JORNADA PRIMERA.


Arboleda inmediata á un camino que se dirige á Sena.

ESCENA PRIMERA.

MENGA, GIL.

Menga.

(Dentro.) ¡Verá por dó va la burra!

Gil.

(Dentro.) Jo, dimuño; jo mohina.

Menga.

Ya verá por dó camina:

Arre acá.

Gil.

¡El diabro te aburra!

¿No hay quien una cola tenga,

Pudiendo tenella mil? (Salen.)

Menga.

¡Buena hacienda has hecho, Gil!

Gil.

¡Buena hacienda has hecho, Menga,

Pues tú la culpa tuviste!

Que como ibas caballera,

Que en el hoyo se metiera

Al oido la dijiste,

Por hacerme regañar.

Menga.

Por verme caer á mí,

Se lo dijiste, eso sí.

Gil.

¿Cómo la hemos de sacar?

Menga.

¿Pues en el lodo la dejas?

Gil.

No puede mi fuerza sola.

Menga.

Yo tiraré de la cola,

Tira tú de las orejas.

Gil.

Mejor remedio sería

Hacer el que aprovechó

A un coche, que se atascó

En la corte esotro dia.

Este coche, Dios delante,

Que arrastrado de dos potros,

Parecia entre los otros

Pobre coche vergonzante;

Y por maldicion muy cierta

De sus padres (¡hado esquivo!)

Iba de estribo en estribo,

Ya que no de puerta en puerta;

En un arroyo atascado,

Con ruegos el caballero,

Con azotes el cochero,

Ya por fuerza, ya por grado,

Ya por gusto, ya por miedo,

Que saliesen procuraban:

Por recio que lo mandaban,

Mi coche quedo que quedo.

Viendo que no importan nada

Cuantos remedios hicieron,

Delante el coche pusieron

Un harnero de cebada.

Los caballos, por comer,

De tal manera tiraron,

Que tosieron y arrancaron;

Y esto podemos hacer.

Menga.

¡Que nunca valen dos cuartos

Tus cuentos!

Gil.

Menga, yo siento

Ver un animal hambriento,

Donde hay animales hartos.

Menga.

Voy al camino á mirar

Si pasa de nuestra aldea

Gente, cualquiera que sea,

Porque te venga á ayudar,

Pues te das tan pocas mañas.

Gil.

¿Vuelves, Menga, á tu porfía?

Menga.

¡Ay burra del alma mia! (Vase.)

ESCENA II.

GIL.

¡Ay burra de mis entrañas!

Tú fuiste la más honrada

Burra de toda la aldea;

Que no ha habido quien te vea

Nunca mal acompañada.

No eres nada callejera:

De mijor gana te estabas

En tu pesebre, que andabas

Cuando te llevaban fuera.

Pues ¿altanera y liviana?

Bien me atrevo á jurar yo

Que ningun burro la vió

Asomada á la ventana.

Yo sé que no merecia

Su lengua desdicha tal;

Pues jamás por habrar mal

Dijo: Aquesta boca es mia.

Pues como á ella la sobre

De lo que comiendo está,

Luego al punto se lo da

A alguna borrica pobre. (Ruido dentro.)

Mas ¿qué ruido es este? Allí

De dos caballos se apean

Dos hombres, y hácia mí vienen,

Despues que atados los dejan.

¡Descoloridos, y al campo

De mañana! Cosa es cierta

Que comen barro, ó están

Opilados. Mas ¿si fueran

Bandoleros? ¡Aquí es ello!

Pero lo que fuere sea,

Aquí me escondo: que andan,

Que corren, que salen, que entran.

(Escóndese.)

ESCENA III.

EUSEBIO, LISARDO.—GIL, escondido.

Lisardo.

No pasemos adelante,

Porque esta estancia encubierta

Y apartada del camino,

Es para mi intento buena.

Sacad, Eusebio, la espada;

Que yo de aquesta manera,

A los hombres como vos

Saco á reñir.

Eusebio.

Aunque tenga

Bastante causa en haber

Llegado al campo, quisiera

Saber lo que á vos os mueve.

Decid, Lisardo, la queja

Que de mí teneis.

Lisardo.

Son tantas,

Que falta voz á la lengua,

Razones á la razon,

Y al sufrimiento paciencia.

Quisiera, Eusebio, callarlas,

Y áun olvidarlas quisiera;

Porque cuando se repiten,

Hacen de nuevo la ofensa.

¿Conoceis estos papeles?

Eusebio.

