I.
SONRISAS HIPOCRÁTICAS.—SOLES DE INVIERNO.
Día 5 de Enero de 1858.
egún mis corresponsales, el Sol (que, como es sabido, se marchó á veranear al Paraguay y al canal de Mozambique poco antes de Ferias) llegó sin novedad el día 21 de diciembre próximo pasado al Trópico de Capricornio, donde ha permanecido algunos días tomando baños de mar.
Esta residencia del Astro-rey en aquel punto es lo que solemos llamar desde aquí solsticio de invierno. Por consiguiente, Su Majestad Solar debe de haber emprendido ya su regreso á nuestro Trópico, al cual no llegará hasta el 21 de Junio.
Seguirán entretanto haciendo sus veces en esta villa y corte las pieles, la lana, el carbón de piedra, la leña y las mujeres bonitas; á pesar de cuyo auxilio Madrid continuará tiritando como un perro del Celeste Imperio, é inspirando serios temores de morir hecho un carámbano.
Afortunadamente, los helados mueren con la sonrisa en la boca.—Así es que Madrid, á medida que se va enfriando, ríe á más y mejor, goza y se divierte como nunca, y ni afonías, ni dolores de costado, ni pulmonías, ni pleuresías, ni ataques apopléticos bastan á borrar de sus labios la mencionada hipocrática sonrisa.
Nada, pues, más delicioso (ya véis que hablo en francés puro); nada más higiénico y divertido, en estos crudísimos días de invierno, que dar un par de vueltas á pié por la Fuente-Castellana, desde las tres hasta las cuatro de la tarde, y áun por el mismo Prado, de cuatro á cinco—esto último si no es de fiesta,—bien abrigadito uno por dentro y por fuera, como suele decirse; sin dejar el cigarro de la boca, á no ser para encender otro; con las manos y el puño del bastón metidos en los bolsillos de un gabán que se le deba á Caracuel, y pensando en la gloria, en el amor y en los indispensables cien millones...
La Fuente-Castellana, con su dilatado horizonte de lontananzas espléndidas, con su diáfano, vastísimo cielo, con sus fantásticas perspectivas, en que se destacan á lo lejos las torres y las cúpulas de Madrid; con sus áridas cercanías donde proyectan largas sombras los endebles y desarropados árboles heridos por los rayos horizontales del sol poniente, no es un paraiso que digamos para los que nacimos en la feraz Andalucía; pero tiene—y esto nadie podrá negarlo—no sé qué belleza propia de las llanuras, no sé qué majestad, no sé qué embeleso, no sé qué melancolía peculiar del Desierto y del Océano, de las soledades del frío y de las soledades del calor, del Polo y del Africa, que me agrada soberanamente.
¡Dulce es, repito, dar un par de vueltas por este paseo de tres á cuatro de la tarde!—La flor de las mujeres de Madrid (que es como si dijéramos la flor de las mujeres de España, dado que toda España nos remite anualmente la flor de sus hermosuras), la flor de las españolas, pues, y, por consiguiente, las mujeres más bellas ó más seductoras del mundo, recorren á pié, en coche ó á caballo aquellas larguísimas calles arrecifadas. Las damas principales de la corte; las que menos se prodigan; aquellas que los profanos sólo alcanzan á ver alguna noche, durante una hora, en el teatro Real; las flores de invernadero; las mortales, en fín, de quienes está uno por creer que hadas misteriosas las sacan del lecho á las dos de la tarde, las bañan, perfuman y visten, y las tienden sobre un sofá ó sobre una carretela, donde siguen pensando en su hermosura...; esas reinas de la moda, emperatrices del gusto y diosas del amor, revolotean por allí como brillantes mariposas, y óyese el crugido de sus botas sobre la arena ó de su vestido contra vuestro pantalón, y aspírase un fugitivo aroma de violeta, y óyese acaso una codiciada voz, y véselas por ultimo montar en su carruaje...—operación que no ejecutan sin dar al propio tiempo el golpe de gracia á los que las miran...
Me parece que me he explicado.
II.
LA SEMANA SANTA.
«Per troppo variar natura é bella»—dicen hasta los que no saben el italiano: y es la pura verdad.
El mundo—entendiendo por mundo á los habitantes de la Tierra, y no á todos, sino á esos bípedos-implumes que los optimistas han dado en llamar racionales (lo cual, dicho en absoluto, es tan temerario como llamar oro á todo lo que reluce),—los hombres, digo, lo han comprendido así: esto es, han comprendido que la Naturaleza es bella por lo demasiado varia, y, á fín de no ser menos que su madre, han puesto todo su prurito en dar variedad á la vida civil, á la vida social, ó como queráis llamarle á esta vida de perros que llevamos los pueblos civilizados.
