III.

Nace la fea. Todos le ponen mala cara: el padre retrocede: la madre se abochorna: después la compadece...: finalmente la oculta.

¡No está orgullosa de su hija!... Acaso teme también que diga alguna comadre:—¡Vecina! ¡Cómo se parece á usted!

A la hijastra de la naturaleza se la cree indigna de un nombre francés ó italiano: se llamará (nada de Julia, nada de Eduarda, nada de Isolina, nada de Amelia) Anselma, Bonifacia, Cuasimoda ó cosa de este jaez.

Los primeros años de la fea están descritos admirablemente por Honorato Balzac en aquellos tipos relegados, encogidos, tímidos, dolientes, víctimas de la doméstica tiranía y juguetes de la cruel hermosura que figuran en muchas de sus obras.

Y aquí debemos advertir que hay feas de ¡Jesús!, de ¡Jesús María! y de ¡Jesús, María y José!

Esta última (que es aquella que no tiene nariz, ó que la tiene de á tercia, y que es bizca, y jorobada, y coja, y cuyos dientes cuelgan fuera de los labios como los colmillos del elefante) vive libre y exenta de las mortales dudas, de los crueles engaños y de otros sinsabores propios y privativos de la fea perfecta, de la fea por antonomasia.—Un monstruo no es mujer.—Su desventura causa general compasión, y esto le basta al triste aborto que hemos descrito.

La primera (que, sin ser hermosa, ni tan siquiera pasable, llega á pasar alguna vez, ó porque tropieza con un hombre de gusto revesado, ó porque un filósofo dispensa lo grotesco del dibujo por la buena calidad, ó buenas cualidades, del género); la fea de ¡Jesús!, digo, no merece tampoco que hablemos de ella.

¡La de ¡Jesús María!, la de en medio, es la fatal, la predestinada, la elegida del dolor, la víctima de los dioses!

¡Otra vez el término medio!

Desgarbada, verde, larga de piernas y brazos, con el cuello de agarrotada, las manos huesosas, la mirada repugnante, aunque impregnada de cierta melancolía, la boca inútil para la risa,—meteoro fisonómico que en ella es una atroz descomposición,—sin armonía en las facciones, con la boca algo distante de la nariz, con la nariz demasiado cerca ó demasiado lejos de los ojos, con los dientes dislocados, con las orejas un poco grandes...—¡Hela ahí!

Es hábil, ingeniosa: ella sola se ha enseñado á leer, á escribir, á coser, á bordar, á hacer calceta, á picar papel y á fabricar dulces, flores de trapo y otras manufacturas primorosas.

Sabe religión y moral; tiene todo el almanaque en la memoria y el Flos sanctorum en la punta de los dedos; conoce muchos cuentos de vieja y es muy beata.

No hay para qué deciros que todas estas habilidades son nuevas ridiculeces á los ojos de sus hermanos, de sus amigos y de todo el mundo, excepto á los de su madre.

Su madre le tiene un rencoroso amor, una profunda lástima: comprende su situación, y adivina su porvenir... La esconde, pues, la proteje, y la quiere más que á todos sus hijos... al cabo de cierto tiempo.—¿Sabéis por qué?—¡Porque la hermosura no llega nunca á la abnegación santa de la fealdad, y la abnegación de los hijos es la delicia de los padres!—Fuera de que ya ha dicho Luis Eguílaz, con muchísima razón, que

siempre el padre quiere más
al hijo que vale menos.

Una fea no tiene amor propio. ¡He aquí la fuente de mil virtudes!

Pero no adelantemos los sucesos.

Entre su niñez de angel y su mayor edad de santa, nuestra heroina tiene que pasar algunos años de demonio, ó más bien algunos años de infierno.

Durante su niñez, la sin ventura no cambiaría sus habilidades y su talento por la estúpida belleza de sus hermanas...

¡Aún no sabe lo que le espera!

Aún no conoce el amor...

Así llega á los catorce años.

Y aquí principia el poema del alma: aquí principia la tragedia del corazón: aquí principia el martirio de la fea.