Arrojadlos en la tierra,

Y los alzaré.

Lisardo.

Tomad.

¿Qué os suspendeis? ¿Qué os altera?

Eusebio.

¡Mal haya el hombre, mal haya

Mil veces aquel que entrega

Sus secretos á un papel!

Porque es disparada piedra

Que se sabe quién la tira,

Y no se sabe á quién llega.

Lisardo.

¿Habeislos ya conocido?

Eusebio.

Todos están de mi letra,

Que no la puedo negar.

Lisardo.

Pues yo soy Lisardo, en Sena,

Hijo de Lisardo Curcio.

Bien excusadas grandezas

De mi padre consumieron

En breve tiempo la hacienda

Que los suyos le dejaron;

Que no sabe cuánto yerra

Quien, por excesivos gastos,

Pobres á sus hijos deja.

Pero la necesidad,

Aunque ultraje la nobleza,

No excusa de obligaciones

A los que nacen con ellas.

Julia, pues (¡saben los cielos

Cuánto el nombrarla me pesa!),

Ó no supo conservarlas,

Ó no llegó á conocerlas.

Pero al fin, Julia es mi hermana;

¡Pluguiera á Dios no lo fuera!

Y advertid que no se sirven

Las mujeres de sus prendas

Con amorosos papeles,

Con razones lisonjeras,

Con ilícitos recados,

Ni con infames terceras.

No os culpo en el todo á vos;

Que yo confieso que hiciera

Lo mismo, á darme una dama

Para servirla licencia.

Pero cúlpôs en la parte

De ser mi amigo, y en esta

Con más culpa os comprehende

La culpa que tuvo ella.

Si mi hermana os agradó

Para mujer (que no era

Posible, ni yo lo creo

Que os atrevierais á verla

Con otro fin, ni áun con este;

Pues ¡vive Dios! que quisiera,

Ántes que con vos casada,

Mirarla á mis manos muerta):

En fin, si vos la elegisteis

Para mujer, justo fuera

Descubrir vuestros deseos

Á mi padre, ántes que á ella.

Este era término justo,

Y entónces mi padre viera

Si le estaba bien el darla,

Que pienso que no os la diera;

Porque un caballero pobre,

Cuando en cosas como estas

No puede medir iguales

La calidad y la hacienda,

Por no deslucir su sangre

Con una hija doncella,

Hace sagrado un convento;

Que es delito la pobreza.

Aqueste á Julia mi hermana

Con tanta prisa la espera,

Que mañana ha de ser monja,

Por voluntad ó por fuerza.

Y porque no será bien

Que una religiosa tenga

Prendas de tan loco amor

Y de voluntad tan necia,

Á vuestras manos las vuelvo,

Con resolucion tan ciega,

Que no sólo he de quitarlas,

Mas tambien la causa dellas.

Sacad la espada, y aquí

El uno de los dos muera,

Vos, porque no la sirvais,

Ó yo, porque no lo vea.

Eusebio.

Tened, Lisardo, la espada,

Y pues yo he tenido flema

Para oir desprecios mios,

Escuchadme la respuesta.

Y aunque el discurso sea largo

De mi suceso, y parezca

Que, estando solos los dos,

Es demasiada paciencia;

Pues que ya es fuerza reñir,

Y morir el uno es fuerza;

Por si los cielos permiten

Que yo el infelice sea,

Oid prodigios que admiran

Y maravillas que elevan;

Que no es bien que con mi muerte

Eterno silencio tengan.

Yo no sé quién fué mi padre;

Pero sé que la primera

Cuna fué el pié de una Cruz,

Y el primer lecho una piedra.

Raro fué mi nacimiento,

Segun los pastores cuentan,

Que desta suerte me hallaron

En la falda de esas sierras.

Tres dias dicen que oyeron

Mi llanto, y que á la aspereza

Donde estaba, no llegaron

Por el temor de las fieras,

Sin que alguna me ofendiese;

Pero ¿quién duda que era

Por respeto de la Cruz,

Que tenía en mi defensa?

Hallóme un pastor, que acaso

Buscó una perdida oveja

En la aspereza del monte,

Y trayéndome á la aldea

De Eusebio, que no sin causa

Estaba entónces en ella,

Le contó mi prodigioso

Nacimiento, y la clemencia

Del cielo asistió á la suya.

Mandó en fin que me trajeran

A su casa, y como á hijo

Me dió la crianza en ella.

