VI.

¡Ah! Madrid es una posada.

En noches como esta se conoce lo que es Madrid.

Hay en la corte una población flotante, heterogenea, exótica, que pudiera compararse á la de los puertos francos, á la de los presidios, á la de las casas de locos.

Aquí hacen alto todos los viajeros que van de paso al porvenir, al reino fantástico de la ambición, ó los que vuelven de la miseria y del crimen...

La mujer hermosa viene aquí á casarse ó á prostituirse.

La pasiega deshonrada á críar.

El mayorazgo á arruinarse.

El literato por gloria.

El diputado á ser ministro.

El hombre inutil por un empleo.

Y el sabio, el inventor, el cómico, el gigante, el enano; así el que tiene una rareza en el alma, como el que la tiene en el cuerpo; lo mismo el monstruo de siete brazos ó de tres narices, que el filósofo de doble vista; el charlatán y el reformador; el que escribe melodías y el que hace billetes falsos, todos vienen á vivir algún tiempo á esta inmensa casa de huéspedes.

Los que logran hacerse notar, los que encuentran quién los compre, los que se enriquecen á costa de sí mismos, se tornan en posaderos, en caseros, en dueños de Madrid, olvidándose del suelo en que nacieran...

Pero nosotros, los caminantes, los inquilinos, los forasteros, nos damos cuenta esta noche de que Madrid es un vivac, un destierro, una prisión, un purgatorio...

Y por la primera vez en todo el año conocemos que ni el café, ni el teatro, ni el casino, ni la fonda, ni la tertulia son nuestra casa...

Es más; ¡conocemos que nuestra casa no es nuestra casa!