FÁBULA III.
CÉSAR TRANSFORMADO EN ASTRO.
Esculapio vino de otras regiones á ser venerado en nuestros templos; pero César es deidad propia de Roma su ciudad. Este hombre incomparable, grande en la guerra, grande en la paz, no mereció tanto ocupar un lugar en el cielo y formar en él un nuevo astro por haber triunfado de los enemigos de Roma, por haber arreglado los negocios de la república, y por haberse adquirido una gloria inmortal, como por las virtudes de su sucesor.[189] En efecto, el mayor mérito de César, su mas brillante título es ser padre de Augusto. El haber sujetado á la Gran Bretaña, el haber visto sus naves victoriosas entrar en el Nilo, el haber domado á los rebeldes numidas y vencido á su Rey Juba, el haber reducido bajo el poder de los romanos los pueblos del Ponto, soberbios con las victorias y nombre del gran Mitridates; en una palabra, el haber triunfado algunas veces, y el haber merecido tambien muchas veces los honores del triunfo, son unas acciones menos gloriosas para él, que el haber adoptado á un hombre tan grande. ¡Dioses! haciendo á Augusto el dueño del mundo, habeis atendido bastantemente á nuestra felicidad.
(140) Asesinado Julio César en el Senado
Venus le transforma en cometa.
Convino pues colocar á César en el número de los Dioses para que Augusto no procediese de sangre mortal. Venus, que conocia la necesidad que habia de hacerlo, y que veia al mismo tiempo las conspiraciones que tramaban contra la vida del Soberano Pontífice,[190] estaba inquieta, y daba parte de sus inquietudes á todos los Dioses que encontraba. „Mirad, les decia, los funestos preparativos que hacen contra mí; mirad con qué furor y con qué crueldad acometen á los dias de un Príncipe, el único que me queda de la sangre de Julio.[191] ¿Por ventura he de ser yo sola siempre egercitada de justos cuidados? Yo no pude en otro tiempo preservarme de los golpes de Diomedes, cuyas flechas fueron teñidas en mi sangre. Yo no pude salvar á Troya, á pesar de los esfuerzos que hice para defenderla. Testigo de los peligros infinitos que corrió Eneas mi hijo, yo le he visto expuesto á las olas, errar de mares en mares, bajar despues á la mansion de las sombras, en fin sostener una larga y peligrosa guerra contra Turno, ó si he de confesar la verdad, con Juno mas bien. ¿Para qué me acuerdo de los daños de mi generacion? La desgracia de hoy no me deja acordar de las cosas primeras: veis que los malvados cuchillos se aguzan contra mí, los cuales os ruego que eviteis; estorbad una gran maldad, y no permitais que el fuego sagrado de Vesta se apague con la muerte del Pontífice.”
Tales eran las quejas con que Venus congojosa en vano hacia resonar el Olimpo para hacer sensibles á los Dioses de sus males. Aunque no les sea permitido mudar los decretos eternos de las Parcas, pueden sin embargo anunciar por medio de algunas señales las desgracias con que nos amenazan. Cuentan en efecto que las armas, que hacian un horroroso ruido en medio de los aires, y las terribles trompetas y tambores que se oian en el cielo[192] prenunciaron la maldad. Tambien el sol, pálido y macilento, daba una triste y lúgubre luz: muchas veces se vieron arder hachas entre los otros astros, y caer gotas de sangre mezcladas con la lluvia. El lucero no daba sino una triste luz, y el carro de la luna estaba ensangrentado. El funesto buho dió agüeros tristes en mil lugares; en mil lugares se vieron estatuas de mármol cubiertas de sudor, y se oyeron cantos y voces que amenazaban en los bosques sagrados. Las víctimas ofrecian funestos presagios, y anunciaban tumultos y sediciones. Aun en las entrañas de una de estas víctimas se vió que el cuchillo habia cortado la parte superior del hígado. Los nocturnos perros aullaban en las plazas públicas al rededor de los templos y de las casas: cuentan tambien que se vieron vagar las sombras de los muertos, y que se llenó de temblores la ciudad. No obstante los presagios de los Dioses no pudieron vencer las asechanzas y hados futuros. Llevaron al Capitolio los puñales y espadas, porque no hallaron en toda la ciudad lugar mas propio para el parricidio que el senado. Venus, testigo de estos funestos preparativos, despues de haber dado señales de su dolor hiriéndose el pecho, queria ocultar á César bajo de la misma nube con que en otro tiempo habia ocultado á Páris del furor de Menelao, y cubierto á Eneas contra los tiros de Diomedes, cuando Júpiter le habló de esta manera: „¿Pretendes, hija mia, oponerte á la sentencia irrevocable del destino? Entra en el palacio de las