XX
LA ÚLTIMA EXCURSIÓN
EL NIÁGARA.—NUEVA YORK
En lugar de correr derechamente á Nueva York, vuelvo sobre mis pasos: después de una larga disputa entre mis dos yo,—el viajero un poco snob en busca de «impresiones», y el crítico avisado que de antemano prevé una decepción, éste se declara vencido: ¡voy á visitar las cataratas del Niágara! Se sabe que han sido apenas descritas durante los 273 años transcurridos desde el viaje de Charlevoix ... Á pocos peregrinos, felizmente, les ha ocurrido elegir el mes de enero para esta excursión, y, sin creer que sea nueva en absoluto, espero que mi «vista» del Niágara congelado no se parecerá del todo á un extracto de la guía oficial.
De Boston hacia Buffalo rehago el trayecto conocido; por otra parte, á cualquier rumbo que fuera, el cuadro sería idéntico: los mismos esqueletos vegetales sobre el informe manto de nieve, entre las masas negruzcas de las poblaciones. Con agregarse la monotonía accidental del paisaje á la permanente de las ciudades, el viajar por estas regiones se vuelve tan poco útil como agradable. La naturaleza está de máscara blanca, y es tan imposible hacer diferencia entre el sitio más pintoresco y el más desolado erial, como elegir entre dos damas turcas cubiertas de su yachmak. La nieve niveladora, que borra todo rasgo y color, aun más que el frío hiperbóreo, es lo que apresurará mi vuelta á Europa, quitándome el deseo de visitar el Canadá[76].
Enfilamos en Rochester el ramal de Niagara Falls, donde llegamos al obscurecer; todos los hoteles de la ribera canadiense (nadie ignora que el río es frontera de los países) están cerrados, pero del lado americano ha quedado abierto por este invierno la confortable Prospect House. Además de un excelente menu, me encuentro allí con un mozo francés, ex zéphyr de Argelia (hum!), que me sirve con veneración y, á los postres, no resiste al placer de sentarse un momento para contarme su vida y milagros. No hay más huéspedes en el comedor y en toda la casa que una joven pareja en pleno viaje de novios, y éstos ¡lo que se cuidan del viajero, y del zéphyr, y aun del menu!...—Interrumpo la interesante sesión de sobremesa para ganar mi cuarto deliciosamente entibiado por el calorífero, y, después de esta jornada de ferrocarril, solicito el dulce sueño, leyendo una traducción inglesa de la Atala, de Chateaubriand, que he encontrado en una librería de Boston; en tanto que afuera la tempestad de nieve sacude los abetos seculares, arrancándoles gemidos que, por instantes, cubren el ronquido lejano del Niágara[77].
Al día siguiente, bien reposado y dispuesto, fleto un pequeño trineo y me deslizo sin apuro á las cataratas inevitables; siento que estoy cumpliendo un deber sagrado para con mis lectores futuros, y este consuelo altruísta conforta mi ánimo. Es tanto más imprescindible un nuevo esbozo de las caídas famosas, cuanto que ha sido mil veces intentado en todas las lenguas y en todas las formas, desde la del estudio geológico hasta las de la oda pindárica y del anuncio comercial: omitirlo, sería singularizarme. Se habla vagamente de otras cataratas en la América del Sur, mucho más rumbosas—quiero decir, de mayor «desprendimiento»: por ejemplo, la de Kaieteur, en la Guayana inglesa, que cae de 226 metros—ó infinitamente más pintorescas, como la nuestra de Iguazú, en razón misma de su división y escalonamiento en medio de todas las opulencias vegetales del trópico. Pero el Niágara queda incomparable y único, en la pobreza de su marco natural, vulgarizado aún por el sórdido parasitismo explotador, porque es enorme la napa líquida que se desploma, y el espíritu utilitario de los yankees ha sabido juntar en un haz compacto aquellas mil rapsodias descriptivas. Sin perjuicio, pues, de calcular los 5 ó 6 millones de caballos-vapor que aquí se desperdician (wasted energy), sacan provecho en el presente de su maravilla mammoth ... Felizmente estoy solo; es la buena estación que ninguna guía señala; casi todos los hoteles están cerrados; no haré parte de ninguna procesión de turistas á la «Cueva de los vientos», ni pisaré el vaporcito tradicional: el invierno solícito ha espantado las moscas.—Pongo pie á tierra cerca del puente colgante, dos ó tres cuadras abajo de la caída, y procuro templar mis high spirits, vagando al aire frío y tónico, bajo el claro cielo azul donde el sol irradia su tibia caricia, sin una mancha blanca, como si todas las nubes de ayer se hubiesen descolgado para cubrir el congelado suelo. Camino entre los árboles del monte, cuyas ramas cargadas de festones y astrágalos remedan candelabros de cristal. Trae un gozo físico la soledad, el ambiente puro, el débil crugido de la nieve bajo mis pies. Pero diviso el tablero de Suspension-Bridge; ha llegado el momento: evoco á Chateaubriand, á José María de Heredia,—no el nuestro, sino el anterior («¡Templad mi lira!»), al Appleton Guide ... Hago lo posible por exaltarme y ponerme á nivel de la situación.
