VI.

¡Respiremos!

Estamos en los cuarenta años.

La fea ha vuelto á ser un angel.

Es capaz de los sacrificios más heróicos.

Como no se agrada, se desvive por agradar.

Como no se ama, es toda abnegación.

¡Es la mejor amiga... hasta de las mujeres!

El mejor consuelo de los ancianos...

La mejor confidente de los niños...

¡Y la mejor protectora de los mozos! A la edad que ya tiene, cobra un maternal afecto á los galanes de las muchachas nuevas; se deja llamar fea por ellos, y les ayuda en sus empresas amorosas, con tal que sean lícitas y honestas.

Llora en los duelos de todo el mundo.

Vuelve á amar su talento, y explota sus habilidades de niña para subsistir.—¡Sus padres han muerto! ¡Sus hermanos se han casado!

Se hace querer por su docilidad, por su amable trato, por sus buenas costumbres, por su bondad exquisita.

Se vuelve filósofa; pero filósofa cristiana.

Aspira al cielo, donde no hay feas ni bonitas.

Ama á Dios, porque sabe que para Dios su fealdad es un mérito.

«¡Bienaventurados los que lloran!» dijo el Salvador del Mundo.

Visita mucho las iglesias.

Va á misa mayor á la catedral, si hay catedral, y, si no, á la colegiata, y, si tampoco hay colegiata, al templo más concurrido.

Es jugadora.

Casi siempre avara.

Algunas veces maestra de miga... (de amiga dicen los que hablan en toda regla.)

Viste muy oscuro.

Cuenta mil aventuras amorosas de su juventud.

Es muy atendida de los clérigos y de las madres de familia.

Va de tertulia á la oración, á casa de las vecinas, y nadie va á su casa.

Da días, y no los recibe.

Envejece sin haber vivido, como otoño sin primavera.

Muere, y nadie la llora.

El Evangelio le promete el cielo.

Guadix 1853.


DIARIO DE UN MADRILEÑO[3].