II.
Hallábame, pues, aquella mañana en la tal Batería, viendo con el anteojo á las lindas malagueñas que se creían más solas y menos observadas en sus gabinetes, patios ó azoteas, y saludando á mis amigos con tal ó cual toque de corneta, cuando, en un momento de descanso, distinguí á la simple vista..., allá, en la orilla del Guadalmedina, junto á una solitaria torre..., un numeroso grupo de gente, enmedio del cual brillaban algunas armas.
Puse hacia allí la dirección del anteojo, y ví un gran cuadro de tropa, fuera del cual se agitaba mucha gente.
¿Qué era aquello?
Acostumbrado á los simulacros de los llanos de Armilla de Granada y del Campo de Guardias de Madrid, creí que iba á asistir á un ensayo de guerra..., ¡y me alegré!
Pero ¡ah! esta vez no se trataba de un simulacro.
He de advertir que, merced al anteojo, distinguía yo hasta las caras de aquella muchedumbre, como si las viese á dos pasos de distancia.
Estaba, pues, en medio del gentío..., tocándolo con la mano...
De pronto ví salir de la ciudad y caminar hacia aquel sitio una hilera de Niños... de la Providencia, como dicen allá.
Iban con sus saquitos negros, con su melancólica apostura, con su triste condición en la frente.
¿Qué representaban allí aquellos parias de la humanidad?
Llegaron al fín, y penetraron en el cuadro, donde quedaron inmóviles, con las manos cruzadas...
Una punzante idea bajó de mi cabeza á mi corazón...
¡Las oraciones y las armas sólo van unidas delante ó detrás de la Muerte!
El día se iba ennegreciendo á mis ojos.
Poco después entró un hombre en el cuadro de tropa, llevando un mueble, que dejó en tierra.
La interposición de su cuerpo no me dejó clasificar aquel mueble; pero, en cambio, advertí que lo clavaba en el suelo.
Apartóse el hombre en seguida..., y ya lo comprendí todo.
Era una silla cenicienta, sin más espaldar que un palo, y con un solo pié.
Iban á fusilar á alguien.