CAPÍTULO VII

El lector recordará sin duda que cuando el conde de Candespina se retiró de la presencia de doña Urraca, la primera vez que la vio desde su regreso a León, iba tan apesadumbrado por el modo con que fue recibido que se encerró en su cuarto, dando orden a sus criados que a nadie dejasen entrar en él, incluso a su íntimo amigo Hernando. Sucedió pues que, ansioso este caballero de saber cómo doña Urraca se había comportado con el conde, fue a su casa, en la cual se halló extremadamente sorprendido viendo que por primera vez se le negaba la entrada, que estaba acostumbrado a encontrar franca. Desde luego conoció que debía haber sucedido alguna cosa que hubiera disgustado al conde notablemente para obligarle a estarse en estricta reclusión; y persuadido de que así que se calmara algún tanto le recibiría y comunicaría sus penas, se retiró con propósito de volver al siguiente día, y así lo hizo en efecto; pero fue precisamente cuando ya el conde había salido para el alcázar, dando antes la orden para que todo estuviera dispuesto de modo que pudiese salir antes de dos horas de León. Apenas Hernando supo tal determinación, mandó que se le dispusiera también un caballo para él, pues de ninguna manera dejaría partir solo a su amigo, aunque se arriesgase a enojar a doña Leonor; y en seguida se fue también al alcázar a buscar al conde, quien se hallaba en la cámara de la reina cuando el de Olea llegó. Decidido a esperarle, púsose a pasear por los salones no haciendo caso de cuantos se hallaban en ellos, y sin que tampoco se le acercase ningún cortesano. Hernando era para ellos una fiera, en cuyas inmediaciones no se creían seguros: sofismas y razones especiosas nada valían con un hombre cuyo único argumento era la lanza, y para quien no había respetos humanos capaces de moderarle, como no fuese de parte del conde su amigo o de doña Leonor; por consiguiente, los cortesanos le temían demasiado para que buscasen su compañía, y él los despreciaba tan altamente que no se curaba de su amistad más que de su odio. Paseábase pues solo, como hemos dicho, y en la mayor agitación, haciendo de cuando en cuando algún gesto amenazador y murmurando entre dientes tal cual imprecación, que eran evidentes señales de que la cólera le dominaba, precisamente en ocasión en que el conde de Lara se presentó en el alcázar para ver a la reina. Aunque Su Alteza no había querido recibirle en todo el día anterior, calculaba acertadamente don Pedro que era por efecto de su declaración amorosa, que estando demasiado reciente haría que la reina no pudiera verle sin turbarse; pero ya pasadas veinticuatro horas pensaba que habría tenido tiempo para serenarse, y que, en consecuencia, le recibiría. Se engañó sin embargo en sus conjeturas: en vano insistió en que se le anunciase a la reina que se hallaba allí: se le contestó que Su Alteza se hallaba conferenciando con el conde de Candespina, y que había absolutamente prohibido que nadie entrase.

—Eso no puede entenderse conmigo —dijo orgullosamente.

—Vueseñoría se engaña —le contestaron—: está expresamente dicho que no entre el conde de Lara.

—¿Cómo? ¿Será posible?

—Sí, señor.

—Ya tenemos aquí al incomparable conde de Candespina, ¿para qué quiere Su Alteza más servidores?

—Para nada los necesita —exclamó Hernando perdida ya la paciencia—, para nada.

—Sosegaos, noble Hernando, sosegaos: nadie trata de injuriar a vuestro amigo.

—¿Injuriarle? ¡Cuerpo de Cristo! Mientras Hernando conserve el uso de sus brazos, ¿quién osará en su presencia injuriar al conde de Candespina? Nadie; y menos que nadie cortesanos cuyas únicas armas son la lisonja y la calumnia.

Mudó de color Lara, y los que le rodeaban, asombrados de semejante lenguaje, quedaron como petrificados.

—Sois violento en extremo, Hernando.

—Sincero, franco es lo que soy.

—Norabuena; pero os excedéis en vuestras palabras.

—Cuanto dice mi lengua lo sostiene mi espada; y no todos hacen lo mismo...

—Aquí nadie ha dicho cosa que pueda ofenderos.

—El que la hubiera dicho ya estaría arrepentido.

—Mucho presumís.

—Pronto estoy a darle pruebas al que tenga dudas.

