JORNADA SEGUNDA.
Monte.
ESCENA PRIMERA.
RICARDO, CELIO, EUSEBIO, en traje de bandoleros, con arcabuces.
(Suena un tiro dentro.)
Ricardo.
Pasó el plomo violento
Su pecho.
Celio.
Y hace el golpe más sangriento,
Que con su sangre la tragedia imprima
En tierna flor.
Eusebio.
Ponle una cruz encima,
Y perdónele Dios.
Ricardo.
Las devociones
Nunca faltan del todo á los ladrones.
(Vanse Ricardo y Celio)
Eusebio.
Y pues mis hados fieros
Me traen á capitan de bandoleros,
Llegarán mis delitos
A ser, como mis penas, infinitos.
Como si diera muerte
A Lisardo á traicion, de aquesta suerte
Mi patria me persigue,
Porque su furia y mi despecho obligue
A que guarde una vida,
Siendo de tantas bárbaro homicida.
Mi hacienda me han quitado,
Mis villas confiscado,
Y á tanto rigor llegan,
Que el sustento me niegan.
No toque pasajero
El término del monte, si primero
No rinde hacienda y vida.
ESCENA II.
RICARDO, bandoleros; ALBERTO, preso.—EUSEBIO.
Ricardo.
Llegando á ver la boca de la herida,
Escucha, capitan, el más extraño
Suceso.
Eusebio.
Ya deseo el desengaño.
Ricardo.
Hallé el plomo deshecho
En este libro que tenía en el pecho,
Sin haber penetrado,
Y al caminante solo desmayado:
Vesle aquí sano y bueno.
Eusebio.
De espanto estoy y admiraciones lleno.
¿Quién eres, venerable
Caduco, á quien los cielos, admirable
Han hecho con prodigio milagroso?
Alberto.
Yo soy, oh capitan, el más dichoso
De cuantos hombres hay; que he merecido
Ser sacerdote indigno, y he leido
En Bolonia sagrada teología
Cuarenta y cuatro años con desvelo.
Dióme Su Santidad, por este celo,
De Trento el obispado
Premiando mis estudios; y admirado
Yo de ver que tenía
Cuenta de tantas almas,
Y que apénas la daba de la mia,
Los laureles dejé, dejé las palmas,
Y huyendo sus engaños,
Vengo á buscar seguros desengaños
En estas soledades,
Donde viven desnudas las verdades.
Paso á Roma á que el Papa me conceda
Licencia, capitan, para que pueda
Fundar un órden santo de eremitas;
Mas tu saña atrevida
Quita el hilo á mi suerte y á la vida.
Eusebio.
¿Qué libro es este, dí?
Alberto.
Este es el fruto,
Que rinde á mis estudios el tributo
De tantos años.
Eusebio.
¿Qué es lo que contiene?
Alberto.
Él trata del orígen verdadero
De aquel divino y celestial madero
En que animoso y fuerte,
Muriendo, triunfó Cristo de la muerte.
El libro, en fin, se llama
«Milagros de la Cruz.»
Eusebio.
¡Qué bien la llama
De aquel plomo inclemente,
Más que la cera, se mostró obediente!
¡Pluguiera á Dios, mi mano,
Ántes que blanco su papel hiciera
De aquel golpe tirano,
Entre su fuego ardiera!
Lleva ropa y dinero
Y la vida; sólo este libro quiero.
Y vosotros salidle acompañando
Hasta dejarle libre.
Alberto.
Iré rogando
Al Señor te dé luz para que veas
El error en que vives.
Eusebio.
Si deseas
Mi bien, pídele á Dios que no permita
Muera sin confesion.
Alberto.
Yo te prometo
Seré ministro en tan piadoso efeto,
Y te doy mi palabra
(Tanto en mi pecho tu clemencia labra)
Que si me llamas en cualquiera parte,
Dejaré mi desierto
Por ir á confesarte:
Un sacerdote soy; mi nombre Alberto.
Eusebio.
¿Tal palabra me das?
Alberto.
Y la confieso
Con la mano.
Eusebio.
Otra vez tus plantas beso.
(Vase Alberto con Ricardo y los bandoleros.)
