V.

Han pasado dos horas.

Son las nueve de la noche.

Tengo dinero.

¿Dónde cenaré?

Mis amigos, más felices que yo, olvidarán su soledad en el estruendo de una orgía.

—«¡La noche es de vino!»—exclamaban hace poco rato.

Yo no he querido ser de la partida.—Yo he atravesado ya, sin ahogarme, ese mar rojo de la juventud.

—«La noche es de lágrimas»—les he contestado.

Mis tertulias están en los teatros.—¡Los madrileños celebran la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo oyendo disparatar á los comediantes!

Algunas familias, en las que soy extranjero, me han querido dar la limosna de su calor doméstico, convidándome á comer,—¡porque ya no cenamos!...—Pero yo no he ido; yo no quiero eso; yo busco mi cena pascual, la colación de Noche-buena, mi casa, mi familia, mis tradiciones, mis recuerdos, las antiguas alegrías de mi alma... ¡la Religión que me enseñaron cuando niño!