Eusebio soy de la Cruz,

Por su nombre, y por aquella

Que fué mi primera guía,

Y fué mi guarda primera.

Tomé por gusto las armas,

Por pasatiempo las letras;

Murió Eusebio, y yo quedé

Heredero de su hacienda.

Si fué prodigioso el parto,

No lo fué ménos la estrella

Que enemiga me amenaza,

Y piadosa me reserva.

Tierno infante era en los brazos

Del ama, cuando mi fiera

Condicion, bárbara en todo,

Dió de sus rigores muestra;

Pues con solas las encías,

No sin diabólica fuerza,

Partí el pecho de quien tuve

El dulce alimento; y ella,

Del dolor desesperada,

Y de la cólera ciega,

En un pozo me arrojó,

Sin que ninguno supiera

De mí. Oyéndome reir,

Bajaron á él, y cuentan

Que estaba sobre las aguas,

Y que con las manos tiernas

Tenía una Cruz formada

Y sobre los labios puesta.

Un dia que se abrasaba

La casa, y la llama fiera

Cerraba el paso á la huida,

Y á la salida la puerta,

Entre las llamas estuve

Libre, sin que me ofendieran:

Y advertí despues, dudando

Que haya en el fuego clemencia,

Que era dia de la Cruz.

Tres lustros contaba apénas,

Cuando por el mar fuí á Roma,

Y en una brava tormenta,

Desesperada mi nave

Chocó en una oculta peña:

En pedazos dividida,

Por los costados abierta;

Abrazado de un madero

Salí venturoso á tierra,

Y este madero tenía

Forma de Cruz. Por las sierras

De esos montes caminaba

Con otro hombre, y en la senda

Que dos caminos partia,

Una Cruz estaba puesta.

En tanto que me quedé

Haciendo oracion en ella,

Se adelantó el compañero;

Y despues dándome priesa

Para alcanzarle, le hallé

Muerto á las manos sangrientas

De bandoleros. Un dia,

Riñendo en una pendencia,

De una estocada caí,

Sin que hiciese resistencia,

En la tierra; y cuando todos

Pensaron hallarla ajena

De remedio, sólo hallaron

Señal de la punta fiera

En una Cruz que traia

Al cuello, que en mi defensa

Recibió el golpe. Cazando

Una vez por la aspereza

Deste monte, se cubrió

El cielo de nubes negras,

Y publicando con truenos

Al mundo espantosa guerra,

Lanzas arrojaba en agua,

Balas disparaba en piedras.

Todos hicieron las hojas

Contra las nubes defensa,

Siendo ya tiendas de campo

Las más ocultas malezas;

Y un rayo, que fué en el viento

Caliginoso cometa,

Volvió en ceniza á los dos

Que de mí estaban más cerca.

Ciego, turbado y confuso

Vuelvo á mirar lo que era,

Y hallé á mi lado una Cruz,

Que yo pienso que es la mesma

Que asistió á mi nacimiento,

Y la que yo tengo impresa

En los pechos; pues los cielos

Me han señalado con ella,

Para públicos efectos

De alguna causa secreta.

Pero aunque no sé quién soy,

Tal espíritu me alienta,

Tal inclinacion me anima,

Y tal ánimo me fuerza,

Que por mí me da valor

Para que á Julia merezca;

Porque no es más la heredada,

Que la adquirida nobleza.

Este soy, y aunque conozco

La razon, y aunque pudiera

Dar satisfaccion bastante

A vuestro agravio, me ciega

Tanto la pasion de veros

Hablando de esa manera,

Que ni os quiero dar disculpa,

Ni os quiero admitir la queja;

Y pues quereis estorbar

Que yo su marido sea;

Aunque su casa la guarde,

Aunque un convento la tenga,

De mí no ha de estar segura;

Y la que no ha sido buena

Para mujer, lo será

Para dama: así desea,

Desesperado mi amor

Y ofendida mi paciencia,

Castigar vuestro desprecio,

Y satisfacer mi afrenta.

Lisardo.

Eusebio, donde el acero

Ha de hablar, calle la lengua.

(Sacan las espadas, y riñen; Lisardo cae en el suelo, y procurando levantarse, torna á caer.)

¡Herido estoy!

Eusebio.

¿Y no muerto?

Lisardo.

No, que en los brazos me queda

Aliento para... ¡Ay de mí!

Faltó á mis plantas la tierra.

Eusebio.

Y falte á tu voz la vida.

Lisardo.

No me permitas que muera

Sin confesion.

Eusebio.

¡Muere, infame!