ESCENA III.
CHILINDRINA.—EUSEBIO.
Chilind.
Hasta venir á hablarte,
El monte atravesé de parte á parte.
Eusebio.
¿Qué hay, amigo?
Chilind.
Dos nuevas harto malas.
Eusebio.
Á mi temor el sentimiento igualas.
¿Qué son?
Chilind.
Es la primera
(Decirla no quisiera),
Que al padre de Lisardo
Han dado...
Eusebio.
Acaba, que el efecto aguardo.
Chilind.
Comision de prenderte ó de matarte.
Eusebio.
Esotra nueva temo
Mas, porque en un confuso extremo,
Al corazon parece que camina
Toda el alma, adivina
De algun futuro daño.
¿Qué ha sucedido?
Chilind.
Á Julia...
Eusebio.
No me engaño
En prevenir tristezas,
Si para ver mi mal, por Julia empiezas.
¿Julia no me dijiste?
Pues eso basta para verme triste.
¡Mal haya amén la rigurosa estrella
Que me obligó á querella!
En fin, Julia... prosigue.
Chilind.
En un convento,
Seglar está.
Eusebio.
¡Ya falta el sufrimiento!
¡Que el cielo me castigue
Con tan grandes venganzas,
De perdidos deseos,
De muertas esperanzas.
Que de los mismos cielos,
Por quien me deja, vengo á tener celos!
Mas ya tan atrevido,
Que viviendo matando.
Me sustento robando,
No puedo ser peor de lo que he sido.
Despéñese el intento,
Pues ya se ha despeñado el pensamiento.
Llama á Celio y Ricardo. (Ap. ¡Amando muero!)
Chilind.
Voy por ellos. (Vase.)
Eusebio.
Vé, y diles que aquí espero.—
Asaltaré el convento que la guarda.
Ningun grave castigo me acobarda;
Que por verme señor de su hermosura,
Tirano amor me fuerza
Á acometer la fuerza,
Á romper la clausura,
Y á violar el sagrado;
Que ya del todo estoy desesperado.
Pues si no me pusiera
Amor en tales puntos,
Solamente lo hiciera
Por cometer tantos delitos juntos.
ESCENA IV.
GIL, MENGA.—EUSEBIO.
Menga.
¿Mas que encontramos con él,
Segun mezquina nací?
Gil.
Menga, yo ¿no voy aquí?
No temas ese cruel
Capitan de buñuleros,
Ni el hallarlo te alborote;
Que honda llevo yo y garrote.
Menga.
Temo, Gil, sus hechos fieros;
Si no, á Silvia á mirar ponte,
Cuando aquí la acometió;
Que doncella al monte entró,
Y dueña salió del monte,
Que no es peligro pequeño.
Gil.
Conmigo fuera cruel,
Que tambien entro doncel,
Y pudiera salir dueño. (Reparan en Eusebio.)
Menga.
(A Eusebio.) ¡Ah señor! que va perdido,
Que anda Eusebio por aquí.
Gil.
No eche, señor, por ahí.
Eusebio.
(Ap.) Estos no me han conocido,
Y quiero disimular.
Gil.
¿Quiere que aquese ladron
Le mate?
Eusebio.
(Ap.Villanos son.)
¿Con qué podré yo pagar
Este aviso?
Gil.
Con huir
De ese bellaco.
Menga.
Si os coge,
Señor, aunque no le enoje
Ni vuestro hacer ni decir,
Luego os matará; y creed
Que con poner tras la ofensa
Una cruz encima, piensa
Que os hace mucha merced.
ESCENA V.
RICARDO, CELIO.—Dichos.
Ricardo.
¿Dónde le dejaste?
Celio.
Aquí.
Gil.
(A Eusebio.) Es un ladron, no le esperes.
Ricardo.
Eusebio, ¿qué es lo que quieres?
Gil.
¿Eusebio le llamó?
Menga.
Sí.
Eusebio.
Yo soy Eusebio; ¿que os mueve
Contra mí? ¿No hay quien responda?
Menga.
Gil, ¿tienes garrote y honda?
Gil.
Tengo el diablo que te lleve.
Celio.
