro en la ecuestre; Jason,[31] inventor de la primer nave que se vió sobre el mar; Teseo con su amigo Piritoo; los dos hijos de Tetis, Toxeo y Plexipo; Linceo, hijo de Afareo; el ligero Idas, y Ceneo, que habia mudado el sexo; el feroz Leucipo, y Acasto, certero en las saetas; Drias, y Fenix, hijo de Amintor; los dos hijos de Actor, Eurito y Cleto, y Fileo, que habia venido de la Elide; Telamon, y Peleo, padre del grande Aquiles, con Admeto, hijo de Feretis; Yolas, Beocio de nacion; el diligente Eurition, y Equion, invencible en la carrera; Lelex, de la ciudad de Locris; Panopeo, Hileo, el feroz Hipaso, y Nestor,[32] que se hallaba entonces en la flor de la juventud, con otros que Hipocoonte envió de la antigua Amicla; Laertes, padre de Ulises, el Parrasio Anceo, el sagaz Ampicides, y Anfiarao,[33] á quien aun no habia vendido su muger; y últimamente Atalanta, hija de Speneo, hermosísima doncella, honor del bosque Liceo, y natural de Texea, en Arcadia. Llevaba recogida con una hebilla la extremidad de su vestido, y su cabello con un solo nudo. De su hombro izquierdo pendia una aljaba de marfil, y el arco en la mano izquierda: en esto consistia todo su adorno; y su rostro reunia la belleza y donaire gentil de una doncella, y virginal de un jóven. El verla Meleagro, el desearla, y el encenderse en un oculto amor, fue todo á un tiempo; pero no tenia á su favor el Dios de esta pasion. Decia pues entre sí: „Feliz aquel que sea su esposo.” No tuvo tiempo de decir mas, ni se atrevia á hablarla, porque instaba y urgia el dar principio á la caza del jabalí.

El bosque donde se juntaron estos jóvenes, como nunca se habia cortado, estaba muy enmarañado y espeso; la falda empezaba llana, y elevándose poco á poco, era una atalaya de los campos. Luego que estuvieron juntos en él todos los de la empresa, unos tienden las redes, otros quitan las cadenas á los perros, y otros siguen el rastro y huellas del jabalí, con deseos de ojearlo, sin que les desanime el peligro. Alli se descubria un valle, y en lo mas profundo de él una laguna, á la que iban á desaguar algunos arroyos engrosados con las lluvias, y sus márgenes estaban coronadas de sauces, juncos, cañas y otras plantas palustres. Excitado el jabalí, que se ocultaba en esta espesura, se lanzó como un rayo hácia los cazadores. Por donde pasaba iba destrozando el monte, y causando un espantoso ruido. Los resueltos jóvenes comenzaron á gritar, y le presentaron el venablo para detenerlo; pero pasó todas las barreras, y apartó á fuerza de dentelladas á los perros, que se oponian á su veloz carrera. Erró el golpe Equion, que fue el primero que le disparó un dardo, que vino á dar ya flojo en un árbol. Jason hubiera acertado si hubiera tirado el suyo con menor violencia; pero por la fuerza que llevaba se pasó de largo sin herirle. Ampicides, invocando entonces á Febo, le hizo esta súplica: „Astro del dia, si la veneracion que siempre te he rendido, y te continúo tributando, ha sido de tu aprobacion, concédeme acertar el tiro al blanco á que nos dirigimos.” Apolo oyó su ruego en cuanto pudo: el dardo tocó al jabalí; pero sin herirle, porque Diana le habia despojado del hierro en el camino.[34] Sin embargo el golpe acrecentó el furor de la fiera, y vibró de sus ojos y boca un fuego semejante al de un rayo; y cual máquina[35] que bate con impetuosidad los muros de una ciudad, ó una torre llena de soldados, asi el monstruo se arroja con furor en medio de los cazadores. Eupalamon y Pelagon, que estaban á la derecha, fueron derribados, y sus cuerpos retirados por sus compañeros. No pudo evitar un golpe mortal Enesimo, hijo de Hipocoonte, pues de una dentellada le desbarató á tiempo que temblando se disponia á salvarse huyendo. Nestor hubiera perecido antes de ir á la guerra de Troya; pero se libró apoyando su lanza en el suelo, con la cual saltó á un árbol que estaba inmediato, y desde él se estuvo mirando seguro al jabalí de quien habia huido. Este, habiendo afilado sus dientes en el tronco de una encina, confiado en sus nuevas armas, amenaza de muerte á los que le perseguian, y dió á Oritia una gran dentellada en un muslo. Los dos hijos de Tíndaro,[36] que aun no habian sido recibidos en el número de los Dioses, montados en dos soberbios caballos, mas blancos que la misma nieve, blandiendo ambos las lanzas, le hubieran herido si no se hubiese metido en un lugar del bosque tan espeso, que era impenetrable no solo á los caballos, sino aun á los mismos dardos. Telamon,[37] que quiso perseguirlo con demasiado ardor, tropezó en la raiz de un árbol, y cayó inclinado; y mientras Peleo su hermano lo levantaba, Atalanta de un flechazo hirió al jabalí debajo de la oreja, aunque levemente. No se alegró menos que ella Meleagro de este suceso. Se dice que fue el primero que vió correr la sangre de la herida, y la mostró á sus compañeros; y dirigiéndose á esta Princesa: „Conseguirás, la dijo, el honor que has merecido por tu valor.” Avergonzáronse con esto los varones que estaban presentes; se acaloraron unos á otros por medio de grandes gritos, y arrojaron sobre la bestia una lluvia de dardos; pero con tal desórden, que la misma multitud impedia acertar el golpe.

