FÁBULA II.

LA SOMBRA DE AQUILES DETIENE Á LOS GRIEGOS.

Ya en fin convidaba el viento á los griegos á hacerse á la vela, y soplando favorable hacia resonar las desplegadas velas, y los pilotos mandaban é instaban al embarque. Las prisioneras troyanas, besando la tierra, se quejaban y clamaban por ser separadas de ella con violencia: con gritos y gemidos dieron el último á Dios á Troya; y embarcándose por fuerza, abandonaron para siempre la desgraciada ciudad, que aun humeaba. La última que se embarcó entre todas fue Hécuba (¡espectáculo tan lamentable!), la cual fue hallada y sacada por Ulises de en medio de los sepulcros de sus hijos, asida á los túmulos, y besando los huesos; pero antes de ser arrebatada desahogó su cariño en las cenizas de su hijo Hector, las cuales tomó y guardó en su seno, y al mismo tiempo dejó en lugar de ellas en el sepulcro su cano cabello, como pobre despojo de la que solo tenia el cabello y las lágrimas que poder ofrecerle. Sobre la orilla opuesta á la Frigia, donde estuvo Troya, hay una tierra habitada de los tracios.

(122) La sombra de Aquiles detiene á los
Griegos que se volvian á su patria.

Alli estaba el opulento palacio del Rey Polimnestor, á quien Príamo habia enviado secretamente á su hijo Polidoro para que le educase, y para alejarlo de los peligros á que hubiera estado expuesto durante la guerra. Este consejo hubiera sido muy sabio, á no haber enviado con su hijo riquezas capaces de provocar á un hombre avaro, é inducirlo á los mayores delitos. En efecto, despues que el impío Rey de Tracia supo que los griegos se habian apoderado de Troya, violó los derechos mas sagrados, degolló al jóven Polidoro; y como si el delito pudiera desvanecerse con el cuerpo, lo arrojó al mar.

El hijo de Atreo[62] fondeó con su escuadra en la playa de Tracia mientras se tranquilizaba el mar y amainaban los vientos. Aqui de repente se apareció Aquiles, saliendo de una abertura que hizo la tierra, con la misma corpulencia y ferocidad, y con el mismo semblante amenazador que cuando vivia. Acometió con su espada á Agamenon, diciéndole: „¿Qué es esto, griegos, asi os retirais sin acordaros de mí, y la memoria de mi valor queda de este modo enterrada conmigo? No debeis hacerlo ni retiraros, dejando sin honor mi sepulcro, en el cual es preciso sacrifiqueis á Polixena[63] á mis manes.” Dicho esto desapareció; y obedeciendo todos á la amenazadora sombra de Aquiles, arrebataron del regazo de su madre á esta desgraciada doncella, que era entonces su único consuelo, y la infeliz con una fortaleza mas que mugeril fue conducida al túmulo para ser sacrificada al busto[64] de Aquiles: la cual muy sobre sí fue acercada al altar, y al tiempo de ir á descargarle el golpe, como viese á Neoptolemo[65] que estaba de pie con el cuchillo en la mano, y tenia clavados los ojos en su semblante, le dijo: „Descárgale, y derrama con él mi noble sangre; yo no te lo impido; esconde ese cuchillo en mi pecho ó en mi garganta: aqui los tienes ambos descubiertos; porque siendo yo Polixena, no puedo acomodarme á la esclavitud, y prefiero morir, aunque sé muy bien que mi sacrificio no servirá para aplacar á ninguna deidad, y por lo mismo debes ahorrar inútiles ceremonias. Solo desearia que mi muerte pudiera ocultarse á mi madre. Ella me estorba y disminuye la alegría de mi sacrificio, aunque no debe llorar tanto mi muerte como los riesgos á que queda expuesta su vida. Vosotros, griegos, ahora, pues lo pido con razon, apartaos á lo lejos para que mi sombra pueda bajar libre á la mansion de Pluton, y abstened vuestras manos de mancillar á una doncella que se conservó siempre casta. Mi sangre libre será mas acepta á aquel, quien quiera que sea, á quien procurais aplacar con mi muerte. Si hay alguno entre vosotros á quien conmuevan estos mis últimos deseos y súplicas, la hija del Rey Príamo, no una esclava, es la que os ruega que sin exigir precio alguno, y sin que tenga que comprar con oro, sino con sus lágrimas, el triste derecho de mi sepulcro,[66] entregueis mi cuerpo á mi madre, la cual cuando era rica y podia compraba estas gracias á mucho precio.” Al acabar de decir esto, el concurso echó á llorar, no pudiendo contener sus lágrimas como ella las contenia. El mismo ministro del sacrificio,[67] llorando y como forzado abrió su pecho descubierto, escondiendo en él el cuchillo. Herida mortalmente, sus fuerzas la abandonan, cae, y mostró á la misma muerte intrépido semblante. Aun cuando caia tuvo cuidado de cubrir con su ropa las partes que se debian ocultar y conservar el decoro de su casto pudor.