Por los apacibles llanos
Que hace del monte la falda,
A quien guarda el mar la espalda,
Ví un escuadron de villanos
Que armado contra tí viene,
Y pienso que se avecina;
Que así Curcio determina
La venganza que previene.
Mira qué piensas hacer:
Junta tu gente, y partamos.
Eusebio.
Mejor es que agora huyamos,
Que esta noche hay más que hacer.
Venid conmigo los dos,
De quien justamente fío
La opinion y el honor mio.
Ricardo.
Muy bien puedes, que por Dios
Que he de morir á tu lado.
Eusebio.
Villanos, vida teneis,
Sólo porque le lleveis
A mi enemigo un recado.
Decid á Curcio que yo
Con tanta gente atrevida
Solo defiendo la vida,
Pero que le busco no.
Y que no tiene ocasion
De buscarme de esta suerte,
Pues no dí á Lisardo muerte
Con engaño ó con traicion.
Cuerpo á cuerpo le maté,
Sin ventaja conocida,
Y ántes de acabar la vida,
En mis brazos le llevé
Adonde se confesó,
Digna accion para estimarse;
Mas que si quiere vengarse,
Que he de defenderme yo.—
Y agora porque no vean
(A los bandoleros.)
Aquestos por dónde vamos,
Atadlos entre estos ramos:
Vendados sus ojos sean,
Porque no avisen.
Ricardo.
Aquí
Hay cordel.
Celio.
Pues llega presto.
Gil.
De San Sebastian me han puesto.
Menga.
De San Sebastian á mí.
Mas ate cuando quisiere,
Señor, como no me mate.
Gil.
Oye, señor, no me ate,
Y puto sea yo si huyere.
Jura tú, Menga, tambien
Este mismo juramento.
Celio.
Ya están atados.
Eusebio.
Mi intento
Se va ejecutando bien.
La noche amenaza oscura
Tendiendo su negro velo.
Julia, aunque te guarde el cielo,
He de gozar tu hermosura. (Vanse.)
ESCENA VI.
GIL, MENGA, atados.
Gil.
¿Quién habrá que ahora nos vea,
Menga, aunque caro nos cueste,
Que no diga que es aqueste
Peralvillo de la aldea?
Menga.
Véte llegando hácia aquí,
Gil, que yo no puedo andar.
Gil.
Menga, vénme á desatar,
Y te desataré á tí
Luégo al punto.
Menga.
Ven primero
Tú, que ya estás importuno.
Gil.
¿Es decir, que vendrá alguno?
Pondré que falta un arriero
Las tres ánades cantando,
Un caminante pidiendo,
Un estudiante comiendo,
Una santera rezando,
Hoy en aqueste camino,
Lo que á ninguno faltó;
Mas la culpa tengo yo.
Una voz.
(Dentro.) Hácia esta parte imagino
Que oigo voces; llegad presto.
Gil.
Señor, en buen hora acuda
A desatar una duda,
En que ha rato que estoy puesto.
Menga.
Si acaso buscais, señor,
Por el monte algun cordel,
Yo os puedo servir con él.
Gil.
Este es más gordo y mijor.
Menga.
Yo, por ser mujer, espero
Remedio en las ánsias mias.
Gil.
No repare en cortesías,
Desáteme á mí primero.
ESCENA VII.
CURCIO, OCTAVIO, BRAS, TIRSO, soldados.—GIL, MENGA.
Tirso.
Hácia aquesta parte suena
La voz.
Gil.
¡Que te quemas!
Tirso.
Gil,
¿Qué es esto?
Gil.
El diablo es sutil;
Desata, Tirso, y mi pena
Te diré despues.
Curcio.
¿Qué es esto?
Menga.
Venga en buen hora, señor,
A castigar un traidor.
Curcio.
¿Quién desta suerte os ha puesto?
Gil.
¿Quién? Eusebio, que en efeto
Dice... Pero ¿qué sé yo
Lo que dice? Él nos dejó
Aquí en semejante aprieto.
Tirso.
No llores, pues, que no ha estado
Hoy muy poco liberal
Contigo.
Bras.
No lo ha hecho mal,
Pues á Menga te ha dejado.
Gil.