Es muy sabido—como todo lo que á la catarata se refiere—que el río Niágara derrama las aguas del lago Erie en el Ontario; desde Buffalo, donde comienza, hasta más allá de Lewiston, donde desemboca, este río de comunicación no tiene 60 kilómetros; pero el enorme desnivel de 101 metros, en tan breve distancia, produciría una corriente vertiginosa, á no tropezar el raudal, en la mitad de su camino, con la muralla vertical que lo represa. Entonces la napa superior, dividida en dos brazos desiguales, se desploma de 47 metros de altura, en la vasta y profunda hoya encajonada que este puente domina, uniendo con un tablero de 400 metros las riberas americana y canadiense. Desde mi observatorio, abarco la escena en su conjunto, si bien no percibo aún los rasgos verdaderamente conmovedores de la caída. Los dos barrancos rocallosos, con su vegetación petrificada, despliegan sus desgarradas paredes hasta los extremos de la doble catarata: á mi derecha, la canadiense encorvada en herradura (Horseshoe Fall) alarga su lomo obscuro hasta la mitad de la cuenca; la otra se estrecha á mi izquierda, entre la orilla y la «isla de la Cabra» (Goat Island) que se prolonga en el thalweg superior. El desarrollo total de la barrera pasa de un kilómetro; pero las nubes de agua pulverizada, que se levantan como humareda blanca del hondo hervidero, impiden medir su profundidad; cerca de las orillas y la isla medianera, como en un inmenso crisol, se acumulan los bancos de hielo, las adheridas concreciones que desmenuzan la napa colosal en veinte cascadas parciales. Á mis pies, el río coagulado extiende hasta la catarata su rugosa bóveda sobre la masa líquida que fluye invisible hacia el distante torbellino (Whirlpool), donde se estrella contra las rocas y disloca al fin su rajada corteza en mil carámbanos flotantes ... No experimento decepción, pero no siento que suban á mis labios los borbotones de adjetivos entusiastas. El espectáculo tiene grandeza y majestad, si bien, á la distancia, la inmóvil uniformidad del color y de las formas acolchadas por la nieve le infunde cruel monotonía; el invariable rumor persistente equivale al silencio universal, y, por sobre el acompañamiento profundo y casi insensible de las caídas, percibo el grito agudo de un pájaro que hiende el aire sobre mi cabeza. Después de algunos minutos, dejo mi puesto y remonto la ribera americana, hasta el puente que la une con Goat Island y domina á plomo la misma catarata.
La montuosa isleta que divide el ancho río, y forma promontorio sobre el abismo, es un óvalo de unas dos millas de longitud, cuyo eje mayor rellena el thalweg, con un relieve de diez ó doce metros sobre la superficie; está cubierta de árboles y espesuras, con sendas sinuosas que se cruzan y pierden á todos rumbos; pero el mismo manto invernal envuelve hoy arces y abetos, rocas y malezas, barrancas y edificios lejanos, en un solo lienzo incoloro é informe. La nieve reciente ha redondeado de blanda matidez alabastrina los prismas y cristales de hielo, impidiendo que los rayos del sol irisen sus aristas, y apenas si, acá y allá, algunas agujas centellean sobre el albo campo deslumbrador. Desde aquí diviso el pretil de madera que permite inclinarse sobre la vorágine y contemplar el horror grandioso de la pesada masa desplomada; pero, desde luego, quiero darme cuenta de la formidable avenida, antes de su violenta bifurcación en la punta de Goat Island; y, por la vaga depresión que indica el camino terraplenado, me dirijo hacia el extremo superior.