El Arcadio Anceo, que iba armado con una hacha de dos cortes, picado de este mal suceso y del discurso de Meleagro, habló á los que le acompañaban de este modo: „Vais á ver, ó jóvenes, cuanta ventaja lleva el brazo del hombre al de la muger: aunque la misma Diana defendiese á este monstruo con sus propias armas, á pesar suyo será mi diestra el instrumento de su muerte.” Despues que pronunció este soberbio y temerario discurso tomó su hacha con ambas manos, y levantándose sobre las puntas de los pies para dejarla caer con mas impetuosidad, iba á herirle; pero el jabalí le ganó la accion, y dirigiéndose adonde era mas segura y pronta la muerte, le rasgó las ingles de una dentellada. Cayó con la herida, y sus entrañas desprendidas caian entre la sangre que regaba la tierra. Teniendo Piritoo su venablo en la mano, iba á arrojarse sobre el espantable monstruo, cuando Teseo, asustado del riesgo que corria, le dijo desde lejos: „Detente, mitad de mi vida,[38] y á quien yo estimo mas que á mí mismo: no conviene á tu valor alejarte mucho de nosotros; el arrojo imprudente de Anceo ha causado su ruina.” Dijo esto, y tiró al jabalí su dardo con tanta fuerza y destreza, que seguramente le hubiera herido, si la rama de un árbol no lo hubiese estorbado. Jason, que le disparó el suyo, en vez de herir la fiera atravesó á un perro de parte á parte, y lo cosió con la tierra.

Meleagro le disparó dos, uno despues de otro; pero con suerte muy diferente, pues el uno se clavó en la arena, y el otro hirió al jabalí en medio de la espalda; y mientras se enfurece, dando mil vueltas á la redonda por arrancarse el dardo de la herida, y vomita rios de espuma mezclada con sangre con un ruido espantable, preséntase el autor de la herida, y le atraviesa el venablo por medio del cuerpo. Todos sus compañeros manifiestan su alborozo con una gran gritería, y se apresuran á tocar con sus manos las del vencedor. Maravillados á la vista del monstruo, cuyo cuerpo cubria un espacio considerable de tierra, aun no se juzgan seguros para acercarse; pero no obstante cada uno ensangrienta en él su dardo. Meleagro, teniendo el pie sobre la cabeza para cortársela, habló á Atalanta en estos términos: „Toma este despojo que de derecho me toca, y participa de la gloria de esta victoria.”[39] Al punto que acabó de decirlo la dió por despojo la áspera piel con las punzantes cerdas y cabeza del jabalí, de cuya boca salian los agudos colmillos. Atalanta quedó contenta con el presente, y prendada del que lo hacia; pero todos los demas cazadores tuvieron envidia, y se pusieron á murmurar, de los cuales los dos hijos de Testio, extendiendo los brazos, clamaron altamente: „Ea pues, muger, deja esos despojos; no nos quites la gloria que nos es debida; no te dejes alucinar de tu hermosura por este mérito, ni te expongas á perder y á alejar para siempre de tí al que enamorado de ella te hace este regalo;” y diciendo esto la arrebatan la piel de las manos, quitándole á él con esta accion el derecho que á ella tenia. No se acomodó á consentirlo Meleagro, y montando en cólera les dijo: „Aprended, ladrones de la honra agena, la diferencia que hay de los hechos á las amenazas.” Despues de estas pocas palabras atravesó con su espada el pecho de Plexipo, que no rezelaba tal cosa; y hallándose Toxeo dudoso en resolverse, pues por una parte deseaba vengar á su hermano, y por otra temia igual desgracia, se vió sorprendido y atravesado con la misma espada, caliente todavía con la sangre de Plexipo.

