FÁBULA VII.

FILEMON Y BAUCIS.

Despues de esta narracion calló Aqueloo, y todos se quedaron admirados de una cosa tan portentosa; pero Piritoo, hijo de Ixion, que no tenia respeto á los Dioses, y que era de ánimo feroz, se burló de la credulidad de sus compañeros. „Tú nos cuentas, dijo á Aqueloo, unas patrañas, y juzgas que los Dioses son todopoderosos, y quitan y ponen á las cosas sus figuras.” Todos se quedaron espantados, y ninguno aprobó semejantes blasfemias; y tomando la mano Lelex, grave ya en edad y prudencia, dijo asi: „Es inmenso y no tiene fin el poder del cielo, y los Dioses hacen todo lo que quieren; y para que menos lo dudes has de saber que en los montes de Frigia hay una encina inmediata á un tilo, cercada con un pequeño muro; yo mismo ví el parage cuando Piteo me envió á este pais, en que reinaba en otro tiempo su padre. Bien cerca hay un estanque, que antes fue tierra habitable, y ahora es una laguna frecuentada de cuervos marinos y cercetas. Júpiter en figura de hombre mortal vino al tal sitio, acompañado de su hijo Mercurio sin alas ni caduceo.

(88) Júpiter y Mercurio hallan hospitalidad
en casa de Filemon y Baucis.