¡Ay Tirso! no lloro yo
Porque piadoso no fué.
Tirso.
Pues ¿por qué lloras?
Gil.
¿Por qué?
Porque á Menga me dejó.
La de Anton llevó, y al cabo
De seis, que no parecia,
Halló á su mujer un dia;
Hicimos un baile bravo
De hallazgo, y gastó cien reales.
Bras.
¿Bartolo no se casó
Con Catalina, y parió
A seis meses no cabales?
Y andaba con gran placer
Diciendo: ¡Si tú lo vieses!
Lo que otra hace en nueve meses,
Hace en cinco mi mujer.
Tirso.
Ello no hay honra segura.
Curcio.
¿Que esto llegue á escuchar yo
Deste tirano? ¿quién vió
Tan notable desventura?
Menga.
Cómo destruirle piensa;
Que hasta las mismas mujeres
Tomaremos, si tú quieres,
Las armas para su ofensa.
Gil.
Que aquí acude es lo más cierto;
Y toda esta procesion
De cruces que miras, son,
Señor, por hombres que ha muerto.
Octavio.
Es aquí lo más secreto
De todo el monte.
Curcio.
(Ap.)Y aquí
Fué ¡cielos! donde yo ví
Aquel milagroso efeto
De inocencia y castidad,
Cuya beldad atrevido
Tantas veces he ofendido
Con dudas, siendo verdad
Un milagro tan patente.
Octavio.
Señor, ¿qué nueva pasion
Causa tu imaginacion?
Curcio.
Rigores que el alma siente
Son, Octavio; y mis enojos,
Para publicar mi mengua,
Como los niego á la lengua,
Me van saliendo á los ojos.
Haz, Octavio, que me deje
Solo esa gente que sigo,
Porque aquí de mí y conmigo
Hoy á los cielos me queje.
Octavio.
Ea, soldados, despejad.
Bras.
¿Qué decís?
Tirso.
¿Qué pretendeis?
Gil.
Despiojad, ¿no lo entendeis?
Que nos vamos á espulgar.
(Vanse todos, ménos Curcio.)
ESCENA VIII.
CURCIO.
¿A quién no habrá sucedido,
Tal vez lleno de pesares,
Descansar consigo á solas
Por no descubrirse á nadie?
Yo, á quien tantos pensamientos
A un tiempo afligen, que hacen
Con lágrimas y suspiros
Competencia al mar y al aire,
Compañero de mí mismo
En las mudas soledades,
Con la pension de mis bienes
Quiero divertir mis males.
Ni las aves, ni las fuentes
Sean testigos bastantes:
Que al fin las fuentes murmuran,
Y tienen lengua las aves.
No quiero más compañía
Que aquestos rústicos sauces;
Pues quien escucha y no aprende,
Será fuerza que no hable.
Teatro este monte fué
Del suceso más notable,
Que entre prodigios de celos
Cuentan las antigüedades,
De una inocente verdad.
Pero ¿quién podrá librarse
De sospechas, en quien son
Mentirosas las verdades?
Muerte de amor son los celos,
Que no perdonan á nadie,
Ni por humilde le dejan,
Ni le respetan por grave.
Aquí pues, donde yo digo,
Rosmira y yo... De acordarme,
No es mucho que el alma tiemble,
No es mucho que la voz falte;
Que no hay flor que no me asombre,
No hay hoja que no me espante,
No hay piedra que no me admire,
Tronco que no me acobarde,
Peñasco que no me oprima,
Monte que no me amenace;
Porque todos son testigos
De una hazaña tan infame.
Saqué al fin la espada, y ella,
Sin temerme y sin turbarse,
Porque en riesgos de amor nunca
El inocente es cobarde:
«Esposo, dijo, detente;
No digo que no me mates,
Si es tu gusto, porque yo
¿Cómo he de poder negarte
La misma vida que es tuya?
Solo te pido que ántes
Me digas por lo que muero,
Y déjame que te abrace.»
Yo la dije: «En tus entrañas,
Como la víbora, traes
A quien te ha de dar la muerte.
Indicio ha sido bastante
El parto infame que esperas.
Mas no le verás, que ántes
Dándote muerte, seré
Verdugo tuyo y de un ángel.»
