COSAS QUE FUERON.
CUADROS DE COSTUMBRES
POR
D. PEDRO A. DE ALARCON.
La noche-buena del poeta.
Las ferias de Madrid.—El pañuelo.—Si yo tuviera
cien millones....—Cartas á mis muertos.—Lo que se ve
con un anteojo.—El año nuevo.—La fea, autopsia.—El
año madrileño.—Visitas á la Marquesa.—El cometa nuevo.
Á una máscara.—Bocanada de humo.—El carnaval de
Madrid.—Mis recuerdos de agricultor.
Un maestro de antaño.
Sunt lacrymæ rerum.
(Virgilio.)
MADRID.
IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE M. TELLO,
IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
Isabel la Católica, 23.
1882.
AL EXCMO. SEÑOR
D. MANUEL M. DE SANTA ANA,
Padrino que fué de la primera edición del presente libro, publicada el año de 1871, dedica también esta segunda edición
Su afectísimo amigo y compañero,
El autor.
PRÓLOGO
DE LA PRIMERA EDICIÓN.
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El genio há menester del eco, y no se produce
eco entre las tumbas.
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La palabra escrita necesita retumbar, y como
la piedra lanzada en medio del estanque,
quiere llegar repetida de onda en onda, hasta
el confín de la superficie...............
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.............Escribir como escribimos en Madrid
es tomar una apuntación, es escribir en
un litro de memorias, es realizar un monólogo
desesperado y triste para uno solo...
Ni escribe uno siquiera para los suyos.
¿Quiénes son los suyos? ¿Quién oye aquí?...
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Lloremos, pues, y traduzcamos.
(Mariano José de Larra.)
ON estas dolorosas palabras, arrancadas á la conciencia de su genio, quejábase el malogrado Fígaro hace años del indiferentismo de aquella época en que, sin embargo, brotaban á su vista las maravillas del arte romántico, repetía el aire las armoniosas desesperaciones de Espronceda, y esparcíanse los ánimos con las sales y agudezas de Breton de los Herreros. Quien no creaba, aspiraba á crear, ó tenía, como timbre de su vida pública, á gala y blasón cultivar algún género de literatura, ó rozarse al menos con los sacerdotes del arte, enorgulleciéndose si alguna vez lograba penetrar en el sancta-sanctorum ante cuyo dintel se detenían con respeto los profanos.
¿Qué hubiera dicho Larra, viendo el oficio sustituir al arte y el desprecio á la indiferencia de que tanto se condolía, y que sólo llorar le era ya dado, pues ni necesidad hay hoy de traducir? ¿No se venden más libros franceses que españoles?
Las letras van de caida: el vulgo, que tanto atormentaba á Horacio, ha ingresado en la orquesta, y con su ruido de gigante apaga todas las melodías. No hay á quien acusar de indiferente, porque no es posible que nadie se deje oir entre semejante barahunda, ver entre nivel tan constante, ni admirar entre igualdad tan deseada. Publicar un libro de recreo en este pobre país desvencijado, es convidar á mieles al hambriento ó á hacer cuadros vivos al desnudo. Cuando nuestras revoluciones han provenido de fuera, han traído entre sus negros pliegues de desventuras momentaneas algo fecundo que, semejante al polen acarreado por las tempestades, debía producir frutos iguales á aquellos que en campos más dichosos confiaron sus semillas al hálito del huracán pasajero.
Así vimos venir con la influencia del poder absoluto de Luis XIV los reglamentistas literarios que fustigaron á los autores de pasadas anarquías, y con la revolución é invasión francesas la libertad de pensamiento y el instinto de independencia artístico y propio, triunfante en aquella lucha, como el territorial y político.
Pero cuando las revoluciones no provienen de influencias generales, sino de exclusivas y fatales desesperaciones, el vulgo desconfiado á nadie reconoce por jefe, teme encontrar el engaño donde está la autoridad, la celada misteriosa donde le enseñan el deleite, y sin fiarse de nadie, temeroso de todo el mundo, no consiente en ser espectador de nada. Queriendo intervenir en todo, todo se degrada á su contacto, hasta que, convencido, como el niño que quiere acariciar la luna, de su libre impotencia, resígnase escarmentado, oye razones, atiende á consejos y confía, áun amenazando con su cólera, á manos más expertas que las suyas, lo que estas rompen ó desbaratan para que aquellas construyan ó edifiquen. Entonces los sabios crean, los cantores modulan, los poetas cantan y el vulgo, replegándose como en las tragedias antiguas á las filas del coro, deja que le enorgullezcan sus héroes ó que le entusiasmen y glorifiquen sus artistas.