Las troyanas recogieron el cadaver; y repasando en su memoria los muchos que de la casa Real habian fallecido, y la mucha sangre que se habia derramado de la familia de Príamo, unas veces suspiraban por la infeliz Polixena, y otras por tí, Hécuba, Reina madre, en quien ya no veian mas que una sombra de la antigua felicidad del Asia, reducida ya á un triste despojo, que como mala suerte nadie queria le tocase en el repartimiento, y que el vencedor Ulises la hubiera despreciado, á no ser porque era madre del guerrero Hector, sin cuya circunstancia con dificultad se hubiera hallado quien la hubiese querido por esclava. Esta Reina desgraciada, abrazada al yerto cadaver de su esforzada hija, derramó sobre él y sobre su herida las lágrimas que tantas veces habia derramado por su patria, por sus hijos y por su marido. Besábale, y se heria el pecho, tiñendo en la fria sangre sus canas; y despues de haberle maltratado, prorumpió en muchas y lastimosas expresiones; pero particularmente en las siguientes:

(123) Las damas Troyanas llevan en hombros
á Polixena que acaba de espirar.

„Hija querida (pues ya no me queda otra), último dolor de tu triste madre, ya has espirado, y veo que mi pecho se halla penetrado de tus propias heridas; has muerto á la violencia de ellas para que no se verifique que yo pierda á ninguno de los mios de muerte natural. Yo estaba persuadida que por ser hembra estarias segura del cuchillo; pero has muerto á la violencia de él. La calamidad de Troya y el furor de Aquiles, destruidor de nuestra familia, te ha alcanzado á tí y á todos tus hermanos. Cuando murió á manos de Páris y con las flechas de Apolo dije entre mí con confianza: „Ahora ya no tenemos que temer á Aquiles;” pero veo que me engañé, y que debia de haberle temido aun despues de muerto: sus cenizas aun en el sepulcro se enfurecen contra nosotros; y en el túmulo mismo sentimos y experimentamos la crueldad de este enemigo. Veo que he sido fecunda, y he criado hijos para que hayan sido víctimas del furor de Aquiles. La gran Troya ha sido destruida hasta los cimientos,[68] y con este triste fin se ha acabado la pública calamidad; pero no para mí, para quien aun está y permanece Troya en pie, y mi dolor aun no ha terminado su carrera. Yo que poco há estaba en la cumbre de mi felicidad con mi marido el Rey Príamo, cercada de hijos, yernos y nueras, ahora me hallo desterrada, pobre, arrancada y separada de los sepulcros de los mios, y destinada para esclava de Penélope, muger de Ulises, la que me enseñará á las matronas de Itaca, ocupada en el vil ministerio de hilar, y les dirá: „Esta es aquella esclarecida madre de Hector; esta es la que fue Reina y muger de Príamo.” Despues, hija mia, de haber perdido á tantos, tú, que eras sola la que quedabas para consolar los amargos llantos de tu madre, has expiado con tu sangre el sepulcro del enemigo. Para él te parí, y para que fueses sacrificada en sus exequias. ¿Para qué quedo yo con vida? ¿Es posible que soy tan dura é insensible que no la pierdo? ¿Qué es lo que para en adelante aguardo? ¿Y para qué me reserva mi cansada vejez? ¿Para qué otra cosa, crueles Dioses, dilatais mi triste vida sino para que vea nuevas desgracias? ¿Quién creeria que Príamo se pudiese llamar feliz despues de la destruccion de Troya? Ciertamente lo es en haber muerto, y no ser testigo, hija mia, de tu violenta muerte, y haber perdido á un tiempo la vida y el reino. Serviríame de consuelo, hija mia, hija de Reyes, el ver que se te hacian las debidas exequias, y que tu cadaver fuese colocado en el panteon de tus abuelos. Pero esta dicha ya se acabó para nuestra casa; y tu madre no tiene otros dones con que honrar tu sepulcro que sus lágrimas, y el dolor de dejarte sepultada en la extrangera arena. Todo lo he perdido ya; solo me queda Polidoro, el mas querido y el mas pequeño de mis hijos varones, que vive en estas regiones encomendado á Polimnestor, Rey de ellas, al cual podrá ser de utilidad y provecho el que se prolongue algo mi triste vida. Debo pues apresurarme, y emplear estos instantes de ella en lavar[69] la cruel herida de Polixena y su rostro salpicado con la sangre.”