Me he acostumbrado tan pronto á creerme único visitador de este reino hiperbóreo, que la vista de algunas huellas humanas en la nieve casi me produce el mismo efecto que á Robinson. ¿Será un caníbal, ó Friday, el que ha invadido mis dominios y me precede en el itinerario? Pero, acaso el uno y el otro, pues son dos personas las que caminan delante de mí. Sin ser un consumado rastreador, distingo las dos huellas; las unas, anchas y profundas, se adelantan un poco á las otras, un tanto más delgadas y con el tacón más agudo. Caminan muy juntos, como si el «ancho» llevase preso al «delgado»; y á trechos bastante próximos parecería, por la nieve pisoteada y los rastros confundidos, como si se hubiese empeñado un violento corps à corps entre el feroz caníbal y su desventurada víctima ... ¡Qué horrible misterio!... ¿Estaré acaso sobre la pista de un drama pasional?... Sigo caminando una cuadra más y, de repente, á diez pasos, un doble bulto negro—todo es negro sobre la nieve—se destaca vivamente de un esconce de la roca. Son mis novios de Prospect House. Al verme vuelven al camino—the right way, sir!—y los encuentro en la punta de la isla, sumergidos en la contemplación del horizonte. Él es un buen yankee robusto y seco; Mrs. Friday es más agradable; esbelta y rubia, no hace mal efecto en el paisaje, con su jaquette azul ceñida al talle y su sombrero de ala recta sobre el cabello empolvado de nieve. Esbozamos un vago saludo y, después de una mirada involuntaria á los dos pares de zapatos reveladores, me alejo, para no hacer de guardia civil; y escucho esta reflexión filosófica que saluda mi retirada discreta: a biting cold!... ¡Sí, mucho frío les hace á los novios!...
Desde el extremo de la isla, en cuya aguda proa rompe la corriente con estruendosa violencia, se contempla el caudaloso río desde su salida de Great Island: amplio como un estuario hacia el fondo del horizonte, tumultuoso y veloz como un torrente al acercarse y tropezar sobre las raudas ó rápidos que obstruyen el lecho, dos kilómetros más arriba de la represa. Eriza el lomo en la pedregosa pendiente, rompe su oleaje en los barrancos coronados de bosques, y vuelve, en espantoso turbión, á chocar sobre la carena delantera en que estamos, cual si quisiera derruirla ó arrasarla; pero, casi bruscamente, contienen su ímpetu vertiginoso, más que este rompeolas de peñascos, las masas profundas de la doble esclusada, donde los carámbanos de hielo y los troncos arrancados á las playas giran en lentos remolinos, vacilantes y como conscientes del peligro próximo. Trepando á un morro de piedra, con la nieve al tobillo, puedo explicarme la marcha del drama elemental, desde la peripecia de los rápidos hasta la catástrofe, siguiendo el breve destino de cualquier astilla abandonada á la corriente. El raudal monstruoso asoma por el sud, como precipitado del cielo, arremete espumoso por la rápida y accidentada pendiente, estrella su triple frente en los estrechados barrancos y la muralla á pico de la isla, para retroceder, despedazado é impotente, y luego incorporarse rendido al inmenso depósito; aquí se retuerce la oleada viajera, sacudida por los hondos estremecimientos de la resaca; pero la tregua es breve, y, entre arranques y sofrenadas, como el corcel que ventea al enemigo, tiene que arrastrarse, empujada por otra nueva oleada, y llegar finalmente á la cornisa llena de vapores donde bruscamente se desploma al abismo ...
Aquí el espectáculo es realmente soberbio y fascinador; se tiene la conciencia de asistir á un formidable conflicto entre las fuerzas naturales: uno de esos dramas colosales é informes de Esquilo, en que son protagonistas la Fuerza, la Violencia, las olas monstruosas del Océano, y en cuyos cataclismos gigantescos no puede el hombre figurar, sino como víctima pasiva y ludibrio de las energías elementales:—á manera de estas ramas inertes que el viento arroja á la corriente, que pasan delante de mí, una tras otra, y que no me canso de seguir con la mirada como un melancólico emblema del destino humano. Oigo cerca de mí las risas alegres de la pareja enamorada, que el aire sutil me trae por entre el rumor de la catarata: son felices porque son jóvenes, y su vida ensaya el corto y rápido vuelo en alas de la ignorancia y la ilusión. Creerían acaso, si me vieran, que mi cabeza gris tiene envidia á sus cabellos rubios, y pensarían que media otro abismo entre mi madurez pensativa y su rozagante juventud: media el mismo intervalo que entre aquella astilla, que pasó hace un minuto, y la que flota ahora delante de mí, y dentro de otro minuto dará el propio salto en la vorágine donde todas se juntan y confunden ...