—Nadie las tiene; pero no debe sorprenderos que el conde de Lara extrañe que se le niegue la entrada adonde se le concede al de Candespina.

—¿Y por qué ha de extrañarlo? ¿Pueden los servicios del conde de Lara compararse con los de don Gómez? Cuando el conde de Candespina, solo por decirlo así, fue a sacar del corazón de un reino enemigo a doña Urraca, ¿se le ocurrió al conde de Lara disputarle la preferencia?

—Si la ocasión se hubiera presentado...

—En Soria se presentó a todos igualmente. ¿Quién arriesgó su vida, don Gómez o don Pedro?

Iba el conde a contestar, pero felizmente acaso para él salió el de Candespina de la cámara de la reina con un semblante tan gozoso que llamó la atención de todos. Apenas le vio Hernando volvió la espalda al de Lara, y dirigiéndose a él:

—Loado sea Dios —le dijo— que os encuentro; decidme...

—Venid conmigo y os diré cuanto queráis. Caballeros, guárdeos el cielo.

Y diciendo así ambos amigos salieron del alcázar dejando absortos al conde de Lara y demás personas que allí se hallaban. Sin embargo de todo, no quiso el conde de Lara abandonar el campo sin hacer la última tentativa para conseguir su objeto; y así que Hernando y el conde se marcharon, hizo tanto que logró finalmente que se entrara recado a la reina de que deseaba hablarla, no dudando de que doña Urraca le recibiría inmediatamente; pero más le hubiera valido no empeñarse tanto, pues marchándose desde luego habría evitado el desaire que sufrió cuando públicamente le dijeron que Su Alteza no quería de ningún modo recibir a nadie más. Cuál fue la turbación del orgulloso don Pedro viéndose desairar a la faz de todos los cortesanos, fácil es de pensar. Supo contenerse en público y afectar un semblante sereno; pero sus entrañas se abrasaban, y juraba interiormente arriesgarlo todo para vengarse de su rival. Dominado de tales sentimientos llegó a su casa, y llamó a Lope, criado de toda su confianza, para encargarle una comisión de la cual pendía el éxito de todos sus proyectos. La oposición de doña Urraca a recibirle le hacía conocer que la reina temía tratarle demasiado bien; y por lo mismo una conversación secreta con ella era el objeto de todos sus deseos. Convencido de que por los medios ordinarios no lo lograría, al menos tan pronto como lo exigían las circunstancias, se decidió a dar un paso algo violento pero que podía tener excusa dándole cierto aspecto novelesco muy del gusto de la reina. Todas estas reflexiones fueron obra de un instante, y ya estaban hechas cuando Lope se presentó a su amo con un aire que quería ser humilde, pero que no pasaba de hipócrita.

—Lope —le dijo el conde—, te tengo mandado que trabes amistad con los criados inferiores del alcázar.

—Sí, señor.

—Y que averigües cuidadosamente todas las interioridades.

—Sí, señor.

—Y bien, ¿se han cumplido mis órdenes?

—Sí, señor.

—¿Y sabrás responderme alguna cosa más que «sí, señor», salvaje?

—Sí, señor, lo que Vueseñoría me mande.

—Veamos, pues, si conocerás al jardinero.

—Sí, señor, un buen mozo muy bebedor.

—Eso no es del caso.

—Vueseñoría me perdonará que le diga que sí lo es, porque ambas calidades, la de buen mozo y la de bebedor, son las que me han hecho buscar con preferencia su amistad.

—Pues a ti, bribón, ¿qué diablos te importa su figura?

—A mí, la verdad sea dicha, nada; pero a una doncella de doña Camila...

—¿La dama de honor?

—Sí, señor, pues a esa, como iba diciendo, le ha parecido bien la figura de Cosme, y como doña Camila es dama de Su Alteza, ya ve Vueseñoría...

—Lo que yo veo es que no has perdido el tiempo en la corte. Mas déjate de digresiones, y dime si es hombre el jardinero con quien se puede contar...

—Para cuanto se quiera: con solo suministrarle algunos cuartillos...

—Aunque sean azumbres: toma esta bolsa; gasta sin temor, y cuenta con una buena recompensa si antes de la noche logras introducirme secretamente en el jardín del alcázar.

—¿Antes de la noche, señor?

—Sin remedio; marcha y ten presente lo que voy decirte: el conde de Lara recompensa con oro a sus servidores; pero tiene un puñal para los indiscretos.