«Si acaso, me dijo entónces,
Si acaso, esposo, llegaste
A creer flaquezas mias,
Justo será que me mates.
Mas á esta Cruz abrazada,
A esta que estaba delante,
Prosiguió, doy por testigo
De que no supe agraviarte
Ni ofenderte; que ella sola
Será justo que me ampare.»
Bien quisiera entónces yo,
Arrepentido, arrojarme
A sus piés, porque se vía
Su inocencia en su semblante.
El que una traicion intenta,
Ántes mire lo que hace;
Porque una vez declarado,
Aunque procure enmendarse,
Por decir que tuvo causa,
Lo ha de llevar adelante.
Yo, pues, no porque dudaba
Ser la disculpa bastante,
Sino porque mi delito
Más amparado quedase,
El brazo levanté airado,
Tirando por várias partes
Mil heridas; pero solo
Las ejecuté en el aire.
Por muerta al pié de la Cruz
Quedó, y queriendo escaparme
A casa llegué, y halléla
Con más belleza que sale
El alba, cuando en sus brazos
Nos presenta el sol infante.
Ella en sus brazos tenía
A Julia, divina imágen
De hermosura y discrecion:
(¿Qué gloria pudo igualarse
A la mia?) que su parto
Habia sido aquella tarde
Al mismo pié de la Cruz;
Y por divinas señales,
Con que al mundo descubria
Dios un milagro tan grande,
La niña que habia parido,
Dichosa con señas tales,
Tenía en el pecho una Cruz
Labrada de fuego y sangre.
Pero ¡ay! que tanta ventura
Templaba el que se quedase
Otra criatura en el monte:
Que ella, entre penas tan graves,
Sintió haber parido dos;
Y yo entónces...
ESCENA IX.
OCTAVIO.—CURCIO.
Octavio.
Por el valle
Atraviesa un escuadron
De bandoleros; y ántes
Que cierre la noche triste,
Será bien, señor, que bajes
A buscarlos, no oscurezca;
Porque ellos el monte saben,
Y nosotros no.
Curcio.
Pues junta
La gente vaya adelante;
Que no hay gloria para mí,
Hasta llegar á vengarme. (Vanse)
Vista exterior de un convento.
ESCENA X.
EUSEBIO, RICARDO, CELIO, con una escala.
Ricardo.
Llega con silencio, y pon
A esa parte las escalas.
Eusebio.
Icaro seré sin alas,
Sin fuego seré Faeton:
Escalar al sol intento,
Y si me quiere ayudar
La luz, tengo de pasar
Mas allá del firmamento.
Amor ser tirano enseña.
En subiendo yo, quitad
Esa escala, y esperad
Hasta que os haga una seña.
Quien subiendo se despeña,
Suba hoy y baje ofendido,
En cenizas convertido;
Que la pena del bajar,
No será parte á quitar
La gloria de haber subido.
Ricardo.
¿Qué esperas?
Celio.
Pues ¿qué rigor
Tu altivo orgullo embaraza?
Eusebio.
¿No veis cómo me amenaza
Un vivo fuego?
Ricardo.
Señor.
Fantasmas son del temor.
Eusebio.
¿Yo temor?
Celio.
Sube.
Eusebio.
Ya llego.
Aunque á tantos rayos ciego,
Por las llamas he de entrar;
Que no lo podrá estorbar
De todo el infierno el fuego. (Sube y entra.)
Celio.
Ya entró.
Ricardo.
Alguna fantasía
De su mismo horror fundada,
En la idea acreditada,
O alguna ilusion sería.
Celio.
Quita la escala.
Ricardo.
Hasta el dia
Aquí le hemos de esperar.
Celio.
Atrevimiento fué entrar,
Aunque yo de mejor gana
Me fuera con mi villana;
Mas despues habrá lugar. (Vanse.)
Celda de Julia
ESCENA XI.
EUSEBIO; JULIA, en el lecho.
Eusebio.
Por todo el convento he andado,
Sin ser de nadie sentido,
Y por cuanto he discurrido,
De mi destino guiado,
A mil celdas he llegado
De religiosas, que abiertas
Tienen las estrechas puertas,
Y en ninguna á Julia ví.