Lisardo.

No me mates, por aquella

Cruz en que Cristo murió.

Eusebio.

Aquesa voz te defienda

De la muerte. Alza del suelo;

Que cuando por ella ruegas,

Falta rigor á la ira,

Y falta á los brazos fuerza.

Alza del suelo.

Lisardo.

No puedo;

Porque ya en mi sangre envuelta

Voy despreciando la vida,

Y el alma pienso que espera

Á salir, porque entre tantas

No sabe cuál es la puerta.

Eusebio.

Pues fíate de mis brazos,

Y anímate; que aquí cerca

De unos penitentes monjes

Hay una ermita pequeña,

Donde podrás confesarte

Si vivo á sus puertas llegas.

Lisardo.

Pues yo te doy mi palabra,

Por esa piedad que muestras,

Que si yo merezco verme

En la divina presencia

De Dios, pediré que tú

Sin confesarte no mueras.

(Llévale Eusebio en brazos.)

Gil.

¡Han visto lo que le debe!

La caridad está buena;

Pero yo se la perdono.

¡Matarle y llevarle á cuestas!

ESCENA IV.

BRAS, TIRSO, MENGA, TORIBIO.—GIL.

Toribio.

¿Aquí dices que quedaba?

Menga.

Aquí se quedó con ella.

Tirso.

Mírale allí embelesado.

Menga.

Gil, ¿qué mirabas?

Gil.

¡Ay Menga!

Tirso.

¿Qué te ha sucedido?

Gil.

¡Ay Tirso!

Toribio.

¿Qué viste? Dános respuesta.

Gil.

¡Ay Toribio!

Bras.

Dí, ¿qué tienes,

Gil, ó de qué te lamentas?

Gil.

¡Ay Bras, ay amigos mios!

No lo sé más que una bestia.

Matóle y cargó con él,

Sin duda á salar le lleva.

Menga.

¿Quién le mató?

Gil.

¿Qué sé yo?

Tirso.

¿Quién murió?

Gil.

No sé quién era.

Toribio.

¿Quién cargó?

Gil.

¿Qué sé yo quién?

Bras.

¿Y quién le llevó?

Gil.

Quienquiera.

Pero porque lo sepais,

Venid todos.

Tirso.

¿Dó nos llevas?

Gil.

No lo sé, pero venid,

Que los dos van aquí cerca. (Vanse.)


Sala en casa de Curcio, en Sena.

ESCENA V.

JULIA, ARMINDA.

Julia.

Déjame, Arminda, llorar

Una libertad perdida,

Pues donde acaba la vida,

Tambien acaba el pesar.

¿Nunca has visto de una fuente

Bajar un arroyo manso,

Siendo apacible descanso

El valle de su corriente;

Y cuando le juzgan falto

De fuerza las flores bellas,

Pasa por encima dellas

Rompiendo por lo más alto?

Pues mis penas, mis enojos

La misma experiencia han hecho;

Detuviéronse en el pecho,

Y salieron por los ojos.

Deja que llore el rigor

De un padre.

Arminda.

Señora, advierte...

Julia.

¿Qué más venturosa suerte

Hay, que morir de dolor?

Pena que deja vencida

La vida, ser gloria ordena;

Que no es muy grande la pena

Que no acaba con la vida.

Arminda.

¿Que novedad obligó

Tu llanto?

Julia.

¡Ay, Arminda mia!

Cuantos papeles tenía

De Eusebio, Lisardo halló

En mi escritorio.

Arminda.

¿Pues él

Supo que estaban allí?

Julia.

Como aqueso contra mí

Hará mi estrella cruel.

Yo (¡ay de mí!) cuando le vía

El cuidado con que andaba,

Pensó que lo sospechaba,

Pero no que lo sabía.

Llegó á mí descolorido,

Y entre apacible y airado,

Me dijo que habia jugado,

Arminda, y que habia perdido:

Que una joya le prestase

Para volver á jugar.

Por presto que la iba á dar,

No aguardó á que la sacase:

Tomó él la llave y abrió

Con una cólera inquieta,

Y en la primera naveta

Los papeles encontró.

Miróme y volvió á cerrar.

Y sin decir nada (¡ay Dios!)

Buscó á mi padre, y los dos

(¿Quién duda es para tratar

Mi muerte?) gran rato hablaron

Cerrados en su aposento;

Salieron, y hácia el convento

Los dos sus pasos guiaron,

Segun Octavio me dijo.

