CAPÍTULO VIII
Amaneció el día siguiente al de los sucesos que acabamos de referir, y el sol no madrugó más que la mayor parte de los actores de nuestra historia, pues cada uno de ellos se hallaba demasiado agitado para poder entregarse largo tiempo al reposo. En efecto, doña Urraca acababa de comprometerse, por decirlo así, con los dos condes, y buscaba inútilmente algún medio para quedar airosa con ambos. Candespina se veía a punto de recobrar su ascendiente y, a su entender, de conseguir todos sus deseos. Lara, aunque en realidad había perdido momentáneamente como privado, conocía que como amante estaban sus negocios en el mejor estado; y por último, doña Leonor y Hernando, que en aquel día debían unirse con lazo indisoluble, es de presumir que tampoco estarían muy tranquilos. La magnífica catedral de León se había adornado con el mayor aparato para la ceremonia religiosa que se preparaba: los habitantes de la capital circulaban por las calles vecinas al alcázar esperando con ansia el momento en que la desposada saliese de él acompañada de la reina; los cortesanos, vestidos con un fasto excesivo, llenaban ya los regios salones, y la nueva privanza del conde de Candespina era el objeto en que todos se ocupaban. Solo el conde de Lara no se presentó en el alcázar, y esta falta produjo una sensación visible: sus parientes y amigos parecía que asistían forzados a aquella ceremonia, y demostraban en el arrugado ceño y ademanes desdeñosos el descontento que padecían: los demás, conformando su conducta a las circunstancias, volvían a elogiar a don Gómez, y a soltar de cuando en cuando tal cual epigrama contra Lara: en una palabra, un día bastó para que todo mudase de aspecto. Las diez de la mañana serían cuando salió del alcázar la real comitiva para la catedral. La novia, con un suntuoso vestido regalo de su soberana, marchaba al lado de esta, tan ruborosa, tan bella, que acaso no hubo un hombre, entre la multitud que la rodeaba, que no envidiase la dicha del venturoso Hernando, quien a la puerta del templo la esperaba en compañía del conde su amigo, y un sinnúmero de parientes y parciales, con un ansia fácil de concebir. No se dijeron una palabra los dos futuros esposos; pero una mirada fue para cada uno de ellos más expresiva que lo hubiera sido un discurso por elocuente que fuese. La comitiva entró en la iglesia: sus bóvedas resonaron con los himnos sagrados, y a poco ya Leonor y Hernando habían jurado al Supremo Hacedor amor y constancia eterna. Celebrose en seguida el santo misterio de nuestra redención, y los esposos salieron de la catedral con la misma comitiva que a ella habían llevado. La ceremonia religiosa que acababa de terminarse parecía haber dado a todos los ánimos cierta serenidad que anunciaban los placenteros rostros de damas y caballeros, únicamente ocupados en los festejos que, para más solemnizar la boda de su camarera y amigo, habían dispuesto la reina y el conde de Candespina; pero cuando ya la comitiva entera, acabando de salir del templo, se ordenaba para regresar al alcázar, llamó la atención general el confuso rumor del pueblo que abría paso a una persona que apresuradamente venía al encuentro de la reina. Era este un moro, vestido según la costumbre de su país, con extraordinaria magnificencia y montado en un caballo andaluz admirable por su belleza y gallardía. Coronaba el turbante del infiel una pieza de finísimo y brillante acero, terminada en figura cónica: cubría su pecho una coraza no menos lucida, en la cual llevaba engastadas razonable número de piedras preciosas; y el puño de la cimitarra, pendiente del costado derecho, así como el de la gumía o daga que llevaba en la cintura, correspondían a la riqueza del resto de su equipo. Seguíale a pie un esclavo negro como el ébano, cargado con la lanza y adarga de su señor. La persona del moro era la de un hombre de mediana estatura bien configurado pero cuyos miembros no habían aún adquirido toda la robustez de que eran capaces: su rostro moreno claro, sus ojos vivísimos, la delicadeza de sus facciones, y sobre todo el bozo apenas naciente que en él se reparaba, descubrían que su edad no podía pasar de dieciocho a veinte años. Como Castilla se hallaba en paz con los mahometanos españoles, la venida de uno de estos a León nada tenía de particular, pues aunque moros y cristianos eran enemigos por religión y política, acostumbraban sin embargo a visitarse recíprocamente por curiosidad u otras causas cuando las circunstancias se lo permitían. En el reinado del padre de doña Urraca especialmente se hicieron más comunes las relaciones entre ambos países, tanto porque don Alfonso debió protección y amparo a los musulmanes, en la persecución que sufrió de parte de su hermano don Sancho, como porque posteriormente casó con Zaida, princesa mora sevillana. Por esto, pues, aunque la presencia del moro que hemos tratado de describir excitó como es natural la curiosidad de los leoneses, no les pareció de ningún modo alarmante su repentina aparición.
