FÁBULA VII.
LOS CERASTES CONVERTIDOS EN TOROS.
„Mas si se pregunta á la ciudad de Amatonta, abundante en metales, si ella tiene por honor el haber sido patria de las Propétides, como Esparta en haberlo sido de Jacinto, responderá que antes bien lo tuvo por afrenta, del mismo modo que el haberlo sido de aquellos que procreó en otro tiempo, los cuales, por tener dos cuernos en la frente, se llamaron Cerastes. Frente de la casa de estos habia un templo y ara dedicada á Júpiter, protector del hospedage, en la que se hacian los mas abominables y tristes sacrificios. Cualquiera extrangero que llegase á verla teñida y salpicada de sangre creeria que en ella se habian sacrificado algunos ternerillos ó algunas ovejas de Chipre, y no era eso, sino que las víctimas que en ella se habian ofrecido eran los huéspedes y extrangeros que alli llegaban. Ofendida Venus de esta abominacion, estaba resuelta á retirarse de sus ciudades y de toda la region é isla de Chipre; pero reflexionándolo mejor, dijo:
(106) Venus transforma en Toros á los
Cerastes que profanaban á Chipre.
„¿En qué han pecado mis ciudades y estos campos, que me son tan agradables? ¿Qué delito hay en ellos? Mejor es que los delincuentes paguen su pena con el destierro ó con la muerte, ó con otro castigo que venga á ser un medio entre estos dos. Y ¿cuál podrá ser este sino el de transformarlos en otra diversa figura?” Venus vacilante en qué los convertiria, vuelve la vista á los cuernos que tenian en su frente; y ocurriéndola el dejarlos con ellos, los transformó en crueles toros.”