CAPÍTULO VI

Por más que un soberano quiera ocultar sus inclinaciones; por más estudio que ponga para que los que le rodean no conozcan quién es la persona que mayor afecto le merece, puede decirse que es casi imposible que los cortesanos no lleguen a descubrirlo. Únicamente ocupados en espiar las acciones del príncipe, son como la ligera veleta que varía de dirección a impulso del más apagado soplo del viento; el ensalzado conoce su fortuna en las adoraciones que los palaciegos le tributan antes que en los favores del soberano; y el pobre caído preverá su próxima desgracia, por poco tacto que tenga, en la imprudente altanería con que le tratarán. Decimos esto porque era curioso y deplorable a un tiempo observar la diversa conducta de la mayor parte de los cortesanos de Castilla respecto al conde de Candespina, antes de su ausencia y después de su regreso. Entonces no se hablaba más que de su valor y magnanimidad: el uno decía que era el mejor capitán de su siglo; el otro que no había hombre de estado que le igualase en saber; y el de más allá le citaba como el espejo de los caballeros. Todos se honraban con su amistad; haber hablado con el conde de Candespina un cuarto de hora seguido era una dicha de que se hacía el mayor aprecio, y el favorecido tenía cuidado de recoger las expresiones del héroe de Castellar para repetirlas como otros tantos apotegmas y textos sagrados. Un enjambre de hambrientas moscas no acude más presuroso a los panales que la multitud de los cortesanos corría en los salones del alcázar de Burgos a colocarse de modo que cada uno de ellos pudiera hacerse visible personalmente al libertador de la reina. Los menores movimientos de su rostro, una sonrisa, un gesto hecho impensadamente, el aire más o menos preocupado de su persona; todo daba pábulo a las conversaciones; todo producía interminables conjeturas. ¡Cuán diferente cuadro se hubiera presentado a la vista del observador en el alcázar de León!

Seguía el conde de Candespina a una dama de la reina que le guiaba a la cámara de su señora; y ambos caminaban tan despacio y tan cabizbajos que era imposible verlos sin adivinar que cada uno iba entregado a sus reflexiones particulares, prescindiendo absolutamente del otro. La más profunda tristeza se veía estampada en el rostro de Candespina: no había podido perder aquella fisonomía, su natural nobleza; mas tampoco conservaban sus ojos la generosa audacia que le caracterizaba en tiempos más dichosos. La posición de los cortesanos era verdaderamente crítica. Si otro cualquiera hubiese caído de la gracia de la reina, tenían ya marcada la senda que seguir, cortando con él todo género de comunicaciones y afectando tratarle con el más alto desprecio. Pero con el conde de Candespina les era imposible portarse de tal modo. Las razones eran muchas y muy claras: ciertamente el conde don Gómez había cesado de ser el favorito de la reina; pero estaba lejos de hallarse malquisto de ella. Lara era el más querido; Candespina el más estimado; aquel el más obedecido; este el más respetado. Tratar con desprecio al conde de Candespina era arriesgarse a probar los filos de su terrible tizona; conservar con él los mismos ademanes respetuosos que en otro tiempo era perderse para siempre con el conde de Lara. ¿Qué hacer, pues? ¿Cómo navegar en aquel mar sembrado de escollos? Un solo arbitrio les quedaba: la fuga; y en efecto lo adoptaron. Nunca bandada de tímidas palomas se dispersa con más prontitud al acercarse el milano; ni huye más ligero el ciervo acosado por los lebreles a la espesura del bosque como, al presentarse don Gómez por segunda vez en el alcázar, se dispersaban y huían los áulicos de su presencia, evitando hasta el tener que saludarle. Era de ver la perplejidad de los que más torpes o menos ligeros no pudieron evitar su encuentro de ningún modo: unos para salir del compromiso fingían hallarse sumamente acalorados en la discusión de cualquier punto; otros, no tan discretos, se resolvían a saludar, y nada más ridículo, nada más asqueroso, permítasenos la expresión, que la manera con que lo hacían. Temor, vileza, falsedad, todo se veía pintado en su mirar oblicuo, engañosa sonrisa y ademanes encogidos. En otra ocasión se hubiera el conde reído de ellos, pero entonces puede decirse que ni los vio. Sus esperanzas destruidas en un solo instante, la felicidad de Castilla comprometida, y la existencia política de la misma doña Urraca aventurada, confiándose las riendas del gobierno a su rival, le ocupaban exclusivamente; y así llegó a presencia de la reina, sin haber reparado en ninguno de cuantos encontró al paso.