En su consecuencia, tenemos (ciñéndonos ahora á lo que pasa en Madrid) que de los doce meses del año no hay dos en que los descendientes del gran cesante llamado Adan distraigamos nuestros ocios de una misma manera.
Enero es el mes de los estrechos, de los aguadores y cocheros que creen en la venida periódica de los Santos Reyes, del cerdo de San Antón, del tarjeteo, de los bailes aristocráticos, de los patinadores, y de la toma de posesión de los concejales nuevos.
Febrero brilla por sus bailes de máscaras, por sus teatros caseros, por su rifa de la Inclusa y por su Carnaval plagado de estudiantinas y de hombres vestidos de mujer.
Marzo, por sus vigilias, su día de San José, sus sermones, sus novenas y sus setenarios.
Abril, por su Semana Santa.
Y no paso adelante, pues que estamos en Abril y hoy es domingo de Ramos.
¡Ved! Los mismos carpinteros que ayer improvisaban un tablado sobre las butacas de los Teatros para disponer aquellas mascaradas frenéticas de toda una noche, que terminaban siempre con la consabida galop infernal, arreglan hoy en las Iglesias los Monumentos del Jueves-Santo: las mismas damas que diableaban hace un mes en el Teatro Real bajo un antifaz de seda, ó mejor dicho, sin el antifaz que usan todo el año, se preparan hoy á pedir limosna para los niños de la Inclusa en las puertas de los templos: los tertulios de sus salones y de sus palcos, ó los ginetes que en el Prado suelen acercarse á la portezuela de sus coches, son invitados, no á una soirée, ni á una conferencia matinal en el tocador, ni á un día de campo en Aranjuez, sino á San Luis, á San Antonio de los Portugueses ó á Santo Tomás, á que contribuyan con un pedacito de oro á dejar bien puesto el pabellón de las bellas postulantes: los más empedernidos Lovelaces obedecerán el Jueves á tan piadosa intimación, después de lo cual se plantarán en frente de las iglesias á ver entrar y salir á las mujeres, lo mismo á las casadas que á las solteras y á las viudas, pareciéndose en esto á aquel de quien se dijo:
El señor don Juan de Robres,
con caridad sin igual,
hizo este santo hospital
y también hizo á los pobres.
Item.—El paseo público se traslada el Jueves á la calle de Carretas, y el Viernes á la calle Mayor.—Estos días no ruedan sobre los adoquines de la corte más carruajes que las diligencias, las sillas-correos y los carros de la limpieza. Los soldados llevan los fusiles á la funerala, con la culata hacia arriba. En lugar de campanas, suenan carracas en las torres de las iglesias. Los tambores están destemplados... de intento. La bandera nacional, izada á media asta sobre los edificios públicos, pregona el duelo. Todo, pues, ha cambiado de forma, de sitio y de hora; pero la gente es la misma, y mañana no se acordará de la compunción religiosa de hoy, como hoy no se acuerda de las calaveradas de ayer.
A los buenos católicos, que aún somos muchos en España, nos ofende este aire frívolo de la Semana Santa de Madrid; pero, en cambio, como á buenos patricios que somos también, nos llena de orgullo y de satisfacción el irresistible garbo con que las madrileñas lucen estos días por esas calles de Dios la nunca bien ponderada mantilla española.
¡La mantilla española!—¡He aquí la verdadera heroina de la Semana Santa!
Yo admiro y amo el sombrero francés; pero no puedo menos de cantar las excelencias y ventajas de la clásica mantilla, bandera nacional de nuestras mujeres...
¡Y bandera negra, vive Dios..., hasta cuando es blanca! ¡Enseña de una guerra sin cuartel! ¡Símbolo de amores á vida ó muerte!—¡Bandera tan negra como los odios, como los celos, como las trenzas de pelo regaladas á media noche y los demás enseres del guarda-ropa de las pasiones meridionales! ¡Bandera tan negra como los ojos de las mantenedoras y como la sangre de los que penan por su querer! ¡Bandera negra que no arrancarán de los hombros de nuestras andaluzas todas las ladys y demoisselles del mapa-mundi!
Pido, pues, que se coloque una mantilla nacional en la basílica de Atocha.