Parcas, y verás alli los destinos de todos los hombres tan profundamente grabados en el bronce y metal, que ni el choque de los cielos, ni la violencia del rayo, ni la ruina entera de la naturaleza son capaces de borrarlos. Hallarás alli los de tus descendientes esculpidos en perpetuo diamante: yo mismo los he leido; y como los tengo en la memoria, voy á decírtelos para que no ignores mas tiempo lo que debe sucederles. El que causa hoy tus inquietudes ha cumplido sus destinos: los dias que debia vivir en la tierra han fenecido: tú y su hijo adoptivo, que heredero del nombre de su padre sucederá en el imperio, dispondreis que como elevado al cielo se le edifiquen templos y sea venerado en ellos, y me tendrá de su partido para que con fortaleza concluya las guerras hasta dejar vengada la muerte de su padre. En su reinado, cercada y sitiada la ciudad de Modena,[193] será reducida á pedir la paz. Los llanos de Farsalia,[194] regados otra vez con sangre de Macedonia, experimentarán su castigo, y el gran Pompeyo será vencido en los mares de Sicilia.[195] Tambien será vencida Cleopatra, muger del general romano Marco Antonio, sin que le aproveche este matrimonio, y quedarán vanas y frustradas sus amenazas de hacer tributario á Egipto el Capitolio romano. ¿Para qué te numeraré los pueblos bárbaros que estan de la una y otra parte del Océano, puesto que la tierra y el mar estarán sujetas á este gran Príncipe?[196] Despues que haya dado la paz al universo, le dará leyes justas y saludables, y se aplicará únicamente á hacerlas florecer. Su virtud y prudencia serán el egemplo y las reglas de las costumbres y probidad. Llevando sus miras y prevencion á la edad de los futuros siglos, escogerá para sucesor al hijo de una esposa virtuosa,[197] al que dejará su nombre y el imperio. En fin, no será recibido en el cielo, que le pertenece, hasta que sus años igualen al número de sus heroicas acciones. En este supuesto, hija mia, encárgate entre tanto de recibir el alma de César cuando salga de su cuerpo muerto á puñaladas, y transfórmala en una estrella[198] para que tu descendiente Julio César mire siempre desde los astros el Capitolio y Foro romano.”
Apenas Júpiter habia acabado de hablar, cuando Venus descendió al senado sin ser vista de nadie; y recibiendo el alma de su César antes que se desvaneciese en los aires, la llevó á los cielos; y mientras la llevaba vió que arrojaba un gran resplandor, y la dejó tomar su vuelo. Entonces se elevó ella misma mas allá de la luna; y dejando sobre su camino una huella luminosa[199] y una especie de cabellera inflamada, fue al cielo á formar un nuevo astro; y viendo de alli las heroicas hazañas de su hijo, confiesa con placer que son mayores que las suyas, y se alegra de serle inferior. Aunque la modestia de Augusto no permite que sus hechos se prefieran á los de su padre, no obstante la fama, libre y no sujeta á mandatos algunos, lo prefiere, aunque él lo rehusa; y en esto solo no está de acuerdo con él. Asi Atreo cede á los títulos de Agamenon: asi Teseo vence á Egeo su padre: asi Peleo es inferior á su hijo Aquiles.[200] En fin, para usar de egemplos iguales á ellos, asi Saturno es menor que Júpiter. Júpiter reina en los cielos, Augusto es el dueño de la tierra: uno y otro son rectores y padres. Ruégoos, ó Dioses compañeros de Eneas, que abristeis camino por medio de los fuegos y aceros, Dioses Indígetes, Quirino, fundador del imperio romano; Marte, padre del invicto Rómulo; Vesta, y tú Apolo, que ambos estais en el número de los Dioses Penates del Emperador; Júpiter, que de lo alto del Olimpo echas miradas favorables sobre el Capitolio; vosotras en fin, divinidades benéficas, cuyo auxilio es lícito á un poeta implorar, ruégoos que se aleje mas allá de nuestra vida aquel dia en que este gran Emperador debe dejar la tierra, de la que es dueño, para ocupar su lugar en el cielo: cuando esté entre vosotros haced que favorezca á los que le ruegan.
PERORACION.
He concluido ya esta mi obra, contra la cual ninguna jurisdiccion tendrán ni podrán borrarla ni la ira de Júpiter, ni el fuego, ni el hierro, ni el tiempo consumidor. Cuando llegue aquel dia, que no teniendo derecho sobre otra cosa que sobre mi cuerpo, acabe el espacio de mi incierta vida, la mejor parte de mí será eterna y ensalzada sobre los astros, y mi nombre será indeleble. Seré leido por todo el pueblo en toda la extension de las tierras que estan sujetas á la romana potencia; y si algo tienen de verdad los presagios de los poetas, vivirá mi fama por todos los siglos.