Cerca de mediodía, como á menudo sucede en estos climas, el cielo se ha nublado, ó más bien, un uniforme velo gris se ha tendido sobre el cielo, del horizonte al cenit, apagando de paso el sol resplandeciente y envolviendo la tierra en una vislumbre amarillenta. Es una tempestad de invierno que se acerca, y, junto con la primera ráfaga que sacude por los aires la nieve suelta de los árboles, oigo los gritos de los conductores que llaman desaforadamente á sus viajeros. Felizmente estamos cerca de los trineos y no muy lejos del hotel; bajo la capota y «corriendo parejas con el viento», llego sin novedad á la posada,—donde oiré contar á mi zéphyr, durante el almuerzo, las historias más espeluznantes del Niágara, desde Blondin y su tortilla preparada en la maroma, hasta el capitán Webb que se lanzó al abismo tremendo y logró salir de él, yendo á despedazarse en una roca del Whirlpool.
Después de dos ó tres horas de furioso huracán, aunque sin nieve, el cielo se despeja, el frío recrudece, y, en la calma perfecta de esta tarde de invierno, asisto desde el mirador del hotel á la magnífica puesta del sol sobre los montes enrojecidos. La noche baja lentamente; mejor dicho, es un crepúsculo blanquecino que se eterniza y no llega á empañar los objetos, pues la luna llena aparece en el horizonte y, como un espejo redondo que reflejara el terrestre disco de hielo, se alza, divinamente pura y nítida, sobre el obscuro firmamento, lustrando de claridad boreal la mate blancura de los campos. ¿Qué hacer esta noche, hasta la hora decente de procurar el sueño, sin más sociedad que el mozo francés ni más lectura que la disfrazada Atala, que he vuelto á saber de memoria? He dado una vuelta por la aldea de Niagara Falls, sin más atractivos en esta estación que su docena de fábricas en movimiento, y no siento el menor deseo de volver á leer sus carteles de anuncios gigantescos. De todos los consejos pegados en las paredes, el único que estaría dispuesto á seguir es aquel de Take the Erie railroad! en todas partes repetido ... Y el Herald de Nueva York, que anuncia, para mañana á la noche, Carmen en francés, con Jean de Reszké, Lassalle, la Calvé de gitanilla y la Eams de Micaela ... Pero me falta ver «lo mejor» de la catarata: el salto mismo, desde la cornisa de Goat Island, ya que no visitar la «Cueva» húmeda, donde correría riesgo de quedar congelado. ¿Cómo conciliar tantos «deberes»? Sino me marcho mañana temprano á Nueva York, pierdo una interpretación ideal de mi obra preferida; si me voy, dejo de ver llover el Niágara ... ¡Horrible ansiedad! ¿Quién resolverá este conflicto de armonías?
Pido la colaboración de mi paisano para estudiar los horarios, aunque sé de antemano que es imposible resolver esta cuadratura de círculo. De repente, entre serio y blagueur: «¿Por qué no vuelve V. á las Falls esta noche, con la luna?»—Le miro un momento, boquiabierto, deslumbrado por el descubrimiento. ¡El Niágara de noche! Por esta vez creo que he dado con una novedad ... Pero (sé la guía de memoria) ¿qué es esa historia de rejas que se cierran al ponerse el sol ...? «¡Bah! contesta el zéphyr, en invierno ... y luego ...», desliza su dedo pulgar sobre el índice ... Asunto concluído. Como un bocado, me envuelvo en mi ulster, enciendo un cigarro, me alargo de nuevo en el trineo de marras, y, sin el menor tropiezo, me encuentro á las ocho de la noche en el puentecito de Goat Island, bien seguro esta vez de no verme perturbado, á no ser por las almas de los que aquí cerca han perecido ... ¡Incomparable zéphyr! Le debo la sensación más extraña de mi vida: una hora inolvidable, supraterrestre, cruzada de visiones fantásticas y terrores innominados que no intentaré reproducir, pues no encuentro palabras legibles para sustituirlas á las incoherentes y alucinadas que, esta misma noche, á la vuelta de la excursión, he garabateado con lápiz en mi cartera de viaje. Me limito á resumir algunas impresiones objetivas.
Desde el puente que une Goat Island á la ribera y domina el salto americano, tengo la luna al frente, hacia el este: tejo de hielo nítido sobre el obscuro fondo sideral; ni una nube en el cielo, ni un soplo de brisa, ni un halón flotante en torno del satélite; parece como si la atmósfera, oreada y rarefacta por el frío polar, transmitiera con intensidad insólita las vibraciones sonoras y los rayos de luz. El rumor de las ondas se hincha y retumba solemnemente, tan continuo y pleno que forma una armonía. Entre el resplandor lunar y el vasto reflejo de la tierra blanca, la visión de los objetos cercanos es tan detallada y perfecta como de día; sacudida la nieve suelta por el huracán, los cantos de las rocas resplandecen; los árboles tienen aspecto de cactos cirios, y, de sus ramillas coaguladas en espesas raquetas anacaradas, cuelgan franjas y lambrequines de plata, cándidas filigranas que la vislumbre azul irisa vagamente. El paisaje cristalizado ostenta una rigidez marmórea y funeral; y tan habituado está el espíritu á asociar las ideas correlativas de calma nocturna é inmovilidad, que entre el mugido atronador de las cascadas se tiene la ilusión de un vasto silencio.