Dijo esto; y dirigiéndose á la playa con pasos tardos, y arrancándose sus pocas canas, iba diciendo la infeliz: „Troyanas, dadme un cántaro para sacar y traer un poco de agua.” Estando en esto vió arrojado en la playa el cadaver de su hijo Polidoro, cubierto de grandes heridas, y muerto violentamente á flechazos por traicion de Polimnestor. Al verle empezaron á gritar las troyanas; pero Hécuba enmudeció por la fuerza de su dolor, el cual le comprimió la voz y las lágrimas, reprimiendo hácia adentro las que sus ojos empezaban á brotar; y semejante á un duro peñasco se queda yerta, y unas veces dirige la vista á la parte contraria, otras levanta al cielo sus airados ojos, y otras los dirige á mirar el rostro y heridas de su hijo; pero mas principalmente á estas. Ensáñase y monta en cólera, en la cual enardecida, determinó vengarse como si aun fuera Reina, y se quedó absorta, discurriendo la especie de venganza que habia de tomar contra Polimnestor. Asi como se enfurece la leona á quien han quitado sus cachorrillos, y encontrando las huellas del robador, las sigue, y persigue al enemigo antes de verle; del mismo modo Hécuba, despues que mezcló la ira con el llanto, olvidada de su edad, pero no de su valor, se dirige al palacio del Rey Polimnestor, autor de la cruel muerte de Polidoro; pide audiencia, y conseguida le dice venia á mostrarle y entregarle una cantidad de oro que habia quedado escondida para que se la diera á su hijo. Creyólo Polimnestor, y poseido de su anhelo y acostumbrada avaricia, se retiró con ella á un lugar secreto, en donde mostrándose halagüeño, la dijo: „No te detengas, Hécuba; dame ese oro para tu hijo, pues te juro por los Dioses de entregarle fielmente lo que ahora me des y lo que antes he recibido.” Ella le miraba con aspecto terrible al tiempo que estaba hablando y jurando tales falsedades; y no cabiendo ya en sí de ira, arremete á Polimnestor, le ase fuertemente, llamando en su auxilio á las matronas cautivas, le mete los dedos en los ojos, se los saca, y extrae hasta las mejillas, haciéndola valerosa su propia ira; y metiendo despues la mano en los huecos llenos de sangre, le arranca, no los ojos porque ya no los tenia, sino el sitio donde aquellos estuvieron. La gente de Tracia, irritada y ofendida por el estrago hecho en la persona de su Rey, acometió á Hécuba, tirándola flechas y piedras; pero esta con un ronco murmullo iba corriendo á morder las piedras que la tiraban, y cuando se disponia y preparaba á hablar, en lugar de voces prorumpió en ladridos, convertida ya en perra. Todavía permanece el lugar donde acaeció esta aventura, y tiene el nombre del suceso. La desgraciada Hécuba aun despues de su transformacion conservaba la memoria de sus antiguas calamidades, y afligida aullaba y ladraba por los campos de Tracia, y su desgracia conmovió y lastimó á los troyanos, á los griegos, y hasta á los mismos Dioses; de tal modo que la misma Juno, muger y hermana de Júpiter, confesaba y decia que Hécuba no merecia ser castigada con tanto rigor.