La reina misma se volvió hacia el lado de donde venía el rumor, y se paró a admirar la elegancia de la figura y riqueza del vestido del infiel, que habiendo preguntado quién era la reina y habiéndolo sabido por uno de los circunstantes, saltó con la mayor ligereza de su caballo a tierra, y con sereno y modesto continente se encaminó derecho a ella. Llegado a sus inmediaciones, hizo tres reverencias seguidas cruzando los brazos sobre el pecho e inclinando el cuerpo hasta tocar casi en el suelo con la cabeza, y en seguida, postrándose a los pies de doña Urraca, esperó humildemente a que esta le dirigiese la palabra, en lo que se tardó algún tanto, pues tan inesperada acción sorprendió a la reina de Castilla. En fin, después que se hubo recobrado, le dijo, haciéndose un tanto atrás:
—Álzate, moro, y di qué quieres.
—Reina de Castilla, sultana de la belleza, flor de los nazarenos —contestó el infiel levantándose—: el libro de la verdad dice que la luz del sol brilla para todos.
—Verdad es; pero sed breve o dejad vuestra súplica para momento más oportuno.
—Alí, hijo de Hamet, solo viene a pedir a tu justicia un campo en qué lidiar.
—Moro, si de alguno de mis vasallos tienes queja, yo te haré justicia.
—La afrenta que el noble recibe, solo con la sangre del que se la hizo puede lavarse: y está escrito que Hamet derramará la del traidor que le ultrajó, con la ayuda de Alá y del santo Profeta.
—Bien: nómbrame al menos tu ofensor.
—Que la maldición del Profeta caiga sobre su detestable cabeza. Sultana de Castilla, en tu presencia y a la faz de tu pueblo acuso de traidor y desleal, indigno del nombre de caballero, al malvado que los hijos del Nazareno llamáis conde de Lara.
—¿Qué dices, infiel? —exclamó la reina, mas no pudo continuar, pues las últimas palabras de Alí, pronunciadas en voz elevada, hiriendo los oídos del pueblo, produjeron en la multitud un efecto extraordinario. Lo mismo que la cristalina superficie del océano, si de repente sopla un recio huracán, se rompe y divide en enormes montañas de agua que chocándose entre sí causan un pavoroso estruendo, del mismo modo las injurias del moro contra el conde de Lara produjeron en el pueblo leonés, o al menos en gran parte de él, la mayor agitación. Desde luego las personas prudentes y tímidas se retiraron de la concurrencia; pero la muchedumbre, siempre curiosa, siempre amiga de novedades y pronta a irritarse cuando cree ser la más fuerte, prorrumpió en descompasadas voces contra el infiel, que osaba, decían, venir a insultar a los cristianos en sus propios hogares. Alí volvió el rostro sosegadamente al pueblo; contempló su agitación con la misma serenidad que si no se tratara de su persona, y pareció dispuesto a esperar la resolución de doña Urraca, que llena de espanto no acertaba a proferir una palabra. Los caballeros que rodeaban a la reina, y en particular el conde de Candespina, se disponían a hablar a la plebe para tratar de calmarla; mas hubieron de renunciar a su proyecto viendo que los amigos y parciales del conde de Lara, movidos de un espíritu frenético de venganza, empezaron a gritar:
—Muera el perro infiel que se atreve a insultar a los ricos hombres de Castilla.
Y al punto brillaron desnudas más de veinte espadas contra el inalterable Alí, que sin perder nada de su serenidad, desnudó la cimitarra, tomó en un instante el escudo de manos del negro, y se puso en ademán de hacer frente a sus contrarios.
—¡Asesinos, cobardes! —gritó Hernando de Olea desnudando su acero y poniéndose al lado del moro—; conmigo las habrá el que se atreva a tocarle.
El conde de Candespina también tiró su espada en defensa del agareno, y como es de presumir todos los de su bando hicieron otro tanto. Quien únicamente conservó su sangre fría fue don Diego López, que formando un escuadrón cerrado con la guardia de la reina sacó a esta señora y a sus damas del tumulto, y las condujo a palacio. Entre tanto se aumentaba el número de los contrarios y defensores de Alí: ambos partidos se llenaban de injurias, y hubieran llegado a las manos sin la circunstancia de estar el de Lara sin jefe y ser el conde de Candespina quien capitaneaba el contrario. Alí no encontraba expresiones con que agradecer a los parciales del conde el interés que tomaban por él; y les suplicaba que le abandonaran a su suerte, antes que derramar por él la sangre de sus hermanos. Pero Hernando juraba que haría pedazos al primero que osase acercarse, y los demás caballeros deseaban aprovechar aquella ocasión de saciar sus antiguos rencores. A pesar de la prudencia y esfuerzos de don Gómez, tal vez hubiera sido imposible evitar un combate sangriento si la casualidad de haber pasado esta escena en las inmediaciones de la catedral no hubiera hecho que los canónigos, testigos de aquel desorden, se apresuraran a revestirse y salir de la iglesia, llevando en procesión una imagen de nuestro Redentor, muy venerada en la ciudad. Esto y las persuasiones de los canónigos disiparon por entonces al pueblo y partidarios de Lara; y Alí pudo, escoltado por sus defensores, ir a la posada del conde de Candespina, adonde le llevaron para mayor seguridad. Hernando encontró allí a su bella esposa entregada a la más cruel inquietud; pero con el gozo de verle sano y salvo no se acordó siquiera de reprenderle por lo que ella llamaba su temeridad. Advertimos a nuestros lectores que el conde había suplicado a Hernando que ocupase con su esposa una habitación de su propia casa; y dejaremos para el capítulo siguiente referirles lo que en ella pasó con el valeroso Alí, hijo de Hamet.