Me dirijo un poco más allá, hasta una roca maciza (Luna Island) que parte exactamente las dos caídas; camino sin cuidado, pues, además de la claridad, arroyos y derrames están sólidamente congelados y la capa de nieve rugosa salva de cualquier resbalón. Casi á mis pies, á uno y otro lado, los dos inmensos cilindros líquidos giran eternamente, arrojando al vacío cien chorros tumultuosos que parecen caer en un abismo sin fondo, pues se remontan nubes espesas de agua molecular que se adhieren á los séracs vecinos. Á la base de mi barranco en desplome, que deja entre la napa curva y la ahuecada pared de esquisto la ancha cornisa llamada «Cueva de los vientos» (Cave of the Winds), se acumulan esos bloques caóticos de hielo, que se transforman y crecen hasta el fin del invierno, como dotados de no sé qué vida monstruosa en medio del letargo universal; más allá comienza la bóveda espesa que cubre la corriente, y se prolonga hasta el Suspension Bridge, que perfila en el cielo su esqueleto metálico. El astro vierte sus raudales de plata sobre los raudales de agua, enciende las espumas, jaspea de reflejos opalinos la glauca masa torrencial, dibuja sus arco iris de cambiantes matices sobre las ondas pulverizadas ...
El cuadro reviste soberana magnificencia; pero yo también comienzo á sentir la atracción del abismo: quisiera descender, sin guía, sin las grapas de hierro que aseguran la pisada en el hielo, por esa vecina torre de madera cuya escalereja en espiral conduce á la cueva. En suma, con tiento y precaución, y, si necesario fuese, bajando sentado, una por una, las gradas más resbaladizas, no ha de ser empresa sobrehumana; según las guías oficiales, no hay peligro en ningún tiempo, la luz exterior penetra por las troneras abiertas en cada piso ... Me resuelvo: preveo que me maldeciría después por haber retrocedido. Y, efectivamente, la doble operación, más fácil aún á la subida, resulta un poco larga, pero sin inconveniente mayor. Doy fondo al cuarto de hora, y, por un pasadizo algo accidentado á mi derecha, me encuentro en la gruta famosa, debajo de la catarata: deslumbrado por el cuadro, aturdido por el rumor potente que nace aquí mismo,—acaso un tanto nervioso y dotado de esa mórbida lucidez que casi linda con la alucinación. El frío es intensísimo, y con la humedad congelada en mi sobretodo paréceme que revisto una coraza. Para reaccionar,—ó persuadirme de que reacciono—enciendo un cigarrillo y me pongo á «batir la suela» á lo largo de esta esplanada polar.
El espectáculo, según todos han dicho, es asombroso en pleno día de verano: en esta soledad nocturna, al resplandor de la luna boreal, reviste una irrealidad de fantasmagoría, una extrañeza única. Pero lo único es por esencia lo inefable, puesto que, siendo todos nuestros balbuceos simples reminiscencias, aquí falla cualquier término de comparación. Más vale entonces, sin empeñar una lucha imposible, procurar la expresión breve y sencilla que, si no presenta á la vista el mágico cuadro, lo sugiera al menos á la imaginación fecunda[78].
El ancho cobertizo abovedado en que me encuentro se desploma ocho ó diez metros fuera de la pared vertical, levantándose cerca de veinte sobre el resalto en talud que desciende hasta la sima: es el caveto colosal, formado por erosión en la arcilla esquistosa, de una cornisa ciclópea cuya platabanda superior, de estratos calcáreos duros como granito, forma hasta el mismo salto el lecho del río. En el receptáculo de la catarata, que cae delante de mí con un tumulto atronador, el choque formidable roe la blanda capa arenisca (sandstone), cavándola sin tregua hasta que por su propio peso se derruya el resalto que me sustenta ahora; y así continúa la obra de mina hasta que el borde superior se derrumbe á su vez, trasladando la catarata unos dos metros por año hacia los rápidos y el lago Erie, y, por tanto, reduciendo progresivamente su altura[79].