¿Dónde me llevais así,
Esperanzas siempre inciertas?
¡Qué horror! ¡qué silencio mudo!
¡Qué oscuridad tan funesta!
Luz hay aquí; celda es esta,
Y en ella Julia. ¡Qué dudo!
(Corre una cortina, y ve á Julia durmiendo.)
¿Tan poco el valor ayudo,
Que ahora en hablarla tardo?
¿Qué es lo que espero? ¿qué aguardo?
Más con impulso dudoso,
Si me animo temeroso,
Animoso me acobardo.
Más belleza la humildad
Deste traje la asegura;
Que en la mujer la hermosura
Es la misma honestidad.
Su peregrina beldad,
De mi torpe amor objeto,
Hace en mí mayor efeto;
Que á un tiempo á mi amor incito,
Con la hermosura apetito,
Con la honestidad respeto.
¡Julia! ¡ah Julia!
Julia.
¿Quién me nombra?
Mas ¡cielos! ¿qué es lo que veo?
¿Eres sombra del deseo,
O del pensamiento sombra?
Eusebio.
¿Tanto el mirarme te asombra?
Julia.
¿Pues quién habrá que no intente
Huir de tí?
Eusebio.
Julia, detente.
Julia.
¿Qué quieres, forma fingida,
De la idea repetida,
Solo á la vista aparente?
¿Eres, para pena mia,
Voz de la imaginacion?
¿Retrato de la ilusion?
¿Cuerpo de la fantasía?
¿Fantasma en la noche fria?
Eusebio.
Julia, escucha. Eusebio soy,
Que vivo á tus piés estoy;
Que si el pensamiento fuera,
Siempre contigo estuviera.
Julia.
Desengañándome voy
Con oirte, y considero
Que mi recato ofendido
Más te quisiera fingido,
Eusebio, que verdadero.
Donde yo llorando muero,
Donde yo vivo penando,
¿Qué quieres? ¡estoy temblando!
¿Qué buscas? ¡estoy muriendo!
¿Qué emprendes? ¡estoy temiendo!
¿Qué intentas? ¡estoy dudando!
¿Cómo has llegado hasta aquí?
Eusebio.
Todo es extremos amor,
Y mi pena y tu rigor
Hoy han de triunfar de mí.
Hasta verte aquí, sufrí
Con esperanza segura;
Pero viendo tu hermosura
Perdida, he atropellado
El respeto del sagrado,
Y la ley de la clausura.
De lo cierto ó de lo injusto
Los dos la culpa tenemos,
Y en mí vienen dos extremos,
Que son la fuerza y el gusto.
No puede darle disgusto
Al cielo mi pretension;
Ántes de esta ejecucion,
Casada eres en secreto,
Y no cabe en un sujeto
Matrimonio y religion.
Julia.
No niego el lazo amoroso,
Que hizo con felicidades
Unir á dos voluntades,
Que fué su efecto forzoso;
Que te llamé amado esposo,
Y que todo eso fué así,
Confieso; pero ya aquí,
Con voto de religiosa,
A Cristo de ser su esposa
Mano y palabra le dí.
Ya soy suya, ¿qué me quieres?
Véte, porque el mundo asombres.
Donde mates á los hombres,
Donde fuerces las mujeres.
Véte, Eusebio; ya no esperes
Fruto de tu loco amor;
Para que te cause horror,
Que estoy en sagrado piensa.
Eusebio.
Cuanto es mayor tu defensa,
Es mi apetito mayor.
Ya las paredes salté
Del convento, ya te ví;
No es amor quien vive en mí,
Causa más oculta fué.
Cumple mi gusto, ó diré
Que tú misma me has llamado,
Que me has tenido encerrado
En tu celda muchos dias:
Y pues las desdichas mias
Me tienen desesperado,
Daré voces; sepan...
Julia.
Tente,
Eusebio, mira... (¡ay de mí!)
Pasos siento por aquí,
Al coro atraviesa gente.
¡Cielos, no sé lo que intente!
Cierra esa celda, y en ella
Estarás, pues atropella
Un temor á otro temor.
Eusebio.
