II.
Cosas que fueron titula su libro, y á la lectura de tan sencillo lema ya se conoce que habla un artista. ¡Lacrimæ rerum! exclamaba Virgilio en su hermosísimo idioma para dar idea de ese mundo de melancolías en que se cierne el espíritu, recordando tiempos que huyeron, á presencia de los mudos objetos que fueron testigos de risueños planes y desengañadoras alegrías. Cosas que fueron, es decir, esperanzas convertidas en realidades, reflejos de aquella época que fué la juventud del autor, la mía, la de todos los que hoy van encaneciendo; sueños que, gracias al milagro de la imprenta y á la fantasía del narrador, jamás perderán su magia; muertos que vivirán siempre; artistas que conquistarán inextinguibles aplausos; sucesos idos que no pasarán nunca; retratos que no se borrarán jamás; frases, suspiros, notas, lineas, paises, aventuras, galanteos, puerilidades, llantos, risas, profecías, historias, toda un alma rica de ilusiones y de observación, de gloria y de sentimientos; toda una colección de años encerrados en un libro, siempre frescos y coloreados con su vigor primitivo, á la manera que el trasparente y bruñido cristal encierra en corto espacio olorosas y puras las mil flores cuyos gérmenes, esparcidos por el extenso llano, nacieron al beso del ardiente sol de un día de primavera.
Cosas que fueron, es decir, cosas que serán siempre: pues, como dice Augusto Ferrán en sus Cantares:
No otra cosa es un recuerdo
que una esperanza perdida.
Este es el libro á que he de poner prólogo, condenado á perpetuo encierro, ante la continuada espectación del público, entre un título que lleva en sí mil promesas y una colección de trabajos que son la ejecutoria brillante de uno de los escritores más personales, más distinguidos y más espontaneos que honran nuestra moderna literatura. No sé qué mala pasada habré jugado á Alarcon, siendo niños; ignoro si querrá vengarse de algún artículo político mío, siendo hombres, ó si intentará desacreditarme para burlarse de mí, siendo viejos; pero es el caso que escribiendo estoy y aún vacilo; pues para honra mía es mucho y para mi autoridad poco, ser yo precisamente designado por él para abrir las puertas del edificio de su ingenio. ¡Quizás no teniendo otra cosa que darme en premio del afecto que le profeso, quiera regalarme un pedazo de su fama, encadenándome á sus escritos! ¡Si esto es así, sea! Ya que no pude edificar el templo de Efeso, lo destruiré. Ya que no puedo publicar un libro como éste, emborronarelo.