Á la gloriosa luz de un día de verano, consiste sin duda la belleza del cuadro en ver despeñarse el enorme raudal de 10.000 metros cúbicos por segundo, y contemplar el sol al través de la líquida masa irisada y transparente que se aplasta en el hondo hervidero. Muy otro es el carácter de la escena presente.—La napa americana, relativamente delgada, y dividida ahora por los séracs de la cornisa, abre sus diez cascadas parciales que sólo juntan sus espumas en el embudo receptor; es sobre todo la catarata canadiense la que levanta á la izquierda el formidable estruendo. Pero no hay esplendor veraniego ni gala primaveral que pueda equipararse, por la novedad del conjunto y la emoción intensa que produce, al fantástico palacio del Invierno que me rodea y cuyos prodigios sobrenaturales parece que sólo se desplegasen para mí. Forman amplio propíleo de hielo, al borde del abismo, altísimos pilares estriados y truncas columnas salomónicas, en cuyos intervalos azulados flotan los cortinajes de las reverberantes cascadas, tendidas y rayadas como largas urdimbres en sus telares gigantescos. De las grietadas paredes y peñascos laterales que obstruyen la corriente, se escapan cintas diáfanas que los destellos lunares animan y colorean á manera de fuentes luminosas. Junto á los bloques informes que se acumulan en este peristilo, y parecen escombros del edificio interrumpido, redondeadas estalagmitas yerguen sus ánforas y balaustres; otras remedan candelabros enormes, cipos de mármol sepulcral,—y la imaginación enfermiza evoca leyendas seculares, catástrofes antiguas y recientes que podrían tener aquí su panteón ... Pero hacia la bóveda de concha es donde se ostenta la caprichosa riqueza de esta arquitectura invernal: las mil estalactitas destiladas por la roca calcárea se han cubierto de florones y arabescos, coagulando durante meses los vapores que la catarata difunde por la atmósfera, y, desde la cornisa invisible, se descuelgan fajas y bandas en festones, suntuosos mantos de armiño, doseles y caladas cenefas en los intercolumnios, lámparas de alabastro que destilan diamantes líquidos y cuyos caireles cristalinos espejean al resplandor astral ... Esta, en verdad, es la hora propicia é ideal para admirar la mágica platería de escarcha: por incoloros y débiles que fueran, paréceme que los rayos del sol alterarían su marmórea sublimidad. Todo es aquí glacial y funerario, las mismas sombras proyectadas irradian palidez crepuscular: sólo la fría y casta luna puede agregar una armonía á la helada pompa nocturna, abrillantando de satinada blancura la blanca matidez del ventisquero, y derramando sobre el paisaje fantasma el misterio de su poesía espectral ...
Pero es tiempo de volver, si no quiero quedar adherido al pavimento y agregar una estatua de hielo á la colección. Al encontrarme arriba, pisando el suelo firme de la isla, me confieso in petto que también tiene su poesía el calorífero del hotel. Me meto en el trineo y, durante los minutos del trayecto, evoco no sé por qué á ese extraño peregrino perturbado y perturbador, acaso el mayor poeta del siglo con su prosa cantante y rítmica, en todo caso el más sincero y conmovido, á despecho ó á causa de su engañosa imaginación: al que vino aquí mismo hace un siglo, vivió algunos días entre los indios del Niágara y preparó, silencioso é ignorado, en la entonces virgen soledad, esa paleta rutilante con que iba á deslumbrar al mundo. Él era joven; escuchaba la voz de su «silfo» augural que le decía: ¡Tu serás rey! Relámpagos de esperanza iluminaban su precoz desencanto, y sabía ya que la gloria le devolvería «lo que el viajero deja de su vida en los lugares donde pasa» ...[80]
Nueva York.
