FÁBULA II.
ESCULAPIO ES LLEVADO Á ROMA.
Musas, deidades propicias á los poetas (pues lo sabeis, y no se os olvidan las cosas por el transcurso de mucho tiempo), recordadme, para que yo pueda referirlo, de donde fue traido Esculapio á la isla que está rodeada por el Tíber, y admitido entre las deidades romanas. Una cruel peste infestó en otro tiempo todo el aire y la atmósfera de Italia, la cual causaba muchos estragos, y los cuerpos de los enfermos se corrompian, y en lugar de sangre destilaban materia. Afligidos y oprimidos los hombres con tantas muertes, despues de haber intentado en vano los medios humanos, y viendo que nada aprovechaban el arte ni los remedios, recurrieron á implorar el auxilio del cielo, y enviaron á consultar el oráculo de Apolo que estaba en Delfos, suplicándole se dignase socorrer la calamidad, dando una saludable y favorable respuesta, y poniendo fin á los males que afligian á la ciudad. Apenas se habia acabado la súplica de los diputados, cuando á un tiempo temblaron el templo, los laureles y las aljabas que él tiene, y se oyó salir del fondo de la sagrada trípode[183] esta voz, que llenó de admiracion á todos: „Romanos, lo que venis á buscar aqui lo podiais haber hallado en lugar mas cercano que este. No teneis necesidad de mi auxilio, sino del de mi hijo.[184] Id con buen auspicio, y llevad á Roma al hijo de Apolo.”
(138) Roma, afligida de la peste, envia á Delfos
á consultar el Oráculo de Apolo.
Despues que el prudente senado recibió la celestial respuesta se informó con cuidado del nombre de la ciudad en que existia Esculapio, y cuando lo supo envió comisionados que navegasen á Epidauro para traerle. Luego que la nave llegó, los romanos se presentaron á los principales de la ciudad, que se habian juntado para recibirlos, y les rogaron que les diesen á Esculapio para que su presencia finalizase los crueles males que la Italia padecia, añadiendo que asi lo mandaba el oráculo de Apolo. Hubo sobre este punto muchos y varios pareceres, porque algunos fueron de opinion de que debia concedérseles el socorro que pedian, y otros muchos lo resistieron, fundándose en que no debian desprenderse ni entregar á unos extrangeros una deidad que era suya propia y el apoyo de su salud. Sin haberse resuelto cosa alguna se concluyó el dia, y llegó la temerosa noche, en la cual el Dios Esculapio apareció en sueño al principal de los legados romanos en la misma forma y figura que se le suele ver y venerar en su templo, teniendo un báculo en la mano izquierda, y componiendo su larga barba con la derecha, le dijo con semblante halagüeño: „Deja el temor: iré contigo; pero será bajo otra figura. Mira ahora esta serpiente que se enrosca al rededor de mi báculo: nótala bien con la vista para que puedas conocerla. Me transformaré en ella, aunque seré algo mayor, y pareceré tan grande como deben ser las deidades cuando se transforman.” Con esto desapareció el Dios, y con él el sueño; despertó el embajador, y llegó el dia.
Luego que la Aurora disipó las tinieblas, los próceres se juntaron en el magnífico templo de Esculapio, y le ruegan que muestre con señales en qué lugar quiere ser reverenciado. Apenas habian acabado su súplica cuando este Dios en figura de una reluciente serpiente con empinada cresta anunció su venida con espantosos silbidos. Al llegar y dejarse ver en dicha forma conmovió é hizo temblar la estatua, las aras, las puertas, el pavimento, el techo y todo el templo. En medio de este y en lo mas elevado de un altar se constituyó la serpiente, y erigiéndose del medio cuerpo arriba, empezó á volver á todos lados sus ojos, que centelleaban como fuego. Los circunstantes se llenaron de pavor, y el sacerdote que asistia, adornada su blanca cabeza y cabellera con la venda sacerdotal, conociendo que la deidad se ocultaba bajo la figura de serpiente, gritó diciendo: „Este es el Dios; este es Esculapio: todos los que os hallais presentes alabadle y veneradle, diciendo conmigo: Sea en pública utilidad, ó deidad placidísima, el que te hayas dejado ver en esta figura, y resulte de ello el que socorras á los pueblos que te veneran y celebran tus fiestas.” Todos los que estaban presentes, obedeciendo al sacerdote, veneraron á Esculapio, repitiendo la deprecacion que acababa de hacer aquel, y los romanos hicieron piadosos y religiosos votos y promesas con el ánimo y con la voz.[185] Mostró la deidad que las aceptaba con los ademanes de mover la cresta, y repetir tres silbidos como prendas y señales de su anuencia. Al momento empezó á deslizarse é irse bajando por los vistosos escalones del altar; y volviendo la vista hácia atras, miraba las antiguas aras como despidiéndose de su domicilio y del templo en que habia habitado. Desde alli siguió deslizándose y arrastrando por el suelo, que estaba sembrado de ramos y flores; y atravesando con su movimiento espiral por medio de la ciudad, se dirigió al puerto, donde paró, y con halagüeños ademanes daba á entender que despedia al acompañamiento, y á los que hasta alli le habian seguido, y entró en la nave de los romanos, que se halló sobrecargada con el nuevo peso de la deidad. Los legados se llenaron de gozo; y habiendo sacrificado un toro en la playa, soltaron las amarras de la nave, que tenian adornada con coronas y guirnaldas de flores, y se hicieron á la vela.