Y si lo que está tratado

Ya mi padre ha efectuado,

Con justa causa me aflijo;

Porque si de aquesta suerte

Que olvide á Eusebio desea,

Ántes que monja me vea,

Yo misma me daré muerte.

ESCENA VI.

EUSEBIO.—Dichas.

Eusebio.

(Ap. Ninguno tan atrevido,

Si no tan desesperado,

Viene á tomar por sagrado

La casa del ofendido.

Ántes que sepa la muerte

De Lisardo Julia bella,

Hablar quisiera con ella,

Porque á mi tirana suerte

Algun remedio consigo

Si, ignorado mi rigor,

Puede obligarla el amor

Á que se vaya conmigo;

Y cuando llegue á saber

De Lisardo el hado injusto,

Hará de la fuerza gusto

Mirándose en mi poder.)

Hermosa Julia.

Julia.

¿Qué es esto?

¿Tú en esta casa?

Eusebio.

El rigor

De mi desdicha y tu amor

En tal peligro me ha puesto.

Julia.

Pues ¿cómo has entrado aquí

Y emprendes tan loco extremo?

Eusebio.

Como la muerte no temo.

Julia.

¿Qué es lo que intentas así?

Eusebio.

Hoy obligarte deseo,

Julia, porque agradecida

Des á mi amor nueva vida,

Nueva gloria á mi deseo.

Yo he sabido cuánto ofende

Á tu padre mi cuidado:

Que á su noticia ha llegado

Nuestro amor, y que pretende

Que tú recibas mañana

El estado que desea,

Para que mi dicha sea,

Como mi esperanza, vana.

Si ha sido gusto, si ha sido

Amor el que me has mostrado,

Si es verdad que me has amado,

Si es cierto que me has querido,

Vente conmigo; pues ves

Que no tiene resistencia

De tu padre la obediencia,

Deja tu casa; y despues

Que habrá mil remedios piensa;

Pues ya en mi poder, es justo

Que haga de la fuerza gusto,

Y obligacion de la ofensa.

Villas tengo en que guardarte,

Gente con que defenderte,

Hacienda para ofrecerte

Y un alma para adorarte.

Si darme vida deseas,

Si es verdadero tu amor,

Atrévete, ó el dolor

Hará que mi muerte veas.

Julia.

Oye, Eusebio.

Arminda.

Mi señor

Viene, señora.

Julia.

¡Ay de mí!

Eusebio.

¿Pudiera hallar contra mí

La fortuna más rigor?

Julia.

¿Podrá salir?

Arminda.

No es posible

Que se vaya; porque ya

Llamando á la puerta está.

Julia.

¡Grave mal!

Eusebio.

¡Pena terrible!

¿Qué haré?

Julia.

Esconderte es forzoso.

Eusebio.

¿Dónde?

Julia.

En aquese aposento.

Arminda.

Presto, que sus pasos siento.

(Escóndese Eusebio.)

ESCENA VII.

CURCIO.—JULIA, ARMINDA; EUSEBIO, escondido.

Curcio.

Hija, si por el dichoso

Estado que tú codicias,

Y que ya seguro tienes,

No das á mis parabienes

La vida y alma en albricias,

Del deseo que he tenido

No agradeces el cuidado.

Todo queda efectuado,

Y todo tan prevenido,

Que sólo falta ponerte

La más bizarra y hermosa,

Para ser de Cristo esposa:

Mira ¡qué dichosa suerte!

Hoy aventajas á todas

Cuantas se ven envidiar,

Pues te verán celebrar

Aquestas divinas bodas.

¿Qué dices?

Julia.

(Ap.)¿Qué puedo hacer?

Eusebio.

(Ap.) Yo me doy la muerte aquí,

Si ella le dice que sí.

Julia.

(Ap. No sé cómo responder.)

Bien, señor, la autoridad

De padre, que es preferida,

Imperio tiene en la vida;

Pero no en la libertad.

¿Pues que supiera ántes yo

Tu intento, no fuera bien?

¿Y que tú, señor, tambien

Supieras mi gusto?

Curcio.

No,

Que sola mi voluntad

En lo justo, ó en lo injusto,

Has de tener tú por gusto.

Julia.

Sólo tiene libertad

Un hijo para escoger

Estado; que el hado impío

No fuerza el libre albedrío.

Déjame pensar y ver

Despacio eso; y no te espante

Ver que término te pida;

Que el estado de una vida

No se toma en un instante.

Curcio.

Basta que yo lo he mirado,

Y yo por tí he dado el sí.