Pensé quedarme una quincena en la ciudad «imperial». Después de una semana, tomo pasaje para Europa en el transatlántico La Bourgogne, persuadido de que una estancia más prolongada agregaría muy poco á mi concepto general de los Estados Unidos. Esta metrópoli del comercio y del capital americano es cosmopolita, más europea que yankee; y esto no sólo por la presencia del numeroso elemento extranjero, sino por la orientación general del pueblo neoyorkino. Aquí, ricos y pobres viven en Europa, unos por el recuerdo, otros por la esperanza, todos por los gustos, los hábitos, el lujo importado, el incesante contacto de los viajes y de la imitación. Su sola originalidad consiste en deformar por la exageración el modelo que es más fácil exceder que igualar; sustituyen por el lujo chillón la elegancia discreta, traducen la armonía estética por el boato llamativo: revelan sus aficiones artísticas empedrando con dollars las jiras de los histriones y comprando cuadros célebres para ponerlos bajo vidrio, en marco dorado más ancho que la pintura. En suma, este es un París para chicagoenses. Medio europeo, medio americano, este grupo híbrido nada nuevo me puede enseñar, si no es la prosaica realización del ideal á que aspiran las ciudades-hongos del Oeste. Pero todo esto lo tengo visto ó previsto ya; y después de visitar concienzudamente algunos sitios interesantes ó representativos:—la Bolsa y dos ó tres bancos de Wall Street; algunos docks sobre North-River y otras tantas fábricas de Brooklyn (entre ellas los talleres de Appleton); el building del New York Times y la torre de Babel del World, el Columbia College y la hermosa biblioteca de Astor, etc. etc.,—me siento tan incapaz de añadir á mis apuntes americanos un rasgo que, mutatis mutandis, no se encuentre referido, ya á Boston y sus anexos, ya á Chicago y su Exposición, ya, por fin, á otras metrópolis del centro ó del oeste, que considero ocioso prolongar estas visitas en tranvía ó elevated, por entre el viento y la nieve.
La actividad urbana de Nueva York tiene que asombrar al viajero europeo, mucho más aún que el tamaño de sus buildings y el lujo exterior de sus residencias: Broadway es más genuinamente americana que la regia Quinta Avenida ó el magnífico Central Park, ahora despojado y cubierto de escarcha. Para mí, sin desconocer el carácter de fuerza y riqueza, más grandioso aquí que en cualquiera otra ciudad de los Estados Unidos, nada de lo que veo supera ni alcanza, como manifestación desnuda y significativa, lo que tengo ya descrito. Lo he dicho y lo repito: Nueva York es hoy una amalgama por partes iguales de América y Europa; ahora bien, el primer elemento, es mejor observarlo allá donde se encuentra en estado nativo; el segundo, sólo podré saborearlo, sin adulteración ni contraste, en esa Europa materna que siento está llamando, hace ya tantos días, á su envejecido hijo pródigo. ¡Basta ya de contar las copias infinitas de un falso original que nunca me ha gustado plenamente!
Libre de consigna me entrego al agradable vagar callejero, asisto á algunas conferencias y funciones teatrales que, como casi siempre, se liquidan por una buena dosis de decepción. Á más de que me siento cada día menos apto para soportar la inevitable vulgaridad de la realización escénica, siempre defectuosa en conjunto,—hasta en la misma «Casa de Molière»,—lo que florece naturalmente en Nueva York es la función de «estrellas», con compañías formadas de dos ó tres celebridades europeas, sobre un fondo de cómicos de la legua en disponibilidad. Por supuesto que la compañía de ópera es la que más se ajusta á la regla, y la exhibición de Carmen (por que tanto bregué) ó de Romeo y Julieta (con los Reszké, la Melba y Plançon—el mejor de todos) no me causa sino segundos de placer entre minutos de irritación. Los mismos protagonistas, excelentes en París ó Londres, abultan sus efectos para la exportación, y la Calvé,—á pesar de su hermosa voz y su belleza expresiva—hace una Carmen francamente insoportable. Luego ¡la orquesta ambulante y los coros de baratillo!...
Pero no estoy aquí para reflejar anticipadamente impresiones europeas, y prefiero mencionar dos performances, algo diversas por el asunto, aunque igualmente características y, en el fondo, reveladoras del mismo gusto americano, del mismo «estado de alma». Me refiero á una conferencia del coronel Ingersoll, el famoso libre pensador profesional, y á la recepción del champion Corbett, despues de su reciente victoria internacional en Jacksonville.
Ab Jove principium. La vuelta de Jim Corbett, al día siguiente de dejar hecho unas gachas al pobre champion inglés Mitchell, ha sido una marcha triunfal desde Florida hasta Nueva York—un «¡triunfo de Heliogábalo!» exclamaba el New York Herald, esta mañana. El ilustre boxeador venía en tren especial para detenerse en cada punto del trayecto y arengar á las poblaciones entusiastas. Todos los diarios de la Unión traen sendos reportages telegráficos, en que se describe la vida casera del héroe, de la cocina á la alcoba. Esta noche recibe á todo New York en el inmenso hipódromo de Madison-Square Garden, completamente lleno. Aparece al fin en la plataforma circular, donde debe dar una «repetición» de su último match, haciendo de unglorious Mitchell un simple aficionado. Jim es un gran diablo flaco, todo nervios y tendones, con cara lampiña y mirada de tigre, sin la belleza animal ni la apariencia de fuerza del ex champion Sullivan; viste calzón y camiseta obscuros, lo que acentúa aún su apariencia mefistofélica. Á raíz de una entusiasta ovación, el público, naturalmente, le pide un pequeño speech; balbucea algunos clichés con voz delgada y gesticulación de pugilista, y luego entra á representar. La esgrima del boxing es una simplificación de la del Bourgeois gentilhomme: no se trata siquiera de dar sin recibir, pues uno y otro adversario dan y reciben. Lo que asegura el triunfo es la resistencia; fuera de tres ó cuatro golpes terribles que el uno procura dar y el otro evitar, lo demás no se cuenta, y aquí mismo Corbett recibe cinco ó seis moquetes sin pestañear. Pero, es match de broma, con guantes rehenchidos: un simulacro tan insípido como una corrida con toros embolados y sin la muerte. En uno y otro caso, sólo el peligro, la sangre es lo que apasiona y estimula la crueldad bestial. El público, tan entusiasta momentos antes, se fastidia en seguida y nos escurrimos casi todos en medio del segundo round.