¡Qué poderoso es mi amor!
Julia.
¡Qué rigorosa es mi estrella! (Vanse.)
Vista exterior del convento.
ESCENA XII.
RICARDO, CELIO.
Ricardo.
Ya son las tres, mucho tarda.
Celio.
El que goza su ventura,
Ricardo, en la noche oscura,
Nunca el claro sol aguarda.
Yo apuesto que le parece
Que nunca el sol madrugó
Tanto, y que hoy apresuró
Su curso.
Ricardo.
Siempre amanece
Más temprano á quien desea;
Pero al que goza, más tarde.
Celio.
No creas que al sol aguarde
Que en el oriente se vea.
Ricardo.
Dos horas son ya.
Celio.
No creo
Que Eusebio lo diga.
Ricardo.
Es justo;
Porque al fin son de su gusto
Las horas de tu deseo.
Celio.
¿No sabes lo que he llegado
Hoy, Ricardo, á sospechar?
Que Julia le envió á llamar.
Ricardo.
Pues si no fuera llamado,
¿Quién á escalar se atreviera
Un convento?
Celio.
¿No has sentido,
Ricardo, á esta parte ruido?
Ricardo.
Sí.
Celio.
Pues llega la escalera.
ESCENA XIII.
JULIA, EUSEBIO, á una ventana.—RICARDO, CELIO.
Eusebio.
Déjame, mujer.
Julia.
Pues cuando
Vencida de tus deseos,
Movida de tus suspiros,
Obligada de tus ruegos,
De tu llanto agradecida,
Dos veces á Dios ofendo,
Como á Dios, y como á esposo,
¡Mis brazos dejas, haciendo
Sin esperanzas desdenes,
Y sin posesion desprecios!
¿Dónde vas?
Eusebio.
Mujer, ¿qué intentas?
Déjame, que voy huyendo
De tus brazos, porque he visto
No sé qué deidad en ellos.
Llamas arrojan tus ojos,
Tus suspiros son de fuego,
Un volcan cada razon,
Un rayo cada cabello,
Cada palabra es mi muerte,
Cada regalo un infierno:
Tantos temores me causa
La Cruz que he visto en tu pecho.
Señal prodigiosa ha sido,
Y no permitan los cielos
Que, aunque tanto los ofenda,
Pierda á la Cruz el respeto.
Pues si la hago testigo
De las culpas que cometo,
¿Con qué vergüenza despues
Llamarla en mi ayuda puedo?
Quédate en tu religion,
Julia: yo no te desprecio,
Que más agora te adoro.
Julia.
Escucha, detente, Eusebio.
Eusebio.
Esta es la escala.
Julia.
Detente,
Ó llévame allá.
Eusebio.
No puedo, (Baja.)
Pues que, sin gozar la gloria
Que tanto esperé, te dejo.
¡Válgame el Cielo! caí. (Cae.)
Ricardo.
¿Qué ha sido?
Eusebio.
¿No veis el viento
Poblado de ardientes rayos?
¿No mirais sangriento el cielo
Que todo sobre mí viene?
¿Dónde estar seguro puedo,
Si airado el cielo se muestra?
Divina Cruz, yo os prometo,
Y os hago solemne voto
Con cuantas cláusulas puedo,
De en cualquier parte que os vea,
Las rodillas por el suelo,
Rezar un Ave María.
(Levántase, y vanse los tres, dejando la escala puesta.)
ESCENA XIV.
JULIA. (En la ventana.)
Turbada y confusa quedo.
¿Aquestas fueron, ingrato,
Las firmezas? ¿Estos fueron
Los extremos de tu amor?
¿Ó son de mi amor extremos?
Hasta vencerme á tu gusto,
Con amenazas, con ruegos,
Aquí amante, allí tirano,
Porfiaste; pero luego
Que de tu gusto y mi pena
Pudiste llamarte dueño,
Ántes de vencer, huiste.
¿Quien, sino tú, venció huyendo?
¡Muerta soy, cielos piadosos!
¿Por qué introdujo venenos
Naturaleza, si habia,
Para dar muerte, desprecios?
Ellos me quitan la vida;
Pues que con nuevo tormento
Lo que me desprecia busco.