El buque navegaba con un suave y próspero viento; y el Dios, que iba en figura de serpiente, subiéndose á la popa, y erigiendo su cerviz, miraba desde alli las cerúleas aguas. Á beneficio del viento atravesó la nave el mar Jonio en seis dias, y llegó á las costas de Italia, por las que continuó su rumbo, dejándose atras el promontorio de Lacinia, famoso por el templo de Juno, el golfo de Esciglo, el de Calabria, y á fuerza de remos se apartó de los peñascos de Anfisa, y caminando á la derecha, pasó á la Ceraunia, el Romechio, Caulona y Naricia.[186] Y venciendo todos los peligros de estos mares, se entró en el estrecho de Peloro, que está en Sicilia, y atravesando las islas Eolias, el Temese, abundante de metales, la Leucosia, el templado Pesto, siempre floreciente por su abundancia de rosales. De alli pasó á la vista de Capri, del promontorio de Minerva y de las colinas de Surrento,[187] tan nombradas por sus buenos vinos; de la ciudad de Hércules, de Stavia y de Nápoles, ciudad deliciosa, que es la mansion de los juegos y placeres; del templo dedicado á la Sibila de Cumas; de las fuentes calientes de Bayas; de Linterno, que lleva muchos lentiscos; del Vulturno, que trae mucha arena debajo de su corriente; de la ciudad de Sinuesa, poblada de palomas blancas; de Minturna, donde el aire es grueso y nocivo; de Cayeta, donde Eneas enterró á su ama de leche; de Formium, donde reinó el cruel Antifates; de Terracina, ciudad rodeada con una laguna; del promontorio de Circe, y de Ancio, que tenia una firme playa, donde los romanos, viendo que el mar empezaba á embravecerse, se vieron obligados á entrar. Luego que tomaron tierra, Esculapio salió de la nave, y caminando con tortuosos arcos y vueltas espirales, llega al templo de Apolo su padre, que estaba en esta playa. Despues que el mar se apaciguó sale de alli, vuelve á la nave, y deslizándose por lo largo del timon, subió á la popa, y se colocó en ella mientras navegaban hácia Castro, de donde pasaron cerca de la ciudad de Lavinio, y de alli entraron en la embocadura del Tíber. Aqui salieron á recibirle todo el pueblo precipitadamente, las matronas, los senadores, y hasta las Vestales, que guardan el fuego de Vesta traido de Troya,[188] saludando todos á la recien venida deidad con una alegre vocería, y acompañando por las riberas á la nave que caminaba por el rio, quemaban incienso en las aras que á trechos y al efecto tenian prevenidas y erigidas. Á una y otra orilla habia voces y aclamaciones, y se ofrecian inciensos y víctimas, y de este modo llegó la nave á la ciudad, que era ya cabeza del orbe. En fin, luego que llegaron á Roma, Esculapio se subió á lo alto del mástil del navío, y busca al rededor lugar aparente para habitar. Dividiéndose el Tíber en dos brazos, forma en este sitio una isla, que dista á igual distancia de sus dos orillas. Aqui se fue el hijo de Apolo despues de haberse revestido de la magestad que le convenia. Puso fin á los llantos, y trajo la salud á la ciudad.