V.
¡Qué amable, qué política, qué complaciente es una fea!
¡Y qué cruel es el hombre!
¡Ni una palabra, ni una mirada, ni un consuelo para la hijastra de la naturaleza!
La deja consumirse de amor, de sed, de desesperación..., y no le dice:
—«¡Generoso corazón, ensánchate! ¡Toma mi alma, que vale menos que la tuya!»
Así se pasan los días de la juventud de la fea.
¡Cuántas quimeras habrá forjado en su imaginación!
¡De cuántos hombres se habrá enamorado!
¡Cuántas veces se habrá consentido!
¡Cuántas otras habrá querido morir!
—«¡Doquier hay amor, goces, casamientos, hijos!... (habrá exclamado, loca de dolor). ¡Para mí, nada!»
Y luego las novelas... ¡las novelas!
Vedla hecha una poetisa.—Pero ¡qué poetisa!—Vedla sí, envenenada, mordaz, perversa, diabólica, esgrimir una pluma y una lengua comparables á dos aguijones.
¡Venganza! ¡Venganza!—¡Su corazón ha muerto!
¡Infeliz lunar, infeliz defecto, infeliz debilidad, infelices todas las faltas que tenga la hermosura!
La crítica, la murmuración, la calumnia levantan sus cabezas de serpiente...
He aquí su grito de guerra: «¡Desprecio á los hombres! ¡Guerra al amor!»
¡Desdichada!
«¡Viva la libertad, la independencia, el celibato!»
¡Qué ironía!
¡Sarcasmos sangrientos de un orgullo despedazado!
Tiene treinta años: ¡treinta siglos de amargura!
A su alrededor todo es luz; ella sombra: todo melodía; ella silencio: todo vida; ella muerte.
¿Cómo no ha de renegar del mundo?
¿Qué le debe, sino dolor?
¡Cuántos ríos de lágrimas habrá derramado la infeliz en la soledad de su lecho!
¡Qué fiebres habrá sofocado en su corazón!
¡Qué horrorosas envidias habrán mordido las túnicas de su cerebro!
¡Qué violencia para disimular!
¡Qué torrentes de amor habrán corrido ocultos en lo más recóndito de su alma!
¡La mujer tiene que callar!—El hombre ansía, y busca: la mujer ansía, y sufre...
La hez de la sociedad es á lo menos un refugio para el feo ávido de placeres.
Pero la fea no encuentra postor en Constantinopla, ni lances de amor y fortuna en ninguna parte.