FÁBULA V.
GLAUCO Y ESCILA.
Luego que Galatea concluyó su referencia, las Nereidas que la acompañaban se volvieron al mar, y Escila que iba con ellas, y no se atrevia á exponerse á la merced de las olas, retrocedió y las dejó, y unas veces se paseaba desnuda por la arena, y otras cuando se hallaba fatigada se retiraba á bañarse á un remanso del mar. Estando empleada en esto, he aqui que Glauco, natural de Antedon, nuevo habitador de las aguas, transformado poco há en Dios marino, la vió y se enamoró de ella. Escila huye á pesar de cuanto la dijo para detenerla; y dándola alas el miedo, subió á la altura de una roca escarpada que domina al mar, donde creyéndose segura, se puso á mirar con atencion al objeto cuya vista le habia espantado, ignorando si era un monstruo ó un Dios del mar. Admírala el color, los cabellos que le cubrian los hombros, y que de la cintura para abajo remataba en pez. Glauco, que comprendió la causa de su sorpresa, apoyándose en un escollo que estaba cerca de ella, la dijo: „Bella Ninfa, no soy yo monstruo, no soy bestia feroz; soy un Dios de las aguas: ni Proteo, ni Triton[81] ni Palemon[82] tienen mayor potestad que yo en los mares. No hace mucho tiempo que era mortal; pero inclinado á los mares, me gustaba andar y nadar en ellos. Unas veces me entretenia en pescar con redes, y otras con caña. Aquellas playas que yo frecuentaba confinaban con una verde pradera, cuyos bordes formaban reunidamente las yerbas y las aguas. Las cabras, las ovejas ni los demas ganados jamas pacieron en ella, ni aun las oficiosas abejas van á coger el rocío de las flores de que está esmaltada, ni para hacer coronas ó guirnaldas han cortado ninguna, y la hoz siempre las ha perdonado. Yo fuí el primero que me senté sobre esta agradable pradera, y en tanto que secaba mis redes, contaba los peces que acababa de coger, y los echaba en la yerba, fuí sorprendido de un prodigio que te parecerá ficcion (pero ¿qué interes tengo yo en fingir?). Apenas estos peces habian tocado la yerba cuando empezaron á moverse, y á saltar con la misma viveza como si estuviesen en el agua. Mientras me detengo y juntamente me admiro de un portento tan extraño, se huyeron todos al mar, dejando á su dueño y á la pradera. Me pasmé, y dudoso mucho rato, inquiero cual sea la causa, si algun Dios haya hecho este milagro, ó si fue la virtud de la yerba. „¿Es posible, dije, que esta yerba tenga una calidad tan extraña?” Inmediatamente cogí algunas, las llevé á la boca, y masqué. No bien habia llegado el jugo á la garganta cuando al punto sentí que por dentro me temblaban las entrañas, y que el pecho se arrebataba con el deseo de mudar de naturaleza, que no me fue posible resistir mucho tiempo. „Á Dios, exclamé, á Dios tierra, adonde nunca mas he de volver,” y al decir estas palabras me zambullí en el mar. Los Dioses que lo habitan, movidos á compasion, me recibieron entre ellos, y ruegan al Océano y á Tetis que me quiten todo lo que tenia de mortal. Estas dos deidades me purifican, quienes me mandan que repita nueve veces unos versos misteriosos que me dijeron, y que meta el pecho en cien rios. Apenas habia recibido esta órden cuando los rios que corrian de diversas partes al mar y las aguas de este se juntaron y corrieron sobre mi cabeza. Lo que te acabo de contar hasta aqui es cierto, y me acuerdo perfectamente de ello; lo que me sucedió despues no puedo decírtelo; turbado, como fuera de mí mismo, no tuve ningun conocimiento de lo demas. Lo que yo sé es que al reflujo de las aguas me hallé otro diverso del que antes era, tanto en el cuerpo como en el entendimiento. Entonces ví por primera vez esta barba verde, esta melena que arrastro por los anchurosos mares, estos grandes hombros, estos brazos, que son del mismo color que mis cabellos y barba, en fin esta larga cola, que tomó el lugar de mis muslos y piernas. Pero ¿de qué me sirve esta figura? ¿De qué el ser Dios, si tú no te mueves á mi amor por todo esto?” Escila se retira, y deja á Glauco que decia estas cosas, y se preparaba para decir otras muchas mas. Él se enfurece, é irritado con sus desprecios, se encamina al prodigioso palacio de Circe, hija del Sol.