—Crea Vueseñoría que yo...

—Basta; marcha a ejecutar mis órdenes.

La reina tenía costumbre de bajar ordinariamente sola, o cuando más acompañada de una de sus damas, a pasearse por los jardines del alcázar al ponerse el sol; y el conde de Lara, que en la época de su privanza había tenido alguna vez que otra el alto honor de ser exceptuado de la regla que excluía a todo hombre de aquel paseo, sabía por consiguiente que en ningún momento se presentaría ocasión más oportuna para hablar a doña Urraca. La dificultad consistía solo en penetrar en aquel recinto sagrado: mas como el oro todo lo puede, el jardinero Cosme, merced a una dosis más que regular de un vino añejo tan delicioso para él como el néctar de los dioses, y a unos cuantos maravedises, puso en manos del astuto Lope una llave de la puerta falsa del jardín del alcázar. Lleno de aquel júbilo infernal que siente todo malvado cuando acaba de hacer una buena picardía, corrió Lope a llevar a su digno amo la llave del jardín, que aquel recibió con el contento fácil de imaginar. Recompensó ampliamente, como lo había prometido, el celo de Lope, y encargándole de nuevo el secreto, partió disfrazado con ropas humildes a situarse en paraje del jardín oportuno para sus miras. Escogió para ocultarse un cenador cubierto de verde y tupida yedra, y en él esperó, no sin alguna inquietud, la llegada de la reina, cuyo paso lento y mesurado no tardó en herir sus oídos. Doña Urraca venía sola, pues en ninguna ocasión más que en aquella tenía motivos de entregarse a las más serias reflexiones. Los condes de Lara y Candespina la ocupaban enteramente: no sabía por cuál decidirse. Pues aunque es cierto que entonces, aun a su mismo entender se inclinaba la balanza en favor de don Gómez, sin embargo la imagen seductora de don Pedro la perseguía sin cesar. Tal era la perplejidad en que se hallaba cuando llamó su atención el ruido de las hojas movidas por Lara, que saliendo de su escondite se presentó de repente a sus ojos; y antes de que hubiera tenido tiempo de pronunciar una sola palabra, ya el cortesano arrodillado a sus pies besaba humildemente la falda de su vestido.

—Suspenda Vuestra Alteza su enojo —dijo, interrumpiéndose con profundos sollozos—, soy culpable, es verdad; pero la causa de mi delito es Vuestra Alteza misma...

—¡Cómo, conde de Lara!, ¿habéis osado...?

—¿...arriesgarlo todo para ver a Vuestra Alteza? ¿Qué otro medio me quedaba? Arrastrado por el ímpetu de una pasión irresistible, yo mismo pronuncié mi sentencia declarando mi amor. Vuestra Alteza me ha castigado privándome de su presencia. Yo vengo a pedir la muerte, mil veces preferible al tormento de no ver a doña Urraca.

—¿Y no podíais haber esperado?...

—Sí, señora, si el amor fuera capaz de esperar; pero me ha sido imposible.

El resto de la conversación que siguió, sobre ser demasiado prolija, es además de tal naturaleza que nos parece excusado abusar de la paciencia de nuestros lectores referírsela menudamente. El hecho es que fue larga; que en ella desplegó Lara todo su arte, no de amar sino de seducir; y que doña Urraca le dejó ver demasiado la inclinación que le tenía. Sin embargo, le declaró positivamente que estaba resuelta a no partir el trono con nadie, y en efecto así era la verdad; pues escarmentada con el pasado matrimonio con el rey de Aragón, juró que aunque llegase a dar su mano a un príncipe o magnate, reservaría para sí sola toda la autoridad en Castilla, y además le manifestó que los servicios y popularidad del conde de Candespina exigían que se le tuviesen las mayores consideraciones. A otro hombre con más delicadeza y menos conocimiento de la humana fragilidad le hubieran desalentado tales preliminares; pero Lara, que conocía a la reina, esperaba, quizá no sin fundamento, que cediendo por entonces a todo, el tiempo y su maña la harían mudar de propósito. Habiendo, pues, logrado a fuerza de ruegos y extremos que doña Urraca prometiera recibirle al siguiente día en el mismo paraje, aunque en presencia de una dama de quien por ser parienta de Lara creyó poder fiarse, se retiró muy entrada la noche a su palacio.