Julia.

Pues si tú vives por mí,

Toma tambien por mí estado.

Curcio.

¡Calla, infame! ¡calla, loca!

Que haré de aquese cabello

Un lazo para tu cuello,

Ó sacaré de tu boca

Con mis manos la atrevida

Lengua, que de oir me ofendo.

Julia.

La libertad te defiendo,

Señor, pero no la vida.

Acaba su curso triste,

Y acabará tu pesar;

Que mal te puedo negar

La vida que tú me diste:

La libertad que me dió

El cielo, es la que te niego.

Curcio.

En este punto á crêr llego

Lo que el alma sospechó,

Que no fué buena tu madre,

Y manchó mi honor alguno;

Pues hoy tu error importuno

Ofende el honor de un padre,

A quien el sol no igualó,

En resplandor y belleza,

Sangre, honor, lustre y nobleza.

Julia.

Eso no he entendido yo,

Por eso no he respondido.

Curcio.

Arminda, salte allá fuera. (Vase.)

ESCENA VIII.

CURCIO, JULIA.

Curcio.

Y ya que mi pena fiera

Tantos años he tenido

Secreta, de mis enojos

La ciega pasion obliga

A que la lengua te diga

Lo que te han dicho los ojos.

La señoría de Sena,

Por dar á mi sangre fama,

En su nombre me envió

A dar la obediencia al papa

Urbano Tercio. Tu madre,

Que con opinion de santa

Fué en Sena comun ejemplo

De las matronas romanas,

Y áun de las nuestras (no sé

Cómo mi lengua la agravia;

Mas ¡ay infelice! tanto

La satisfaccion engaña),

En Sena quedó, y yo estuve

En Roma con la embajada

Ocho meses; porque entónces

Por concierto se trataba

Que esta señoría fuese

Del pontífice: Dios haga

Lo que á su estado convenga,

Que aquí importa poco ó nada.

Volví á Sena, y hallé en ella...

Aquí el aliento me falta,

Aquí la lengua enmudece,

Y aquí el ánimo desmaya.

Hallé (¡ay injusto temor!)

A tu madre tan preñada,

Que para el infeliz parto

Cumplia las nueve faltas.

Ya me habia prevenido

Por sus mentirosas cartas

Esta desdicha, diciendo

Que, cuando me fuí, quedaba

Con sospecha; y yo la tuve

De mi deshonra tan clara,

Que discurriendo mi agravio,

Imaginé mi desgracia.

No digo que verdad sea;

Mas quien tiene sangre hidalga,

No ha de aguardar á creer,

Quel imaginar le basta.

¿Qué importa que un noble sea

Desdichado (¡oh ley tirana

De honor! ¡oh bárbaro fuero

Del mundo!) si la ignorancia

Le disculpa? Mienten, mienten

Las leyes; porque no alcanza

Los misterios al efecto

Quien no previene la causa.

¿Qué ley culpa á un inocente?

¿Qué opinion á un libre agravia?

Miente otra vez; que no es

Deshonra, sino desgracia.

¡Bueno es que en leyes de honor

Le comprenda tanta infamia

Al Mercurio que le roba,

Como al Argos que le guarda!

¿Qué deja el mundo, qué deja,

Si así al inocente infama,

De deshonra, para aquel

Que lo sabe y que lo calla?

Yo entre tantos pensamientos,

Yo entre confusiones tantas,

Ni ví regalo en la mesa,

Ni hice descanso en la cama.

Tan desabrido conmigo

Estuve, que me trataba

Como ajeno el corazon,

Y como á tirano el alma.

Y aunque á veces discurria

En su abono, y aunque hallaba

Verisímil la disculpa,

Pudo en mí tanto la instancia

Del temer que me ofendia,

Que con saber que fué casta,

Tomé de mis pensamientos,

No de sus culpas, venganza.

Y porque con más secreto

Fuese, previne una caza

Fingida, porque á un celoso

Ficciones sólo le agradan.

Al monte fuí, y cuando todos

Entretenidos estaban

En su alegre regocijo,

Con amorosas palabras

(¡Qué bien las dice quien miente!

¡Qué bien las cree quien ama!)

Llevé á Rosmira, tu madre,

Por una senda apartada

Del camino, y divertida

Llegó á una secreta estancia

Deste monte, á cuyo albergue

El sol ignoró la entrada,

Porque se la defendian

Rústicamente enlazadas,

Por no decir que amorosas,

Árboles, hojas y ramas.