No era posible presentarse a doña Urraca en ocasión más oportuna para los intereses del conde de Candespina: la especie de reclusión en que la reina pasó las veinticuatro horas que hemos dicho había dispuesto su espíritu de muy distinto modo que se hallaba el día anterior. Lara no la había podido ver de ningún modo: doña Urraca conocía su debilidad; recibirle y exponerse a que renovara la plática de su amor era arriesgarse a darle, a su pesar tal vez, esperanzas a cuya realización se oponían gravísimas razones. Quiso pues tomarse tiempo para fortificarse en la resolución de prohibirle que la requiriese de amores, y cuantas reflexiones hacía con este objeto redundaban en favor de don Gómez.

El semblante de este descubrió desde luego a la reina la agitación en que se hallaba; y como la causa de ella no podía tampoco ocultársela, se conmovió singularmente.

—Entrad, conde —le dijo—, y sentaos, que vuestra salud no parece mucho mejor que la mía.

—Mi salud, señora, es harto buena. ¡Ojalá!... Mas yo no vengo a molestar a Vuestra Alteza con quejas de mi mala suerte, y sí solo a tomar su venia para retirarme de la corte.

—¿Cuándo?

—Hoy.

—¿Por cuánto tiempo?

—Lo ignoro; acaso por siempre, a menos que Vuestra Alteza tenga necesidad de mi persona, que entonces...

—Será pues excusado que os marchéis; vuestra persona me es siempre útil.

—Señora, ¿en las circunstancias actuales y en León, de qué puede servir el conde de Candespina? Es sobradamente sincero para ser buen cortesano, y no faltan a Vuestra Alteza caballeros que en esta materia suplirán muy ventajosamente su falta.

—Conde don Gómez, con mucho menos de lo que habéis dicho bastaría para que la reina de Castilla dejara libre para marcharse de su corte a cualquier otro caballero de ella; pero a vos, a quien debo el trono y la vida...

—Olvide Vuestra Alteza servicios que ya están recompensados.

—¡Olvidarlos! ¡Jamás!

—Pues bien, señora, en premio de ellos no pido a Vuestra Alteza más gracia que su licencia para dejar la corte.

—¿Qué es esto, don Gómez? ¿Quién ha sido el que os ha dado causa...?

—Nadie, señora. Mi carácter solo... Negocios particulares. En fin, señora, es indispensable, aun para la tranquilidad de Vuestra Alteza misma, que yo me retire de León.

—Es forzoso decís para mi tranquilidad que os retiréis de León...

—Sí, señora: lo es; crea Vuestra Alteza a mi celo, el mayor servicio que actualmente puedo hacerla es alejarme de su presencia.

—Si os conociera menos, creería, don Gómez, que dominado de alguna manía incomprensible habíais perdido la razón; pero vuestra cordura me es notoria.

—Vuestra Alteza tiene demasiada bondad en ocuparse tanto de lo que nada vale. Mi ausencia de la corte es asunto de pequeña importancia. Días ha que falto de ella y no se me ha echado de menos.

—Conde, conde, a vuestro pesar se os conoce que os domina la cólera.

—¡La cólera! ¿Por qué, señora? ¿Por qué? Si la cólera me dominase medios habría de satisfacerla; mi brazo puede aún manejar una espada, aún soy...

—Conde, recordad con quién habláis.

—¡Ojalá no lo tuviera tan presente! Ved, señora, uno de los motivos por los que deseo separarme de la corte: criado en los campos de batalla, acostumbrado al trato sin dobleces ni arterías del simple soldado, el conde de Candespina no puede vivir en donde, perdóneme Vuestra Alteza que lo diga, la verdad es un crimen, la adulación una costumbre, la hipocresía una virtud necesaria. No, señora, yo no puedo, no debo quedarme. Cuando Vuestra Alteza vea sus reinos amenazados por enemigos interiores o extraños, entonces mi espada, mi persona, mi vida, serán las primeras...

—No lo dudo, don Gómez, vuestra lealtad me es conocida, y en favor de ella puedo olvidar la dureza de algunas de vuestras expresiones. Mi amistad...

—¡La amistad de doña Urraca! ¡Amistad, señora! Yo hubiera querido no estar largo tiempo en presencia de Vuestra Alteza. La disposición de mi espíritu es sobradamente violenta para poder contenerme...

—Y bien, decid cuanto queráis; pero calmaos.

—¿Qué es lo que he de decir? Lo que Vuestra Alteza está cansada de saber; lo que nadie ignora en Castilla.

—No alcanzo.

—Sí, señora, Vuestra Alteza lo sabe. ¿Por ventura tan pocos años hace que amo a Vuestra Alteza?

—Amarme, ¿y os atrevéis?...