¿Quién vió tan dudoso efecto
De amor? Cuando me rogaba
Con mil lágrimas Eusebio,
Le dejaba; pero agora,
Porque él me deja, le ruego.
Tales somos las mujeres,
Que contra nuestros deseos,
Aun no queremos dar gusto
Con lo mismo que queremos.
Ninguno nos quiera bien,
Si pretende alcanzar premio;
Que queridas despreciamos
Y aborrecidas queremos.
No siento que no me quiera,
Sólo que me deje siento.
Por aquí cayó, tras él
Me arrojaré. ¿Mas qué es esto?
¿Esta no es escala? Sí.
¡Qué terrible pensamiento!
Detente, imaginacion,
No me despeñes; que creo
Que si llego á consentir,
Á hacer el delito llego.
¿No saltó Eusebio por mí
Las paredes del convento?
¿No me holgué de verle yo
En tantos peligros puesto
Por mi causa? ¿Pues qué dudo?
¿Qué me acobardo? ¿qué temo?
Lo mismo haré yo en salir
Que él en entrar: si es lo mesmo,
Tambien se holgará de verme
Por su causa en tales riesgos.
Ya por haber consentido
La misma culpa merezco;
Pues si es tan grande el pecado,
¿Por qué el gusto ha de ser ménos?
Si consentí, y me dejó
Dios de su mano, ¿no puedo
De una culpa, que es tan grande,
Tener perdon? ¿Pues qué espero?
(Baja por la escala.)
Al mundo, al honor, á Dios
Hallo perdido el respeto,
Cuando á ceguedad tan grande
Vendados los ojos vuelvo.
Demonio soy, que he caido
Despeñado deste cielo,
Pues sin tener esperanza
De subir, no me arrepiento.
Ya estoy fuera de sagrado,
Y de la noche el silencio
Con su oscuridad me tiene
Cubierta de horror y miedo.
Tan deslumbrada camino,
Que en las tinieblas tropiezo,
Y áun no caigo en mi pecado.
¿Dónde voy? ¿qué hago? ¿qué intento?
Con la muda confusion
De tantos horrores, temo
Que se me altera la sangre,
Que se me eriza el cabello.
Turbada la fantasía,
En el aire forma cuerpos,
Y sentencias contra mí
Pronuncia la voz del eco.
El delito, que ántes era
Quien me animaba soberbio,
Es quien me acobarda agora.
Apénas las plantas puedo
Mover, que el mismo temor
Grillos á mis piés ha puesto.
Sobre mis hombros parece
Que carga un prolijo peso
Que me oprime, y toda yo
Estoy cubierta de hielo.
No quiero pasar de aquí,
Quiero volverme al convento,
Donde de aqueste pecado
Alcance perdon; pues creo
De la clemencia divina,
Que no hay luces en el cielo,
Que no hay en el mar arenas,
No hay átomos en el viento,
Que, sumados todos juntos,
No sean número pequeño
De los pecados, que sabe
Dios perdonar. Pasos siento.
Á esta parte me retiro
En tanto que pasan, luégo
Subiré sin que me vean. (Retírase.)
ESCENA XV.
RICARDO, CELIO.—JULIA, retirada donde no los ve.
Ricardo.
Con el espanto de Eusebio
Aquí se quedó la escala,
Y agora por ella vuelvo,
No aclare el dia, y la vean
Á esta pared.
(Quitan la escala, y vanse; Julia llega donde estaba la escala.)
Julia.
Ya se fueron:
Agora podré subir
Sin que me sientan. ¿Qué es esto?
¿No es aquesta la pared
De la escala? Pero creo
Que hácia estotra parte está.
Ni aquí tampoco está. ¡Cielos!
¿Cómo he de subir sin ella?
Mas ya mi desdicha entiendo;
Desta suerte me negais
La entrada vuestra; pues creo
Que, cuando quiero subir
Arrepentida, no puedo.
Pues si ya me habeis negado
Vuestra clemencia, mis hechos
De mujer desesperada
Darán asombros al cielo,
Darán espantos al mundo,
Admiracion á los tiempos,
Horror al mismo pecado,
Y terror al mismo infierno.