Altea iba á dar gracias á los Dioses por la victoria que su hijo acababa de alcanzar, cuando encontró los dos cadáveres de sus hermanos, que los llevaban á Calidonia. Sorprendida al verlos empezó á llorar, y á llenar de lamentos toda la ciudad, y se vistió de luto, dejando las galas. Pero luego que supo que su hijo era el homicida de sus dos tios, dejó de llorar, y sus lágrimas se convirtieron en deseo de la venganza.[40] Cuando parió á Meleagro, las tres Parcas[41] pusieron un tizon en el fuego, é hilándole la vida, dijeron: „Tanto tiempo damos á este recien nacido cuanto tarde en consumirse este tizon.” Retiráronse las Diosas despues de haber proferido la sentencia, y Altea quitó del fuego el fatal tizon que ardia, y apagándole con agua, le tuvo guardado mucho tiempo en lo mas escondido de la casa, y de este modo conservó y dilató la vida de su hijo. Sacó pues Altea el tal tizon, y mandando traer teas y otros combustibles, les puso fuego por su propia mano. Cuatro veces fue á poner el tizon en las llamas, y otras tantas se detuvo, vacilando entre el amor del hijo y el de los hermanos: el horror de tan gran delito la ponia pálida; un instante despues, ardiendo en ira, se le encendian los ojos y rostro;[42] unas veces le tenia cruel y amenazador, y otras manifestaba piedad y compasion; y aunque el fiero dolor de su ánimo la enjugaba algun tanto las lágrimas, con todo le corrian algunas: y á la manera que una nave, á quien opuestamente impelen hácia una parte el viento y hácia otra las corrientes, siente dos violencias, y unas veces se deja llevar de la una y otras de la otra; del mismo modo Altea fluctúa entre dos contrarios afectos: unas veces depone la ira, y otras se vuelve á enfurecer, y á empezar á ser mas bien hermana que madre, haciéndose piadosa con la impiedad para aplacar con la sangre de su hijo los manes de sus hermanos. Dejóse por último arrastrar de la ira, y volviendo á tomar el tizon: „Abrase, dijo, este leño fatal que tengo en mis crueles manos mis mismas entrañas;” y poniéndose inmediata á las tumbas de sus hermanos, prosiguió diciendo á las tres Furias:

„Diosas, que estais establecidas para castigar los delitos, sed testigos del sacrificio que voy á ofrecer: por vengarme incurro en una maldad; pero una muerte se ha de castigar con otra muerte; á un delito se ha de añadir otro delito, y á un funeral otro funeral: destrúyase esta impía casa por duplicados lutos. ¿Será razon que mi marido Oeneo goce con felicidad de su hijo vencedor, y que Testio mi padre quede sin sus dos hijos? Mejor es que ambos lloren á un tiempo por un mismo motivo; y vosotras, sombras de mis hermanos, almas queridas, que acabais de bajar á la mansion tenebrosa, experimentad los efectos[43] del oficio que os voy á dedicar, y aceptad las exequias que os preparo con el desgraciado fruto de mi vientre; pero ¡ay de mí! ¿adonde me arrebata este ciego furor? Hermanos, perdonadme que soy madre, y mis manos no se atreven á llevar adelante lo comenzado: confieso que mereció morir. Conozco que el delito de mi hijo es digno de muerte; pero no me atrevo, y rehuso castigar con ella al que le cometió. Y ¿qué? ¿ha de quedar impune, para que vencedor y engreido con su triunfo obtenga el reino de Calidonia? Y vosotros, queridos hermanos, ¿quedareis reducidos á un poco de ceniza y sombras heladas? No, no lo toleraré por vida mia; muera el delincuente, y lleve al sepulcro todas las esperanzas de su padre, el reino y la ruina de su patria. Pero ¡ah! ¿son acaso estos dignos sentimientos de una madre? ¿Qué? ¿me olvido de los piadosos deseos paternales y de los trabajos que pasé por su respecto diez meses? ¡Ojalá que se hubiera consumido al primer incendio del fuego que pusieron las Parcas, y ojalá que yo lo hubiera consentido! Hijo mio, tú has vivido hasta ahora por un beneficio mio, y ahora morirás por tu delito:[44] experimenta el castigo de tu iniquidad, y restitúyeme la vida que te he dado dos veces, la primera por haberte parido, y la segunda por haber separado del fuego el tizon fatal, ó mátame, y enviáme al sepulcro con mis hermanos. Deseo vengarles, y no puedo. ¿Á qué me resolveré en fin? ¿Qué haré? Por una parte se presentan á mis ojos las heridas de mis hermanos, y la imágen de sus crueles muertes; por otra el amor y nombre de madre me abaten el ánimo. ¡Desdichada de mí! Mal será que venzais; pero venced, hermanos, y despues que os haya hecho estas exequias, os seguiré tambien al sepulcro.” Luego que Altea acabó este razonamiento, volviendo el rostro y temblando,[45] echó con sus manos el funesto tizon en medio de las llamas.

El leño fatal al caer en ellas ó se resistió, ó á lo menos lo pareció, y comenzó á arder como contra la voluntad de la hoguera. Meleagro, aunque ausente y sin saberlo, se iba abrasando á proporcion que el tizon ardia, y sintiendo abrasársele las entrañas con un oculto fuego,[46] que procuraba sufrir y vencer con su valor. Afligíale el verse perecer con una muerte lenta y sin derramar sangre, y llamaba felices las heridas de que poco antes habia muerto Anceo peleando con el jabalí. Sus últimas palabras fueron clamar con gemidos á su anciano padre, á sus hermanos y hermanas, á su consorte, y acaso tambien llamaba á su madre. Crecian á un mismo compas el fuego en que ardia el tizon y el en que se abrasaba Meleagro: por falta de materia se iban empezando á apaciguar, y cuando acabó de arder el tizon acabó tambien la vida de Meleagro,[47] y su espíritu se exhaló como un leve vapor, quedando poco á poco el fuego reducido á una blanca ceniza. Con la noticia de un accidente tan funesto toda la ciudad de Calidonia se consterna en extremo; los jóvenes y viejos, los grandes y el vulgo se afligen. Por todas partes no se oyen sino llantos y gemidos; las mugeres vestidas de luto se arrancan los cabellos;[48] el desgraciado Oeneo, tendido en el suelo y cubierto de ceniza y polvo, se queja tristemente por haberse prolongado sus dias hasta este fatal momento: nada digo de Altea, su madre, quien no habiendo podido sobrevivir á la desesperacion á que le habia reducido un delito tan enorme, se atravesó el corazon con un puñal.

Pero aunque Dios me hubiera dado cien expeditas lenguas; aunque yo pudiera hacerlas hablar dignamente, y aunque yo solo poseyera todos los talentos de las Diosas que habitan el Helicon, no me seria posible pintar toda la afliccion y tristes ayes de las hermanas de este Príncipe. Vestidas de luto se golpean sus pechos cárdenos; y mientras el cadaver de su hermano está en el féretro, le calientan y vuelven á calentar, besando el cuerpo y el lecho donde yace, y despues de estar reducido á cenizas aplican tambien estas á su pecho. Tendidas delante de su sepulcro besan la losa en que su nombre estaba esculpido, regándola con sus lágrimas, continuando su dolor hasta que Diana, saciada en fin (si puede decirse asi) de las calamidades de la deplorable familia de Oeneo, las transformó en aves.[49] Los cuerpos de estas desgraciadas Princesas, exceptuando á Gorge y Deyanira, se cubren de plumas; sus brazos se truecan en largas alas, y la boca en duro pico, y asi transformadas hace que vuelen por los aires.

(87) El rio Aqueloo detiene á Teseo
y le ruega descanse en su casa.