Aquí, pues, adonde apénas

Huella imprimió mortal planta,

Solos los dos...

ESCENA IX.

ARMINDA.—Dichos.

Arminda.

Si el valor,

Que el noble pecho acompaña,

Señor, y si la experiencia

Que te han dado honrosas canas,

En la desdicha presente

No te niega ó no te falta,

Exámen será el valor

De tu ánimo.

Curcio.

¿Qué causa

Te obliga á que así interrumpas

Mi razon?

Arminda.

Señor...

Curcio.

Acaba;

Que más la duda me ofende.

Julia.

¿Por qué te suspendes? Habla.

Arminda.

No quisiera ser la voz

De mi pena y tu desgracia.

Curcio.

No temas decirla tú,

Pues yo no temo escucharla.

Arminda.

A Lisardo, mi señor...

Eusebio.

Esto sólo me faltaba.

Arminda.

Bañado en su sangre traen,

En una silla por andas,

Cuatro rústicos pastores,

Muerto (¡ay Dios!) á puñaladas;

Mas ya á tu presencia llega:

No le veas.

Curcio.

¡Cielos! ¿Tantas

Penas para un desdichado?

¡Ay de mí!

ESCENA X.

GIL, MENGA, TIRSO, BRAS y TORIBIO, que traen á LISARDO muerto en una silla.—Dichos.

Julia.

Pues ¿qué inhumana

Fuerza ensangrentó la ira

En su pecho? ¿Qué tirana

Mano se bañó en mi sangre,

Contra su inocencia airada?

¡Ay de mí!

Arminda.

Mira, señora...

Bras.

No llegues á verle.

Curcio.

Aparta.

Tirso.

Detente, señor.

Curcio.

Amigos,

No puede sufrirlo el alma.

Dejadme ver ese cadáver frio,

Depósito infeliz de heladas venas,

Ruina del tiempo, estrago del impío

Hado, teatro funesto de mis penas.

¿Qué tirano rigor (¡ay hijo mio!)

Trágico monumento en las arenas

Construyó, porque hiciese en quejas vanas

Mortaja triste de mis blancas canas?

¡Ay amigos! decid: ¿quién fué homicida

De un hijo, en cuya vida yo animaba?

Menga.

Gil lo dirá, que, al verle dar la herida,

Oculto entre unos árboles estaba.

Curcio.

Dí, amigo, dí, ¿quién me quitó esta vida?

Gil.

Yo solo sé que Eusebio se llamaba

Cuando con él reñia.

Curcio.

¿Hay más deshonra?

Eusebio me ha quitado vida y honra.

(A Julia.)

Disculpa agora tú de sus crueles

Deseos la ambicion; dí que concibe

Casto amor, pues, á falta de papeles,

Lascivos gustos con tu sangre escribe.

Julia.

Señor...

Curcio.

No me respondas como sueles:

A tomar hoy estado te apercibe,

O apercibe tambien á tu hermosura,

Con Lisardo temprana sepultura.

Los dos á un tiempo el sentimiento esquivo,

En este dia sepultar concierta,

El muerto al mundo, en mi memoria vivo,

Tú, viva al mundo, en mi memoria muerta.

Y en tanto que el entierro os apercibo,

Porque no huyas cerraré esta puerta.

Queda con él, porque de aquesta suerte,

Lecciones al morir te dé su muerte. (Vanse.)

ESCENA XI.

JULIA; LISARDO, muerto; EUSEBIO.

Julia.

Mil veces procuro hablarte,

Tirano Eusebio, y mil veces

El alma duda, el aliento

Falta, y la lengua enmudece.

No sé, no sé cómo pueda

Hablar; porque á un tiempo vienen

Envueltas iras piadosas

Entre piedades crueles.

Quisiera cerrar los ojos

A aquesta sangre inocente,

Que está pidiendo venganza,

Desperdiciando claveles:

Y quisiera hallar disculpa

En las lágrimas que viertes;

Que al fin heridas y ojos

Son bocas que nunca mienten.

Y en una mano el amor,

Y en otra el rigor presente,

A un mismo tiempo quisiera

Castigarte y defenderte;

Y entre ciegas confusiones

De pensamientos tan fuertes,

La clemencia me combate,

Y el sentimiento me vence.

¿Desta suerte solicitas

Obligarme? ¿Desta suerte,

Eusebio, en vez de finezas,

Con crueldades me pretendes?