—¿Por qué no? ¿Es un delito amar? Tormento podrá ser para el infeliz amador; ofensa para el amado, jamás. La barrera está ya rota, ahora Vuestra Alteza debe saber el resto: quizá de este modo se convencerá de que debo alejarme.

—Norabuena: concluid.

—No seré largo; no molestaré a Vuestra Alteza recordándole las infinitas pruebas que tiene de mi amor, aunque jamás esta palabra haya salido de mi boca hasta hoy: no hablaré tampoco de que la nobleza y el clero de Castilla me honraron proponiéndome...

—Lo sé: continuad.

—Sí, señora; todo esto nada importa; la voluntad de Vuestra Alteza es la sola que puede decidir en esta materia, y ya ha decidido.

—Os engañáis.

—Pluguiera a Dios.

—Os lo aseguro.

—Señora, ¿por qué se complace Vuestra Alteza en atormentarme?

—Lejos de eso, deseo tranquilizaros.

—¡Imposible, imposible! Tranquilidad para mí, solo en la tumba. Cuatro años trabajando, suspirando sin cesar solo para conseguir un objeto, y en el momento en que más me lisonjeaba la esperanza, cuando tal vez hubiera podido lograrlo, otro hombre se presenta.

—¿Quién?

—El conde de Lara.

—¿Qué decís?

—La verdad.

—¿Quién os lo ha dicho?

—Mis ojos; Castilla entera.

—Os han engañado, conde don Gómez. ¿Queréis más? Doña Urraca desciende a daros satisfacciones: ved si aprecia vuestros servicios.

—Si pudiera persuadirme...

—Persuadíos pues...

—Vuestra Alteza tiene demasiada bondad con un frenético indigno de ella; pero es preciso que yo deje León.

—¿Por qué? ¿No basta lo que he dicho?

—No, señora, no basta: yo me he aventurado a hablar a Vuestra Alteza de mi amor; esta confesión exige una respuesta.

—¡Dios mío! ¿Quién si os oyera diría que es un vasallo el que habla con su reina? Sois singular.

—Responded, señora, os ruego...

—Terminemos esta conversación, conde: vos y yo estamos harto agitados para poder continuarla. No os mando como reina, como dama os suplico que os quedéis en León.

—Vuestra Alteza sabe que soy esclavo de su voluntad.

—Pues bien, retiraos por ahora, y no salgáis de mi corte.

—¿Sin una palabra?

—¿Bastará que os diga que a nadie conozco en Castilla más digno de ser amado que a vos?

—Ah, señora, añadid que no seréis de otro...

—Nunca, conde; idos.

Cuando el conde se decidió a ir a pedir a doña Urraca permiso para salir de León, llevaba en efecto intención de limitarse a hacer su súplica, sin entrar en más explicaciones, convencido de que ni la reina se las pediría, ni dejaría de aprovechar con mucho gusto la ocasión que él mismo presentaba para desembarazarse de su presencia; pero la inopinada resistencia que opuso doña Urraca a su partida llegó a encender su ánimo de tal modo que ya no le fue posible contenerse. Por su parte, la reina, apreciando en su merecido valor las buenas calidades y afecto hacia ella del conde, no podía consentir en que abandonase la corte, como descontento de ella, un hombre conocido en España entera por los servicios que le había prestado y las virtudes que le adornaban. Hallaba, es cierto, más gracias en don Pedro de Lara; pero el mérito evidente de don Gómez la obligaba, por decirlo así, a profesarle cierto afecto más ardiente que la amistad, aunque no pudiera llamarse amor. Así fue como, sin que ni el uno ni el otro hubiesen formado proyectos anteriores, se explicaron completamente en la conversación que acabamos de referir, la cual se terminó retirándose el conde de Candespina a su casa tan gozoso como triste había salido de ella, y quedándose la reina satisfecha de haber en cierto modo pagado la deuda que con él tenía. Parece indudable que en aquel momento triunfó en su corazón don Gómez, pues apenas hubo salido de su cámara cuando llamó a doña Leonor para decirle que no quería se difiriese más tiempo su boda, pues había llegado el conde de Candespina, que debía ser padrino.

—Quiero —dijo— probar a mis leales servidores que me intereso en su dicha, y nada será más agradable al conde que ver feliz a su amigo en brazos de mi bella camarera, a quien sospecho que no le pesará tampoco de ello, por más que ahora se sonroje.

—Vuestra Alteza es la bondad misma; mas puede ser que alguna otra boda causara más placer al conde que la de Hernando: la suya por ejemplo...

—¡Hola!, quieres vengarte haciendo que también... Tú me las pagarás.

Y esto lo decía acariciando la mejilla de su confidente, que no podía volver de su admiración, viéndose tratar con tanto cariño al cabo de meses que apenas se hacía mención de ella para nada.