II.
Como caen de los árboles las hojas secas, para abonar la tierra que embellecieron y sombrearon, y cooperar al florecimiento de otra primavera futura, así los trastos viejos de las Ferias de Madrid (impelidos por aquel mismo viento de la caida de la pámpana que arranca á los tísicos de las alcobas y se los lleva al campo-santo) se desprenden, todos los otoños, de los sotabancos y bohardillas de la corte, y se convierten en lúgubres mueblajes para casas de huéspedes, ó en ajuares de media tijera para matrimonios nuevos.—Tal es la ley universal de lo creado.
Yo he visto (y sirva de prólogo esta digresión) hacer la testamentaría de un soltero, menor de treinta años, mantenedor de la buena causa en el Prado y en los salones, muy distante de su familia y de su aldea, y muerto repentinamente al salir de un baile de máscaras.
Era una mañana de invierno, y á la pálida luz de un día de nieve, manos profanas revolvían pañuelos bordados, cuellos de casa de Dubost, guardapelos, cartas de distintas letras, guantes, algunos napoleones y cuatro ó cinco retratos, uno de ellos conocido (lo cual costó la honra á una mujer), los demás de buenas gentes de provincia (quizá padres y hermanos), y uno, en fín, del difunto, sacado cuando era niño y dirigía sus pasos al templo de Minerva...
Flores marchitas, fechas misteriosas, nombres adorados, reliquias venerandas, el libro predilecto, el afeite malicioso, el pagaré que le quitó el sueño algunas noches, los versos que se empeñó en hacer y no supo, todo pasó ante nuestros ojos como capítulos sueltos de varias novelas, ó como números atrasados de un periódico.
Diríase que íbamos descubriendo con un escalpelo, fibra por fibra, los ventrículos de un corazón todavía caliente. Quién rompía lo peligroso; quién apartaba lo útil: esto se destinaba á la familia; aquello á la sola, á la triste, á la desconsolada amante; el dinero se dió á la Parroquia para el Entierro, y se convirtió al día siguiente en pan, legumbres y chocolate; la ropa fué á la aldea en busca del hermano menor, á quien con el tiempo le valió una conquista; tal pariente deseó un libro, tal amigo una acuarela, fulano la petaca, mengano la pluma y el sello... Y se lloró, se habló, se rió, se terminó el acto, se enterró al joven (que nada sabía de lo que pasaba), y llegó la primavera al poco tiempo, y la naturaleza no se dió por entendida de la muerte de nuestro amigo...