„Despues que en muchas casas pidieron hospedage, y les fue negado, llegaron por último á una pequeña cabaña, cubierta de paja y cañas palustres, en la que los recibieron con mucho agasajo Filemon y Baucis su muger, anciana llena de piedad, como tambien su marido. Los dos de igual edad se habian casado muy jóvenes, y envejecido en aquella pobre choza. Pobres y sin bienes habian sabido con su virtud disminuir los riesgos de la indigencia. Ellos solos en esta cabaña eran los señores y criados, y componian toda la familia; ellos mismos daban las órdenes, y ellos las egecutaban. Luego que Júpiter y Mercurio entraron bajando la cabeza, porque la puerta era muy baja, Filemon les rogó que descansaran, presentándoles unos asientos, sobre los cuales Baucis puso un poco de paja para que estuviesen con mas comodidad: despues desenvolvió la caliente ceniza, y buscó entre ella algunas pequeñas brasas que habian quedado del dia anterior, y poniendo sobre ellas hojas y virutas secas, á fuerza de soplar con fatigado aliento estas concibieron llamas; y para cebarlas arrancó del techo de la choza algunos manojos y ramos menudos, y partiéndolos en trozos, los aplicó á un pequeño caldero que habia puesto con agua á la lumbre, y al mismo tiempo cortó y preparó unas verduras que su marido habia cogido en un pequeño huerto: él entre tanto alcanzó con una horquilla una espaldilla de tocino que estaba colgada en una negra viga, y cortando de ella una pequeña parte, la puso á cocer en el agua hirviendo del caldero. Para que á los Dioses no se les hiciese largo el tiempo que gastaban en disponer la comida, les entretuvieron con varias conversaciones. En un rincon pendia de una asa encorvada un barreño de haya, que Filemon llenó de agua para que se lavasen los pies.[55] Habia tambien en medio de la choza un tarimon ó lecho de madera de sauce con los pies de lo mismo, sobre el cual estaba un jergon rehenchido de suaves ovas, en el cual extendió la vieja Baucis una manta que solia servirles para los dias de fiesta, bien que vil y despreciable, y acomodada á la armadura de sauce. Sentáronse en él los Dioses, y Baucis arregazada y temblando de vejez puso la mesa; pero por desgracia tenia desigual un pie, y lo remedió poniendo debajo un pedazo de teja. Despues que la enderezó, limpió y cubrió con hierba buena, sirvió y puso sobre ella aceitunas aderezadas, cerezas, otras hierbas y raices conservadas y adobadas en vino, queso y algunos huevos asados en el rescoldo,[56] y todo servido en platos de barro. Un jarro de la misma materia, con unos vasos de haya bien encerados por dentro, componian toda la bajilla. Despues de esto sirvieron la comida condimentada,[57] y vino, que no era muy añejo, y por postres[58] nueces, higos pasos, sazonados dátiles, ciruelas, manzanas olorosas y uvas recien cogidas, todo en un canastillo, y en medio de todo ello un blanco panal. La comida era á la verdad frugal; pero dada con buen semblante, y lo que vale mas que todo con una sincera voluntad. Entre tanto las dos buenas personas advirtieron que el jarro se llenaba por sí cuando quedaba vacío, y que el vino se aumentaba en vez de disminuirse. Atónitos á la vista de este prodigio, se pasman, y levantan sus manos trémulas al cielo, pidiendo perdon á sus huéspedes de la comida y del poco aparato de ella. Quedábales aun un ganso que guardaba la cabaña, é iban á matarlo; pero como tenia alas, cansa á Baucis y Filemon, pesados con la edad, y los burla por mucho rato, y al fin huyendo de ellos se acogió á los mismos Dioses, quienes, despues que impidieron le matasen, se dieron á conocer, anunciándoles al mismo tiempo la justa venganza que querian tomar de toda aquella impía poblacion. „Vosotros, les dijeron, quedareis libres del castigo; abandonad al punto vuestra cabaña, y seguidnos: venid con nosotros á la cumbre del monte.” Filemon y Baucis obedecen la órden; y sostenidos en sus báculos, hacen esfuerzos para subir á la cima. No estaban ya de ella tan distante cuanto alcanza el tiro de una saeta, cuando vuelven la vista, y ven todo el pais anegado, excepto su casa. Pasmándose de ver este prodigio, y llorando la triste suerte de sus vecinos, advierten que su reducida cabaña se habia convertido en templo. Las rústicas vigas que la sostenian antes se volvieron columnas magníficas; la paja que la cubria se convirtió en oro, y el suelo estaba enlosado con riquísimos mármores, y la puerta adornada de escultura y bajos relieves; en una palabra, toda la mansion brillaba con el oro. Admirados estaban aun cuando Júpiter les habló en estos términos: „Justo anciano, y tú, digna esposa de un marido tan virtuoso, decidme lo que deseais, y podeis pedirlo con seguridad.” „Todos nuestros deseos, le respondió Filemon con Baucis, despues de haber consultado por un breve espacio con su muger, se limitan á ser los sacerdotes de este nuevo templo; y porque siempre hemos vivido en una perfecta union, quisiéramos tambien morir en un mismo dia: concédeme la gracia de no ver el sepulcro de mi esposa, ni que ella sobreviva á mi funeral.” Júpiter vino bien en otorgarles su peticion, y ellos sirvieron en el templo el resto de su vida. Luego que llegaron á una extrema vejez, un dia que se hallaban sentados en las gradas del templo, y que hablaban de sus extraños acaecimientos, Baucis advirtió de repente que el cuerpo de Filemon se cubria de hojas, y él observó que lo mismo sucedia á su muger. Viendo en seguida ambos que la corteza empezaba á llegar hasta la cabeza, prorumpieron mientras pudieron en estas mutuas expresiones: „Á Dios, querida esposa,” le dijo tiernamente Filemon; „Á Dios, querido esposo,” le respondió Baucis. Apenas pronunciaron estas palabras cuando sus bocas se cerraron para siempre. Un morador de Tiana muestra aun alli los troncos de estos dos árboles, el uno cerca del otro. Esta es, añadió Lelex, la historia que me han contado unos viejos dignos de que se les dé crédito, y que no tenian ningun interes en engañarme. Yo mismo he visto las ramas de estos árboles adornadas de ramilletes y guirnaldas, y aun algunas puse yo diciendo: „De este modo recompensan los Dioses la piedad, y honran despues de su muerte á los que les han dado culto durante su vida.”