Promovida, á mi ver, nuestra aún no terminada revolución política, más bien por la desesperación que en todos causaban constantes causas de seguros males, que por el deseo de nuevos ideales filosóficos, antes fué acto de cólera y término de paciencia, que meditado deseo de nuevas y radicales formas. Así es que la sociedad no tuvo que extremecerse en sus cimientos, y, más bien como axioma que como problema revolucionario, continuó siendo un hecho en sus primeros días la anterior forma del Estado. No sólo no cambiaron las ideas, sino que conquistaron para sí adversarios antiguos: pero lo que la común desgracia había derrocado tenía que reconstruirlo la desconfianza común. El número fué Deus ex machina, la cantidad engendró la calidad, y ufana y orgullosa de su anterior potencia, largo tiempo ha de durar la tutela de todos sobre el hijo que todos engendraron. Este será periodo de vulgo, que vulgo es la desconfianza, erigida en sistema, y no otra cosa impele á los que están por diversos empujes combatidos. Entre tanto, sólo una forma artística extravagante ó la conveniencia de los más darán triunfo pasajero á todo aquello que en artes, ciencias ó gobierno se elabore.
Quisiera engañarme; pero hablo con entera convicción. No há mucho se publicaron las excelentes obras del malogrado Becquer. Leed las colecciones de los periódicos. Pocas plumas se han deslizado sobre el papel en su alabanza ó censura, y aquel conjunto de sublimes creaciones ó delicadísimos detalles pasa inadvertido ante la grosera mirada del vulgo. ¿Qué escritos han acogido los admirables poemas de Campoamor? ¿Cuáles las poesías del autor de este libro? Algún saludo amigable, apoyo más bien á la especulación industrial que reflejo de atención literaria, es todo el triunfo que puede prometerse el autor del mejor libro en estos prosaicos días. ¿Significa tal cosa que estas obras no se lean? No por cierto. Hay quien las lee, hay quienes las aprenden de memoria; pero escribir sobre ellas, manifestar pública admiración, declarar que se ha dejado uno dominar por algo... ¿A qué conduce eso? ¿Qué ventajas trae? ¿Por qué aumentar una piedra al pedestal sobre que ha de colocarse un individuo, á quien mañana quizás convenga no ver tan elevado? En las épocas en que reina el vulgo, la humanidad se parece á los líquidos por su fluida tendencia al nivel constante. Si elige un jefe, si aplaude un concepto, si compra un libro, es por hallar representada en ellos su propia vulgaridad. En semejantes momentos el genio sólo se eleva sobre la multitud, tiranizándola como Napoleón, engañándola como Sixto V, ó esperando en el reposo del retiro ó de la tumba á que tiempos mejores le hagan completa justicia.
Una cosa es popularidad y otra vulgaridad. Ser amado de las multitudes no es ir envuelto entre ellas. Popular fué Moratín, y Comellas fué vulgar. Más tuvo que luchar Washington para no dejarse arrastrar por el vulgo, que para conquistar su gloria inmarcesible, y en tales momentos es cuando debe apreciar el hombre recto, en todo lo que vale, la fortaleza de los que se resisten á exigencias del momento, prestando fidelidad á los eternos principios de lo bueno y de lo bello.
No dejarse, pues, dominar por el vulgo, ni por huir de él separarse de la verdad para dar en la extravagancia, es el punto matemático, el fiel justo é infranqueable donde debe desarrollarse el espíritu. Quien logra conseguir empresa tan dificil ha hecho una gran cosa; pero el que lo ejecuta en España, donde sólo su propia conciencia le avisa que ha obrado bien, es un héroe.
Al número de estos, y no me ciega el cariño, pertenece el autor de este libro, D. Pedro Antonio de Alarcon.