Aunque la Aurora habia favorecido siempre á los troyanos, no pudo emplearse en sentir sus calamidades y las de Hécuba. Angustiábale un cuidado mas cercano, y tenia que llorar la pérdida de su hijo Memnon,[70] al cual vió perecer en los campos de Troya al ímpetu de la lanza de Aquiles. Al verlo se le paró descolorido aquel rubicundo color con que se deja ver por el horizonte al amanecer, y la hizo esconderse entre las nubes. No pudo sufrir el triste espectáculo de que el cadaver de su hijo fuese puesto en la pira, y suelto como tenia el cabello se dirigió al gran Júpiter, y arrojándose á sus pies, le dijo acompañando con las lágrimas estas palabras: „Aunque soy una deidad de inferior órden á todas las que habitan el resplandeciente cielo (pues mis templos son pocos y raros en todo el orbe), llego á tus pies, no para que me concedas templos, dias festivos y de sacrificios, y aras en que se quemen inciensos en mi honor, aunque no dejarias de concederme estos dones, si tienes consideracion á que me hacen digna de ellos los oficios que por tu órden desempeño, cuando sirvo de que con mis crepúsculos no se confunda la noche con el dia ni la luz con las tinieblas; pero no es este el cuidado que me trae, ni estoy en estado de solicitar unas honras que creo tengo bien merecidas. Vengo con la afliccion de haber perdido á mi hijo Memnon, que habiendo venido con sus fuertes armas al socorro de Príamo su tio, fue muerto en sus primeros años (pues asi lo quisieron los hados) por el valeroso Aquiles. Yo te ruego pues, Soberano de los Dioses, le concedas algun privilegio que le distinga de los demas mortales para que se consuele una madre afligida.”

Júpiter convino en ello, y al momento la alta pira en que estaba el cadaver de Memnon, consumida por el fuego, se desplomó, y los remolinos del humo oscurecieron el aire, al modo que cuando los rios exhalan las nieblas que nacen de ellos, y que los rayos del sol no pueden penetrar. La negra pavesa se levanta en el aire, y unida se condensa, formando un cuerpo que toma figura, color y movimiento del mismo fuego, y que su ninguna pesadez le servia de alas, y le hacia remontarse. Esta masa solo era al principio una especie informe de ave; poco despues, siendo ave verdadera, hizo ruido con las alas. Al mismo tiempo sonaron otras infinitas que salieron de las propias cenizas. Estas aves dan tres vueltas volando al rededor de la hoguera, y tres veces el clamor concorde sube á los aires, y se baten unas contra otras con tanto furor y obstinacion, que caen cerca de la hoguera, como unas víctimas que se sacrificaban á las cenizas de que habian sido formadas, demostrando en esto que debian su ser á un varon esforzado. El autor le dió el nombre á las aves: llamáronse de él Memnónides. Estas aves al cumplirse el año vuelven al mismo sitio, y en él renuevan el combate, honrando de este modo el sepulcro de este héroe. Cuando todos se afligian de oir ladrar á la desgraciada Hécuba, la Aurora solo atendia á su propio dolor y llanto, y desde entonces derrama lágrimas, que se convierten en rocío.

(124) Del incendio de Troya se salva Eneas
con su padre Anquises y su hijo Ascanio.