Este discurso, pronunciado por un hombre tan sabio como Lelex, habia hecho mella en los ánimos, y especialmente en el de Teseo, quien manifestaba muchos deseos de saber los maravillosos hechos de los Dioses. Aqueloo, que lo notó, apoyado sobre su brazo le habló asi: „Hay muchos que han sido transformados conservando siempre su nueva forma, y hay otros que no la han conservado, sino que han ido transformándose en otras muchas figuras, como tú, ó famoso Proteo,[59] habitador del mar, que te has dejado ver algunas veces bajo la forma de un jóven, otras bajo la de un leon, de un furioso jabalí, de una culebra que causaba espanto, de un toro, de una piedra y de un árbol. Unas veces tomabas toda la fluidez del agua, y se hacia un rio, y otras se convertia en fuego, elemento contrario al agua.”

LA HAMBRE SE APODERA DE ERESICTON.

„No tenia menos poder y eficacia, prosiguió Aqueloo, para transformarse en varias figuras la hija de Eresicton,[60] muger de Autólico. Su padre era uno de aquellos impíos que desprecian á los Dioses, y que jamas les ofrecen sacrificios. Dicen de él que tuvo la temeridad de cortar con una segur una encina, y de destruir un bosque antiguo,[61] dedicados á Céres. Estaba aquella en medio del tal bosque, y casi le ocupaba ella sola; de cuyas ramas pendian cintas, guirnaldas y pinturas ofrecidas por votos, y promesas conseguidas de la divinidad de este lugar. Muchas veces habian danzado las Dríadas debajo de esta encina; y otras, asiéndose de las manos, rodearon lo grueso de su tronco, que tenia quince codos de circunferencia, y que excedia á los demas árboles en la misma proporcion que ellos exceden á la yerba. Mas nada de todo eso sirvió de estorbo á Eresicton para mandar á sus criados que cortasen aquel privilegiado árbol; y como viese que no se atrevian á obedecerle, quitando á uno de ellos el hacha: „No le valdrá, dijo, á este tronco para dejar de caer á tierra el estar dedicado á Céres, ni el que fuera la misma Diosa la que habitase en él.” Dichas estas palabras, empezó á darle los primeros golpes; pero apenas fue herido el árbol cuando se le vió temblar, y demostrar su sentimiento;[62] las hojas, las ramas y bellota de que estaba cubierto mudaron de color. Cortada la corteza, empezó á correr sangre en lugar de humor con tanta abundancia, como la de un grueso toro cuando se inmola como víctima al pie de los altares. Á la vista de este prodigio todos los circunstantes se pasmaron; y uno de ellos, despues de haber abominado la maldad que su amo iba á cometer, quiso quitarle la hacha; pero mirándole Eresicton con indignacion: „Recibe, le dijo, cortándole la cabeza con la misma hacha, el premio de tu piadoso corazon,” y continuó repitiendo los golpes en la encina. De lo interior del árbol salió una voz que articulaba estas palabras: „Yo soy una Ninfa querida de Céres, que habito este árbol; has cortado el hilo de mi vida, y en el momento de mi muerte pronostico las penas que estarán bien presto sobre tí por este hecho, y es el único consuelo con que rindo mi vida.” El impío Eresicton, poco asustado de la amenaza, continúa hiriendo el árbol; y viendo que ya se movia á fuerza de tantos golpes, tirado de un lazo cayó, y derribó muchos árboles con el peso. Atónitas las Dríadas con el daño del bosque y suyo, se visten de luto, y tristes se presentan á Céres, pidiéndola castigue una accion tan cruel. Manifestando la bellísima Céres por un movimiento de cabeza, que hizo temblar todos los campos y mieses de que estaban cubiertos, que les otorgaba su demanda, le traza un desgraciado castigo, si él fuera digno de que alguno le tuviera lástima por sus acciones, que era el despedazarlo por medio de una cruel hambre; la cual, porque no conviene á la Diosa (pues los hados no permiten que se junte Céres y la hambre),[63] habló á una de las Ninfas que habian ido á implorar su socorro en estos términos:

„En la extremidad de la helada Escitia hay un lugar triste y tenebroso, donde no se encuentran sembrados ni árboles.[64] Este horroroso clima, en que reina un frio eterno, es la mansion de la amarillez, del temblor y de la hambre. Parte y dile á esta de mi órden que se introduzca hasta el interior de las perversas entrañas del sacrílego Eresicton; que haga de modo que nada pueda saciarla, y que sean inútiles por su obstinacion en atormentarle todos los socorros que yo proporciono contra la hambre. Y porque no te amedrente lo largo del camino, he aqui te presento mi carro, y estos dragones[65] que te conducirán por medio de los aires.” Subiendo la Ninfa á él, llegó en poco tiempo á la Escitia sobre la cumbre del monte Cáucaso, donde encontró á la hambre en medio de un campo cubierto de piedras, que arrancaba algunas escasas yerbas con las uñas y dientes. Tenia el cabello erizado y desgreñado, los ojos hundidos y cárdenos, el rostro amarillo, los labios denegridos, los dientes podridos con el sarro, su piel acartonada y transparente, por la cual se le podian ver las entrañas, y los huesos sobresalian á las escasas carnes de sus lomos. Su pecho parecia que pendia, y que se sostenia de la textura del espinazo, y por vientre solo se veia el lugar donde debia estar colocado. Su gran flaqueza descubria sus músculos y nervios; y los huesos de sus rodillas y tobillos presentaban el aspecto de unos globos. Luego que la vió la Ninfa de lejos (porque no se atrevió á acercar), la intimó la órden de la Diosa. Á pesar de esta precaucion en el poco tiempo que tardó, y en el lugar distante en que se hallaba, se sintió penetrada de la hambre; y volviendo las riendas á los dragones de su carro, se restituyó por los aires á Tesalia.

La hambre, aunque muy contraria á Céres, cumplió sus órdenes. Conducida por los vientos llegó á la casa de Eresicton. Era de noche, y en medio del profundo sueño que tenia embargados sus sentidos todos, le estrecha entre sus brazos. Introduciéndose despues en sus entrañas la horrible Diosa, derramó su veneno en su boca, garganta y pecho, haciéndole circular por sus venas. Despues que cumplió la órden de Céres abandonó una tierra donde reinaba la abundancia, y se volvió al clima estéril que es su mansion ordinaria. Eresicton estaba todavía entregado á la dulzura del reposo, bien que ya remiso, cuando empezó á sentir los rigores de la hambre. En las fantasmas del sueño creia comer, y movia la boca y dientes como si verdaderamente hubiese comido, fatigando de este modo su garganta por la vana representacion de un manjar imaginario. Luego que despertó sintió devorar por la hambre mas cruel asi su famélica garganta como los senos de sus entrañas, y mandó buscar sin la menor dilacion los alimentos que producen el mar, la tierra y el aire. Cuando su mesa estaba cubierta con profusion, se quejaba de que no tenia con que saciarse, y en medio de la abundancia buscaba codiciosamente con que satisfacer la hambre que le devoraba. Lo que podia ser bastante para alimentar á ciudades y pueblos enteros no le era suficiente: cuanto mas comia tanto mas deseaba comer: asi como el mar, que recibe en su vasto seno todos los rios de la tierra sin que sus aguas rebosen; ó como el fuego, que devora toda la leña que se le arroja, y lejos de entibiar su ardor por la cantidad de las materias que consume, cobra nuevas fuerzas á proporcion de la cantidad.”

(89) La Hambre, por órden de Céres,
esparce su veneno sobre Eresicton.