La conferencia á que aludía tuvo lugar, al día siguiente, en Broadway Theatre; pero en el público, casi tan numeroso como en Madison Square, casi dominan las señoras, viejas y jóvenes, sueltas ó acompañadas. El ilustre orador está solo en la escena, alto, de pie, en traje de etiqueta, elegante y hermoso á pesar de sus sesenta años, afeitado como un actor, combando el pecho robusto y de aspecto mucho más atlético que Jim Corbett. Acerco ambas celebridades porque el coronel Robert Ingersoll es otro champion, tan notable y oficialmente reconocido como el otro: el campeón de la oratoria racionalista; y tan es así, que suelen organizarse matches con apuestas—una tuvo lugar en el Nineteenth Century Club—entre Ingersoll y cualquier ministro protestante dispuesto á take the bet. Tiene aprendidos y publicados cuatro ó cinco discursos, mechados de lugares comunes y bufonadas yankees, que transporta hace veinte años de ciudad en ciudad, como Mark Twain su Jumping Frog: ello se titula los «Errores de Moisés»; y con esa vulgar parodia de la Biblia, Robbie tiene asegurados cuarenta mil dollars de renta y vive en la Fifth Avenue. Esta noche se trata, como siempre, de Some mistakes of Moses. Llego para asistir á la triunfal peroración que levanta una ovación entusiasta. Es una rapsodia de bajísima ley, en que la crasa ignorancia supera la grosería del charlatanismo, la necia risotada del esprit fort de aldea que reprocha á la Biblia no ser un tratado de física y de derecho constitucional. Luego, según la moda yankee, la letanía de los «rivales» de Moisés se prolonga interminablemente, grotesca y extravagante, desde Cavalieri «que casi completó la ciencia de las matemáticas», y Franklin, Morse y Trevethick, «pioneers of progress», hasta Esquilo, Burns y ... Béranger «the poets of the world!!» ... ¡Inspirado por Dios, Moisés, que no conoció el diámetro ni el peso de Neptuno, ni siquiera tenía idea del tamaño del sol (any idea of the size of the sun), ni acaso sospechara el sistema de Copérnico!... etc.» Una de las gracias que arrancan carcajadas inextinguibles á las mujeres consiste en llamar á Moisés, cada cinco minutos, that inspired gentleman: este aticismo es simplemente irresistible. Pero recita su boniment con voz sonora, exuberante gesticulación, muecas y guiñadas de monologuista profesional: es el Barnum del libre pensamiento.
Y entre los aplausos de la concurrencia, procuro figurarme el estado mental, no sólo de los snobs de uno y otro sexo que han pagado cuatro dollars para escuchar y aplaudir esas facecias de clown envejecido, ¡sino de la prensa que saluda invariablemente al «gran pensador», al greatest living orator de América! Bajo las diferencias superficiales se llega aquí á tocar nuevamente la capa profunda, la misma tosca popular en que hace medio siglo se asentaba el grosero mormonismo: el incrédulo Robbie corre parejas con el crédulo Joe, y esta exégesis vale exactamente tanto como ese misticismo.—Y me convenzo más y más de que, respecto del pensamiento puro, del concepto del arte y de la ciencia, del puro gusto estético, de la nobleza del espíritu y la delicadeza del alma, de todo lo que constituye la civilización y da su alto precio á la vida, estos «hijos de Tubalcaín» difieren por esencia de los hijos de Seth, y que, entre esta América que abandono sin melancolía y aquella vieja Europa adonde voy, con la tristeza de volverla á dejar en pocos días, se extiende un abismo moral tan ancho y hondo como el Atlántico.