Cuando de mi boda el dia

Resuelta esperaba, ¡quieres

Que en vez de apacibles bodas,

Tristes obsequias celebre!

Cuando por tu gusto era

Á mi padre inobediente,

¡Lutos funestos me das

En vez de galas alegres!

Cuando, arriesgando mi vida,

Hice posible el quererte,

¡En vez de tálamo (¡ay cielos!)

Un sepulcro me previenes!

Y cuando mi mano ofrezco,

Despreciando inconvenientes

De honor, ¡la tuya bañada

En mi sangre me la ofreces!

¿Qué gusto tendré en tus brazos,

Si para llegar á verme

Dando vida á nuestro amor,

Voy tropezando en la muerte?

¿Qué dirá el mundo de mí,

Sabiendo que tengo siempre,

Si no presente el agravio,

Quien le cometió presente?

Pues cuando quiera el olvido

Sepultarle, sólo el verte

Entre mis brazos, será

Memoria con que me acuerde.

Yo entónces, yo, aunque te adore,

Los amorosos placeres

Trocaré en iras, pidiendo

Venganzas; pues ¿cómo quieres

Que viva sujeta un alma

A efectos tan diferentes,

Que esté esperando el castigo

Y deseando que no llegue?

Basta, por lo que te quise,

Perdonarte, sin que esperes

Verme en tu vida, ni hablarme.

Esa ventana, que tiene

Salida al jardin, podrá

Darte paso; por ahí puedes

Escaparte; huye el peligro,

Porque, si mi padre viene,

No te halle aquí. Véte, Eusebio,

Y mira que no te acuerdes

De mí; que hoy me pierdes tú

Porque quisiste perderme.

Véte, y vive tan dichoso,

Que tengas felicemente

Bienes, sin que á los pesares

Pagues pension de los bienes.

Que yo haré para mi vida

Una celda prision breve,

Si no sepulcro, pues ya

Mi padre enterrarme quiere.

Allí lloraré desdichas

De un hado tan inclemente,

De una fortuna tan fiera,

De una inclinacion tan fuerte,

De un planeta tan opuesto,

De una estrella tan rebelde,

De un amor tan desdichado,

De una mano tan aleve,

Que me ha quitado la vida

Y no me ha dado la muerte,

Porque entre tantos pesares

Siempre viva y muera siempre.

Eusebio.

Si acaso más que tus voces

Son ya tus manos crueles

Para tomar la venganza,

Rendido á tus piés me tienes.

Preso me trae mi delito,

Tu amor es la cárcel fuerte,

Las cadenas son mis yerros,

Prisiones que el alma teme,

Verdugo es mi pensamiento;

Si son tus ojos los jueces,

Y ellos me dan la sentencia,

Por fuerza será de muerte.

Mas dirá entónces la fama

En su pregon: «Este muere

Porque quiso,» pues que solo

Es mi delito quererte.

No pienso darte disculpa;

No parezca que la tiene

Tan grande error; sólo quiero

Que me mates y te vengues.

Toma esta daga, y con ella

Rompe un pecho que te ofende,

Saca un alma que te adora,

Y tu misma sangre vierte.

Y si no quieres matarme,

Para que á vengarse llegue

Tu padre, diré que estoy

En tu aposento.

Julia.

¡Detente!

Y por última razon,

Que he de hablarte eternamente,

Has de hacer lo que te digo.

Eusebio.

Yo lo concedo.

Julia.

Pues véte

Adonde guardes tu vida.

Hacienda tienes, y gente

Que te podrá defender.

Eusebio.

Mejor será que yo quede

Sin ella; porque si vivo,

Será imposible que deje

De adorarte, y no has de estar,

Aunque un convento te encierre,

Segura.

Julia.

Guárdate tú,

Que yo sabré defenderme.

Eusebio.

¿Volveré yo á verte?

Julia.

No.

Eusebio.

¿No hay remedio?

Julia.

No le esperes.

Eusebio.

¿Que al fin me aborreces ya?

Julia.

Haré por aborrecerte.

Eusebio.

¿Olvidarásme?

Julia.

No sé.

Eusebio.

¿Veréte yo?

Julia.

Eternamente.

Eusebio.

Pues ¿aquel pasado amor...?

Julia.

Pues ¿esta sangre presente...?—

La puerta abren: véte Eusebio.

Eusebio.

Iré por obedecerte.

¡Que no he de volverte á ver!

Julia.

¡Que no has de volver á verme!

(Suena ruido, vanse cada uno por una parte, y entran el cuerpo algunos criados.)